Ir al contenido principal

Horarios de atención

De lunes a viernes:
8:00 AM – 5:00 PM

Whatsapp: (+57) 317 599 0862
Teléfono: (+57) 313 7845820
Email: [email protected]

Confidencial Noticias 2025

Etiqueta: Rafael Fonseca Zárate

El cálculo político desplaza la coherencia ideológica

La cercanía de las elecciones de Congreso y Presidencia altera todo, incluso aquello que debería permanecer en el terreno técnico. El aumento del salario mínimo es una prueba elocuente. Varias de las posiciones que hoy se observan difícilmente habrían surgido en ausencia de un calendario electoral inminente.

El enigma del 23 %

 

La incógnita no es el aumento en sí mismo, sino el proceso de dónde salió el 23 % decretado por el Gobierno en diciembre. La Corte Constitucional, a través del magistrado Morales, al suspender provisionalmente el decreto, no cuestionó directamente el número, sino el método: exige que el Gobierno explique con claridad el procedimiento y las bases técnicas que condujeron a ese resultado.

Según el análisis de La Silla Vacía, el cálculo del salario vital (de subsistencia digna) habla de 3.6 personas por familia (OIT, 2017), pero el Gobierno debió asumir 4 personas, que gasta en promedio 2.5 salarios; pero hoy (2025) las familias no son más grandes sino más pequeñas y por lo tanto el gasto debe ser menor. Además, como se nota, ninguna de estas variables son inflación o productividad, y la ley ordena que el cálculo del aumento del salario mínimo debe basarse en ellas.

La paradoja

El aumento decretado tiene un carácter extraordinario en términos históricos. Descontando la inflación, el incremento real es de 17.9% (La Silla Vacía), el mayor histórico observado por lejos; mirando los últimos 40 años el aumento real más grande había sido 2.88%.

El efecto inmediato fue la previsible alegría entre los trabajadores formales que perciben el salario mínimo. Este grupo representa una fracción limitada de la fuerza laboral, que según cálculos de La Silla Vacía es del orden de 2’7 millones que tienen empleos formales y que pertenecen a la base que devengan el salario mínimo (pero que podrían representar unos 4 millones de votos al incluir sus influenciados). La mayoría de los trabajadores en Colombia opera en la informalidad (55.7%, DANE), donde el salario mínimo funciona más como referencia que como ingreso efectivo.

Esto conlleva una paradoja estructural: la medida de política salarial formal beneficia directamente a una minoría, pero indirectamente podría afectar a toda la economía, lo que terminaría afectando también a esa minoría. Los economistas han advertido riesgos como posibles aumentos de la inflación (sin embargo, al revisar la experiencia latinoamericana no muestra una relación directa, pero sí en algunos casos multiplicando el efecto inflacionario motivado por otras causas, como emisión), imposibilidad de avances en el empleo formal por incentivos a la informalización, y afectación a las pequeñas empresas. No es que el aumento sea intrínsecamente incorrecto, sino que sus efectos dependen de la situación macroeconómica que lo rodea como emisión, déficit fiscal, productividad, tipo de cambio, expectativas inflacionarias, que en general no son positivas en la situación actual en Colombia.

El impacto no es uniforme entre empresas. En la industria manufacturera grande, el salario mínimo suele representar una parte relativamente pequeña de la estructura total de costos (entre 5% a 15%) (Academia, 2013) en donde los empleados de salario mínimo son una fracción de este porcentaje, lo que permite absorber el aumento mediante ajustes graduales en productividad, márgenes o precios.

La situación es distinta para las pequeñas empresas (las MyPymes que son las responsables del 79% del empleo, BBVA Research), donde el salario pesa entre el 30 % y el 50 % del costo operacional según el DANE y la OCDE, con una mayor fracción de trabajadores ganando salario mínimo, haciendo que su margen de maniobra sea reducido. En estos casos, el aumento puede traducirse en decisiones difíciles como reducción de contratación, traslado parcial a precios (sujeto a una competencia normalmente fuerte), o migración hacia informalidad. Aquí también podría manifestarse la paradoja porque a quienes se busca beneficiar directamente podrían terminar enfrentando mayores barreras de acceso al empleo formal.

La encrucijada

En este contexto, el Gobierno ha logrado poner a sus opositores en una posición muy incómoda, en una encrucijada que han tenido que esforzarse por sortear. A la emisión del decreto del Gobierno subiendo el 23% el salario mínimo muchos de ellos salieron a anunciar a voz en cuello que demandarían el decreto siguiendo su ideología. Los gobiernos de izquierda aplican medidas así, que no gustan a la derecha, que por el contrario busca quitar prebendas salariales y subsidios, de la misma forma que no gustan a la izquierda cuando los gobiernos de derecha bajan los impuestos a los empresarios con el objetivo de generar más empleo (medida que ya se sabe que no funciona, pero sí termina apoyando la desigualdad, LSE, 2023).

Pero ahora, oponerse frontalmente al aumento implicaría asumir el costo político de aparecer en contra de mayores ingresos para los trabajadores (nadie quisiera perder los 4 millones de votos, y los muchos otros, que por extensión los catalogaría como contrarios al pueblo potencialmente votante). No sorprende entonces que la mayoría de esos actores políticos ahora se muestren reacios a que se derogue el decreto. Algunos se han acomodado buscando compensación en la reducción de algunos impuestos para las empresas, y así, no quedar como los malos con la gente, pero tampoco con los empresarios. Es decir, les ha tocado ser incoherentes con la ideología que tanto han defendido.

El desplazamiento es evidente. El debate ha dejado de ser técnico, de economía, y se ha convertido en político, y aún peor, de rentabilidad política inmediata. El debate técnico ha sido reemplazado por un proceso de adaptación estratégica de los actores políticos. Las posiciones ideológicas, tradicionalmente más estables, han cedido terreno frente al cálculo electoral. Sin votos, la coherencia ideológica pierde su valor operativo.

Rafael Fonseca Zárate

Centrismo: el regreso de la esperanza y la razón a la política

En el lenguaje político cotidiano se confundiría el centrismo con el centro. Pero el centro se refiere a una ubicación dentro del espectro político; el centrismo es una forma de pensar. El primero describe dónde se encuentra una posición; el segundo describe cómo se llega a ella. Se puede estar en el centro por indefinición, tibieza, conveniencia, cálculo o temor, muy lejos del centrismo. Y se puede practicar el centrismo, es decir, el uso deliberado de la razón, la evidencia y la prudencia, sin que ello implique debilidad ni indecisión. Esta distinción es fundamental, porque el centrismo no emergió como una renuncia a pensar, sino como una forma más exigente de hacerlo.

Su origen se remonta, al menos simbólicamente, a la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional quienes no se alineaban ni con el clero conservador ni con los revolucionarios más radicales ocupaban el centro físico del recinto. Desde entonces, el centro ha sido el lugar donde se intentan reconciliar fuerzas opuestas sin destruir el orden social. Pero el centrismo, en su sentido más profundo, no es un punto geográfico en el espectro político, sino una disciplina intelectual frente al cambio: avanzar sin destruir, corregir sin desestabilizar, transformar sin romper (Winegard, agosto 2017).

 

El centrismo como método de pensamiento

Uno de los aportes más clarificadores sobre el centrismo proviene del académico Bo Winegard, quien insiste en que no es una posición intermedia entre extremos, sino una forma de enfrentar el conocimiento político. Como él mismo señala, “el centrismo es una postura política flexible, pero es inflexible en su impulso a la investigación abierta y al discurso enérgico”. No se trata de dividir la diferencia entre dos posiciones opuestas (los extremos de derecha e izquierda), sino de someter ambas al examen de la razón (Winegard, octubre 2017).

Esta afirmación contiene una verdad profunda: el centrismo no es el punto medio, es el método.

En sociedades complejas, ninguna política es perfecta. Toda decisión implica costos y beneficios, ganadores y perdedores. El centrismo parte de esta realidad, no como una debilidad, sino como una condición inevitable. Por eso insiste en el debate abierto, en el reconocimiento de las compensaciones y en el rechazo de los dogmas. Como advierte Winegard, cuando las ideas se sacralizan, dejan de ser discutidas, y “la investigación abierta se convierte en la víctima”.

Este es, quizás, el aporte más importante que persigue el centrismo: sustituir la certeza ideológica por la honestidad intelectual.

Su fuerza no radica en la ausencia de convicciones, sino en la disposición a someterlas a la evidencia. No rechaza el cambio; rechaza el cambio ciego por ideología. No rechaza la firmeza; rechaza la obstinación. No rechaza las ideas fuertes; rechaza las ideas incuestionables.

El centrismo no es una ideología sino una ética: una disciplina del pensamiento político basada en el análisis, la prudencia, la evidencia y el respeto por la complejidad de la realidad social, con el único objetivo de enfilarse en cada aspecto, decisión y acción, a lo que más le convenga a los colombianos.

Las críticas necesarias: cuando el centrismo se convierte en estructura de poder

Sin embargo, como toda idea que entra en contacto con el poder, el centrismo ha sufrido deformaciones.

Uno de sus críticos incisivos, William Pearse, advierte que el centrismo puede convertirse en un instrumento de preservación del statu quo. En contextos de crisis profundas, la moderación puede ser percibida no como prudencia, sino como inacción, como debilidad. Cuando el orden existente es parte del problema, la gradualidad de los cambios puede resultar insuficiente frente a desafíos estructurales como la desigualdad, el endeudamiento generacional o el deterioro institucional (Pearse, 2021). Esta crítica es válida, y debe ser tomada en serio.

El análisis de Alexander Blum sobre el caso estadounidense revela una distorsión aún más preocupante: el centro político no siempre ha sido el punto de equilibrio de la razón, sino el punto de equilibrio del poder. Como él afirma, “el centro político no es el centro porque sea neutral, sino porque ahí es donde se asienta la masa del poder”. En este sentido, el centrismo, en su expresión política concreta, ha servido en ocasiones para legitimar estructuras existentes, más que para examinarlas críticamente (Blum, 2017). Y esta distinción es fundamental.

Existe un centrismo como método intelectual, orientado a la búsqueda de la verdad, y existe un centrismo como práctica política concreta, que en determinados contextos ha protegido equilibrios de poder existentes. Confundir ambos es un error frecuente en el debate contemporáneo.

El centrismo como inteligencia aplicada a la política

De todo lo anterior surge una conclusión clara: el centrismo, en su sentido más profundo, no es una posición débil, sino una forma superior de disciplina intelectual.

No responde a la ausencia de convicciones, sino al uso deliberado de la inteligencia para enfrentar la complejidad. No se basa en la adhesión a ideologías cerradas, sino en la evaluación constante de la realidad. No busca proteger el pasado ni imponer el futuro, sino construir el presente con responsabilidad. Representa algo más profundo que una ubicación política: representa la decisión de pensar antes de actuar.

Por ello conecta de manera tan natural con el pensamiento más probable de una mayoría de colombianos. Nuestra historia ha estado marcada por los extremos, y conocemos bien sus consecuencias. La sociedad colombiana no quiere perder la estabilidad, pero tampoco quiere renunciar al cambio. Quiere avanzar sin destruirse.

No es casualidad que, salvo contadas excepciones, la mayor parte de los candidatos presidenciales busquen ubicarse en el centro, o cerca de él, sin ser centristas o pretendiendo serlo. No se trata únicamente de estrategia electoral, sino del reconocimiento de una intuición colectiva: el país necesita transformación, pero también necesita equilibrio. Ninguno de los dos extremos puede ofrecer esto simultáneamente.

El verdadero valor del centrismo no es su ubicación en el espectro político, sino su contribución a algo más importante: el entierro de las ideologías como sustituto del pensamiento.

Durante demasiado tiempo, la política ha sido guiada por certezas absolutas que ignoran la complejidad de la realidad. El centrismo, en su forma más exigente, propone algo distinto: reemplazar la ideología por el método, el dogma por la evidencia, la reacción por el juicio.

