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Etiqueta: León Sandoval

Cómo curarse de odio

El problema del odio o la enfermedad del odio, por denominarlo de esa manera, no es del destinatario o receptor de ese sentimiento de aversión o de esa emoción negativa que busca su destrucción, el problema es de quien realmente lo padece, en otras palabras: El problema del odio es de quien supura odio y destila la hiel de destrucción hacia el sujeto u objeto del odio. Quien odia, no sólo odia lo que está fuera, odia finalmente lo que está afuera porque allí recae su propio reflejo. Es decir, quien odia a otro, se odia a sí mismo porque ve reflejado en el otro lo que tanto detesta y le incita a querer autodestruirse por medio de la destrucción del otro. Este breve artículo sin pretender ser un tratado de ciencia psicológica, porque definitivamente no lo es, sí es una reflexión personal desde el holismo sobre como curarse de odio, o al menos, intentar tomar conciencia sobre el padecimiento del odio.

El odio es catalogado como un sentimiento de aversión hacía alguien o hacia algo, se dice también que es una emoción negativa que provoca el más profundo rechazo hacia el destinatario de dicha emoción que, muchas veces puede ser la misma persona que la padece. Según algunos diccionarios de psicología definen el odio como una pasión de un sujeto que busca la destrucción de su objetivo, para el psiquiatra de nacionalidad alemana Sigmund Freud (1856-1939) el odio era un hecho clínico esencial que produce serias consecuencias psíquicas y sociales. Para el psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981) el odio se manifestaba como el odio celoso y el odio del ser; el primero se dirige hacia aquello que se considera digno de rivalidad, y el segundo, que es más vehemente, es el odio hacía otro por el hecho de saber más o de conocer más o incluso el odio hacía Dios por el hecho de ser Dios, “El odio del ser puede también apuntar al ser de una persona a la que le es supuesto un saber más perfecto y cuyas conductas o proposiciones son entonces execradas”, en términos de Lacan, fueron víctimas de este odio del ser, el astrónomo pisano Galileo Galilei (1564-1642) y el matemático de nacionalidad alemana, inventor de la teoría de conjuntos, George Cantor (1845-1918).

 

El que odia lo hace porque le permite al destinatario de esa aversión provocar ese sentimiento de repulsión. Quien odia lo hace porque sufre, es débil, su inteligencia no le permite gestionar adecuadamente las emociones, empero, el dolor provocado puede ser digerido por medio del diálogo y la introspección. Los seres humanos cargamos con dolor, con resentimiento, con desprecio por el que es diferente, ya sea porque se ve diferente, porque vive diferente o simplemente porque piensa o ama diferente. ¿A dónde irá a parar el mundo si todos los seres humanos tuviéramos que vivir, pensar y amar de la misma manera?

Curarse de odio no es fácil, ni consiste en una receta mágica que se toma en dosis de comprimidos cada ocho horas, pero en mi experiencia, más como receptor o recibidor de odios fundados e infundados y menos como odiador, lo que creo trance superado, es posible proponer desde una mirada holística algunos ejercicios terapéuticos a saber: Primero, aceptación y amor propio. Segundo, entender que todos los seres humanos somos diferentes y que la tolerancia es un acto de amor. Tercero, el sentido de la consideración moral para con el otro. Cuarto, tener la capacidad de hacer un ejercicio de alteridad desde el lugar del otro, luego desde un lugar ajeno al otro y al propio para determinar qué es lo que provoca ese sentimiento aversivo. Quinto, meditar con la mirada hacia dentro, introspección para hallar la causa del odio dentro del propio ser y no fuera. Sexto, perdonar lo odiado, sin perdón no es posible sanarse de odio.

En últimas el camino del odio viene de adentro hacia afuera, y no al contrario. Dado el caso, pido perdón a quienes me han odiado y a especialmente, a quienes me odian, y también a quiénes en algún momento he odiado, no ha sido jamás mi deseo despertar tan vil sentimiento. Hoy estoy sano de odio ¿y Tú?

León Sandoval 

 

 

 

 

 

 

Siempre hay y habrá una oportunidad

La vida es un recorrido en el que se conoce el inicio, pero pocas veces el final. En el trayecto se tiene acceso a diferentes estaciones, medios de movilidad y compañeros de ruta, algunos se quedarán durante varios puertos, otros se bajarán incluso a mitad del camino, pero en general todo es aprendizaje. Aún en los tramos más adversos del recorrido cuando todo parece ir en contra, incluso en tiempos de tempestad, hay oportunidad para el aprendizaje y para retomar el camino creyendo que aún es posible avanzar.  Siempre hay y habrá una oportunidad para enmendar el camino, incluso el mismo camino a la tumba puede ser enmendado, así parezca tarde, nunca será tarde para quien cree.

La siguiente es una de las preguntas permanentes en consultoría de vida ¿Es posible cambiar la ruta de la vida por una menos azarosa? La respuesta contundente es sí; será posible siempre y cuando tomes en cuenta en qué parte de la ruta estás, cómo va el recorrido y qué estás dispuesto a hacer para cambiar el puerto de destino. Estos tres aspectos anteriores pueden ser manifestados de diferentes maneras y circunstancias, no todos emprenden la misma ruta, ni por el mismo medio, pero en común, todos quieren vidas más tranquilas y en calma, libre de exceso de peso y adversidades.

 

Conocer en qué parte de la ruta se está, implica hacer un alto en el camino y reflexionar con los instrumentos que se tienen a la mano para saber exactamente, qué se ha andado y a dónde se quiere arribar, si se ha navegado contra la corriente o por un precipicio sin más posibilidades adelante. Resulta importante conocer con qué recursos se cuenta y con qué infinita fe se puede avanzar. Es como si se tratara de reorganizar el sistema de GPS o la aplicación de Waze, muchas veces se transita en círculos y se repiten los caminos una y otra vez, con la cabeza clavada en la ruta, sin elevar la mirada al cielo para ver más allá.

Para determinar cómo va el recorrido, es importante hacer un balance de pesos y contrapesos, de viajes cortos y largos, de mercancías transportadas y gestionadas, de logros y aciertos, y a partir de allí, enmendar lo que sea enmendable, mejorar lo que deba ser mejorado y eliminar lo que no aporte o sea una carga que haga lento y pesado el recorrido, incluso angustiante. Cuando se conoce en qué parte del recorrido se va, es importante determinar inteligentemente cómo gestionar las emociones y si esas emociones pueden ser modificadas, trabajadas y tratadas en pro de determinar como el recorrido ha sido afectado por la emocionalidad.

Qué tipo de acciones o movimientos se está dispuesto a hacer para cambiar el recorrido, desde cambiar un hábito, una práctica, una forma de ver el mundo, hasta cambiar de domicilio, de trabajo y de forma de vida. Un simple cambio de imagen muchas veces contribuye de manera significativa sobre la forma como te ves y miras el mundo. Cambiar el recorrido entraña una alta autoestima y una forma de abordar los problemas y las adversidades en el camino de la vida desde el amor propio y no desde la baja estima. Desde la alegría y no desde la aflicción. Desde la abundancia y no desde la carencia. Cuando la alta autoestima llega, el recorrido de la vida se hace menos tedioso, más sincero, empático y de mejor transición. No en vano, el conocerse a sí mismo de los antiguos griegos implicaba también una alta dosis de moral elevada.

