Verdejo y Rueda, historia y tecnología para el vino blanco preferido en el mundo

‘Ancha es castilla’, reza una vieja frase española que según la leyenda provenía de los propios reyes. En su origen se refería a que durante el siglo X, en tiempos de la repoblación de esas tierras, y quería decir que aparte de que la extensión del terreno era muy amplia, las personas que llegaban a fundar ciudades, podían tener muy buenos beneficios económicos. El objetivo no era otro que atraer a católicos tras la reconquista española a los musulmanes. Quizás sea una de las primeras campañas de marketing social de la historia.

La frase ha madurado bien porque cuando uno se adentra por carretera en tierras castellanas se da cuenta de la inmensidad de la meseta, de sus vistas de viñedos sin fin. Del impresionante negocio montado en torno a la uva, y, sobre todo, de su amor por el vino, en una cultura que trasciende de los fríos números del negocio.

Sorprende el mar de ramas y uvas que pueblan los campos. Impresiona la tecnificación y el buen trabajo realizado por el sector durante décadas. Hoy en día, denominaciones de origen de esas ‘áridas’ tierras como Ribera del Duero, Toro o Rueda ganan cuota de mercado año tras año, posicionando sus vinos en todo el mundo como referentes de calidad a un precio muy competitivo.

Llegamos a Rueda, líder absoluto en cuota de mercado en ventas de vino blanco español en el mundo, y lo primero que nos atrapa es un calor sofocante, un día de agosto a las 3 de la tarde. “Lo habitual por estas fechas”, nos dicen los autóctonos. Por esa razón, la vendimia se hace en horas de la noche. El vino blanco, idealmente, se debe depositar a 18 grados en las cubas de acero inoxidable para su proceso de fermentación. Si durante el día la temperatura supera los 40ºC es difícil de bajarle la temperatura, de ahí que toda la actividad sea nocturna.

Tecnología

Durante el mes de vendimia, ahora en septiembre, esos campos castellanos son una autopista de tractores, porque la vendimia, a diferencia de años atrás, ya es con máquina en más de un 95% de los viñedos. Primera prueba de tecnología. Lo comprobamos en Palacio de Bornos, una de las bodegas de más solera. Empresa con 20 marcas y 7 bodegas en toda España, copan varios territorios y Denominaciones de Origen (D.O) ibéricas. Su CEO, Fernando Zaratiegui, atiende amablemente a Confidencial Colombia. Vuelve a reafirmar de la importancia de la tecnología. “El vino blanco español hoy en día es tecnología”, mientras nos muestra la bodega.

Llegamos en pleno frenesí. Queda una semana para el comienzo de la vendimia o recogida de la uva y están haciendo obras, cambiando algunos de los gigantescos depósitos en acero inoxidable donde el vino dormirá durante meses antes de ser embotellado. “En los días de vendimia recogemos aproximadamente 300.000 kilos de uva diarios, ahora gracias a los tractores se puede hacer de una manera rápida y eficaz”.

Su mercado en un 66% está en España, pero la importancia de las exportaciones es cada vez mayor. Europa, Asia y, poco a poco, el mercado latinoamericano, con México y Colombia como principales consumidores, y en ascenso, con su marca estrella: Palacio de Bornos.

La vista a nuestra primera parada termina en una extraordinaria cata de vinos, donde incluso una persona no experta se daría cuenta de lo evidente: de los intensos aromas, de los sabores afrutados y del nivel de calidad que arroja la uva verdejo: la ‘nueva reina de Rueda’. Uva autóctona de la zona y el alma del vino de Rueda. Es una variedad de uva única, Su color es amarillo pajizo con reflejos verdes, limpio y brillante. Potente en nariz, afrutada, con notas de manzana verde, cítricos y hierbas aromáticas. En boca, sin embargo, es fresca, intensa, afrutada y equilibrada con pequeños toques amargos.

Gigante de la zona

Nuestro paseo prosigue en ‘Cuatro Rayas’, la bodega más grande de la D.O. Rueda, con un 20% del total de la producción, ubicada en la localidad de La Seca, considerada la ‘cuna del Verdejo’. Cuatro Rayas aglutina la pasión por la uva de 300 socios viticultores que suman más de 2.400 hectáreas de viñedo propio. Esta cooperativa da empleo a cerca de 700 personas de 30 pueblos cercanos.

Cuatro Rayas, que ya supera los 20 millones de botellas año en ventas, se fundó en 1935 bajo el nombre de ‘Bodega Cooperativa de La Seca’ y hoy es una de las bodegas más prestigiosas por sus verdejos, pero además de esta variedad de uva, elaboran y distribuyen vinos tanto monovarietales como ‘coupage’ de las diferentes uvas: Sauvignon Blanc, Tempranillo, Viura y Palomino Fino. De esta última variedad, de la que actualmente no está permitido plantar nuevas cepas en la D.O. Rueda, Cuatro Rayas conserva algunos viñedos que, por su edad suponen un verdadero tesoro y cuya producción se cuida con esmero para mantener viva la tradición de los vinos dorados de Rueda, que ya en tiempos de los Reyes Católicos, eran reconocidos como la elaboración más característica de esta zona.