El calificativo de “tibio” ha sido utilizado con eficacia por los extremos para desacreditar esta postura, presentándola como debilidad. Pero en realidad fue una estrategia para desplazar el debate desde el terreno de la razón hacia el terreno de la emoción. Hoy, con mayor claridad, es posible recuperar el verdadero significado del centrismo.

No como indecisión, sino como disciplina. No como temor, sino como responsabilidad. No como renuncia, sino como método. Un centrismo firme, coherente y decidido, capaz de actuar con fuerza cuando la evidencia lo exige, y de contenerse cuando la prudencia lo aconseja. Porque, no debe perderse de vista nunca, que el verdadero propósito de la política no debe ser defender ideologías, sino servir al país.

Rafael Fonseca Zárate

Inmoralidad electoral y contractual, los corruptos y quienes los validan

El mecanismo más usual de corrupción en la contratación pública funciona, en términos generales, así: unos contratistas “invierten” en campañas políticas a alcaldías, gobernaciones, Senado, Cámara, concejos o asambleas, desde las cuales los elegidos tendrán la posibilidad de “orientar” recursos públicos a través de contratos que se emiten directamente desde esas corporaciones o que pueden ser influidos desde esas posiciones. Pasadas las elecciones, los dignatarios comienzan a devolver la “inversión” y los “réditos” a los contratistas, mientras recogen también sus propios beneficios corruptos. En ocasiones, cuando surgen problemas judiciales, el circuito se amplía e incorpora actores del poder judicial.

En los últimos años, este esquema se ha facilitado mediante el uso de convenios interadministrativos con Empresas Industriales y Comerciales del Estado o Sociedades de Economía Mixta, creadas por ordenanzas o acuerdos municipales. Estas entidades, al operar bajo manuales de contratación propios y de naturaleza privada, logran escapar a los controles de la Ley 80, cuyo propósito es precisamente proteger los recursos públicos para que se traduzcan en desarrollo y bienestar, y no terminen en los bolsillos de los corruptos.

 

Un experto en contratación pública que ha señalado de manera sistemática este mecanismo durante más de una década es el ingeniero Rodrigo Fernández, a través de su cuenta en X. Él bautizó a estas entidades como “contrataderos”: organizaciones en las que participa mayoritariamente un ente público, por ejemplo, un municipio, junto con privados que las administran. Cuando un alcalde “necesita pagar” deudas electorales y obtener beneficios personales, acude a una de estas entidades para contratar, prácticamente a dedo, a los mismos contratistas con los que estableció relaciones corruptas antes de las elecciones. Los contratos se adjudican muy cerca del presupuesto oficial, se eliminan las economías derivadas de la competencia y se relajan las exigencias técnicas, porque parte del esquema puede incluir cooptar también a la interventoría. Todos quedan cubiertos. Todos ganan. Menos el país. (Fonseca, 2024).

Todo esto ocurre de manera visible, grotesca y poco sofisticada, todos los días, delante de nosotros. Y no es que no lo sepamos. Es que, en la práctica, pareciera que preferimos no saberlo. Basta observar las poquísimas expresiones de indignación que se producen incluso cuando los indicios son evidentes. A diarios, el ingeniero Fernández señala procesos con un solo proponente, contratos adjudicados sin competencia real, señales claras de captura del proceso. Y, sin embargo, no pasa nada. Miramos para otro lado. Aceptamos en silencio, como si así fuera el orden natural de las cosas. Es decir, aceptamos la corrupción, ni más ni menos.

Pero este fenómeno no se limita a la contratación pública. Se reproduce en cualquier espacio donde existan elecciones y que quien salga elegido adquiera poder para distribuir favores: cooperativas, asociaciones de residentes, agremiaciones. Allí también, quienes no participan directamente del circuito corrupto suelen optar por la pasividad: no ejercen control, no exigen transparencia, no denuncian. Olvidan que la democracia, en cualquier escala de la vida social, no se sostiene solo con derechos, sino con deberes. Y uno de los deberes fundamentales es controlar la corrupción.

Porque la corrupción es, en esencia, la gran destructora de la democracia: la del país, la de la cooperativa, la de la asociación de vecinos, la de la agremiación. Y lo hace siempre con la complacencia de la mayoría.

Hay que despertar.

Rafael Fonseca Zárate

Peajes y concesiones en la mira del Gobierno

La reciente carta de la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos de Bolívar (SIAB) al presidente de la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) con copia a la ministra de Transporte, es un llamado al presidente Petro a no trivializar decisiones que comprometen la sostenibilidad de la infraestructura vial del país. Siempre hay que darle la bienvenida a llamados como éste que abogan por conducir cualquier decisión estructural con el debido estudio y análisis, antes de dañar un modelo de gestión que está funcionando bien, dicen, que con “aciertos y errores” ha logrado que tengamos corredores estratégicos sin financiarlos desde el presupuesto nacional. Así reaccionaron los ingenieros cartageneros a los trinos del presidente Petro como “no renovar concesiones” y ahora “eliminar peajes” (Valora, 2025)(Infobae, 2026).

Antes de las concesiones y de las Alianzas Público-Privadas (APP) teníamos como ejecutor al Ministerio de Obras Públicas, cuyas inversiones dependían del presupuesto nacional precario, de recoger peajes que iban a una bolsa común, y de ahí se repartían según lo que podría llamarse la incertidumbre de lo político, al vaivén de las influencias, sin mucha técnica por estar subordinada a lo político. En esas condiciones, construir vías sin garantizar su mantenimiento, con presupuesto escaso e incierto, sin contar el alto costo para la sociedad por la ausencia de buena infraestructura, produce el resultado lamentable de tener vías en mal estado y de bajas especificaciones en todo sentido, y que todo le cueste mas al país y a sus ciudadanos. Ese esquema fallido entró en crisis en los 80, y de allí evolucionó en los 90 al separarse la ejecución de obra pública en el INVÍAS y de concesiones en el INCO (que posteriormente se convirtió en la ANI).

 

La memoria del país tiene claro que no se puede repetir esa historia fracasada; sería casi imposible movilizar los flujos de inversión que se logran en las APPs, desligar en una gran parte la incertidumbre de las decisiones políticas, amarrar los recursos públicos con vigencias futuras, asegurar el mantenimiento de las vías en magníficas condiciones de servicio y lograr que los concesionarios reciban su retribución de acuerdo con la calidad de las vías.

En estas épocas que todo se ve blanco o negro, sin matices, el presidente Petro habló y se convirtió en una amenaza contra las concesiones. Y es que cuando se vencieran no se renovarían y que por ello bajarían los peajes (Valora, 2025) que no pasa de ser una expresión de las que usa con frecuencia. ¿Acaso cree que la concesión es la traba para que bajen los peajes? A la reversión, si se estableciera una nueva concesión (o una APP según las condiciones), bien negociada, obviamente deberían bajar los peajes puesto que la inversión inicial ya estaría hecha, y solo habría que remunerar la operación y el mantenimiento de la vía. Esto no tiene novedad, así la Ministra Rojas exprese lo contrario (Senado, diciembre 2025). En cambio, entregándola al INVÍAS, caeríamos en la espiral descendente que ya describí; aun cuando ya no trataría de resolver lo de las grandes inversiones, si confluirían todos los demás problemas anotados. Si es un deseo por ideología, la historia es tozuda y está suficientemente documentada para el estudio del que quisiese, por lo que su empeño, de materializarse, sería un enorme descalabro. Hay un ejemplo muy sonado de concesiones que fueron revertidas al INVÍAS que, por falta de gestión e inversión, terminaron en un lamentable estado: recuérdese la Ruta del Sol, tramos 1 y 2. Pero, además, en la práctica, ya ni tiempo hay.

Y cuando, por motivos de los anuncios sobre la reversión al INVÍAS de la ruta Cartagena-Barranquilla, se dispararon estas alarmas, es apenas necesario dejar claro que no obedeció ninguna orden del presidente Petro. La ANI lo describe muy bien en un comunicado del 30 de diciembre de 2025 en el que explica que “celebraron un acuerdo de transacción mediante el cual las partes realizaron concesiones recíprocas que dieron lugar a la terminación anticipada, de mutuo acuerdo y por causales no imputables a las Partes”. El meollo tuvo que ver con diversos hechos de protesta social, menor recaudo de los peajes existentes, no instalación y operación del peaje Arroyo de Piedra, manifestación del concesionario que el impacto de dichas situaciones le impidió alcanzar el cierre financiero del proyecto (paráfrasis).

De esta problemática emerge una amenaza latente, y es que cuando la percepción de abuso se instala en las poblaciones, la gobernanza técnica colapsa bajo protestas, acciones populares y bloqueos recurrentes. La Defensoría del Pueblo tuvo que intervenir en estos conflictos por afectaciones reales a derechos colectivos y convivencia social (Defensoría del Pueblo, 2024). Gobernar la infraestructura sin incorporar esta dimensión puede concebirse desde lo técnico, pero es políticamente inviable. Esta situación debe conciliarse obligatoriamente, con el riesgo ya latente de tener un precedente difícil de manejar en cualquier localidad del país.

Como deja ver el Gobierno, el modelo concesional colombiano tiene defectos, y no propiamente por fallas de ingeniería (aunque también los ha habido y de qué magnitud: Chirajara, por ejemplo). Defectos que se generan por incentivos que seguramente quedaron mal diseñados, renegociaciones asimétricas, adiciones contractuales y competencia imperfecta. Recuérdense antecedentes judiciales ampliamente documentados en el caso Odebrecht–Ruta del Sol II, donde la captura del contrato y sus otrosíes terminó siendo un problema penal y fiscal, no técnico (Fiscalía General de la Nación; Corte Suprema de Justicia) o la denuncia del representante Osorio sobre la Autopista Armenia-Pereira-Manizalez sobre la que hace unos años dediqué un artículo. La judicialización se volvió un modo de funcionamiento: hoy, no es exagerado decir que buena parte de la relación Estado–concesionario se dirime en tribunales arbitrales. La proliferación de laudos, reclamaciones y controversias ha elevado costos, rigidizado decisiones y desplazado la lógica de solución técnica temprana por una lógica de expediente.  (Senado, diciembre 2025: “hay más de 10,5 billones de pesos en demandas contra el Estado derivadas de conflictos contractuales y decretos como el 050 de 2023 que congeló el cobro de peajes”). Esto no convierte a los concesionarios en villanos por definición, pero sí evidencia un diseño institucional que premia el conflicto más que la cooperación razonable.

Con este contexto, es posible entender por qué el Gobierno Petro ha encontrado eco al cuestionar peajes y concesiones. Pero se equivoca cuando reduce el problema a una consigna simple como “quitar peajes” en lo que pareciera un oportunismo electoral. Ya lo mostró el congelamiento y posterior normalización de tarifas, tras el Decreto 050 de 2023: la realidad fiscal y contractual es más dura que la narrativa.

Pero estas manifestaciones de advertencia no deben expedirse como llamados de corto plazo. Con el presidente Petro o con cualquiera otro, los problemas del esquema de concesiones deben estudiarse y resolverse, al menos de aquí en adelante (en Colombia difícilmente se puede modificar lo que ya está contratado). Gobierno, Congreso, los públicos incumbentes y las comunidades, deben discutir los problemas del modelo concesional, y emprender un rediseño que arregle sus defectos: competencia real, reglas claras de post-concesión, límites a renegociaciones, mecanismos efectivos para prevención de conflictos judiciales y de resolución temprana de conflictos, entre otros. No se puede perder de vista que de la buena infraestructura depende la movilidad de la economía, y una parte muy importante del bienestar de los colombianos. En su buen suceso se alimenta la velocidad con que nos enfilemos al desarrollo.