No importa la adversidad, ni la dificultad por la que estés transitando, recuerda siempre que mientras haya vida, siempre hay y habrá una oportunidad, una oportunidad para arriar velas, una oportunidad para cambiar el rumbo, una oportunidad para pilotear la nave a un destino. Siempre pero siempre, valórate, ámate, quiérete, mímate porque eres tu mejor compañero, la mejor versión de ti es la que debes cultivar y con la que debes arribar al puerto final. Si lo crees, ¡Hecho está!

León Sandoval 

 

 

Aprende a amar el destino

Una de las grandes preocupaciones humanas a lo largo de los tiempos ha sido conocer el destino, si las personas tienen un destino signado y si ese destino puede ser cambiado. Como escribiera al respecto el célebre maestro de astrólogos, Mauricio Puerta Restrepo (1950), en su libro Astrología aplicada sólo para astrólogos (2004): “(…) a uno las cosas le suceden por destino o por idiota; que puede cambiar las segundas, pero no las primeras. Es más, ¿Cómo las va a cambiar, si usted no sabe cuál es su destino? Y, una vez lo sepa… ¿para qué va a querer cambiarlo si ese es SU (sic) destino?” En la anterior cita hay profunda sabiduría y pragmatismo, cómo realmente se quiere cambiar el destino que no se conoce, o se es tan idiota para querer cambiar lo que indefectiblemente ha de suceder. Los antiguos estoicos hablaron del Amor fati, que hace referencia a una alocución latina que bien podría ser traducida como amor al destino.

El filósofo alemán Federico Nietzsche (1844-1900) en sus textos La gaya ciencia (1882) y Ecce homo (1888) abordó el concepto del Amor fati, definiéndolo como amar las cosas como son, en otras palabras, aceptar los sucesos como suceden y no como se quiere que acontezcan, lo que muchos siglos antes, fue expuesto por Epicteto (55-135) en Enquiridión.  Si los seres humanos aceptasen las cosas como son en lugar de desear lo que no son, probablemente la vida sería más llevadera, habría menos sufrimiento, o al menos éste sería más llevadero.

 

Se debería como lección de vida de cada uno, aprender a amar el destino, más allá de cambiarlo o querer modificarlo, es preferible y deseable entenderlo para poder conocerse a si mismo y gestionar las emociones, en últimas, son las emociones las que determinan las acciones y son también las emociones las que sin quererlo terminan por modelar el destino. Los estoicos supieron con claridad meridiana que, las emociones son esclavas del pensamiento. Si las emociones preceden a las acciones, las emociones son precedidas por el pensamiento. Gran parte del éxito en la vida depende de la manera como se modela el pensamiento y su peso sobre las emociones. Aprender a amar el destino debería ser una especie de imperativo categórico personal. Aceptar el curso del destino para poder en forma inteligente y racional, controlar las emociones.

Aprender a amar el destino es fundamental para cada persona porque le permitirá conocer el libreto de su alma, y con arrojo decidir si el sufrimiento será permanente, si puede ser evitado, o al menos controlado. No es la idea de la muerte la que ocasiona zozobra y miedo, si no la forma como la muerte se presenta, acompañada de sufrimiento y de insoportable dolor. ¿Cómo conocer el destino? ¿Realmente el destino está signado en las estrellas? ¿Existe el destino como una concepción previa a la vida? ¿Resulta la astrología de utilidad para conocer el destino? ¿Podría ser la astrología una terapia para el alma?

La astrología, pese a que en las sociedades contemporáneas no goza del valor y el reconocimiento científico que tiene su hermana siamesa: La astronomía, es un instrumento que permite conocer el alma humana y reconocerse en ella, en particular, el libreto de la vida sobre el conocimiento propio. Si los seres humanos supieran gestionar sus emociones, probablemente habría menos sufrimiento, mayor aceptación de la realidad sobre el destino que a todos les espera y que cada uno debe recorrer. Aprender a amar el destino es parte de la tarea del héroe, entender que es una misión que cada uno debe descubrir y ejercitar en su proceso vital. Al cabo, en la asignatura de la vida, unos son más aplicados que otros y hacen de buena manera la tarea, pero al final nadie sale vivo.

León Sandoval

 

 

 

 

 

 

El amor incondicional

El amor es la energía más poderosa, el amor permite que lo imposible se haga posible. Por amor se han hecho las gestas más increíbles, pero también las más estúpidas, según Paul Tabori (1908-1975), en Historia de la estupidez humana, el caballero Ulrich Von Liechtenstein (1200-1278) mutilaba su cuerpo para agradar a su amada. Se debate sobre si el amor es un sentimiento o una energía absoluta y universal, si tiene límites o si por el contrario el amor es incondicional; éste es el amor que supera todo, que resiste todo y entrega todo a cambio de nada. Muchas veces el amor incondicional termina siendo una forma de amor idealizado por quien se hace acreedor del amor, o un estereotipo creado por la literatura y la industria audiovisual. Vale la pena preguntarse ¿Existe el amor incondicional? Este artículo trazará algunas reflexiones al respecto.

La muestra más contundente de amor incondicional está en el Evangelio: El amor de Dios, que sacrificó a su único hijo, al hijo amado por el perdón de los pecados y la vida eterna de los creyentes, Juan 3:16. El amor incondicional sí existe, es la energía que fluye en la naturaleza y ha sido revelado a la humanidad. Jiddu Krishnamurti (1895-1986) en su obra A los pies del maestro, sentencia: “Estudia profundamente las leyes de la naturaleza, y cuando las hayas conocido adapta tu vida a ellas, empleando siempre la razón y el sentido común”. Las leyes de la naturaleza expresan el amor como energía vital, y no como un tema de sentimientos, géneros o identidades sexuales. El hombre tiene la capacidad de fecundar y dar vida inseminando el óvulo ansioso de recibirla. La mujer aporta y permite que el óvulo sea fecundado, le corresponde albergar la vida gestante hasta que esa célula fecundada se transforme en un ser humano con su propio ADN y características genéticas en su unidad, identidad e individualidad, por ello, en la naturaleza los hijos son de las madres. En consecuencia, la mujer convertida en madre bien sea por procreación, adopción u otra manera, tiene naturalmente la capacidad de amar de manera incondicional y sin límites a sus hijos. El amor de la madre hacia sus hijos es el amor superior, el amor infinito y sin restricciones. El amor incondicional debería ser recibido por todo hijo desde su madre.

 

Existe también otra fuente de amor incondicional: El hombre. El hombre sólo ama incondicionalmente a la pareja, porque el hombre en su capacidad de fecundar tiene un rol establecido por la naturaleza, engendrar vida y proteger a su pareja. Albergar la vida es labor de la mujer, no del hombre, en sentido estricto. En otras palabras, el amor incondicional tiene dos fuentes, una, de la mujer hacia los hijos, y la segunda, del hombre hacia su pareja. Por supuesto, esto no quiere decir que toda mujer ame incondicionalmente por el simple hecho de ser madre, y que todo hombre ame incondicionalmente por ser compañero, y que no pueda haber amor incondicional entre otro tipo de relaciones, ni que el amor más grande es el que cada quien debe profesarse a sí mismo y al Creador. La naturaleza en su sabiduría infinita ha puesto a cada uno en un rol especial y definido.

