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Confidencial Noticias 2025


En el lenguaje político cotidiano se confundiría el centrismo con el centro. Pero el centro se refiere a una ubicación dentro del espectro político; el centrismo es una forma de pensar. El primero describe dónde se encuentra una posición; el segundo describe cómo se llega a ella. Se puede estar en el centro por indefinición, tibieza, conveniencia, cálculo o temor, muy lejos del centrismo. Y se puede practicar el centrismo, es decir, el uso deliberado de la razón, la evidencia y la prudencia, sin que ello implique debilidad ni indecisión. Esta distinción es fundamental, porque el centrismo no emergió como una renuncia a pensar, sino como una forma más exigente de hacerlo.

Su origen se remonta, al menos simbólicamente, a la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional quienes no se alineaban ni con el clero conservador ni con los revolucionarios más radicales ocupaban el centro físico del recinto. Desde entonces, el centro ha sido el lugar donde se intentan reconciliar fuerzas opuestas sin destruir el orden social. Pero el centrismo, en su sentido más profundo, no es un punto geográfico en el espectro político, sino una disciplina intelectual frente al cambio: avanzar sin destruir, corregir sin desestabilizar, transformar sin romper (Winegard, agosto 2017).

El centrismo como método de pensamiento

Uno de los aportes más clarificadores sobre el centrismo proviene del académico Bo Winegard, quien insiste en que no es una posición intermedia entre extremos, sino una forma de enfrentar el conocimiento político. Como él mismo señala, “el centrismo es una postura política flexible, pero es inflexible en su impulso a la investigación abierta y al discurso enérgico”. No se trata de dividir la diferencia entre dos posiciones opuestas (los extremos de derecha e izquierda), sino de someter ambas al examen de la razón (Winegard, octubre 2017).

Esta afirmación contiene una verdad profunda: el centrismo no es el punto medio, es el método.

En sociedades complejas, ninguna política es perfecta. Toda decisión implica costos y beneficios, ganadores y perdedores. El centrismo parte de esta realidad, no como una debilidad, sino como una condición inevitable. Por eso insiste en el debate abierto, en el reconocimiento de las compensaciones y en el rechazo de los dogmas. Como advierte Winegard, cuando las ideas se sacralizan, dejan de ser discutidas, y “la investigación abierta se convierte en la víctima”.

Este es, quizás, el aporte más importante que persigue el centrismo: sustituir la certeza ideológica por la honestidad intelectual.

Su fuerza no radica en la ausencia de convicciones, sino en la disposición a someterlas a la evidencia. No rechaza el cambio; rechaza el cambio ciego por ideología. No rechaza la firmeza; rechaza la obstinación. No rechaza las ideas fuertes; rechaza las ideas incuestionables.

El centrismo no es una ideología sino una ética: una disciplina del pensamiento político basada en el análisis, la prudencia, la evidencia y el respeto por la complejidad de la realidad social, con el único objetivo de enfilarse en cada aspecto, decisión y acción, a lo que más le convenga a los colombianos.

Las críticas necesarias: cuando el centrismo se convierte en estructura de poder

Sin embargo, como toda idea que entra en contacto con el poder, el centrismo ha sufrido deformaciones.

Uno de sus críticos incisivos, William Pearse, advierte que el centrismo puede convertirse en un instrumento de preservación del statu quo. En contextos de crisis profundas, la moderación puede ser percibida no como prudencia, sino como inacción, como debilidad. Cuando el orden existente es parte del problema, la gradualidad de los cambios puede resultar insuficiente frente a desafíos estructurales como la desigualdad, el endeudamiento generacional o el deterioro institucional (Pearse, 2021). Esta crítica es válida, y debe ser tomada en serio.

El análisis de Alexander Blum sobre el caso estadounidense revela una distorsión aún más preocupante: el centro político no siempre ha sido el punto de equilibrio de la razón, sino el punto de equilibrio del poder. Como él afirma, “el centro político no es el centro porque sea neutral, sino porque ahí es donde se asienta la masa del poder”. En este sentido, el centrismo, en su expresión política concreta, ha servido en ocasiones para legitimar estructuras existentes, más que para examinarlas críticamente (Blum, 2017). Y esta distinción es fundamental.

Existe un centrismo como método intelectual, orientado a la búsqueda de la verdad, y existe un centrismo como práctica política concreta, que en determinados contextos ha protegido equilibrios de poder existentes. Confundir ambos es un error frecuente en el debate contemporáneo.

El centrismo como inteligencia aplicada a la política

De todo lo anterior surge una conclusión clara: el centrismo, en su sentido más profundo, no es una posición débil, sino una forma superior de disciplina intelectual.

No responde a la ausencia de convicciones, sino al uso deliberado de la inteligencia para enfrentar la complejidad. No se basa en la adhesión a ideologías cerradas, sino en la evaluación constante de la realidad. No busca proteger el pasado ni imponer el futuro, sino construir el presente con responsabilidad. Representa algo más profundo que una ubicación política: representa la decisión de pensar antes de actuar.

Por ello conecta de manera tan natural con el pensamiento más probable de una mayoría de colombianos. Nuestra historia ha estado marcada por los extremos, y conocemos bien sus consecuencias. La sociedad colombiana no quiere perder la estabilidad, pero tampoco quiere renunciar al cambio. Quiere avanzar sin destruirse.

No es casualidad que, salvo contadas excepciones, la mayor parte de los candidatos presidenciales busquen ubicarse en el centro, o cerca de él, sin ser centristas o pretendiendo serlo. No se trata únicamente de estrategia electoral, sino del reconocimiento de una intuición colectiva: el país necesita transformación, pero también necesita equilibrio. Ninguno de los dos extremos puede ofrecer esto simultáneamente.

El verdadero valor del centrismo no es su ubicación en el espectro político, sino su contribución a algo más importante: el entierro de las ideologías como sustituto del pensamiento.

Durante demasiado tiempo, la política ha sido guiada por certezas absolutas que ignoran la complejidad de la realidad. El centrismo, en su forma más exigente, propone algo distinto: reemplazar la ideología por el método, el dogma por la evidencia, la reacción por el juicio.

El calificativo de “tibio” ha sido utilizado con eficacia por los extremos para desacreditar esta postura, presentándola como debilidad. Pero en realidad fue una estrategia para desplazar el debate desde el terreno de la razón hacia el terreno de la emoción. Hoy, con mayor claridad, es posible recuperar el verdadero significado del centrismo.

No como indecisión, sino como disciplina. No como temor, sino como responsabilidad. No como renuncia, sino como método. Un centrismo firme, coherente y decidido, capaz de actuar con fuerza cuando la evidencia lo exige, y de contenerse cuando la prudencia lo aconseja. Porque, no debe perderse de vista nunca, que el verdadero propósito de la política no debe ser defender ideologías, sino servir al país.

Rafael Fonseca Zárate

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