Rafael Fonseca Zarate

Neo-Imperialismo: involución civilizatoria

Me encontré la conferencia de Dani Sánchez-Crespo sobre geopolítica (¿Se ha vuelto loco el mundo?, DECODE, 2026) y la revisé con interés porque aborda sin ambages el análisis de la enorme incertidumbre actual, sin pretender adivinar el futuro pero atreviéndose a pronosticar con base en la revisión de los factores en cada caso, permitiendo entender la complejidad de la situación mundial y por qué, aunque cueste admitirlo, el tablero mundial ya no es el de hace apenas una década.

Sánchez-Crespo usa el nombre de Dani Novarama y es divulgador, diseñador, autor de libros (Pensar más, pensar mejor), profesor universitario y empresario, famoso en la red X (Twitter: @DaniNovarama) con cientos de millones de lecturas (Penguin); todo un influencer en la jerga cotidiana actual. Él insiste, con una humildad epistémica poco frecuente en este tipo de comentarios geopolíticos digitales, en que no tiene bola de cristal, sino que propone más bien observar tendencias, tensiones, incentivos y conveniencias. Y eso hace en su conferencia.

 

Su tesis, que articula todo el análisis, es que la globalización, cuyo orden fue construido tras la Segunda Guerra Mundial y profundizado desde los años setenta como parte de la receta neoliberal, no era solo comercio, tratados y cadenas de suministro; era, sobre todo, confianza, dice. Confianza para delegar producción en otro país, para aceptar flujos migratorios y para creer que gobiernos y élites gestionaban el interés general.

Cuando esa confianza se erosiona, la interdependencia deja de verse como eficiencia y empieza a percibirse como riesgo, argumenta. Por supuesto, la palabra confianza encierra una cantidad de relaciones complejas que hoy se entretejen en el panorama mundial, principalmente político y comercial. De resto, parecería un reduccionismo que no aportaría al análisis.

Sánchez-Crespo ubica esa erosión en una secuencia de eventos globales reconocible: (1) la crisis financiera de 2008, que quebró la confianza en tecnócratas y reguladores; (2) la pandemia, que reveló la fragilidad logística mundial y el “sálvese quien pueda” que emergió tras la urgencia; y (3) la guerra en Ucrania, que devolvió la guerra convencional al centro del sistema internacional. A partir de ahí, sostiene que los Estados reordenan prioridades en torno a seguridad, control, resiliencia productiva y reducción de dependencias, no porque la globalización haya sido un error, sino porque su condición implícita, la confianza, dejó de sostenerla.

Con ese marco, Sánchez-Crespo describe el retorno de una lógica que denomina neoimperialismo y la compara con el mundo justo antes de la primera guerra mundial: grandes potencias que actúan menos como garantes de reglas comunes y más como jugadores que aseguran su entorno, controlan recursos estratégicos y disputan territorios claves. No es un regreso literal a 1910, desde luego, pero sí una involución desde el multilateralismo cooperativo hacia una competencia fundamental por tecnologías, energía, materias primas y rutas comerciales. Pese a la peligrosidad que esto representa, su análisis no resulta fatalista.

En ese tablero, Europa aparece como un actor singular, consciente de que la lógica imperial clásica condujo a catástrofes, pero forzada a reaccionar ante la fragilidad de la protección estadounidense, si es que aún existe, ya que no podrá contar con la OTAN. De ahí su giro acelerado hacia la autonomía estratégica, la industrialización del rearme y el uso de su mercado como principal instrumento de poder. No por vocación belicista, sino por necesidad urgente.

Sánchez-Crespo analiza el enclave estratégico de Groenlandia, donde confluyen tres dimensiones: (1) militar (posición clave en el Atlántico Norte y defensa temprana frente a Rusia), (2) comercial (rutas árticas emergentes por el cambio climático) y (3) de recursos (minerales críticos que, también por el cambio climático se espera que empiecen a quedar al descubierto). Pronostica que Estados Unidos acabará controlando Groenlandia, pero no por la fuerza, debido a que una invasión sería inviable dentro de la OTAN, y además políticamente y comercialmente suicida, mientras que, con acuerdos, presencia militar reforzada, inversiones y exclusión de terceros actores, especialmente China, le permitirán a Washington asegurar el enclave sin disparar un tiro; la razón no es moral ni jurídica, sino estratégica, ya que no se trata de soberanía formal sino de control efectivo.

Algo similar analiza que ocurrirá con Taiwán, aunque con una complejidad mayor. Sánchez-Crespo plantea que China tenderá a controlar Taiwán sin una invasión militar, siguiendo una lógica de presión prolongada, desgaste político y cálculo estratégico, más parecida a Hong Kong que a una guerra abierta. La clave no es solo territorial, sino industrial, ya que Taiwán concentra la producción más avanzada de semiconductores, columna vertebral del mundo digital y militar. En paralelo, Estados Unidos no se ha quedado quieta, anticipando ese escenario, y está relocalizando una parte crítica de la producción de chips a su propio territorio. Seguramente esto es menos eficiente, pero en un mundo sin confianza sería inaceptable depender de un enclave potencialmente adverso. El resultado probable no sería una guerra inmediata, sino una transición en la que Taiwán irá perdiendo interés estratégico para Washington a medida que esta reduce su vulnerabilidad. Y podrá “sacrificar” a la isla frente a las pretensiones de China.

África aparece como el gran espacio de alineamientos silenciosos para Sánchez-Crespo: joven, rica en recursos, necesitada de infraestructura. Allí, sostiene que China juega con ventaja ofreciendo obras y comercio sin condiciones políticas explícitas, mientras Occidente llega con exigencias normativas que muchos gobiernos perciben como interferencia inoficiosa. Irán, por su parte, es leído como un punto de presión indirecta sobre Rusia y el equilibrio regional. E India emerge como el corredor de fondo que evita ataques frontales mientras amplía su mercado interno, su manufactura y su capacidad, sin desgastarse.

Su conclusión incómoda es que este tránsito implica una revocatoria práctica de los ideales que dábamos por sentados. La justicia y la democracia mundial, como límites reales al poder, quedan subordinadas a la lógica de fuerza y control. El pilar neoliberal de la globalización, que representaba la valiosísima promesa de que el mercado y el comercio pacificarían el mundo, ha quedado atrás.

En ese contexto, los países débiles son más vulnerables que antes, no solo por dependencia material, sino porque se convierten en piezas intercambiables en la rivalidad de los países fuertes. Frente a este nuevo orden mundial, que debemos aceptar, ahora nos corresponde diseñar bien, estratégicamente, sin miramientos partidistas ni sesgos ideológicos (¿de cuáles ideologías sobrevivientes?), cuál es el papel que debiéramos y pudiéramos jugar globalmente, como país débil, vulnerable y además con sus propios problemas internos graves, para que a pesar de todo logremos desarrollo y bienestar.

Rafael Fonseca Zárate

Inconclusiones (Venezuela)

Cuando uno ha perdido todo por culpa de un tirano, cualquier derrocamiento sirve” y “qué importa que se roben el petróleo, si ya se lo estaban robando, y al menos ahora tendremos libertad”. Dos ideas, no textuales, de lo que expresó un muchacho venezolano en las redes (hay decenas) sobre sus sentimientos de hoy (de corto plazo con la euforia inicial). Comprensible su júbilo. E incluso comprensible su negación frontal y pendenciera contra todo aquel que ponga peros a la extracción de Maduro.

Probablemente pasado mañana será diferente. Y no solo por lo evidente, que el régimen chavista estructuralmente no ha sido cambiado y no está claro aún cómo será el tutelaje de Estados Unidos (Sachs, 2026)(Macgregor, 2026) (El Espectador, 2026), sino porque, una vez estabilizado el país, todos volverán a pensar en que nadie le debe robar nada a su nación; y menos porque hasta el último recurso será necesario con urgencia para la reconstrucción. Es una inconclusión* entendible (* situación donde ninguna de las salidas disponibles es moral, legal o civilizatoriamente satisfactoria, y difícilmente tendrá conclusión nítida).

 

La escena de la extracción forzada no puede ser más reveladora: cuando el matón del barrio descabeza al matón de la cuadra, no se puede esperar que sea por justicia, sino por poder (apelando a metáforas deliberadas). De hecho, en las alocuciones de Estados Unidos no se habla de democracia, libertad o bienestar de los venezolanos, que debería ser la prioridad; se habla de petróleo, incluso de su petróleo (de Estados Unidos) (Hausmann, 2026). Esto resume la inconclusión generalizada de la situación local.

La intervención de Estados Unidos no es una liberación (El Espectador, 2026) pero hay que reconocer que sí es una solución para millones de venezolanos que habían perdido la esperanza (salvo los afines al régimen). Ya habían intentado todo lo posible, desde manifestaciones de protesta con muertos y apresados resultantes, varios intentos fallidos en elecciones, incluyendo la de 2023 que Maduro logró volver a falsear e ignorar, hasta las innumerables y permanentes súplicas al mundo por ayuda para acabar el sufrimiento de todo un pueblo. Nada funcionó. Ellos no pudieron resistir el poder de su propio ejército y de los violentos “colectivos” (paramilitares al servicio de régimen). Y el mundo no actuó.

Los hechos de la madrugada del 3 de enero han abierto una verdadera explosión de opiniones, análisis, preocupaciones y temores, que en su mayoría no lamentan que los venezolanos estén felices por haberse quitado de encima al tirano (al menos por ahora), sino por las tremendas repercusiones e implicaciones sobre el mundo entero, incluida la misma Venezuela. Toda una miríada de inconclusiones. Quien confunde estas dos aristas en una sola problemática cae elementalmente en un falso dilema.

La gran preocupación sobre la operación de extracción de Estados Unidos es sobre su ilegalidad. Tanto dentro de su país, por no tener aprobación del Congreso, como no tener aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Sachs, 2026)(Ignatieff, 2026)(The New York Times, 2026). La mirada a cualquiera de los dos elementos de esta frase abre una caja de Pandora. Empecemos por la segunda.

Las Naciones Unidas vienen siendo borradas del poder mundial efectivo, especialmente por las tensiones que se vienen incrementando en torno a la emergencia de dos retadores, China y Rusia, a la hegemonía de Estados Unidos tanto en lo militar como en lo financiero y comercial. Terminar de acabar con el más avanzado instrumento de civilización alcanzado después de la segunda guerra mundial es un retroceso fundamental porque puede estar dejando al mundo ad-portas de una nueva confrontación militar mundial, con las implicaciones del nuevo contexto basado en tecnologías muy avanzadas para la destrucción, incluso total.

Los hechos de Venezuela habilitan, quiérase o no, a Rusia a terminar con Ucrania y a China a tomarse a Taiwán (lectura extendida entre analistas) (Ignatieff, 2026). Pero también, conlleva con la doctrina Donroe (Monroe 2.0) que cualquier país en América sea considerado el coto de caza cuando lo necesite Estados Unidos y su presidente; este mensaje fue ampliado un día después como advertencia para el mundo: Estados Unidos puede tomarse por la fuerza el país que considere que necesita. Es apenas normal que México (drogas, inmigración), Dinamarca (por Groelandia), Canadá (estado #51), Cuba y Nicaragua (por su dependencia del crudo venezolano), Colombia (si no protege la frontera), el mismo Venezuela (por las fases siguientes anunciadas), y en general, los demás países del mundo estén preocupados. Otra enorme inconclusión.

Y no es una cuestión de amistad con el presidente Trump como podrían estar pensando presidentes como Milei, Bukele y otros afines ideológicamente (en la superficie) puesto que ya se sabe que aplica una especie de fuzzy logic (lógica difusa, incluso explícita en el documento de noviembre del departamento de Estado) en la que él mismo determina lo que hay que hacer o decir, en cualquier momento, sin considerar más allá de sus propios intereses, y sus alfiles (el secretario Rubio a la cabeza) posteriormente van recogiendo y acomodando todo a algo que suene razonable a alguna lógica de último momento (Macgregor,2026).