Yerra el hombre que entra en una relación afectiva esperando recibir amor incondicional por parte de su pareja femenina, por el contrario, al hombre le compete nutrir con su amor incondicional a su pareja, para que, a su vez, según el caso, la mujer nutra con su amor incondicional a sus hijas e hijos, que a su vez podrían ser madres que amarán incondicionalmente a sus hijos y, potenciales compañeros que amaran incondicionalmente a sus parejas. La naturaleza no suele equivocarse, Dios no juega a los dados, dicen que dijo el gran físico.  Los actuales son tiempos donde se confunden amor con pasión, respeto con atracción, amar con sexar y biología con derecho. Cuesta reconocer que la naturaleza no se acopla al deseo del humano según sus circunstancias particulares, por el contrario, es al hombre y a la mujer, a los que les corresponde resonar, vibrar y reconocerse en la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

León Sandoval 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A los pies del maestro

A los pies del maestro es un libro poderoso, breve en extensión, profundo en saberes. Su autor fue Jiddu Krishnamurti, (India Británica 1895-California, Estados Unidos 1986), pensador indio que tocó la conciencia humana con sus enseñanzas y acción, fue uno de los líderes espirituales más importantes del siglo XX. Se dice que A los pies del maestro fue escrito cuando Krishnamurti tenía 15 años. El libro contiene las enseñanzas de El Maestro, que lo preparó para su iniciación, le reveló al autor. El propósito del libro es ayudar a las personas en su proceso de evolución. El libro está dedicado a todas aquellas personas que investigan, “De lo irreal condúceme a lo real. De las tinieblas condúceme a la luz. De la muerte condúceme a la inmortalidad”. Las enseñanzas del Maestro parten de la base de que no se trata sólo de apreciar la belleza de las palabras, se requiere que sean vívidas, es decir, puestas en práctica y ejecutadas. Cuatro son los requisitos para el sendero propuesto, a saber: Discernimiento, Ausencia de deseo, Recta conducta y Amor.

El discernimiento es la facultad de distinguir entre lo real y lo irreal que, en términos de El Maestro, conduce al practicante a entrar en el sendero, es en el sendero donde pueden ser halladas las cosas que realmente merecen ser logradas. Para El Maestro hay sólo dos clases de hombre: los que conocen y los que no conocen; el conocimiento es lo que prevalece, más allá de la religión, etnia o condición social de las personas. El conocimiento acerca a Dios permite evolucionar. Dios está en lo real, no en lo irreal. Elegir siempre el recto camino para desechar lo erróneo, tomando el control del cuerpo, de la mente y del espíritu. Abstenerse siempre de lo indebido sin detenerse a pensar en lo que piense o diga el ignorante. El estudio de las leyes de la naturaleza es una obligación para adaptar la vida a ellas en el pleno ejercicio de la razón y el sentido común. Ser una roca frente a lo recto o a lo malévolo, cediendo en todo aquello que no tenga importancia con afabilidad, bondad, raciocinio y condescendencia. Pensar por sí mismo es un deber.

 

La ausencia de deseo, el deseo no es el Ser. Todo deseo egoísta encadena aún por elevado que sea el propósito. Hacer el bien por amor al bien y no por la espera de una recompensa. Aconseja hablar poco o nada, y hacerlo sólo cuando lo que se deba decir sea verdadero, bueno y útil. Callar antes de hablar. Igualmente, se debe evitar la intromisión en los asuntos ajenos porque toda persona tiene derecho a la libertad de palabra, pensamiento y de acción, en tanto no afecte los asuntos de otros. Impone el deber de defender a niños y animales de tratos crueles, denunciar a quien viole las leyes, y educar con dulzura.

La recta conducta requiere la práctica de seis principios: El dominio de la mente, el dominio de la acción, la tolerancia, la alegría, la finalidad única y la confianza. Manteniéndose gozoso y sereno, evitando la aflicción, no hay derecho a estar en depresión. El Maestro invita a ser indulgente y benevolente. Por duro que sea el karma, se debe agradecer que no haya sido peor, estando dispuesto a desprenderse de cualquiera cosa y de todo si es necesario. Hacer todo de corazón con tenacidad como para El Señor y no para los hombres.

El Amor es la cualidad más importante, porque sin Amor no hay existencia. El Amor requiere no dañar a ningún ser viviente y estar siempre atento a cualquiera oportunidad para prestar ayuda. Según El Maestro, las conductas que más daño ocasionan al Amor son hablar mal, la crueldad y la superstición. La crueldad muchas veces es el resultado de falta de reflexión. Ser uno con Dios se logra cuando la persona es canal del Amor hacia los semejantes, para ello, la Sabiduría, la Voluntad y el Amor son tres cualidades que deben ser esparcidas desde el interior de cada individuo hacia el mundo. En suma, Amar es una bendición no un simple verbo, quien ama evoluciona.

León Sandoval

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensar para el éxito II

Si se parte de la premisa que pensar bien y bonito es el primer paso para lograr el éxito en la vida; el amor es el condimento especial que debería sazonar todo acto humano en la búsqueda de la realización superior. Pensar bien y bonito al igual que el amor son excluyentes con todo pensamiento que apunte hacía el odio, la envidia y el juzgamiento. A mayor calidad del pensamiento, mayor será su fluidez en aras de la materialización de lo que se busca para el éxito en la vida. Para que una idea sea considerada diamante, es decir una idea trascendente e impactante, debe tener la posibilidad de materializarse en algo favorable, tangible, palpable, medible y cuantificable.

Pensar bien y bonito debe implicar la idea de dar, de entregar lo mejor de cada uno siempre sin esperar recompensa. Se debe estar dispuesto para compartir no sólo recursos materiales, también el conocimiento, la generosidad y hasta el alma. Pensar en dar conlleva tener la capacidad de ser una fuente de bendición y provisión permanente para otros seres y mundos. Pensar en dar es reconocerse como manantial que puede regar con acciones las vidas de otros para construir un mundo si no mejor, al menos más justo y armonioso.

 

El pensamiento de dar es correspondiente con el pensamiento de recibir. Recibir también es un arte que se debe ejercitar, recibir es la consecuencia natural de dar. Muchas veces al recibir el agradecimiento por parte de otra persona se responde con un simple “De nada”, como sí lo que se hubiese dado careciese de valor. Recibir es también un acto de autorrespeto, de amor propio y autoafirmación. Recibir es conectar con el ciclo vital, se recibe la vida y se da la vida. Se recibe alegría y se da alegría. Siempre que se da, le corresponde por ley natural el recibir. Recibir es también el reconocimiento de ser un ser especial que merece. No hay recibo inmerecido, el acto de recibir es la materialización del pensamiento de recibir.

Pensar para el éxito lleva anejo un pensamiento para con el propósito de vida a partir de las siguientes preguntas: ¿Qué se desea hacer? ¿Hasta dónde se quiere llegar? ¿Cuál es la meta deseada? Está demostrado que las personas que tienen propósito de vida generalmente logran vidas de mejor calidad. La vida no es el simple sostenimiento diario de las necesidades básicas, es también la proyección de un propósito a lo largo del tiempo. Del inolvidable Dr. Joseph Murphy (1898-1981) se dice que, (autor entre otros libros, de El poder de la mente subconsciente, un clásico sobre el pensamiento positivo y la ley de la atracción), siendo octogenario le invitaban a dar conferencias, siempre las iniciaba compartiendo con el auditorio su propósito de vida para los próximos años, lo cual, es digno de admiración e imitación en tiempos en los que muchas personas, al llegar a la edad de jubilación creen que sus vidas han perdido sentido, como si jubilarse significare sentarse a esperar la muerte.

