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Etiqueta: Jorge Enrique Robledo

A reducir las tarifas

No se recuerda en Colombia una molestia más extendida que la del Caribe. Reclaman las organizaciones sociales, por norma las primeras en hacerlo, pero también los alcaldes de las capitales, las cámaras de comercio, los comités intergremiales, los obispos, los especialistas, los medios de comunicación y casi todos los sectores políticos.

Es natural tanta coincidencia. Porque los irrita que por el plan de desarrollo de Duque (2019) las facturas de la electricidad se encarecieran, además de la inflación, en 46 por ciento, duro cambio que aumenta el hambre de los hambreados, empobrece más a los empobrecidos, arrincona a las clases medias y desestimula y hasta quiebra los negocios, al punto de que se habla de abandonar la región.

 

La molestia aumenta porque cada vez más costeños se enteran de que las tarifas deben subir otro 42 por ciento real –hasta el 88 por ciento–, bastante más que el aumento del ingreso de las familias.

También genera rechazo que lo acordado entre la ministra Irene Vélez y las empresas que facturan esté muy lejos de las exigencias de los usuarios. Porque las rebajas serán muy menores, del orden de 5,6 por ciento y solo por noviembre y diciembre. Cuán poco justo le resultó al gobierno del “cambio” el llamado “pacto por la justicia tarifaria”, acuerdo que ni les consultaron a los paganinis.

Le suma bastante a la inconformidad que en el nuevo gobierno sigan siendo secretos los contratos que usó Iván Duque para dividir a Electricaribe entre Air-e y Afinia. Porque Duque fue incapaz de darle la cara al país luego de autorizar actos tan abusivos como que Air-e pagara –y parecido sucedió con Afinia– 285 mil millones de pesos por su parte de Electricaribe, pero que le otorgara el derecho a hacer ganancias sobre $2,4 billones, y con la alta tasa del 12,09 por ciento, regalándole utilidades exorbitantes.

Por razones obvias, molesta mucho que les sigan cobrando la electricidad que a las empresas se les pierde de sus redes, y falta que se enteren que la reforma tributaria presiona nuevas alzas por la sobretasa de tres por ciento al impuesto de renta de la generación hidráulica.

Se repudia todavía más que este gobierno esté usando las mismas normas de Duque para fijar las tarifas de Air-e y Afinia, aunque el artículo 126 de la Ley 142 lo autoriza a cambiarlas. Porque, demagogias aparte, esa es la única solución verdadera a unos abusos que hacen parte de unos contratos leoninos diseñados sin ninguna consideración por la ciudadanía.

Para completar, en días pasados el presidente Petro habló largo en Barranquilla y fue notorio que evadió tratar en serio un problema grave que está empeorando. Pero sí sacó aplausos insinuando que a punta de sol le daría una solución mágica.

Es deber entonces decir que Colombia puede y debe avanzar en energía solar. Pero también que no hay ninguna posibilidad de que el actual problema tarifario del Caribe se resuelva solo así. Porque pasará mucho tiempo antes de que se le pueda instalar energía solar a todos sus habitantes y porque, por distintas razones, esa electricidad no cubrirá el ciento por ciento de las necesidades, lo que impedirá que los usuarios puedan desconectarse de la energía tradicional y de las facturas de Air-e y Afinia.

Bogotá, 5 de noviembre de 2022.

Reforma electoral sastre

Si algo no tiene un verdadero carácter anticlientelista –el adjetivo que le endilgan los partidarios del gobierno de Gustavo Petro–, es la reforma política en trámite. Porque, para empezar, en la Comisión Primera del Senado se rechazó de plano la propuesta de Humberto de la Calle de cambiarle el carácter y las funciones al Consejo Nacional Electoral y a sus relaciones con el todopoderoso Registrador, los dos poderes que aseguran un sistema electoral plagado de clientelismo y corrupción que no ha estado al servicio de la democracia sino de la partidocracia de los mismos con las mismas. Con razón concluyó de la Calle: “Creo que el gobierno no apoyó la idea”.

De pupitrazo, ya se aprobó en primer debate la reforma de la Casa de Nariño y los partidos “de gobierno”, los mismos electores en la componenda que escogió al Contralor General, pieza insustituible en toda repartija clientelista, con sus cegueras y torpezas calculadas para no ver ni actuar, no resulte que por error cumplan con sus funciones legales de investigar y sancionar.