Sin olvidar todo esto tan importante, hay que regresar a asuntos previos esenciales. El presidente de Venezuela, desde 2013, era un tirano acusado en el concierto internacional de múltiples barbaridades contra su pueblo, desde represión sangrienta, presos políticos, supresión de la prensa libre, y una enorme corrupción, incluyendo narcotráfico (que fue la base de la extracción). El mundo no escuchó las súplicas del pueblo venezolano (el pueblo que se oponía al régimen que, a juzgar por los resultados no oficiales de las elecciones de 2023, era mayoría) durante al menos toda una década (Ardila, 2026).

Es probable que, si Estados Unidos hubiese acudido al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a pedir permiso para la incursión armada en Venezuela para remover al tirano, actuando como adalides de la democracia y la libertad, hubiera sido bloqueado por Rusia y China, no por razones de humanidad, sino por poder, por la actual lucha geopolítica por el poder mundial que ha enrarecido la vida de hoy para cualquier humano.

Aquí hay la mayor inconclusión, del mundo entero. La esencia de las Naciones Unidas que debiera representar la negociación pacífica y el derecho internacional para solucionar los problemas entre los países, es decir, el imperio supranacional de la justicia conjunta, en la realidad no funciona. Y esa es una realidad desde hace tiempo, pero recientemente oficializada con los casos de Ucrania, Gaza y Venezuela. Ni para ayudar a solucionar un problema que podría ser comparativamente menor (una tiranía como la de Maduro) ni para evitar que la fuerza sea la que determina lo que se puede y lo que no. En otras palabras, la democracia mundial, si alguna vez se soñó, no existe.

El falso dilema planteado por los venezolanos de a pie termina dándoles una razón simple pero brutal: al no haber ninguna posibilidad de restablecer la justicia, hasta una ilegalidad, pero conveniente, sirve. Tan grave como reconocer que no hay equilibrio de fuerzas mundial, que ha sido realmente una ficción. El peligro es latente, basta con que una de estas acciones (determinadas por una sola persona predominantemente basado en su emocionalidad; véase análisis recientes del New York Times sobre el estilo de toma de decisiones presidenciales de Donald Trump y su impacto en política exterior e Ignatieff) se encuentre con una desavenencia fuerte de parte de China o Rusia, o ambos, que sería lo más probable, para desatar la hecatombe. A dónde pueda conducir todo esto es la mayor inconclusión que vive el mundo en estos momentos.

Ahora enfoquemos la mirada sobre la primera parte de la preocupación, su ilegalidad dentro de los Estados Unidos por no tener aprobación del Congreso (The New York Times, 2026). Entendiendo la dimensión de la amenaza que significa que un país, con el mayor poder militar del mundo, se comporte omnímodo, es varias veces más grave si su líder tome decisiones emocionalmente, con base en sus intereses, sin intermediar el control legal y razonado de su propio país, que, pese a que no necesariamente sería una garantía total, si es una esperanza de garantía.

Hay que recordar que el presidente Trump enfrenta múltiples problemas en su propia cancha, que van desde varios judiciales aún inconclusos incluyendo el caso Epstein, la caída judicial de medidas controversiales que ha tomado en contra de muchos países entre los cuales hay aliados históricos provocando una guerra comercial generalizada que probablemente no va saliendo bien, hasta problemas políticos por tener que enfrentar la perdida de popularidad y del apoyo de figuras de su propio partido republicano. Todo ello, fácilmente lo lleva, como ya lo ha demostrado, a mezclar la conflictividad mundial autoprovocada para manejar la popularidad local, lo cual, sumado a America first y America great again, a su lógica difusa, y a la ausencia efectiva de control político, arma un coctel demasiado explosivo. Nadie sabe hasta dónde puede llegar ni hasta dónde nos puede conducir (al mundo entero). Una inconclusión casi metafísica. Es inexplicable cómo había tantos agujeros y debilidades en la configuración y organización política de los Estados Unidos para llegar a semejante condición actual.

En cuanto a Venezuela, por lo pronto, lo realmente importante debería ser encontrar cómo el pueblo venezolano puede reencontrar paz, justicia, democracia y derecho como lo explica claramente Hausmann (Hausmann, 2026). Pero al mismo tiempo, este deseo superior se erige también como la mayor inconclusión a hoy, ya que en cualquier momento puede emerger un conflicto interno, guerra civil, más ataques extranjeros, y violencia generalizada, desviando completamente ese objetivo de vida y de nación próspera que compartimos con todos los venezolanos.

(PD: hay miles de referencias importantes que no he citado para no saturar el texto, pero el lector las puede encontrarlas fácilmente en un buscador o una ayuda de IA).

Rafael Fonseca Zarate

Campañas presidenciales: discutir ideologías para no discutir el país

Hasta ahora, como en todas las campañas presidenciales, hemos visto el enfoque de los extremos en desprestigiar a sus opuestos ideológicos. Las campañas repiten con insistencia ataques, con argumentación incipiente, pseudo-argumentación o con mentiras, o la combinación de todos, para ganarse a los incautos (forma amable de señalar a ingenuos, desinformados, y dejo al lector completar esta descripción) y polarizarlos, con base en emociones y no en razones, que se ha convertido en la fórmula recurrente de la política contemporánea. Con esta efervescencia de pugnacidad entre los opuestos, es fácil que se olviden las propuestas importantes para mejorar al país.

No me refiero aquí a las propuestas simples. Hacia el final de las campañas empiezan las promesas populistas, que los candidatos saben que no van a poder cumplir, pero que tampoco importa porque si no se cumplen en realidad no tiene consecuencia alguna. Vienen las propuestas obvias, como seguir desarrollando la infraestructura, de transporte, de salubridad y de educación. También, y especialmente, las de seguridad que son las preferidas por su directa conexión al miedo, una de las emociones más fuertes; de ahí que los candidatos que ofrecen bala y mano dura tengan una posibilidad. También genera miedo la incertidumbre económica, la que se capotea normalmente con promesas populistas, unas de crecimiento económico, creación de empleos y reindustrialización, y otras de justicia social, subsidios y ayudas para mejorar las condiciones de pobreza. A las que sí me refiero es a las propuestas de fondo, sobre lo que realmente necesitamos hablar y discutir para seleccionar la mejor opción, que son esquivadas con facilidad en la mitad de todo ese verbo que se disfraza de indicadores y cifras para denotar conocimiento, que no pasa, en el mejor de los casos, de ser diagnóstico.

 

Necesitamos hablar de al menos cuatro pilares que limitan nuestras esperanzas de manera grave: de cómo vamos a hacer para romper la desigualdad estructural (El pobre no es pobre porque quiera), de cómo vamos a hacer para enfrentar los cambios que estamos viviendo como humanidad (climático, tecnológico y poblacional) cuyas repercusiones empezamos ya a sentir, de cómo vamos a lograr ser competitivos en el mundo cambiante e incierto que nos depara el futuro inmediato, y entrecruzado con todo, como si no fuera ya en extremo complejo, de cómo vamos a acabar con la corrupción que saquea los recursos disponibles, propios de un país pobre pero no menos cuantiosos, y que se ha instalado como parte central de nuestra cultura dominante. Para no llamarse a simplismos, estos cuatro pilares envuelven desde la educación, toda la economía, la justicia, la salud, hasta la visión estratégica que deberíamos tener sobre el mundo y cómo, a partir de ella, deberíamos actuar como un cuerpo integrado y coherente. Obviamente, por encima de ideologías, polarizaciones y fanatismos políticos. Mientras el mundo va a una velocidad impresionante, nosotros parecemos vivir enfrascados en riñas callejeras, como en siglos atrás.

Tenemos que esforzarnos por desmontar los dogmas, las mentiras y los pseudo-análisis, con la esperanza de que nos dejen hablar de lo importante lo antes posible. Uno de los preferidos de las derechas es la lucha frontal contra el comunismo. Después abordaremos los preferidos de las izquierdas. Aunque ya en artículos anteriores he avanzado en muchos de los temas que causan enfrentamientos clásicos, llegando a demostrar que son discusiones insulsas para el mundo real actual (Ideologías y Polarización, y artículos subsiguientes).

Me encontré con un libro de Axel Kaiser, chileno, de ultraderecha, que se titula “Nazi-comunismo: por qué marxistas-leninistas y nazi-fascistas son gemelos ideológicos” cuyo trasfondo es asociar un mal mayor completamente identificado en la mayoría del mundo, el nazismo, con la moribunda doctrina comunista, que se supone que aún sustenta ideológicamente a las izquierdas contemporáneas. Kaiser es un tipo ilustradísimo, pero también sesgadísimo; es un neoliberal a ultranza. Posiblemente ha tenido dificultades con su ideología en los años recientes por cuanto los postulados de las ideologías se han movido de sus orígenes, especialmente en este mismo 2025, en el que hemos visto desplomarse estatuas y emerger nuevos monstruos (Economía política en crisis).

No quiero hacer una crítica convencional a su libro, que refleja gran parte de su forma de pensar ideológica, sino tratar de aportar mi punto de vista, que va más allá, y plantear aspectos que permitan aterrizar esta discusión, para poder seguir con el análisis de los temas sin propuesta de los candidatos, que es lo que realmente debería ocuparnos en estas épocas electorales.

La experiencia histórica muestra que, en su implementación, las grandes ideologías modernas tienden a diluirse y a ser sustituidas por la lógica de la concentración del poder. En ese proceso, tanto comunismo como capitalismo han perdido sus principios normativos originales que han sobrevivido principalmente como justificaciones del orden existente (incluyendo su narrativa propagandística para fines electorales, como el mismo libro de Kaiser, incluso).

El comunismo que hemos conocido históricamente no es la idea original, sino su corrupción como mecanismo de concentración de poder por una nueva élite, sostenible solo por la fuerza. Hay que recordar que Marx no diseñó un Estado totalitario; su ideal final era incluso la extinción del Estado. Los problemas aparecieron en la implementación real de la dictadura del proletariado, del partido omnipresente y omnipotente, de la centralización del poder (cuya concepción fue temporal), para pronto descubrir que no era posible mantener la cohesión sin coerción y con ello, el adiós total a las libertades. La promesa igualitaria exige una concentración de poder tan alta que termina negándola. La corrupción del socialismo concentra el poder político-militar como condición de funcionamiento. La pérdida de la libertad terminó acabando con el comunismo (exceptuando el extraño caso chino que causa la mayor confusión ideológica de estos años, que próximamente abordaré).

De manera similar, el capitalismo que hemos implementado no es el reflejo de su idea seminal sino de su corrupción debido a que los postulados en los que se basa no se cumplen dando origen a la concentración de poder. El capitalismo clásico (Smith, Ricardo, incluso Mill) no asumía monopolios estructurales, captura del Estado, asimetrías extremas de poder, mercados sin competencia real, herencias concentradas indefinidamente, ni externalidades masivas ignoradas (como el absurdo supuesto tácito que la naturaleza no era finita). Lo que hoy llamamos capitalismo, es más bien un sistema de privilegios privatizados y pérdidas socializadas, lo que viola sus propios supuestos fundacionales. La corrupción del capitalismo ha concentrado el poder económico cuando han fallado (o se han abandonado) los límites institucionales y se han eliminado los contrapesos reales, y han terminado por convertir promesas emancipadoras en sistemas de dominación, dando paso a la creación permanente de desigualdad, aun coexistiendo con pluralismo político. Esa desigualdad creciente puede terminar acabando con el capitalismo. Muchos pensadores contemporáneos hablan ya de su declive, e incluso figuras claves de su propio seno están diseñando su reemplazo que se identifica como tecno-feudalismo. Pero aún está vigente.

En ambos casos, los sistemas no han sido desarrollados conforme a sus principios normativos; cuando se intentan imponer de forma total, tienden a degenerar en mecanismos de concentración de poder en manos de élites, sostenidos por coerción o captura institucional. En ambos casos, la ideología original muere cuando deja de limitar al poder.