Pensar para el éxito es el equivalente a quien abona el terreno para la siembra, con la certeza de que esa tierra algún día permitirá que de sus entrañas brote la cosecha y se expelan los más dulces aromas junto a frutos dignos de selectos paladares. Pensar para el éxito precede a la acción que permitirá que la prosperidad, que la abundancia, que la salud, que el amor y miles de maravillosas cosas se materialicen. El éxito persigue a quien piensa bien y bonito. Sólo resta por preguntar: ¿Estás pensando bien y bonito hoy?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensar para el éxito I

Gran parte del desarrollo de una persona u organización inicia con el pensamiento, no en vano con el pensamiento se crea el mundo. Pensar bien y bonito es el primer paso para lograr el éxito, el éxito entendido como un resultado feliz y satisfactorio a partir de lo que se desea y se emprende o promueve. Pensar para el éxito debería ser un modus operandi en la mente humana. La vida muchas veces no es fácil, pero pensar mal o pensar feo, es hacer de lo que no es fácil más difícil y nefasto. En este artículo se expondrán una serie de ideas que forman parte del pensamiento integral, del pensar bien y bonito, que sin lugar a duda contribuirán en despejar ese camino hacia el éxito. Esta es la primera entrega de dicho artículo.

El primer pensamiento para el éxito ha de ser el de pensar en el merecimiento. Entender que por la naturaleza y condición se merece el éxito, que los sucesos buenos y bienaventurados que llegan a la vida son merecidos, corresponden porque existen los méritos para ello. El hombre y la mujer son una creación de la divinidad hecha a su imagen y semejanza, por ende, amarse y valorarse es parte de ese merecimiento para que las cosas buenas sucedan. Pensar en merecimiento es abrir la puerta de la abundancia, de la bendición y a que todo lo bueno suceda y se materialice. Merecer implica aceptarse como ser digno y saberse beneficiario por derecho propio de los dones de la divinidad, porque la vida y la acción han sido meritorias.

 

El segundo pensamiento debe ir acompañado de la acción, se trata de visualizar. Ver creado lo que se anhela, así no haya nada material aún, el vacío en medio del desierto, cuando se visualiza se crea mentalmente, es decir, se trae del plano mental al plano material lo que se espera, lo bueno y bonito que se desea. Visualizar es un arte que consiste en hacer visible lo invisible, traer al plano material lo que aún no es perceptible por el mundo de los sentidos. Pensamiento creativo implica el deber visualizar aún a pesar de los otros, lo importante, lo que se piensa y se anhela. Visualizar ubica en el camino y acerca al éxito porque significa un norte, un rumbo seguro.

El tercer pensamiento es el agradecimiento permanente. A pesar de todo y a todos, se debe apreciar y valorar lo que se tiene y se recibe a diario. Gracias a Dios por la abundancia, y aún por lo no abundante. Gracias Dios por la Vida y por la poca vida. Gracias Dios por el amigo y por el enemigo. Agradecer es la llave que abre la puerta a los tesoros. Gracias Dios porque provee y esa provisión es suficiente, y si así no lo fuera, es su gracia para con el hijo. La gratitud enseña a valorar y apreciar lo que se es, lo que se tiene y a los demás. Agradecer es dar a la Vida la mejor cara, la mejor sonrisa porque la Vida es buena. El agradecimiento es la chispa que enciende la mecha. Agradecer desde el corazón debería ser un mantra fundamental. Agradecer es tocar el Alma con las llaves del cielo.

El cuarto pensamiento es consecuencia del anterior, bendecir: El bien decir. Emplear la palabra para hablar bien y arrojar la mejor buena energía sobre esa empresa o proyecto. Bendecir no sólo es la obligación de los padres para con sus hijos. Bendecir es desparramar las mejores palabras e intenciones sobre el otro. Cuando se bendice se lanza al mundo una fresca palabra que volverá enriquecida al ciento por uno. Bendecir, en tiempos donde las personas se caracterizan por hablar de manera poco amable, lleva a que los seres humanos sean mejores y puedan encontrar sinergias en la vida. Se debe bendecir la vida, aún en su vulnerabilidad. Bendecir es un imperativo para que la vida sazonada con el merecimiento, la visualización, y la gratitud sea fructífera y abundante (Continuará…).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El arte de olvidar

Dicen los entendidos que uno de los últimos escritos del argentino universal, Jorge Luis Borges (1899-1986), fue un soneto titulado “Aquí. Hoy”. Los versos de la primera estrofa son los siguientes: “Ya somos el olvido que seremos. /El polvo elemental que nos ignora/ y que fue el rojo Adán y que es ahora/ todos los hombres, y que no veremos.” Parte del primer verso sirvió para que el escritor medellinense Héctor Abad Faciolince (1958) titulara la novela autobiográfica El Olvido que seremos (2006), novela que discurre momentos íntimos con su padre, el entrañable médico humanista Héctor Abad Gómez (1921-1987), asesinado vilmente por las fuerzas oscuras que imperan en el País. Abad Faciolince narra que, su padre en al momento de su trágica muerte tenía en el bolsillo de su camisa un papel con los versos del referido soneto de Borges. Todos los seres vivos en algún momento serán olvido, para no ser olvidados deberán habitar en la mente y en los corazones de quienes los recuerdan, ya con afecto o con desprecio. Cuando la última persona que recuerde al ido, desaparezca, el ido será olvido.

Pocas personas logran trascender al olvido porque su obra les subsiste. Su obra deja de ser un estado mental íntimo para convertirse en algo material y perceptible, casi que de domino público, entre esas personas bien se podrían destacar a: Borges, Proust, Joyce, Marie Curie, García Márquez y a tantos hombres y mujeres de las artes, las ciencias, la filantropía, la ingeniería, hoy los deportes. Hasta los criminales, cuyo recuerdo subsiste en muchas sociedades enfermas que, ven como algo favorable diseñar circuitos turísticos por los lugares de sus fechorías, y hasta vender recuerdos de viaje con la impresión de sus rostros.

 

Olvidar forma parte de lo más recóndito de la naturaleza humana, se puede olvidar por que el cerebro va perdiendo su plasticidad, el proceso de la sinapsis neuronal va haciéndose cada vez más inoperante, probablemente esa es una de las razones por las cuales las personas mayores olvidan con facilidad los sucesos recientes, pero conservan nítidamente los sucesos más antiguos. Se suele olvidar también porque como mecanismo de defensa el cerebro humano bloquea hechos que impactaron de manera poco amable la vida de las personas y muchas veces van a parar en ese cuarto de los trastes viejos que algunos denominan el inconsciente y otros como el subconsciente, para el psiquiatra suizo Carl Jung (1875-1961) no eran lo mismo.

