Armarios abarrotados

Por Almudena González Barreda

Dice la ‘barbie ministra’ española de SUMAR, Yolanda Díaz, que gastamos mucho en ropa, que el planeta se muere también por esto. Que 62 millones de toneladas en trapitos para vestirnos es demasiado y que la previsión para el famoso año del cambio, el 2030, es que se incremente el consumo en un 63%. Para eso quiere reunirse con los principales actores del mercado español; Inditex, Mango, Aldolfo Dominguez, Tendam… y buscar soluciones que resuelvan el problema de la llamada fast fashion.

Está claro que algo hay que hacer, pero tal vez las soluciones no estén únicamente en las empresas de producción, que tienen parte y mucha en este problema, sino en el cambio de mentalidad de la sociedad en su conjunto. Y como sociedad tenemos que trabajar.

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La industria de la moda es más, mucho más, que vender prendas y accesorios. Es investigación en nuevos materiales, en reciclado de fibras, en nuevos sistemas de producción que contaminen menos… Pero sobre todo el negocio de la moda es el negocio de lo efímero. Lo que hoy es tendencia, mañana ya no lo es, y esa ansiedad que nos produce lo obsoleto, de no estar en la onda, de perder el flow del momento… es el juego de muchos otros que viven de ello.

El exceso como negocio

He conocido personas, con sueldos muy medios, que se han quedado varios meses sin comer por ahorrar para comprar el último modelo de bolso de alguna marca asociada al lujo, tengo amigas que compran joyas a plazos por el mero placer de poseerlas. No sé si depositan ahí su felicidad, si tienen falta de autoestima y la disimulan con logos, o si gastar y poseer les aporta cierta seguridad en sí mismos. Me inclino a pensar que sí desde que vi la docuserie de Georgina, la pareja de Cristiano Ronaldo, y me alucinó la falta de pudor y el exceso de ostentación de la compañera del astro futbolístico. Ella es el paradigma; moda, lujo y dinero. Modelo a imitar para millones de jóvenes (y no tan jóvenes) de todo el mundo, que sueñan con chándales de algodón, camisetitas de poliéster, anillos de brillantes, y bolsos de piel sintética con grandes logos dorados. Todo imposible a sus bolsillos. Así que el negocio está en ofrecerlo a bajo precio y calidad para tres puestas, acabarán en Ghana o en el desierto de Atacama, Chile. Esos personajes también forman parte de la industria y no casan con valores como esencia, sencillez, austeridad… esos que desde mi humilde punto de vista ayudan a no desperdiciar o generar más residuos. Pero el exceso vende y la sencillez no.

Claro que hay modelos que encarnan esos valores, pero ellos no influyen en las jovencitas que gastan cantidades ingentes de dinero en ropa que por hartazgo acaban vendiendo en plataformas online de segunda mano. Jóvenes que llenan sus anhelos de cosas materiales a la vez que sienten más vacías sus vidas.

Apreciar es sostenible

Antes, cuando la vida se vivía con menos, la ropa pasaba “de domingo” a diario, de diario a dar o a trapos.

Yo no he tenido ropa “de domingo”, sí “de calle” porque llevaba uniforme al colegio, pero en mi casa se sigue la misma máxima. Todo se cuida y se aprecia como si fuera lo único que se tuviera. Les aseguro que, sin tener grandes marcas en mi armario, tengo prendas de fast fashion que han pasado la barrera del tiempo con una dignidad magnífica. Hoy las lleva mi hija y alguna sobrina ha venido a mi armario y se ha llevado algún vestido de crêpe comprado en mi más tierna juventud. Tengo prendas heredadas de mi madre y hasta de mi abuela. No tengo reparo en heredar de mis hermanas, ni pienso que utilizar lo que antes ha usado otro sea deshonroso, aunque me cuesta comprar de segunda mano. Prefiero comprar poco y me doy mis caprichos en aquello que sé que merece la pena gastar un poco más. Mis máximas; que la prenda me siente de cine y sea bastante atemporal.

Abogo por un conscious consumtion, un consumo consciente; por reutilizar, por dar valor a lo que se tiene, por reparar lo que se rompe, por materiales duraderos y sobre todo comprar cuando haya una necesidad real. No sé en qué momento dejamos de vestirnos para ir disfrazados de tendencias, pero eso es lo que ahoga al planeta, a nuestra economía personal y a la autoestima de las generaciones futuras.

Sospecho que cuanto menos conectados estamos a lo permanente, a la idea de que, aunque efímera, cada vida deja un poso, más surfeamos en la ola de la moda, de las tendencias, del tener y el poseer. Como si eso fuera más placentero que la felicidad que supone cuidar lo que ya se tiene, dejarlo en herencia, recibirlo como un legado. En definitiva, apreciar lo que poseemos y enseñar a los nuestros a cuidarlas es lo más sostenible que podemos hacer. Vicepresidenta Díaz, le invito a haga más campañas para fomentar más esto y menos demagogia populachera.

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