Pero en cambio, el fascismo es distinto: en los casos históricos que conocemos su ideología no se ha perdido en la implementación porque su núcleo es precisamente la subordinación del individuo, la anulación del juicio, la homogeneización forzada, la identidad orgánica (que han llevado al embrutecimiento colectivo) y la coerción, voluntaria o por miedo (ambas y simultáneas), como forma de cohesión social. El fascismo no promete emancipación futura; no promete igualdad, ni libertad, ni extinción del poder. Promete unidad orgánica, subordinación del individuo, un enemigo permanente, obediencia y grandeza identitaria. En ese sentido, el fascismo no traiciona su ideología al volverse violento y anular las libertades: la cumple.

No se trata de acoger o rechazar las ideas originales, sino de desconfiar de cualquier sistema que prometa realizarlas concentrando poder, porque la historia muestra que, una vez concentrado, ese poder termina sustituyendo a los ideales. Con este discernimiento preliminar sobre las grandes ideologías, aprovechándonos de Kaiser, podríamos abandonar los esfuerzos estériles de hacer campaña enfocados en socavar los supuestos cimientos ideológicos del opositor. Mientras sigamos discutiendo fantasmas ideológicos, seguiremos permitiendo que los candidatos eviten presentar las propuestas importantes que el país necesita. Es tiempo ya de enfocarnos en ellas.

Rafael Fonseca Zárate

Un país dividido en tres tensiones: lo que revela la encuesta de Invamer sobre el rumbo político de Colombia

Las encuestas no eligen presidentes, y menos faltando cinco meses para las elecciones, pero sí revelan cómo se está moviendo el subsuelo emocional del país. La medición de Invamer de noviembre deja claro que Colombia está entrando en una fuerte recomposición: la izquierda aparece con un liderazgo nítido en primera vuelta, la derecha dura conserva un músculo emocional importante, y el centro sigue débil en arranque, pero competitivo en un escenario final. Tres velocidades, tres relatos y un solo tablero donde cada movimiento altera todo.

La lectura no es obvia. Requiere separar el ruido del dato y entender qué está diciendo la sociedad cuando distribuye su preferencia entre Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo. Las cifras hablan, pero lo hacen en clave de tensiones más profundas: continuidad, rabia y moderación. Con ayuda de la IA analizamos esas tensiones.

 

1. La izquierda gana la primera vuelta, pero no tiene asegurado el país

Iván Cepeda encabeza la intención de voto con un 31,9 % en el escenario con todos los candidatos. No es un apoyo “personalista”: es la cristalización de un bloque político que sigue viendo en la izquierda la narrativa dominante para interpretar el país, incluso después del desgaste del gobierno Petro. El reto es evidente: liderar sin heredar ciegamente, corregir sin renunciar, y evitar que el voto favorable al proyecto progresista se lea como cheque en blanco al continuismo.

El país está fracturado en dos mitades casi simétricas: 50,2 % dice preferir un candidato cercano al Gobierno; 46,9 % se va por la oposición. Cepeda no puede confiar en esa ventaja: la segunda vuelta lo obliga a hablarle a un electorado que duda entre la desconfianza hacia la derecha radical y el temor a repetir improvisaciones y malos resultados gubernamentales. La encuesta revela más que apoyo: expone una demanda de responsabilidad, de orden institucional y de resultados.

2. La derecha dura mantiene un voto emocional fuerte, pero con techo limitado

Abelardo de la Espriella es segundo con un 18,2 %. Su fuerza no nace de un proyecto de país: nace del enojo acumulado, del sentimiento de agravio moral, de la narrativa anti-política que se ha instalado en sectores urbanos y redes sociales. Es un voto real, duro, resistente al desgaste. Pero también es un voto con un techo evidente. Cada vez que se simula una segunda vuelta, la sociedad se repliega: Cepeda le gana con amplitud y Fajardo por un margen considerable.

La pregunta no es si De la Espriella puede pasar a segunda vuelta: puede. La pregunta es si puede ganar: hoy, no. Y esto coloca a la derecha en su viejo dilema: su base más ruidosa no es su base más representativa. El establecimiento conservador y empresarial tendrá que decidir si prefiere apostar a la “furia rentable” o a la “viabilidad gubernamental”.

3. El centro sigue pequeño en primera vuelta, pero sigue siendo decisivo donde importa: en segunda vuelta

Fajardo aparece con 8,5 %: una cifra fría, casi decepcionante. Pero en segunda vuelta, el clima cambia. Le gana a De la Espriella con holgura y casi empata con Cepeda. Es un candidato que no domina las alturas de la primera vuelta, pero que recoge la ansiedad del país cuando se reduce la oferta electoral. Representa una cierta necesidad de equilibrio: ni el vértigo de la radicalización ni la reanudación de la improvisación.

Su debilidad es conocida: carece de narrativa emocional de entrada. Su ventaja también: tiene la menor resistencia cuando el votante debe elegir entre extremos. En un país fatigado de tensiones, puede convertirse en el destino de electores de centro, segmentos empresariales y sectores de derecha desconfiados de la radicalización.

4. Tres campañas, tres estrategias y un solo problema compartido: la incertidumbre del rumbo

La encuesta no muestra un país inclinado hacia un modelo definitivo. Muestra un país tenso, dividido entre la urgencia de resultados, el hartazgo con la política habitual y la necesidad de un nuevo pacto de gobernabilidad. Por eso, cada campaña queda obligada a revisar su brújula:

  • La izquierda debe demostrar que aprendió de sus errores y que puede gobernar sin polarizar.
  • La derecha debe decidir si quiere ganar o solo hacer ruido.
  • El centro debe construir una narrativa capaz de entusiasmar, no solo de tranquilizar.

Ningún bloque tiene la victoria asegurada. Más que ofrecer certezas, la encuesta ofrece advertencias.

5. Un país frente al espejo

Más allá de las cifras, la encuesta muestra algo más profundo: Colombia está buscando un relato que supere el péndulo entre indignación y esperanza. Ninguno de los tres proyectos logra articularlo del todo. La izquierda tiene liderazgo sin hegemonía. La derecha tiene volumen emocional sin viabilidad institucional. El centro tiene viabilidad electoral sin potencia narrativa.

Esa tensión es peligrosa, pero también es productiva: obliga a cada sector a dejar de hablarle solo a su nicho y volver a hablarle al país. La sociedad está enviando un mensaje claro, mejorado con respecto a las elecciones del pasado: no votará solo por identidad ideológica; votará por quién logre ofrecer un horizonte de estabilidad, resultados y coherencia.

El país sí está dejando claro en la encuesta qué tipo de país quiere dejar de ser.

Rafael Fonseca Zárate

Economía política en crisis: la ideología se extravió frente a la tecnología

Durante décadas, el debate económico giró en torno a una dicotomía cómoda: o se creía en el mercado libre y la competencia como motores del progreso, o se defendía la intervención estatal como correctivo y garantía de equidad. Esa discusión, que llenó libros, campañas políticas y cátedras universitarias, parece hoy una antigüedad. Las realidades de este siglo han dejado sin suelo tanto al neoliberalismo como a sus viejos antagonistas.

Primero, el propio Estados Unidos, cuna de la ortodoxia del mercado, ha terminado haciendo exactamente lo que por años predicó que no debía hacerse: intervenir directamente (Reuters, 2025), subsidiar, dirigir y proteger. Ya desde el 2022, el CHIPS and Science Act había destinado más de 280.000 millones de dólares para apoyar la producción nacional de semiconductores; y el Inflation Reduction Act comprometió otros cientos de miles de millones en subsidios verdes, en un movimiento que mezcla política industrial con estrategia geopolítica frente a China. Como se ve, hoy profundiza esa senda.

 

No es una anécdota. Es un giro de economía política.

El mismo país que evangelizó al mundo con el libre mercado está actuando hoy como un Estado cerrado y planificador que decide dónde invertir, qué producir y a quién apoyar. Es una materialización del “Estado emprendedor” que Mariana Mazzucato describió hace más de una década: un Estado que no se limita a “corregir fallas del mercado”, sino que invierte, arriesga y crea mercados nuevos. En su libro The Entrepreneurial State, Mazzucato, (2013) documentó que casi todas las innovaciones que sostienen la economía digital (internet, GPS, y pantallas táctiles) fueron financiadas con dinero público antes de que los inversionistas privados se animaran. Curiosamente, la realidad actual hace que el discurso de la “iniciativa privada” suene más a ideología y menos a evidencia.

En el otro extremo del tablero está China, que se ha convertido en el mayor laboratorio del siglo XXI. Su sistema económico no es ni capitalismo ni socialismo como hemos entendido. Es ambos a la vez. Combina planeamiento central, competencia de mercado y emprendimiento privado, bajo la dirección estratégica del Estado-partido. El gobierno define objetivos quinquenales, controla la infraestructura, fija prioridades tecnológicas y, a la vez, permite que empresas privadas, de la que es copropietario, como Huawei, BYD, Alibaba y Tencent, compitan e innoven a velocidades vertiginosas. Y el resultado está a la vista: crecimiento muy rápido y sostenido, dominio en tecnologías clave y una expansión global que dejó perplejos a quienes creían que solo el libre mercado podía generar eficiencia, crecimiento, desarrollo, prosperidad y sacar gente de la pobreza. Ninguna teoría económica clásica había previsto algo así.

Ambos casos, el estadounidense y el chino, desmontan los dogmas que nos enseñaron sobre la supuesta oposición entre Estado y mercado. Hoy el poder económico se ejerce a través de información, datos y algoritmos, no solo de capital financiero o producción física. El mercado podría ya no ser el mecanismo más eficiente para coordinar oferta y demanda: la inteligencia artificial empieza a hacerlo mejor. Los algoritmos podrán anticipar el consumo, ajustar precios, mover inventarios y hasta decidir inversiones antes de que los humanos puedan darse cuenta. En esa lógica, un sistema estatal o corporativo que maneje los datos globales podría, literalmente, planificar la economía sin llamarlo planificación central.

No se trata de ciencia ficción. Sam Altman, director de OpenAI, ha esbozado esa visión de un futuro donde la productividad extrema generada por la IA permitiría a las grandes tecnológicas convertirse en una especie de para-Estado digital, capaz de sostener incluso un salario básico universal para millones de personas que ya no tendrían que trabajar. Sería, paradójicamente, comunismo sin ideología, gestionado por algoritmos privados, y dando paso a un nuevo sistema político basado en unas pocas empresas privadas super-poderosas que ejercerán una dictadura en la práctica (Fonseca, 2025).

Estas transformaciones hacen tambalear la arquitectura intelectual sobre la que se construyó la economía moderna. Si el precio ya no es el principal portador de información, como decía la teoría, si el trabajo deja de ser el centro de la producción, y si un para-Estado llega a ser protagonista, pero con herramientas digitales, entonces el edificio conceptual de la economía se viene abajo. Y su siamesa, la política, se revuelve en su propio laberinto: ya no hay derechas ni izquierdas coherentes, sino estrategias de poder adaptándose a una economía que ya no obedece a ninguna teoría.

El resultado es un mundo donde las viejas etiquetas ya no sirven. Los Estados invierten como las empresas, las empresas regulan como los Estados y los algoritmos reemplazan las decisiones humanas que antes eran políticas. Las teorías económicas y políticas se están volviendo obsoletas, no porque hubieran sido falsas, sino porque fueron diseñadas para un mundo que ya no existe.

Tenemos que comprender esto para dejar de perder el tiempo en las viejas discusiones que solo representan pérdidas de tiempo ahora, a no ser para los historiadores económicos. El desafío ya no es “escoger” entre mercado o Estado, sino aprender a gobernar la inteligencia que los sustituye. Porque, si los algoritmos van a planificar por nosotros, más vale que pongamos atención a quién los programa, con qué propósito y en beneficio de quién.

