Quienes han ganado las últimas elecciones, excepto Países Bajos, demuestran que el común denominador no solo son sus ideas políticas, sino que estos resultados reflejan lo que los electorados a nivel global realmente están buscando. Pero nosotros, los electores, seguimos viviendo una realidad pasada de moda; algunos incluso dirán que, al ritmo que vamos, la democracia misma parece estar desfasada.
Los ciudadanos seguimos creyendo que las ideas guían nuestro voto, y de ahí surgen interminables discusiones entre amigos y familiares, envueltas en argumentos sofisticados y razonamientos profundos. Sin embargo, en el fondo, todo se reduce a una simple justificación de nuestras pasiones y de la afinidad que sentimos hacia ciertos candidatos. Las campañas políticas lo saben, y por eso mueven nuestras emociones más que nuestras ideas. Las campañas modernas utilizan estratégicamente la pasión y las emociones para influir en la opinión pública y la conducta electoral, un fenómeno respaldado por evidencia científica.
Estudios como los de Ted Brader muestran que anuncios que generan entusiasmo aumentan la participación y refuerzan lealtades partidarias, mientras que los que despiertan miedo o ansiedad intensifican la atención y facilitan la persuasión mediante emociones más que argumentos racionales (Brader, 2005, American Journal of Political Science). Investigaciones más recientes también indican que emociones específicas como la ira o la conmoción moral (kama muta) incrementan la intención de apoyar a un candidato, recomendarlo o incluso financiarlo, especialmente cuando el mensaje coincide con la afiliación política del receptor (Báez-Mendoza et al., 2021, Frontiers in Psychology). Estos hallazgos respaldan la affective intelligence theory de George E. Marcus, que propone que emociones como ansiedad, ira y entusiasmo funcionan como sistemas cognitivos que modelan la atención, la deliberación y la acción del electorado, explicando por qué las campañas buscan encender pasiones más que presentar datos técnicos (Marcus et al., 2000, American Political Science Review).
Por ende, quienes se pelean por política con amigos y familiares son absolutos idiotas útiles, instrumentalizados por expertos cuya función se ve potenciadas por las redes sociales. Estas se han convertido en un canal estratégico para los políticos, ya que permiten difundir mensajes de manera rápida, segmentada y masiva, alcanzando distintos grupos del electorado con contenido diseñado para generar impacto emocional.
Publicaciones que evocan indignación, esperanza o orgullo captan más atención y generan mayor interacción, aumentando la visibilidad del mensaje y reforzando el compromiso de los seguidores. Este efecto se potencia gracias a la retroalimentación inmediata de likes, comentarios y compartidos, que estimula la repetición de conductas y la viralidad del contenido, convirtiendo la emoción en un motor de movilización política.
Actualmente, esta dinámica es especialmente relevante por la polarización social y política existente. Los candidatos y partidos usan las redes para construir narrativas que refuercen identidades partidarias, movilicen simpatizantes y amplifiquen mensajes clave, ajustando el contenido según intereses y comportamientos de los usuarios. Si bien esta estrategia aumenta la participación y el alcance de las campañas, también intensifica divisiones y vulnerabilidades frente a desinformación, generando impactos significativos en la estabilidad política y social del país.
Lo que estamos viendo no es un fallo de la democracia ni un accidente pasajero, sino el resultado lógico de un sistema que ha aprendido a explotar nuestras emociones y sesgos más básicos. Las campañas políticas modernas no solo nos venden candidatos; nos venden identidades, miedos y deseos, y lo hacen de manera calculada, científica y medible. Cada indignación compartida, cada like y cada retweet se convierte en un dato que alimenta la maquinaria de persuasión, transformando a los ciudadanos en peones de un juego emocional que ellos no eligieron jugar conscientemente.
Lo más alarmante no es solo que estemos siendo manipulados, sino que nosotros mismos nos hemos convertido en cómplices voluntarios de nuestra propia estupidez. Cada discusión acalorada con un amigo o familiar sobre política, cada “debate” en redes lleno de insultos y slogans reciclados, no es un acto de civismo ni de compromiso: es la evidencia de que hemos cedido nuestra razón al impulso de emociones diseñadas para controlarnos. Nos creemos analíticos y justos, mientras en realidad actuamos como marionetas en manos de estrategas que miden nuestra ira y nuestro entusiasmo como si fueran métricas de productividad.
Si esto no es la derrota más flagrante de la democracia contemporánea, entonces ¿qué lo es? Las campañas no solo venden candidatos: venden identidades, miedos y deseos empaquetados en bytes y algoritmos, y el electorado más inteligente es aquel que todavía no se da cuenta de que su pasión es moneda de cambio.
Discutir sobre ideas en este contexto es un acto de autoengaño; pelear por política es un certificado de idiotez funcional. Cada like, comentario furioso o retweet contribuye a un ecosistema donde la emoción sustituye a la deliberación y donde la cohesión social y la estabilidad política se sacrifican en el altar del engagement digital. La conclusión es incómoda pero clara: si seguimos pensando que debatimos ideas mientras nos manipulan sistemáticamente, no somos ciudadanos, somos herramientas emotivas de un mercado político que nos utiliza y nos mide como ganado.
Juan Camilo Clavijo
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