Olvidar sin lugar a duda es un arte, un ejercicio gimnástico de decisión y autoestima. El primer paso para olvidar es estar decidido a hacerlo, es entendible que la mente humana se aferre al pensamiento de los sucesos faustos, lo grato y lo bello. Empero ¿Qué conduce a la mente humana a aferrarse a lo nefasto y de paso congraciarse con el sufrimiento que ello representa? Probablemente, la ausencia de la conciencia y de conocimiento propio, de sí mismo, o la carencia de amor propio manifiesto en baja autoestima. Una vez se haya tomado conciencia y decisión de olvidar, el segundo paso es mantenerse constante. El olvido se debe mantener tan sólo un día a la vez, persistiendo al día siguiente y así hasta que, lo que se quiere olvidar desaparezca por completo, y si no desaparece, por lo menos no ocasione sufrimiento.

Nadie dijo que desbastar una piedra resultara fácil y que ser artífice de su propio destino sea un periplo de placer. Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) tomó un año, a partir de un bloque de mármol de Carrara, para tallar su majestuosa Piedad. ¿Quién dijo que se olvida en un santiamén? Olvidar es como el lento trasegar de las aguas que poco a poco limpian la superficie de manera insospechada. Así como olvidar empieza con una decisión, sufrir también es una decisión, no en vano Borges remató su soneto: “Pienso con esperanza en aquel hombre/…que no sabrá que fui sobre la tierra. / Bajo el indiferente azul del cielo, /esta meditación es un consuelo./” El olvido puede ser la más dura sentencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cultura de la tranquilidad

La palabra “Tranquilidad” tiene origen en el latín y está conformada por el prefijo “trans” que significa más allá y el verbo “quiescere” que significa calmar. En otras palabras, la tranquilidad es la capacidad de estar en calma, la habilidad para mantener la mente en reposo. La cultura de la tranquilidad en tiempos de hiperconectividad digital, de exceso de información con bajísimos niveles de comunicación, de odios y de rencores, de hiperdemocracia y supraderechos, debería ser un imperativo personal. La finalidad de la vida, hoy nutrida por la ética utilitarista, no debería ser la búsqueda de la felicidad a partir del placer como lo propusieron los antiguos epicureistas. El propósito de la vida debería ser el de obrar correctamente y tener la mente bajo control propio, y de esta forma mantenerse tranquilo pese lo adverso o lo propicio de las circunstancias.

Quien logre estar en calma no obstante las dificultades, está muy cerca de alcanzar su propio señorío, estará más cerca de las deseadas serenidad y paciencia, que el antiguo Kaliman recomendaba a su pequeño amigo Solín, rememorando la serie radiofónica mexicana que luego fue llevada al formato de historieta por Latinoamérica en los años sesenta del siglo pasado. La cultura de la tranquilidad invita a reflexionar sobre si la enfermedad mental es una constante de las sociedades contemporáneas, cada vez se diagnostican más personas con síndromes asociados a la hiperactividad, curiosamente en tiempos de hiperactividad, todos hablan de meditación, pero pocos logran silenciar sus mentes. En la búsqueda de la tranquilidad se acude a las más disímiles vías, “el mindfulness”, el yoga, el gimnasio, la espiritualidad, la fe religiosa, los medicamentos, hasta los opiáceos y el alcohol son utilizados para lograr la deseada tranquilidad. Valdría la pena plantear la construcción de una cultura de la tranquilidad a partir de la mente y su control, personas dotadas de herramientas para el sosiego y la paz interior.

 

¿Deberían las sociedades implementar una política pública para la construcción de una cultura generalizada de la tranquilidad a partir del trabajo interior de las personas en el conocimiento de si mismas?, el deseado conócete a ti mismo y hallarás la felicidad, que suele atribuirse a Sócrates (470-399 a.C.), no debería ser simplemente una máxima de filósofos si no un estado de vida permanente que redundará no sólo en la calma de la mente y del espíritu, también en la recuperación del tejido social con mejores prácticas de civilidad urbana, ciudades como espacios comunes en los que la seguridad, los buenos modales y prácticas deberían desplazar la inseguridad, el desorden, la suciedad, la contaminación visual y auditiva.

La cultura de la tranquilidad es también la cultura de la paz interior, que debería ser un tesoro para toda persona, y no simplemente un deseo o un estado transitorio del alma. Con toda seguridad quien está en paz para consigo mismo y ha expulsado sus demonios, no sólo será un mejor ciudadano, será un mejor miembro de familia, un mejor trabajador y una persona que aportará valor sólido a la sociedad.

La tranquilidad se contagia, quien encuentra la calma interior está más cerca de lograr estados de felicidad insospechados, por ello, la tranquilidad no puede depender de otra persona, o de un empleo, o de un salario, o una mascota, la tranquilidad debe depender exclusivamente de cada uno, como amo y señor de su propia conciencia. Por las anteriores razones, la tranquilidad no es endosable a otras personas, ni a los gobiernos e instituciones. Sólo quien halla en su inconsciente los estados mentales suficientes para proceder en calma sin importar la dificultad que enfrenta, con toda seguridad estará más cerca del Cielo, del Nirvana o del Paraíso.  Parece fácil escribirlo y repetirlo, pero una cultura de la tranquilidad además de un imperativo personal, debería ser un camino. ¿Qué tan tranquila estás el día de hoy, Mi Alma de Fresa y Boca de Nata? ¡Qué jamás el afán del día y la abundancia te aparten de tu estado mental de reposo y sosiego! No parece fácil, pero se puede y se debe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prentice mulford y nuestras fuerzas mentales

Prentice Mulford fue un buscador de fortuna estadounidense que nació en el estado de Nueva York en 1834 y murió en el estado de California en 1891, una parte de su vida la dedicó a la minería en el estado de California y luego a escribir una monumental obra dedicada al poder del pensamiento y de la intención, lo que en tiempos recientes se ha denominado erróneamente y con algún éxito mediático: La ley de la atracción. Fue uno de los autores más leídos, en materia del poder del pensamiento y sobre como la intención es en gran medida importante en la consecución de los propósitos de vida, a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Mulford encarnó con estupenda coherencia al hombre de pensamiento y de acción.

La obra de Mulford es profusa en extensión y entraña, tiene diversos títulos en varias ediciones y presentaciones. La totalidad de la obra mulfordiana gira en torno del concepto del Poder Superior y del poder del pensamiento. Cómo el pensamiento ejerce un poder magnético para crear lo que el individuo quiere para su vida. Vale la pena destacar la edición postmortem, en lengua castellana, de Nuestras fuerzas mentales, Editorial Kier, Buenos Aires, 1951; monumental obra de más de 500 páginas, todo un trazado de filosofía de vida sobre la importancia de pensar bien, de pensar bonito, de creer y crear con la mente para predicarlo con la palabra y luego accionar para materializar lo que se visualiza. En suma, sin visión no es posible llegar a un destino claro y concreto.

 

A expensas del primer mes del año regular, huelga la oportunidad, para escribir algunas líneas sobre la importancia del poder del pensamiento, particularmente de la fuerza de la mente. Es la mente la responsable de todo, no en vano, es el pensamiento el que modela las emociones y su vez, son éstas las que determinan la acción. Todo es mental como lo refería Buda. La mente crea el universo, y el creador del Universo, según la tradición judeocristomusulmana, hizo la Obra con el poder del verbo, y el verbo es precedido por el pensamiento. Con toda seguridad antes de la palabra hubo la idea. Claro es, no basta con el pensamiento, la acción es necesaria si se quieren cambios sustanciales y significativos. Pensar bien y bonito es el primer peldaño que probablemente, no llevará de inmediato a dónde se quiere ir, pero con toda seguridad sí sacará de dónde no se quiere estar. Mientras las acciones no cambien, difícilmente cambiarán las circunstancias. El hombre y la mujer son superiores a sus circunstancias.