Por: Rafael Fonseca Zárate

Los 35 dueños de nuestra democracia

Es asombroso que nuestra democracia en la práctica podría estar reducida a unas treinta y cinco personas (CNE, 2025) y no a los 41,241,599 colombianos que dice el censo electoral (CNE, 2025). Esas treinta y cinco corresponden a una por cada partido con personería jurídica ante el Consejo Nacional Electoral, CNE, que determinan los avales que otorgan a los candidatos en las elecciones. Con ello deciden quién puede aspirar a la Presidencia o al Congreso, lo cual representa un gran poder porque a través de quienes salen elegidos controlan gran parte del Estado.

Ese poder se concentra en los que eligen a quiénes pueden ser elegidos, que no siempre son los representantes legales de los partidos: en todos los partidos se sabe quién es el que manda, y lo primero que mandan es la determinación de los avales. Lo que debería haber sido un trámite administrativo ante el CNE se convirtió en la llave al poder para manejar al Estado.

 

De la apertura al caos

En 1991, la Constitución prometió un pluralismo que reemplazara al viejo bipartidismo excluyente. Se trataba de abrir el sistema para que nuevas fuerzas políticas, incluidas las que dejaban las armas, pudieran competir en igualdad. Pero lo que debía ser un multipartidismo moderado derivó en una proliferación sin control.

Las leyes posteriores a la Constitución del 91, empezando por la Ley 130 de 1994, abrió esa puerta a la proliferación de partidos y movimientos sin control (Pizarro, UNAL, 2023). Para 2003, Colombia ya tenía 72 partidos registrados, lo que convirtió el pluralismo en un comercio con disfraz de democracia (Fescol–El Espectador–Los Andes, 2024). Esa crisis obligó a una reforma constitucional (Acto Legislativo 01 de 2003) que introdujo el umbral electoral, la lista única por partido y, posteriormente llegó la disciplina de bancada (Ley 974 de 2005), con la esperanza de reducir la dispersión. Pero las fisuras legales y las reinterpretaciones del CNE terminaron reviviendo el mismo problema: entre 2019 y 2023 se reconocieron 21 nuevos partidos llegando a 36, y otros siguen en fila para conseguir la personería (hasta las elecciones seguirán las fluctuaciones del número).

La ley exige democracia interna, pero en la práctica muchos de los partidos son microempresas electorales: estructuras que giran alrededor de un dueño, no de un programa. Hoy cada nuevo movimiento nace como una franquicia personal: En Marcha de Juan Fernando Cristo, La Fuerza de la Paz de Roy Barreras, Poder Popular de Ernesto Samper o la Nueva Fuerza Democrática de Andrés Pastrana. Todos distintos en discurso, idénticos en estructura (Pizarro, UNAL, 2023). También en los partidos “grandes” existen los jefes que mandan, y en últimas operan de igual forma.

Fábricas de avales

Lo que es de conocimiento público es que algunos partidos pequeños se han vuelto fábricas de avales. Según La Silla Vacía, en las regiones, durante las elecciones de 2023, los que más avalaron candidatos no fueron los grandes, sino la ASI y la Alianza Verde, convertidos en auténticos expendedores de franquicias políticas. A más avales, más ingresos por reposición de votos, más acceso a recursos públicos y más poder de negociación en las coaliciones (La Silla Vacía, 2023).

De esa economía del aval viven muchos de los jefes políticos regionales: los clanes que dominan departamentos enteros con el mismo apellido. Esos clanes no actúan como partidos, sino como redes familiares de contratación pública, sostenidas en favores, puestos y licitaciones amañadas. Allí la corrupción es el modelo operativo.

Tampoco los llamados “independientes” han cambiado el panorama. En teoría, representaban una vía ciudadana para renovar la política puesto que, al no pasar por los avales de los partidos, no quedaban dependiendo de los que determinan esos avales; en la práctica, se multiplicaron los candidatos y se diluyeron los resultados. Salvo la excepción de Rodolfo Hernández en 2022, ninguno ha tenido un respaldo significativo, aunque todos han contribuido a engordar la fragmentación y el costo del sistema electoral. Las reglas permiten el reembolso por voto obtenido, de modo que cada intento fallido implica gasto público sin beneficio colectivo. Más que abrir la democracia, los independientes terminaron ensanchando el negocio de la política, dispersando los votos y legitimando el mismo esquema de personalismo que decían combatir.

Fragmentación y parálisis

El resultado es la atomización. En 2023, el país tenía 36 partidos o movimientos con personería jurídica (Pizarro, UNAL, 2023); para 2024, tras algunas anulaciones, quedaban 34 (Fescol–El Espectador–Los Andes, 2024). La diferencia numérica importa poco: lo sustancial es que ninguno tiene fuerza suficiente para gobernar. En el Senado, el Pacto Histórico apenas alcanza 20 curules de 108; en la Cámara, el Partido Liberal suma 32 de 188. Las leyes se aprueban a punta de retazos, negociaciones y trueques. “Puestos por votos”, como lo resume bien Pizarro (Pizarro, Contexto, 2024).

Ese mismo autor advierte que esta fragmentación produce una paradoja: ni hay realmente partido sólido de gobierno ni tampoco uno sólido de oposición,. Los “independientes”, creados por la Ley 1909 de 2018, no fortalecieron la democracia; solo ampliaron el menú para la cooptación. El Ejecutivo compra apoyos individuales, quiebra bancadas y desfigura cualquier disciplina interna (Pizarro, Contexto, 2024).

La distancia entre norma y realidad

El Estatuto Básico de los Partidos (Ley 130 de 1994) define a estas organizaciones como instrumentos de participación ciudadana y de formación de la voluntad popular. Deberían funcionar con democracia interna, ética y transparencia. Pero en la práctica son pequeñas monarquías, donde el bolígrafo del jefe político decide listas y alianzas. Los tribunales de ética sancionan a los disidentes, pero nunca a los negociadores de avales. El resultado es un pluralismo aparente que legitima el clientelismo con fachada legal.

La ciudadanía lo percibe. Según Fescol y El Espectador, la confianza en los partidos cayó del 12,3 % en 2019 al 6,6 % en 2023. Es decir, más partidos, pero menos representación (Fescol–El Espectador–Los Andes, 2024).

Una democracia capturada

Lo que se llama “democracia representativa” es, en la práctica, una especie de oligarquía de intermediarios. Treinta y cinco personas deciden quién puede competir por el poder. Son pocos, pero controlan el sistema: a través de los elegidos, ellos también controlan buena parte de la contratación pública, la burocracia y las alianzas regionales. Son los nodos de una red de intereses que sustituye al ciudadano.

Las consecuencias son visibles: leyes incoherentes, reformas empantanadas y una ciudadanía cada vez más incrédula. El pluralismo degeneró en dispersión, y la dispersión en parálisis (Pizarro, UNAL, 2023). Colombia pasó del bipartidismo excluyente al multipartidismo ingobernable, donde todos se autoproclaman los representantes del pueblo, pero el pueblo poco se le escucha.

El desafío

Algunos sectores, desde orillas ideológicas opuestas, han pedido un acuerdo nacional para reformar la ley de partidos, reducir el número de colectividades y recuperar la coherencia del sistema (Pizarro, UNAL, 2024).

Pero mientras eso ocurre, seguiremos atrapados en un sistema que confunde pluralidad con dispersión, y representación con propiedad privada del aval. El precio de esa confusión no es abstracto: es la facilitación estructural de la corrupción, donde no delinquen individuos aislados sino redes que manejan el poder como patrimonio familiar, encabezadas por quienes ostentan el poder de otorgar avales.

Rafael Fonseca Zarate

Ideologías y polarización: empresas de servicios públicos ¿públicas o privadas?

En el artículo anterior abordé uno de los temas preferidos de confrontación por polarización ideológica: las funciones del Estado, desde un enfoque pragmático y no ideológico, y con la mira puesta en encontrar si realmente hay justificaciones para los enfrentamientos entre izquierda y derecha.

La conclusión, sin duda, es que que el desafío contemporáneo se centra más bien en liberar al Estado de la corrupción, desmantelar la captura corporativa y diseñar instituciones que sirvan al interés general, y que carece de todo sentido polarizarse alrededor de las diferencias ideológicas en economía política, sino enfocarse en la capacidad real del Estado para generar desarrollo y bienestar para el país.

 

Ahora abordaré otra de las discusiones ideológicas preferidas y motivo de peleas a diario: si el Estado debe o no ser el operador de los servicios públicos. Nuevamente desde un enfoque pragmático y no ideológico para poderlo discutir concluyentemente sin pasiones que nublen la razón.

Por todo el mundo hay ejemplos exitosos y fallidos de prestación de servicios públicos en distintas modalidades. Veamos algunos (1):

Ejemplos exitosos de gestión estatal

Transporte público en Singapur y Hong Kong: ambos son gestionados con fuerte control estatal, planificación a largo plazo y mecanismos de financiamiento estables. Resultado: sistemas confiables, puntuales y accesibles.

Agua y saneamiento en París (remunicipalización): en 2010 la ciudad recuperó el control del servicio que estaba en manos de los privados Veolia y Suez. El cambio permitió reducir costos y reinvertir en infraestructura, mejorando cobertura y transparencia.

Electricidad en Noruega: con empresas públicas regionales y un mercado regulado, se garantiza alta cobertura, tarifas competitivas y estabilidad en el suministro.

Ejemplos exitosos de gestión privada o mixta

Salud en Países Bajos y Alemania: operadores privados administran seguros y servicios bajo estricta regulación estatal. El resultado ha sido acceso universal con altos estándares de calidad y eficiencia.

Telecomunicaciones en Chile: la privatización en los años 90, acompañada de fuerte regulación y competencia, permitió cobertura nacional amplia y precios relativamente bajos en comparación con la región.

Gestión de aeropuertos en España (modelo AENA): aunque AENA es pública, abrió espacio a concesiones privadas en servicios complementarios, logrando altos estándares de eficiencia y calidad reconocidos internacionalmente.

Ejemplos fallidos de gestión estatal

Empresas públicas de energía en Venezuela: la captura política y el clientelismo llevaron al colapso del sistema eléctrico, con apagones recurrentes y deterioro de infraestructura.

Ferrocarriles en Argentina (décadas 80–90 antes de concesiones): bajo administración estatal, sufrieron de ineficiencia, déficit crónico y abandono de vías.

Ejemplos fallidos de gestión privada

Colapso energético en Texas (2021): un sistema altamente desregulado, basado en el mercado sin suficiente planeación estatal, dejó a millones sin luz ni calefacción tras una tormenta invernal.

Privatización del agua en Cochabamba, Bolivia (2000): concesión a Aguas del Tunari resultó en aumentos excesivos de tarifas, lo que generó la “Guerra del Agua” y la posterior reversión del contrato.

Ferrocarriles en Reino Unido (1990s): la privatización fragmentó la operación y mantenimiento, generando problemas de coordinación, alzas en tarifas y accidentes. En 2002 el Estado tuvo que retomar parte del control (Network Rail).

Los ejemplos muestran que ni el “Estado” ni el “mercado” (ni lo público ni lo privado) son garantía de éxito por sí mismos. No es que lo privado sea mejor que lo público ni viceversa en cuanto a las empresas de servicios públicos. La clave para su éxito no tiene que ver con lo ideológico. Hay dos asuntos clave para que sean exitosas en función del bienestar de la sociedad, por lejos más difíciles.

El primero está en la capacidad de control de la corrupción y la solidez de la regulación en ambos casos, incluyendo: la protección de la captura del Estado en el caso de los privados y la protección de la captura de la politiquería en el caso de las empresas públicas de servicios.

El segundo depende de la disponibilidad de recursos financieros del Estado suficientes para asegurar la cantidad, cobertura y calidad necesarias de la infraestructura de servicios.

Son estos asuntos clave lo que debería ser objeto de nuestro esfuerzo en encontrar lo mejor para nuestra sociedad. En todo caso, no depende de escoger dogmáticamente entre “Estado” o “mercado”. Por lo cual, un enfrentamiento sobre esto también resulta insulso.