 

Aunque pueda parecer increíble, están por resucitar que los congresistas puedan renunciar a sus cargos para convertirse en ministros del gobierno, práctica hoy prohibida por una ley que le dio respuesta al repudio ciudadano a que los presidentes usaran su poder para comprarse a los jefes de los partidos y a los propios partidos.

La financiación oficial de las campañas ya no la controlarán los candidatos sino los partidos, con lo que se decuplicará el gran poder de sus presidentes para someter a los congresistas y a los demás candidatos a unos avales que reparten a discreción.

También pretenden aprobar otra etapa de transfuguismo político, para que los ya elegidos puedan escabullirse de los partidos por los cuales salieron para irse a otros, norma diseñada a la medida del Pacto Histórico, que así calcula aumentará sus filas. La clásica reforma sastre, a la medida no de las necesidades nacionales sino del grupito de quienes resultarán favorecidos.

Y buscan resucitar otra práctica que también fracasó. La de las listas cerradas y obligatorias a las corporaciones públicas, que hicieron famoso el “bolígrafo” de cada mandamás, que a su arbitrio escogía a los candidatos echando el cuento de que así garantizaba figuras ejemplares.

Cuando lo único que en verdad pueden asegurar las listas cerradas es poder ocultarles a los electores a quienes se elegirán, porque no tienen que hacerse visibles en las campañas electorales. Al senador que saltó del anonimato al desprestigio en Cartagena, ¿si lo habrían elegido los antioqueños –que lo conocían de autos– si hubieran tenido que marcarlo en el tarjetón?

Sobre las listas cerradas o abiertas lo democrático es lo que hoy existe, que permite que cada partido, según sus propios criterios, abra o cierre las suyas en cada circunscripción y que además pueda modificar sus decisiones a lo largo del tiempo.

Lo mínimo de lo democrático en una reforma política es que el sector de quienes controlan la chequera del gobierno nacional no pueda usar el poder burocrático y contractual para imponer cambios diseñados a la medida de sus particulares intereses, sobre todo cuando el “cambio” anunciado es como este, el salto a un pasado indeseable.

¿Matar la gallina de los huevos de oro?

Cuenta Esopo en una de sus fábulas que un mago le regaló a un campesino una gallina que ponía un huevo de oro cada día, con lo que se volvió el más rico de la comarca. Y que este nuevo rico un día decidió matar la gallina con el sueño infantil de apoderarse en un instante de la totalidad de la mina de oro que supuso tenía adentro, con lo que sin nada se quedó.

Esta historia me llega a la mente por el fuerte castigo que la reforma tributaria le propinará a Ecopetrol, de 7,6 billones de pesos en 2023, monto tan alto que representa la tercera parte del aumento del recaudo, calculado en 22 billones. Y la exacción escalará a 12 billones desde el 2026. Con razón, directivos de la empresa y analistas le han reclamado al ministro de Hacienda y a los congresistas petristas.

 

Los nuevos impuestos provienen de una sobretasa al impuesto de renta y de la no deducibilidad de las regalías que define la reforma, que además le crea un problema mayúsculo a Reficar –del Grupo Ecopetrol– por el cambio del régimen de zonas francas, empresa a la que se le debería dar un trato distinto a las privadas pero que los TLC impiden, como ocurrió con el día sin IVA solo para la producción nacional.

Se castiga a Ecopetrol, una empresa que en un 88,5 por ciento pertenece al Estado, es decir, a los colombianos y cuya producción e impuestos financian en grande el gasto público nacional, las regalías de los departamentos y buscar y producir más hidrocarburos, de cuyos éxitos depende que el dólar y la crisis nacional no se salgan de madre.

Y esos mismos recursos deben financiar la urgente modernización de la refinería de Barrancabermeja –que no adelantaron ni Santos ni Duque y que el candidato Petro ni siquiera incluyó en su programa–, para que Colombia salga del peor extractivismo imaginable, el del absurdo de exportar petróleo e importar el 37 el 35 por ciento de la gasolina y el ACPM, respectivamente.