Su ‘Area Manager’, Laura Calleja, junto al enólogo Roberto López Tello, nos hacen un entretenido recorrido por la bodega. Entendemos la importancia de la inmensidad del negocio y el trabajo bien hecho durante varias generaciones. El cómo la unión hace la fuerza. La unión de decenas de viticultores que entendieron que, para ser reconocidos en todo el mundo, no sólo había que tener sólo un buen vino, sino unirse y dar el salto de calidad. “Cuatro Rayas lleva años trabajando por ser una bodega responsable con el medioambiente, un esfuerzo que se ha visto recompensado con su acreditación como empresa certificada en ISO 14001. Este distintivo reconoce el compromiso activo de la cooperativa con la protección del medio natural”, afirma Calleja, quien lleva el vino en la sangre pues su padre fue uno de las personas clave hace 5 décadas en la fundación de la Denominación de Origen Rueda.

Distintivo de calidad

Cuatro Rayas, además, atesora distintas elaboraciones bajo la exclusiva categoría ‘Gran Vino de Rueda’, el distintivo de calidad, creado por la D.O. Rueda, que se reserva para vinos exclusivos de elaboración seleccionada y orientados a la alta gastronomía. Y su joya es Cuatro Rayas Longverdejo, vino que destaca por su complejidad y equilibrio, en los que se aprecia con nitidez el carácter de los diferentes terruños de los que proviene: dos zonas diferencias de Valladolid y Segovia, que combinan suelos de tierra de pinar más arenosa (en los que predomina la acidez y el nervio en boca, la fruta fresca y la mineralidad en nariz), junto con la fruta más golosa y el hinojo de los viñedos de La Seca y Serrada (Valladolid).

Para la elaboración de estos vinos se combinan depósitos de acero inoxidable, de hormigón ovoide y barricas de 500 litros de roble francés con diferentes tostados, dando lugar a un abanico de elaboraciones que se ensamblan en un coupage único con crianza sobre sus lías finas de cinco meses y bâtonnage diario durante 3 meses”, nos explica Roberto, el enólogo, quien, como todos en esta región, destilan pasión y amor por el vino y la tradición.

Estos esfuerzos han tenido su recompensa, cosechando numerosos premios. Destaca el generoso premium ‘61’ Dorado en Rama, que cuenta con 91 puntos Parker (la ‘biblia’ del vino); las tres añadas convivientes de Amador Díez Verdejo Cuvée han hecho a esta elaboración merecedora de premios como Medalla Platino (97 puntos) Decanter, Oro y Mejor Vino de Rueda en el Concurso Mundial de Bruselas o 95 puntos Tim Atkin. 

De generación en generación

Y finalizamos acabamos en una bodega de familia en un pequeño llamado Pozaldez, de no más de 500 habitantes. “Esto es un negocio, pero es mucho más que un negocio, es una forma de entender la vida, de mantener las tradiciones. Por eso estamos aquí, en la tierra que nacimos. Somos una bodega 100% familiar con más de seis generaciones de tradición elaborando vinos. Mi padre, Félix Lorenzo Cachazo, fue uno de los ocho fundadores de la D.O. Rueda, pero más importante que ser fundador es que inventaron un nuevo vino y un nuevo consumidor. Actualmente sólo dos bodegas de esos 8 fundadores siguen funcionando (otras desaparecieron o fueron vendidas a grandes grupos”, quien nos abre las puertas de su casa, literalmente, es Eduardo Lorenzo Cachazo, gerente de Bodegas Cachazo, exponente claro de una bodega familiar que ha hecho y está haciendo muy bien las cosas.

Con dos millones botellas de producción al año, también enarbolan con orgullo el no sólo estar creciendo en producción, sino en calidad, “Estamos cosechando las mejores puntuaciones Parker de la D.O. Rueda en los últimos años, con 90, 91+ y 93 incluyendo el ‘Mejor vino blanco joven de la D.O.Rueda’, además de obtener muy buenas puntuaciones en publicaciones del sector como Suckling, Wine Enthusiast o Jancis Robinson. “Colombia es un mercado creciente, junto con México nuestro principal público en Latinoamérica”, donde ya llegaron con sus marcas estrella: Carrasviñas; y con Caballero de Olmedo, un vino joven que ya ha ganado numerosos premios.

Fundador de la Denominación de Origen

Tenemos el honor que el padre fundador Félix Lorenzo Cachazo, y quien da nombre a la bodega, se unió a la visita junto a su hija, hoy enóloga de la empresa, y la familia entera nos mostraron el trasiego de un negocio que está más vivo que nunca. Desde la cadena de embotellado, la evolución tecnológica en el depósito de la uva, sus viñedos… Un placer para los sentidos y un lujo para cualquier amante del vino.

“Nuestro compromiso social hace que prefiramos trabajar con pequeños productores de uva, muchos de ellos ya le traían uva a mi abuelo. Aquí nacimos, estamos en deuda con nuestra tierra y estamos obligados a devolverles lo que les debemos. Queremos que estos pequeños productores sigan viviendo en nuestros pueblos. Nosotros tenemos 35 hectáreas propias, y compramos uva de 200 hectáreas más de la zona. Siempre a la misma gente y generación tras generación. Estamos trabajando con más de 80 pequeños productores de uva”, reafirma Eduardo Lorenzo su compromiso con ese pedazo de tierra castellana.

Para terminar con broche de oro la visita, visitamos el viñedo, donde reafirmamos la belleza de esos campos eternos de uvas y tierra cultivada. Desde un pequeño monte de la finca, logramos apreciar de una manera inolvidable, un horizonte casi infinito de viñedos en crecimiento, sólo roto por caminos de tierra y alguna carretera. Y al fondo, a unos 20 kilómetros de meseta, se levanta el imponente castillo de La Mota, lecho de muerte de la Reina Isabel I, hace más de cinco siglos. Es un momento mágico, en el que nos dimos cuenta que en esas tierras castellanas, todo es historia, tradición, cultura y grandeza.

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