Rafael Fonseca Zarate

———————————————————————————————————————

Nota (1): investigados con ayuda de chatGPT y DeepSeek

Lecciones por aprender de la tragedia de la discoteca en Santo Domingo

La noche del 17 de abril, el techo de la famosa discoteca JetSet en Santo Domingo se vino abajo matando a 225 personas. Colapsó en medio de una presentación de un famoso cantante de merengue y su orquesta (CNN, 2025). Y con él, se desplomó también la confianza mínima que cualquier sociedad debe tener en las edificaciones que habita, visita o usa. No porque se haya demostrado aún una negligencia clara por parte del dueño o del Estado —eso lo dirán las investigaciones—, sino porque lo que sí es evidente es que ese techo inseguro nunca debió estar allí. Ni colapsar. Ni matar.

Era una estructura construida hace más de cincuenta años para un uso muy distinto, que fue convertida en un espacio de entretenimiento con música, luces, equipos encima y otros colgados del techo, vibraciones, humedad permanente, y aglomeraciones constantes en su recinto. ¿Quién que fuera al JetSet se pudiera haber imaginado una tragedia así? ¿Acaso no había forma de evitarla? Lo más probable es que estemos corriendo riesgos enormes sin siquiera saberlo.

 

El mecanismo de falla

Para quienes no han seguido los hechos, los invito a ver este análisis técnico riguroso aunque con la información preliminar disponible, realizado por el ingeniero Jeff Ostroff. Su evaluación es clara sin ser aun la investigación de las autoridades. La estructura original, diseñada como cine, soportaba cargas adicionales que nunca estuvieron previstas: grandes sistemas de aire acondicionado encima del techo, que producen vibraciones y agua, luces y altavoces colgados del techo, y vibraciones permanentes por el sonido, con filtraciones que habrían debilitado el acero por corrosión, y más por la cercanía al mar, sumado a la contracción térmica del concreto a la hora del desplome.

Tragedia: fue una cadena de eventos

Lo anterior permite entender que esto no fue un accidente fortuito sino una cadena de eventos, de largo y corto plazo, que terminó en catástrofe. Fue el resultado de múltiples decisiones, algunas por acción, otras por omisión. Es indispensable entonces, hablar de responsabilidades.

La del propietario, que operaba un establecimiento con indicios visibles de deterioro —goteras, fisuras, desprendimientos— y no actuó. Quizás por ignorancia técnica, lo cual obviamente, no lo exime de su responsabilidad. En ese caso, la ausencia del Estado es aún más grave.

El Estado debe proteger incluso a quienes no saben cómo protegerse a sí mismos ni a los demás. No se le puede permitir a nadie abrir y operar un negocio con público masivo en una edificación sin verificar periódicamente que cumple con las condiciones mínimas de seguridad estructural. El Estado es responsable por no tener normas y estándares técnicos actualizados y/o no hacerlos cumplir, por no hacer control, por no exigir revisiones periódicas.

Por último, la de los profesionales que hayan hecho alguna intervención allí y no previeron, desde la técnica, todo lo necesario para hacer segura la estructura con su nuevo uso y condiciones. Si alguien actuó sin garantizar la seguridad de lo construido o remodelado, estaríamos frente a una falta profesional y ética muy grave.

Una discusión que suele surgir en estos casos es si el dueño sabía o no sabía el riesgo. Pero había goteras y desprendimientos del techo: había evidencias físicas. La pregunta no es si sabía, sino por qué no actuó. Y por qué el Estado lo dejó operar sin hacer inspecciones y exigencias. Tener un permiso de funcionamiento no puede ser suficiente para suponer que un espacio es seguro, si ese permiso (licencia) no incluye esta verificación periódica. Como dijimos, la ignorancia no hace que el propietario pueda eludir su responsabilidad. Ni el silencio del Estado es una forma de exoneración. Nada sustituye la verificación técnica para asegurar a los ciudadanos; para eso está el Estado.

En el mundo hay recertificaciones

En EE.UU. a sabiendas que las edificaciones envejecen, cambian de uso, se transforman, y que su seguridad estructural y funcional no puede seguir siendo presumida eternamente, existen códigos como el International Existing Building Code (IEBC), adoptado por los estados (California, Florida). Este código establece inspecciones periódicas obligatorias, especialmente para edificaciones con más de 30 años, con revisiones cada diez años.

En Colombia el Capítulo A.10 de la Norma Sismo Resistente NSR-10, Ley 400/97 habla de la intervención de edificaciones existentes, pero no con el alcance equivalente al IEBC. El Decreto 1077/15, Ley 388/97 habla de las intervenciones de edificaciones existentes como son las ampliaciones, modificaciones, adecuaciones, reforzamientos y sus licencias. Pero no tenemos una norma para recertificación estructural, que obligue a inspecciones sistemáticas de las estructuras existentes.

Hay normas en caso de incendios. Sin embargo, aparecen noticias incomprensibles: los concejales Sandra Forero y Daniel Briceño a finales del año anterior lideraron la eliminación de la visita técnica de bomberos (para su concepto favorable) para la apertura y/o funcionamiento de establecimientos de comercio. Semejante barbaridad en contra de la seguridad de los ciudadanos fue promulgada por sus autores y el gremio de comerciantes -Fenalco- como una gran conquista. Es una absoluta irresponsabilidad que los concejales (y en general, todos los políticos que ocupen posiciones legislativas) no se aseguren de entender bien cualquier norma que promuevan o desmonten.

Urgencia de acción

Esta tragedia debe sacudirnos. No se puede seguir esperando que haya tragedias y muertos para reaccionar. Y en esto, la responsabilidad no recae solo en el Estado: también en las academias y los profesionales ingenieros civiles y arquitectos. ¿Dónde están las voces que exigen que se reglamente la inspección periódica de construcciones existentes? ¿Dónde está el liderazgo técnico que, con conocimiento, presione decisiones oportunas?

El llamado debe ser contundente: el Estado debe establecer un marco normativo para que cualquier edificación existente —especialmente si se pretende usar para públicos numerosos— sea inspeccionada y recertificada periódicamente. La inspección debe incluir cambios de uso, aspectos estructurales, condiciones de carga, vibraciones, humedad, corrosión, toda señal de deterioro y todos los aspectos de prevención de incendios. En caso de cambio de uso, no puede haber licencia de funcionamiento sin evaluación estructural previa. El IEBC propone plazos de 30 años para la primera revisión, y luego cada 10. Pero en un cada cambio de uso, por supuesto que la expedición de la licencia debe exigir cuidadosamente la revisión estructural.

Ningún evento debería terminar con muertes evitables. Ninguna estructura insegura debería estar en pie. Ninguna tragedia debería necesitarse para mover la conciencia de quienes tienen la capacidad —y el deber— de actuar.

Rafael Fonseca Zarate

Estancados, sin ingeniería que genere desarrollo tecnológico (1)

En Colombia se nos ha vuelto costumbre repetir una afirmación indulgente: que hemos avanzado en muchas dimensiones del desarrollo humano, pero algo subyacente —corrupción, malas instituciones, falta de liderazgo— nos impide despegar. La versión tecnocrática de este mito sostiene que, en medio del estancamiento general, la ingeniería es como una isla brillante en medio de un país rezagado.

Pero si se observa con más rigor, esa narrativa se cae. En una reciente charla (en Políticas Públicas), el profesor Ricardo Hausmann —exministro venezolano, economista jefe del BID y hoy director del Growth Lab de Harvard— desnudó la razón por la que América Latina sigue estancada: una creciente brecha tecnológica, alimentada por un sistema universitario centrado en la docencia y unas empresas que no encuentran por qué innovar. En el corazón de esa brecha, una ingeniería desconectada del desarrollo productivo.

 

Todo parece mejorar, menos el ingreso

Hausmann parte de una pregunta clásica: ¿por qué América Latina no converge en ingreso con los países desarrollados? En Colombia, el ingreso per cápita ronda apenas el 10% del estadounidense, sin tendencia al alza. Y explica que tres factores determinan el ingreso: cuántas personas trabajan, cuánto capital tienen, cuánta tecnología usan. Los dos primeros han mejorado: ha aumentado el número de trabajadores per cápita, la participación laboral femenina, y los años de escolaridad de la fuerza laboral. También la inversión en capital se ha sostenido. En cambio, el ingreso no ha subido en la misma proporción. “Todo converge menos el ingreso per cápita. Entonces tiene que ser que la tecnología está divergiendo”, deduce el profesor en su análisis. Peor aún, Colombia no solo no absorbe la tecnología al ritmo global, sino que no participa en su producción. Lo que nos condena no solo al atraso, sino a la dependencia creciente. Y si no innovamos, no exportamos. Si no exportamos más cosas, no crecemos.

Cifras que desmienten el discurso optimista

Hausmann usa la interesante comparación de todos los indicadores frente a Estados Unidos (tomado como referencia del 100%). Así se ven grupos de brechas: unas que ya empiezan a cerrarse, otras que están en el cambio de tendencia, y otras que no muestran cambio.

  • Esperanza de vida: 85%.
  • Urbanización: 80%.
  • Tasa de fertilidad: ya similar a la de EE.UU.
  • Participación femenina: llegó a estar por encima del 100% pre-pandemia.
  • Escolaridad en la fuerza laboral: 70%.
  • Matrícula universitaria: también 70%.

Pero al pasar de la educación al conocimiento aplicado, el rezago se hace abismal:

  • Publicaciones científicas per cápita: apenas 15%, y muchas en áreas no tecnológicas sino en medicina, humanidades o ciencias sociales.
  • Patentes per cápita: menos del 1%.
  • Nuevas exportaciones en 15 años: solo 1% del total, frente al 37% de Vietnam (ejemplo importante).
  • Índice de complejidad económica: Colombia retrocede del puesto 59 al 66 mientras que Vietnam sube del 107 al 61.

En otras palabras, formamos más universitarios, pero no generamos conocimiento productivo. Y la causa no es falta de gasto, sino un sistema mal diseñado.

Universidades pobres, empresas desconfiadas

Las universidades están enfocadas casi exclusivamente en docencia. No necesariamente por falta de visión, sino por falta de ingresos: las matrículas son bajas porque los estudiantes pueden pagar poco. Eso limita la contratación de investigadores, la creación de centros tecnológicos y la articulación con empresas. Como señala Hausmann, algunas universidades ni siquiera tienen mecanismos para recibir donaciones o ejecutar proyectos de Investigación y Desarrollo (I+D). Contratan docentes, no investigadores. Se enseña, pero no se innova.

Del otro lado, las empresas colombianas no invierten en investigación, no necesariamente por miopía, sino porque —como dice Hausmann— no perciben que exista esa ‘caja negra’ confiable que transforme inversión en soluciones tecnológicas. Y solo un tonto pone dinero en una caja que no devuelve nada, advierte.

El resultado: un mal equilibrio. Empresas que no invierten porque no ven cómo monetizar inversiones en I+D. Universidades que no investigan porque no tienen recursos para investigar en I+D aplicado para quienes pueden monetizar sus resultados. Y en el meollo de todo esto, una ingeniería que no conecta el conocimiento con la productividad.

La falsa competitividad de nuestra ingeniería

Muchos en el medio creen que, aunque el país no avanza, la ingeniería colombiana sí es competitiva. Pero la evidencia — e incluso varios testimonios en el mismo conversatorio— apuntan en dirección contraria. Muchos de los ingenieros más brillantes acaban migrando a otros países, o a otras disciplinas, como si la ingeniería local no ofreciera espacio para actuar. La idea de que “el país está mal, pero nosotros somos buenos ingenieros” no resiste análisis puesto que el lamentable estado de desarrollo en que se encuentra el país está directamente relacionado con los resultados de una ingeniería que no innova y no produce desarrollo tecnológico como sí debiera.