Hay un supremo poder y una suprema sabiduría que gobiernan el Universo. Son una inteligencia infinita e inconmensurable que lo llena todo en la existencia. Ese supremo poder y suprema sabiduría es Dios, al cual se le debe conocer para poder aprovechar esa infinitud y completud, aprendiendo a confiar, a creer y a depender de Dios en su magnificencia, “Estemos llenos de fe en lo que hemos de pedir ahora y todos los días, para que esta fe nos haga comprender y nos haga creer que todo lo que existe son partes del Infinito espíritu de Dios, que todas la cosas son buenas porque Dios está en ellas, y finalmente que todo aquello que reconocemos como formando parte de Dios existe y obra necesariamente para nuestro bien” (Mulford, 1951).

Son tiempos de una nueva era y de un despertar de conciencia, pese a que el ateísmo y la negación de Dios parecieran ir a la cabeza como una expresión válida de una nueva forma de ver y afrontar el mundo desde el materialismo de la felicidad. ¿Acaso la felicidad no es primeramente un estado del espíritu que ha sabido reconciliar el alma para con Dios? Dios no es sólo pensamiento, pensar bien y bonito son los primeros pasos hacia una vida de abundancia. Que los pensamientos sean tan bellos para que el hogar sea un jardín resplandeciente de cientos de miles de colores y formas.

León Sandoval

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Preguntas incómodas

La discriminación positiva conocida también como “acción afirmativa” o “acción positiva” es el nombre que se le da a aquella práctica de políticas públicas tendientes a reducir la discriminación en contra de personas y colectivos que han sido marginados y tradicionalmente excluidos, con el propósito de enmendar la desigualdad que soportan. Estas políticas públicas apuntan a eliminar desigualdades en materia salarial entre hombres y mujeres, permitir acceso a educación, a salud, a inclusión social, participación política y al trabajo para las minorías étnicas, madres cabeza de hogar, inmigrantes y población homosexual, entre otros tantos grupos minoritarios de interés. La discriminación positiva surge en las políticas públicas adoptadas por el Gobierno Federal de los Estados Unidos de Norteamérica en el decenio de los Sesentas del Siglo XX para eliminar la segregación racial de la que eran víctimas los estadounidenses afrodescendientes, permitiéndoles el acceso a derechos y beneficios que les eran negados por el sistema.

La discriminación positiva es una forma de discriminación, que se diferencia de la llamada discriminación negativa, mientras ésta excluye por razones ideológicas, étnicas, socioeconómicas, de género, etcétera, aquella buscar incluir a quienes han sido tradicionalmente excluidos concediéndoles beneficios que bien pueden ser privilegios, aún por encima de los derechos de los demás ciudadanos. La discriminación positiva podría generar mayor desigualdad al beneficiar a grupos minoritarios sobre otros mayoritarios; acciona el paternalismo estatal, dado que el Estado va a dar un trato preferente a los miembros de ciertos colectivos por el simple hecho de serlo, algunas veces sin mayor merecimiento. Podría suceder que esos colectivos conformados por minorías terminarán siendo mayorías excluyentes y privilegiadas. Todo tipo de discriminación es execrable, no debería haber ni positiva, ni negativa. Debe existir reconocimiento legal en lo teórico y en lo práctico, en el sentido de que todos los seres humanos son iguales para ante la ley, tienen los mismos derechos y deberes, merecen el mismo trato e inclusión sin privilegio alguno para ninguno.

 

Recientemente en Colombia, la Corte Constitucional profirió la Sentencia de Tutela SU-440-2021 con ponencia de la Magistrada Paola Andrea Meneses Mosquera, en la que falló que las mujeres transgénero tienen derecho para acceder a la pensión de vejez a la misma edad de las mujeres cisgénero. La acción de tutela se basa en la demanda de la señora Helena Herrán Vargas, mujer transgénero, contra Colpensiones por vulnerar sus derechos fundamentales a la vida, a la salud, a la seguridad social, a la igualdad, a la dignidad humana y a la confianza legítima al no reconocerle la pensión de vejez a la edad de 57 años por su condición de mujer transgénero. Colpensiones adujo en su defensa, argumentos como vacíos legislativos y reglamentarios sobre la materia, por lo que las mujeres transgénero deberían pensionarse a la misma edad de los hombres, 62 años.

La Corte reconoce que existe el derecho constitucional a la identidad de género diverso transgénero, que hay un mandato constitucional de trato paritario que no es absoluto, pero sí obliga a que las mujeres transgénero sean cobijadas con las normas que otorgan obligaciones o beneficios diferenciados para las mujeres o personas de sexo femenino. Según la Corte se presume discriminatorio diferenciar administrativamente a mujeres transgénero de las mujeres cisgénero; que entre estos dos tipos de mujeres hay diferencias biológicas, que debe “descaracterizar” las expresiones de género y que las mujeres transgénero han sufrido de prácticas discriminatorias. La Corte decidió tutelar los derechos fundamentales a la dignidad humana, identidad de género, libre desarrollo de la personalidad, igualdad y seguridad social de la demandante, y exhortó a Colpensiones y a los fondos privados de pensiones para tomar medidas correctivas de prácticas discriminatorias, y al Congreso de la República para que regule y defina los requisitos para acceder a la pensión de vejez aplicable a las personas transgénero. La sentencia tuvo salvamento parcial de voto de los magistrados Cristina Pardo y Antonio Lizarazo, entre otras razones, la Dra. Pardo cuestiona que la Corte haya empleado argumentos de ideología de género para la decisión adoptada.

El debate que se inicia es muy interesante. Hay justicia: Las mujeres transgénero se pensionarán por vejez a los 57 años de edad. Las preguntas incómodas que surgen son las siguientes: ¿Los hombres transgénero se pensionarán por vejez a los 62 años como los hombres cisgénero?, ¿A los hombres transgénero se les aplicará la tesis de los derechos adquiridos como mujer antes de su proceso de transgenerismo y por ende se pensionarán a los 57 años de edad?, ¿El Congreso de la República elaborará leyes que contemplen prácticas de discriminación positiva en materia pensional?, ¿Será usual convertirse en miembro de poblaciones excluidas para obtener beneficios por vía de discriminación positiva?, ¿Se extenderán los beneficios de la población transgénero a otros campos como el servicio militar, la ley de cuotas paritarias en los cargos públicos y privados, subsidios para madres cabeza de hogar y acceso a educación, entre otros?, ¿Qué sucederá cuando las minorías excluidas sean mayorías privilegiadas y excluyentes? Pareciera que la discriminación positiva arropa la cabeza y descubre los píes.

 

 

 

 

 

 

 

Un llamado a lo positivo

Con la proliferación de las nuevas tecnologías de comunicación impulsadas por el internet y la inteligencia artificial se dio acceso masivo de los ciudadanos a las redes sociales digitales, se creyó que el anhelo generalizado de democracia por fin se materializaría. La información dejaría de ser exclusividad de unos cuantos. Si la información es poder, el poder se redistribuiría entre los miembros de una ciudadanía mejor informada y más consciente, que tomaría mejores decisiones en materia política, por ende, la democracia se consolidaría como un bien global; más y mejor democracia que repercutiría directamente en mejores gobiernos, mejores sistemas de justicia en sociedades más prósperas y felices.

