Cómo curarse de odio

En Semana Santa bien vale la pena escribir sobre el odio. En últimas, fue el odio lo que llevó a la crucifixión del Mesías. El problema del odio o la enfermedad del odio, por denominarlo de esa manera, no es de quien es destinatario o receptor de ese sentimiento de aversión o de esa emoción negativa que busca su destrucción, si no de quien realmente lo padece, en otras palabras: El problema del odio es de quien supura odio y destila la hiel de destrucción hacia el sujeto u objeto del odio. Quien odia, no sólo odia lo que está fuera, odia finalmente lo que está afuera porque allí recae su propio reflejo. Es decir, quien odia a otro, se odia a sí mismo porque ve reflejado en el otro lo que tanto detesta y le incita a querer autodestruirse por medio de la destrucción del otro. Este breve artículo sin pretender ser un tratado de ciencia psicológica, porque definitivamente no lo es, sí es una diminuta reflexión personal sobre como curarse de odio, o al menos, intentar tomar conciencia sobre el padecimiento del odio.

El odio es catalogado como un sentimiento de aversión hacía alguien o hacia algo, se dice también que es una emoción negativa que provoca el más profundo rechazo hacia el destinatario de dicha emoción que, muchas veces puede ser la misma persona que la padece. Según algunos diccionarios de psicología definen el odio como una pasión de un sujeto que busca la destrucción de su objetivo, para el psiquiatra de nacionalidad alemana Sigmund Freud (1856-1939) el odio era un hecho clínico esencial que produce serias consecuencias psíquicas y sociales. Para el psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981) el odio se manifestaba como el odio celoso y el odio del ser; el primero se dirige hacia aquello que se considera digno de rivalidad, y el segundo, que es más vehemente, es el odio hacía otro por el hecho de saber más o de conocer más o incluso el odio hacía Dios por el hecho de ser Dios, “El odio del ser puede también apuntar al ser de una persona a la que le es supuesto un saber más perfecto y cuyas conductas o proposiciones son entonces execradas”, en términos de Lacan, fueron víctimas de este odio del ser, el astrónomo pisano Galileo Galilei (1564-1642) y el matemático alemán, inventor de la teoría de conjuntos, George Cantor (1845-1918).

El que odia lo hace porque le ha dado la capacidad al destinatario de esa aversión para provocarle ese sentimiento de repulsión. Quien odia lo hace porque sufre, es débil, su inteligencia emocional no le permite gestionar adecuadamente las emociones, entendiendo que el dolor provocado puede ser digerido por medio del diálogo y la introspección. Los seres humanos cargamos con dolor, con resentimiento, con desprecio por el que es diferente ya sea por que se ve diferente, porque vive diferente o simplemente porque piensa o ama diferente. ¿A dónde irá a parar el mundo si todos los seres humanos tuviéramos que concebirnos, vivir, pensar o amar de la misma manera?

Curarse de odio no es fácil, ni consiste en una receta mágica que se toma en dosis de comprimidos cada ocho horas, pero en mi experiencia, más como receptor o recibidor de odios fundados e infundados y menos como odiador, lo que creo trance superado, es posible proponer desde una mirada holística algunos ejercicios terapéuticos a saber: Primero, aceptación y amor propio. Segundo, entender que todos los seres humanos somos diferentes y que la tolerancia es un acto de amor. Tercero, el sentido de la consideración moral para con el otro. Cuarto, tener la capacidad de hacer un ejercicio de alteridad desde el lugar del otro, y luego desde un lugar ajeno al otro y al propio para determinar qué es lo que provoca ese sentimiento aversivo. Quinto, meditar con la mirada hacia dentro, introspección para hallar la causa del odio dentro del propio ser y no fuera. Sexto, perdonar lo odiado, sin perdón no es posible sanarse de odio.

El camino del odio viene de afuera hacia dentro, y no al contrario. Dado el caso, pido perdón a quienes me han odiado y a especialmente a quienes me odian, y a quiénes en algún momento he odiado, no ha sido jamás mi deseo despertar tan vil sentimiento. El odio enceguese. Abandonar el odio es retomar la claridad. Que la Semana Santa haya sido tiempo de refrigerio y reflexión.

León Sandoval

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