Al golpe que se prepara hay que sumarle el pésimo negocio que le impusieron Duque y Carrasquilla a Ecopetrol cuando, tras otra demagogia de falso ambientalismo, la obligaron a comprarle ISA al Estado colombiano por 14,2 billones de pesos, plata que despilfarraron en politiquería. Para empeorar las cosas, en un año, las acciones de ISA se han desvalorizado en 2,8 billones de pesos y en dividendos apenas pagarán el tres por ciento, en tanto Ecopetrol paga 17 por ciento más –en pesos– por su deuda adquirida en dólares. Y Duque dejó listas las privatizaciones de Cenit e Invercola, del Grupo Ecopetrol.

Que no resulte que una falsa defensa del medio ambiente –falacia demostrada hasta la saciedad y protegida por sectarismos políticos–, haya levantado una ola antipetrolera y anti Ecopetrol tan fuerte, que le abra paso al objetivo privatizador de décadas y revierta la lucha nacionalista de los trabajadores del petróleo y de los demócratas colombianos, incluido Jorge Eliecer Gaitán, que en 1951 convirtieron en Ecopetrol a las trasnacionales petroleras que monopolizaban el negocio en Colombia, convirtiéndose en la mayor empresa de la historia nacional y la número 294 entre las 300 más grandes del mundo (Forbes, 2021).

Sin duda, esta es una de las razones por las que al FMI le gusta la reforma tributaria. El colmo sería que se sacrificara la gallina de los huevos de oro de los colombianos.

Y siguen los TLC

Entre el silencio de Gustavo Petro y los parcos anuncios ministeriales ya se sabe que no habrá renegociación ni denuncia de los TLC, a pesar de lo urgentes que son para Colombia. Y la mencionada revisión –que no han confirmado– ni siquiera permite reducir los aranceles o alargar los plazos de desgravación.

Que esta sea otra promesa incumplida del candidato no debe sorprender. Porque la renegociación de los TLC la incluyó en su programa presidencial tarde y a regañadientes. Y se sabe que el senador Petro viajó una semana a Whashington en 2007, a cuyo regreso nos impuso votar en el Polo que echáramos atrás el rechazo a los TLC, votación que perdió (Ver enlace).

 

Es una burla que el gobierno de “el cambio” defienda tratados diseñados para empeorar el modelo económico, social y político implantado en Colombia por lo menos desde la mitad del siglo XX, siguiendo a las determinaciones de los llamados organismos internacionales de crédito. Porque así se aseguraron que el capitalismo nacional alcanzara para promoverles jugosos negocios a las trasnacionales, y a algunos nacionales, pero no para desarrollar de verdad a Colombia.

Detalla tanto el interés de Estados Unidos –y el de la Unión Europea– que su TLC nos obliga con más de mil páginas y 23 capítulos que reglamentan en detalle el comercio de bienes y servicios, industriales, agrarios y de todo tipo. Y define sobre la inversión en educación, salud, minería y todo lo demás, las compras públicas, el sector financiero, las telecomunicaciones, la solución de controversias, el ambiente, la cultura, los asuntos laborales y la propiedad intelectual, entre otros, siempre según las conveniencias de ellos.

Y esos TLC –que fueron redactados con la guía de las trasnacionales de esos países– están garantizados, mientras no se cambien, por la Constitución de Colombia, por lo que nadie –desde el presidente de la República para abajo– puede decidir nada que los contradiga.

No más la ingenuidad o la astucia de decir que en plena globalización neoliberal las potencias andan por el mundo trayéndoles las bienaventuranzas a países como Colombia.

Porque más de 70 años, incluida la apertura y los TLC, son prueba suficiente para saber que país que decida industrializar de verdad sus faenas urbanas y rurales, apoyándose en la ciencia y las tecnologías complejas, se desarrolla –ver China y Corea–, en tanto que el que no lo haga se queda en el atraso, el desempleo, la pobreza y la corrupción, así le impongan como falsa solución la deuda externa y la inversión extranjera.