Lo anterior no se cumplió pese a haber mayor acceso a la información. Cualquiera persona con un dispositivo electrónico puede ser un comunicador social en potencia. La tecnología cambió el volumen de la información, los datos se tomaron el mundo, pero no han logrado comprender la naturaleza humana. No se puede afirmar con propiedad que hubo más empatía en el siglo pasado antes de la mediación de las actuales tecnologías de la información, no obstante, sí se puede aseverar que las nuevas tecnologías contribuyen con la formación de una masa que no ha logrado sobreponerse a la condición humana, si es que se puede de por sí, sobreponer el ser humano a la condición humana.

 

El Universo es una sumatoria de contrastes, de aparentes contradicciones que hacen que la vida fluya y que el misterio de la muerte esté aún por resolver. Sin Dios no hay demonio, sin muerte no hay vida, sin sufrimiento no hay alegría, sin salud no hay enfermedad, se requiere de la maldad para que haya bondad, la justicia se recrea en la injusticia. La unión de los opuestos caracteriza la existencia, por ello no vale la pena quedar sólo con lo desfavorable de las plataformas digitales, como escenarios de odio, donde a los odiadores se les denomina “haters” y cualquier motivo puede ser materia de malas vibraciones.  Una competencia deportiva hasta el más sesudo debate sobre ciencias o política terminan siendo pretexto para que el odio se esparza como aglutinador social. Los ciudadanos más informados de la Historia gracias a la mediación tecnológica, paradójicamente, terminaron siendo los peor informados e incapaces de construir relaciones humanas saludables. Ese es el resultado del ejercicio: Mayor información, a su vez, menor calidad en la comunicación.

Es el momento para hacer un llamado a lo positivo, para ver el mundo desde el aprecio, desde el valor propio que se refleja en el valor del otro, del semejante y del diferente. Es el momento para que ese odio que exultan los ciudadanos en las mal denominadas redes sociales, que no son otra cosa diferente a plataformas digitales, se torne en bien decir. Es el momento de ver lo bueno, lo valioso, lo válido, lo provechoso, lo vulnerable como dones. Un llamado a una actitud positiva frente a la vida y reconocer lo bueno de la condición humana, aún en lo adverso, en lo incómodo, en lo molesto. Un llamado para buscar lo bueno que hay en la desesperanza, en el dolor y aún en la crueldad. Un llamado a entender que por muy difícil que sean los tiempos, el tiempo no es más que una sucesión de presentes que serán momentos.

El Universo es bueno, la ciudadanía es buena, los gobiernos y los estados son buenos, en el hombre habita la bondad.  La vida es mucho mejor vista desde lo positivo, no desde la escasez sino desde la abundancia. No se trata de pensamiento positivo, sino de quejarse menos de la suerte o de la existencia y apreciar más, siempre habrá más por apreciar y valorar que lamentar. La Vida bien merece ser vivida, un Llamado a lo Positivo.

León Sandoval

 

 

 

 

 

 

¿El periodismo, poder o contrapoder?

Durante el Siglo XX el periodismo se catapultó como un agente activo en las transformaciones políticas, sociales y económicas. Los mass media son considerados el cuarto poder con su omnímoda influencia, presente en el destino de los pueblos mediante su vínculo estrecho con los gobiernos. No obstante, valdría la pena analizar si el periodismo es realmente un poder, o si se trata por el contrario de un contrapoder como ampulosamente lo predican los gurúes del periodismo contemporáneo, cuyas expresiones son verdad sabida y buena fe guardada en facultades de comunicación social y en redes sociales.

Para el filósofo francés Louis Althusser (1918-1990) seguidor de la tesis del poder hegemónico del periodista italiano Antonio Gramsci (1891-1937), el periodismo y en general los medios de comunicación eran instrumentos ideológicos del estado por medio de los cuales se podría direccionar la opinión ciudadana y la voluntad popular en favor de quien ostentaba el poder o de quien pretendía hacerse del mismo. Verbo y gracia, el alemán Joseph Goebbles (1897-1945) ministro para la Ilustración Pública y Propaganda durante el Tercer Reich, maestro siniestro en crear falsas noticias para azuzar el terror y lograr el fervor popular de sus conciudadanos durante la Segunda Guerra Mundial.

 

El sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) definió el poder como “Cualquiera oportunidad en una relación social para imponer la voluntad de uno frente a la resistencia de otros, independientemente de qué dé origen a esa oportunidad”; en ese orden de ideas, a la tridivisión tradicional de las ramas del poder público se le podría agregar el poder de los medios periodísticos como instrumentos de control social y debilitamiento de las masas. Razón que sirve para justificar el hecho, que grupos de interés económico y tecnológico se preocupen por adquirir conglomerados de medios, y a su vez, éstos se ocupan en contribuir a mantener, o a buscar el poder político, según el caso.

Afirmar que el periodismo no es un poder sino un contrapoder, sería asignarle erróneamente un rol que no le corresponde, en desmedro de la imparcialidad y objetivad que se le exige a la labor periodística. El periodismo no puede ser concebido para controlar el poder, ni para ponerle cortapisas al poder; se correría el riesgo de terminar por ser lo que tanto se pretende contrarrestar: Un instrumento de poder. Informar debería ser una actividad libre, independiente, objetiva e imparcial. Cuando el periodismo se ejerce con fines de control político inmediatamente pierde la objetividad e independencia y se parcializa; deja de informar lo que es, para informar lo que considera que debería ser.

La razón de ser del periodismo es la de informar con imparcialidad, no con agenda justiciera, característica ésta que en el presente se ha vuelto permanente en la labor periodística. Los jueces han sido desplazados por medios de comunicación que en sus micrófonos, impresos y portales digitales actúan como fiscales, jueces y censores de la moral pública y privada, a tal punto que los jueces dejaron de pronunciarse en sentencias para informar el sentido de un fallo en una rueda o en un comunicado de prensa sin aún haber redactado y menos notificado la respectiva sentencia. Pareciera que los jueces aspiraran a ser periodistas y éstos, aquellos.

Ha caído en tal marasmo el ejercicio periodístico que los periodistas sustituyeron la objetividad e independencia por odios y amores. Qué mediocre favor le hacen al periodismo los comunicadores que de cien columnas periodística dedican ciento una a sentenciar a quien los jueces no han logrado condenar, o a absolver a quienes los jueces han sentenciado. Honestamente, ¿Se puede ser objetivo, imparcial e independiente cuando se ostenta la condición de periodista, de presidente de medio periodístico y de empresario de medios y se afirma a los cuatro vientos que el periodismo es contrapoder? Bien valdría la pena reformular la pregunta del expresidente colombiano Darío Echandía (1897-1989) ¿El contrapoder para qué?

 

 

Respeto a la autoridad

Las sociedades postmodernas son más complejas que las sociedades previas, su complejidad radica en aspectos geográficos, demográficos, desarrollo humano, crecimiento económico, justicia, acceso a necesidades insatisfechas, el inagotable catálogo de derechos humanos, la proliferación de manifestaciones individuales y socioculturales, y el exceso de democracia en un espíritu globalizador. La gobernanza cada vez se torna más difícil pese a que la inteligencia artificial se vislumbra como el elemento que permitirá un mayor control sobre la ciudadanía, para unos, y para otros, una forma de dominación despreciable. La escena social actual denota la crisis de autoridad que se vive en las calles de las ciudades, matizada por el derrumbamiento de valores, principios y tradiciones patrióticas al interior de la familia, de los planteles educativos y de las instituciones públicas y privadas; a penas natural de la era de Acuario, dirán algunos.

Se podría analizar la crisis de autoridad desde las teorías contractualistas del Estado, a partir de la obra del inglés Thomas Hobbes (1588-1679), que se erigen como una explicación a la organización social. El contractualismo parte del estado de naturaleza del individuo dominado por las pasiones, el egoísmo, la precariedad y la violencia, que requiere mediante la suscripción de un contrato social de un agente superior que administre el poder de los individuos en aras de mantener el orden y la paz en un marco de convivencia y armonía social. Ese acuerdo entre individuos y Monarca, luego sería sustituido por los ciudadanos y el Estado. El absolutismo contractualista de Hobbes sería superado por pensadores como el liberal inglés John Locke (1632-1704), el soberanista ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), los estadounidenses John Rawls (1921-2002) y la teoría de la justicia, Robert Nozick (1938-2002) y el estado mínimo, y James M. Buchanan (1919-2013) con la teoría de la elección pública.

 

Las teorías contractualistas tienen un sentido lógico: El individuo debe ceder parte de sus libertades para que un ente superior las administre; bajo esta premisa se configura el ideal del Estado de derecho acompañado por el modelo democrático liberal. El contrato social que da origen al Estado permite el desarrollo de sociedades e implica per se el reconocimiento por parte de éstas de la autoridad en cabeza del Estado y sus agentes. Los ciudadanos en virtud de ese pacto social contraen la obligación de acatar la autoridad que la misma ciudadanía delegó en los gobernantes. Autoridad que se respalda y encuentra también sus límites en la Constitución Política y en la ley.

Lo que se vive durante los festejos de la llamada Noche de Halloween o en las festividades navideñas en algunas ciudades colombianas, entre ellas, Bucaramanga, donde grupos de motociclistas se toman las vías, invaden el espacio público con maniobras peligrosas y consumo de alcohol en franco desacato de la autoridad, constituye una evidencia más del desconocimiento por parte de los ciudadanos de sus deberes surgidos de ese contrato social, y a su vez, consciente acto de desprecio hacia la autoridad y  a sus conciudadanos en franca anarquía. Es habitual ver ciudadanos que golpean y retienen a servidores públicos, que intentan por medio del deber funcional hacer cumplir el mandato legal. Anochece para que las autoridades empleen los medios del poder de policía que las leyes le confieren. El uso de la fuerza es una potestad exclusiva del Estado. Los ciudadanos carecen de fuerza legítima, cuando pretenden ejercerla, en su lugar, ejercen violencia. Violencia fue lo que se vive a diario en las urbes. La otrora violencia rural ahora es urbana.

En las sociedades postmodernas de corte occidental existen más derechos que deberes humanos. Urge que surjan defensores de los deberes humanos. Los defensores de los derechos humanos abundan, aunque pareciera insuficientes, sería bueno equilibrar la balanza, y reconocer que por cada derecho humano hay también uno o más deberes humanos. Lo demás es simple retórica propia de estos tiempos, en los que ser rebelde, revolucionario y contestatario se ve como una virtud y casi una obligación. Resulta importante que padres y maestros encaucen la educación de los más jóvenes sobre las bases del respeto, la disciplina y el orden. El primer paso para una sociedad justa, inclusiva y decente es el respeto a la autoridad.

 

 

 

 

 

 

El abrazo del padre

El abrazo del Padre es la posibilidad de reencontrarse con la energía creadora y vital, es el aliento que llega hasta el alma. El Padre da la vida, la fecunda, la Madre la conserva, la cuida. El abrazo del Padre inspira la adoración de la humanidad y sana del resquebrajamiento de la depresión, hace mejores personas y muestra que en el camino por difícil que sea aún aguarda la esperanza de la sanidad divina. El Padre abraza hasta lo más profundo, conduce por el camino con la esperanza que alivia del dolor infectante que impide ver con precisión en la penumbra de la noche. Gracias al Padre se es quien se anhela ser en esta vida de vicisitudes y caídas que no dejan otra alternativa diferente de ponerse sobre los pies y retomar la faena. Un abrazo, tan sólo un abrazo del Padre, redime, sana y salva.

El Padre es fecunda energía creadora que se transmite de célula en célula y de mente en mente. Vibración cósmica, energía total, el abrazo del Padre estremece y hace vibrar. El abrazo del Padre es la mente universal inmersa en la humanidad que señala el camino para cada brote del Ser. El abrazo del Padre es un abrigo para el alma, la expresión de la seguridad en el presente y la confianza en el futuro. Padre es la palabra más poderosa que hay, es un mantra que invoca al Creador omnipotente, no en vano Jesús, el Cristo, al momento de su muerte en cruz, clamó con su último estertor: “(…) Padre en tus manos encomiendo mi espíritu (…)” (Lucas 23:46), procedemos del Padre y retornaremos al Padre. El Padre es el inicio y es el fin, cual ouroboros que se crea y se recrea en su infinito devenir.

 

Con el abrazo del Padre son posibles las siete maravillas del mundo, como expresiones del ser: Se posibilita ver la luz que, encandila, pero muestra el camino con la confianza de llegar hasta el final; escuchar para auscultar su voz cálida pero poderosa que musita la palabra que tanto se desea; tocar la materia y cada fibra del Ser; probar del agua de vida que mana de su copa; sentir en lo más hondo del Ser la sustancia infinita de la generosidad y la bondad; la sonrisa que precede a la risa, la carcajada que aflora en su esplendor; y el amor, de tal manera ama el Padre al mundo que ha dado a su hijo por todos (Juan 3:16).

No hay hijo sin Padre, no hay Padre sin hijo. Los hijos son de las Madres y las Madres son de los hijos, pero el hijo viene por el Padre. De la relación con el Padre dependerán el éxito o el fracaso de las relaciones futuras de los hijos y en especial de las hijas para con sus parejas. Mucho del odio, del resentimiento social, de la enfermedad mental y de las troneras afectivas  parten de la pésima o nula relación para con el Padre, por ello la imperiosa necesidad del abrazo del Padre. Si los humanos fuesen conscientes de ello, saldrían presurosos a abrazar al Padre. Dicen que Madre no hay si no una y es verdad, pero también es verdad que el Padre es único porque suministra el aliento vital que fecunda el óvulo.

Sanar la relación con el Padre es sanar la vida, sanar la existencia y sanar el mundo. Reconciliarse con el Padre, no importa quién sea Él, es una obligación personal. No le corresponde al hijo juzgar al Padre, si es o ha obrado correcta o incorrectamente, simplemente es el Padre la célula que se requería para forjar la vida. Es un privilegio proceder del Padre, al hijo le corresponde sólo agradecer por la energía vital, con ello basta. Hallar el tórrido abrazo del Padre es encontrar el sentido de la vida, jamás habrá depresión alguna. Nunca se amará bastante, pero como el abrazo del Padre no hay. ¿Aún sigues sin reconciliarte para con el Padre?

 

Post escriptum: Felicitaciones al Diario El Frente de Santander y a sus lectores por su Octogésimo aniversario, ¡Enhorabuena!