Que Gustavo Petro coincida con Uribe, Santos y Duque en la oferta de desarrollar a Colombia en medio de los TLC es una ficción que ni él puede creer. Y que le destruye su retórica de reemplazar el petróleo y la minería con más industria y más agro, dado que él sabe que el libre comercio extrema las ideas colonialistas de David Ricardo, las cuales determinan que los países de América Latina deben exportar bienes básicos agrícolas y mineros –quedarse en el extractivismo– para así pagar la importación de los bienes procesados y los créditos y las inversiones foráneas, manteniéndonos en el subdesarrollo.

Que desde 1990 aumentaran las importaciones agrarias de 500 mil a 14 millones de toneladas anuncia que, por los TLC vigentes, siguen la quiebra de la leche y los lácteos,  el arroz y el pollo, seguirá anquilosada la industria nacional y en algún momento le meterán el zarpazo al azúcar, la panela y la palma.

La electricidad como tormento

En el último año, en Colombia las tarifas de la electricidad aumentaron el 25,9 por ciento, más del doble que la inflación y que el alza de los salarios. Pero en el Caribe el incremento fue bastante mayor: Santa Marta 49,9 por ciento, Riohacha 47,1, Barranquilla 44,4, Montería 44,4, Sincelejo 40,7, Valledupar 40,4, y Cartagena 39,2, agravando las condiciones de desempleo, pobreza y hambre de la región, de las peores del país.

El encarecimiento de la electricidad en la Costa –empeorado por el mayor consumo que imponen las altas temperaturas–, obedece a que así lo aprobó el duquismo –con votos en contra, como el mío– en la Ley 1955 de 2019, del Plan de Desarrollo de Iván Duque. Para favorecer a lo que luego serían Air-e y Afinia, las dos empresas que se repartieron a Electricaribe. “Régimen Tarifario Especial” –especial de caro–, llamaron ellos al engendro.

 

Y lo peor es que este tormento a los costeños no ha terminado. Porque las tarifas deben seguir subiendo muy por encima de la inflación, hasta alcanzar el 88 por ciento real, dado que el incremento “apenas” va en el 46 por ciento, la mitad de lo legalmente ordenado.

En la gran molestia que hay en la Costa –que llevó a los alcaldes de sus capitales a reclamarle a este gobierno urgentes soluciones– cuentan horribles secretos de esta historia que el Contralor no develó, aunque se lo solicité hace dos años.

Porque Iván Duque y sus ministros decidieron que fueran secretos los detalles del negocio y el precio de venta de Electricaribe a Air-e –de Alberto Ríos Velilla y de otros– y a Afinia –de EPM–, ocultamiento que se mantiene y que justificaron con la falacia de que era un negocio “entre privados”, cuando el ciento por ciento de las decisiones las tomaron funcionarios públicos luego de que Electricaribe, por su fracaso, quedara bajo control del Estado, que además se gastó en ella $13 billones, entre los que estuvo asumir su pasivo pensional y regalarles a los compradores la cartera.

Si algo se supo de cipote torcido fue porque empleados de Enerpereira –de despistados– publicaron el secreto de que habían pagado $285.000 millones por la que sería Air-e, a pesar de que luego la Creg reconoció que esos activos valían $2,44 billones, cifra sobre la que el gobierno les reconoce la muy alta ganancia en dólares del 11,36 por ciento, superutilidad que pagan los usuarios con sus elevadísimas tarifas.

obre otros torcidos del regalo a Air-e y a Afinia hay dos artículos de Aurelio Suárez que vale la pena conocer (ver enlace 1 , ver enlace 2 ). En ellos aparece que Air-e –que se oculta en Panamá– les cobra a los usuarios el 35 por ciento del impuesto de renta, cuando en realidad paga el 17,6, y también los obligan a pagar las pérdidas de electricidad provocadas por la ineficiencia de la empresa.

Sobre qué hacer para proteger a los costeños –y debe hacerlo el gobierno de Petro, así el problema lo creara Duque–, se necesitan por lo menos tres determinaciones: 1. Suspender nuevas alzas en las tarifas. 2. Por lesión enorme, revisar y modificar las condiciones del negocio con Air-e y Afinia. 3. Que el Estado, con sus recursos, asuma parte de las tarifas y/o de las inversiones necesarias.

Coletilla: mucho tiene que haber oculto para que del gobierno de Gustavo Petro hagan parte los partidos Liberal, Conservador y de la U.

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