Sin innovación, solo nos queda importar

Hausmann lo resume con una frase potente: “Tecnología es el conocimiento que usamos para cambiar el mundo de cómo es, a cómo queremos que sea”. Colombia, hoy, no produce ese conocimiento, le toca importarlo, en general no lo adapta, y ni siquiera lo absorbe bien. Sin investigación en ingeniería aplicada, sin articulación universidad-empresa, sin apuestas tecnológicas, seguiremos dependiendo de importar soluciones, software, maquinaria, y respuestas.

Si no reconocemos que nuestro atraso tecnológico es profundo, que la ingeniería necesita recuperar su vocación científica tanto en la universidad como en su aplicación generando conocimiento a partir de problemas reales, y que sin un sistema de innovación serio que produzca avances tecnológicos, Colombia seguirá en la senda de un país educado pero pobre, moderno pero ineficaz, tecnificado pero irrelevante.

Rafael Fonseca Zarate

Duras lecciones desde Valencia

Siempre han existido los fenómenos climatológicos como las Depresiones Aisladas en Niveles Altos -DANA- en la región de Valencia, España. El que acaba de pasar en octubre fue muy grande y la probabilidad que se vuelva a presentar es mayor que en años anteriores, debido a los cambios de comportamiento del clima, que cada vez son más evidentes.

¿Qué es una DANA? La DANA que ha azotado el este de la península Ibérica es una bolsa de aire frío a mucha altura, que al chocar con el aire caliente y húmedo del Mediterráneo genera lluvias torrenciales. “En el argot meteorológico este episodio se conoce como un tren convectivo, una situación en la que tormentas muy intensas se regeneran continuamente en la misma zona, lo que deja en esa área cantidades desorbitadas de precipitaciones”, explica el portavoz de Aemet (EL PAÍS, 2024). Este fenómeno es la amenaza. Aunque también hay habitantes que piensan en conspiraciones.

 

Los desastres naturales no existen. Para explicarlo volvamos a las diferencias entre riesgo, amenaza y vulnerabilidad. La amenaza es la ocurrencia de un fenómeno como la DANA, la vulnerabilidad es la falta de características de los asentamientos humanos para que no se vean afectados por la amenaza, y el riesgo es la combinación de los dos. Con la misma amenaza, pero sin asentamientos en el recorrido de la creciente, riada o avalancha que genera, no hay vulnerabilidad de nadie, y por supuesto, no hay riesgo de desastre para humanos. En forma conceptual, el desastre no es natural porque sucede cuando los humanos nos situamos en lugares que pueden ser afectados por ese tipo de eventos naturales, conocidos, pero no predecibles totalmente, y nos hacemos vulnerables ante su ocurrencia; tal combinación se traduce en lo que calificamos como desastre.

Después del desastre que produjeron las dos riadas de 1957, en Valencia se construyó el Plan Sur, que desviaba el río Turia para proteger el centro de la ciudad, y evacuar hacia el sur los posibles eventos comparables, cuya medida indicativa se estableció en 3700 m3/segundo (casi dos veces el caudal del río Cauca), para lo cual, el canal de desvío se diseñó para 5000 m3/segundo (hay quienes dicen que ambos datos no estaban bien calculados, uno por defecto y el otro por exceso).

En el 2014, un informe advertía que “Los registros históricos y arqueológicos, así como las estadísticas, nos alertan de que tarde o temprano la meteorología volverá a repetir, o incluso empeorar, una situación como la que Valencia experimentó en 1957 y el cauce del Turia tendrá que soportar ingentes caudales. Situación en la que sin duda influirán los fenómenos asociados al cambio climático.   A la vista de los datos expuestos en el presente estudio informativo, existen riesgos de que dicha situación meteorológica pueda derivar en una inundación catastrófica para Valencia. El Plan Sur está incompleto pues, por ejemplo, incluso actuaciones proyectadas y presupuestadas como la presa de Vilamarxant o el recrecimiento del Nuevo Cauce no han sido ejecutadas a día de hoy. Deducimos que el cauce actual es insuficiente para una riada como la del 57”. (Actualización del Plan Sur de Valencia, 2014). Este informe premonitorio fue escrito hace 10 años.

Para la época del desastre del 57, la zona al oeste de la l’Albufera (laguna costera y parque natural ubicado a unos 10 km al sur de la ciudad de Valencia) era dedicada a las actividades campesinas. Hoy, la urbanización es una realidad, cubriendo de calles y edificaciones lo que una vez fue campo abierto, lo que agrava la condición para toda la zona por la impermeabilización del suelo con la cual la escorrentía (lluvia que se convierte en corriente de agua) es mayor.

“El expresidente del Gobierno José María Aznar ha reivindicado este lunes el Plan Hidrológico Nacional (PHN) que aprobó su Gobierno y que incluía obras e inversiones en el sur de Valencia, como en el barranco del Poyo, y ha criticado que el PSOE lo derogara a partir de 2004 al llegar a Moncloa” (Sport45, 2024). El barranco del Poyo fue el mayor causante de la tragedia.

Los barrancos (caños o arroyos con cauces profundos que han labrado las mismas aguas torrenciales, pero que en otras estaciones permanecen secos), se llenan de materiales que ayudan a crear pequeñas presas que cuando se deshacen causan avenidas, que sumadas todas, forman las impresionantes riadas que se han registrado y que causaron tantos daños.

También se ha hablado que el desmantelamiento de presas en desuso es parte del problema porque servían de amortiguamiento, precisamente en las crecidas de los ríos. Pero “no hay evidencia de que se hayan demolido grandes presas o embalses en la región de Valencia que pudieran haber mitigado las inundaciones de octubre de 2024. Las infraestructuras eliminadas en la cuenca del Júcar, la más afectada por las inundaciones, fueron principalmente azudes y pequeñas presas en desuso, no grandes embalses. Estas 28 estructuras se demolieron por motivos de seguridad y para restaurar ecosistemas, y su ausencia no influyó significativamente en la magnitud de las inundaciones recientes” (MalditoClima, 2024). “Por el contrario, la presa de Forata desempeñó un papel crucial al retener 37.000 millones de litros de agua durante las lluvias torrenciales, evitando que la situación en la ciudad de Valencia fuera aún más grave. Expertos señalan que, sin esta infraestructura, el impacto de las inundaciones habría sido mucho mayor”. (Antena3, 2024). Además de las presas, “los desvíos de cauces junto con otras soluciones de ingeniería y arquitectura han hecho que zonas como la ciudad de Valencia hayan evitado la catástrofe tras el paso de la peor DANA en el último siglo”.

Por otro lado, el criticado desmantelamiento de la Unidad de Emergencias Valenciana como uno de los primeros actos al posesionarse el presidente derechista de la Generalitat, que había sido creada tan solo 4 meses antes por su antecesor socialista, ofrece otra pista para entender que los políticos estaban más atentos a su refriega ideológica que en prevenir y atender los riesgos de la tierra donde han llegado a ser responsables por todo lo que allí pase (El País, 2024).

A continuación, un esbozo del mapa de posibles causas simultáneas que operan sobre un sistema nada simple.

1. Cambio Climático y Fenómenos Meteorológicos Extremos: las lluvias torrenciales y las DANAs son fenómenos que, aunque han ocurrido históricamente en el Mediterráneo, se han intensificado en frecuencia e intensidad debido al cambio climático.

2. Vulnerabilidad de la Infraestructura: muchas de las infraestructuras en Valencia, como drenajes, puentes y carreteras, fueron diseñadas antes de que se tuviera en cuenta la posibilidad de lluvias tan intensas y frecuentes. Esto implica que no sean suficientes para manejar estos volúmenes de agua, agravando el impacto de las inundaciones. Y la expansión de construcciones en zonas propensas a inundaciones, como las bien conocidas allí llanuras de inundación, zonas ribereñas y áreas bajas, ya sea por falta de regulaciones o por incumplimiento de éstas, aumenta la exposición al riesgo de la población.

3. Deficiencias en la Planificación Urbana y Gestión Territorial: el crecimiento urbano desordenado y la proliferación de superficies impermeables (construcciones, carreteras, pavimentación) aumentan el riesgo de inundación, ya que el agua de lluvia no puede filtrarse de manera natural en el suelo. Y por otro lado, la deforestación y pérdida de vegetación puesto que la urbanización ha llevado a una reducción de áreas naturales y vegetación, que son esenciales para la absorción de agua; al no contar con suficientes zonas de retención natural de agua, las ciudades quedan desprotegidas y aumentan las posibilidades de inundación.

4. Gestión y Respuesta a Desastres: la magnitud de la tragedia sugiere que quizás los protocolos de emergencia y respuesta no estaban suficientemente preparados para enfrentar un desastre de estas características. Y además, las autoridades pueden haber reaccionado de manera tardía o insuficiente debido a una planificación deficiente y a la falta de recursos adecuados. Y la falta de inversión en infraestructura de mitigación como canales de desagüe más grandes, sistemas de retención de agua y sistemas de alerta temprana, que podrían haber reducido significativamente el impacto de las lluvias; puede haber sido por restricciones presupuestarias como por la priorización de otras obras de menor urgencia.

La tragedia de Valencia es resultado de la confluencia de factores naturales, agravados por la acción humana y una insuficiente adaptación al cambio climático. Para evitar futuras catástrofes de esta magnitud, es urgente que las autoridades implementen una serie de reformas integrales: invertir en infraestructura de adaptación climática, controlar la expansión urbana en zonas de riesgo, y fortalecer la gestión de emergencia.

Que nos sirva de espejo esta tragedia para reflexionar sobre el estado de la gestión de estos riesgos en nuestro país, que es altamente expuesto: lo más probable es que tengamos muchas más falencias en todo sentido que los españoles, que son del primer mundo. En el gobierno de la vida, hay que priorizar la vida. La UNGRD con el Fondo de Adaptación, deberían tener mucho trabajo en prevención y consecuentemente menos en atención de desastres. Pero ya se vinieron las lluvias torrenciales…

Referencias recomendadas:

Actualización del Plan Sur de Valencia, Estudio informativo acerca de los riesgos de que Valencia experimente una nueva inundación catastrófica. ATENEO MERCANTIL DE VALENCIA – Grupo de Análisis “Impulso a Valencia” – 2014. (Actualización del Plan Sur de Valencia, 2014).

Una excelente referencia para entender de la tragedia y de todos los temas relacionados con gestión de riesgo de desastres es el blog del profesor Víctor Yepes, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, PhD, catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia. https://victoryepes.blogs.upv.es/

Rafael Fonseca Zarate

Defender la ingeniería es defender el futuro de Colombia

El desarrollo de un país está fuertemente relacionado a la solidez y calidad de su infraestructura, esa que conecta, en sentido amplio, a las comunidades y al país con el mundo, y permiten el avance económico y social. En nuestro país, los ingenieros, constructores del progreso, ven hoy su rol amenazado por decisiones y discursos gubernamentales que, lejos de promover la transparencia y la participación democrática, los excluyen y los estigmatiza.

El Decreto 1961 de 2023, que pretende dar un impulso a los Caminos Comunitarios para la Paz, no solo ignora el papel esencial de los ingenieros en la construcción de infraestructura poniendo en riesgo la calidad de las obras y afecta gravemente la transparencia en su contratación, al permitir la contratación directa con comunidades y sin límites de cuantía (Uribe, 2024). Coloquialmente a esto se le dice “contratación a dedo” y que con estas características crea fuertes incentivos para la corrupción.

 

La reciente sentencia de la Corte Constitucional, que tumbó la disposición de la contratación sin límite de cuantía, no es solo el regreso del marco legal que pueda proteger los principios de transparencia y equidad en esta contratación estatal, y limitar la cuantía es un alivio para los pequeños contratistas y PYMES de ingeniería que históricamente han solucionado estas necesidades

El presidente Gustavo Petro, en la defensa del decreto y contrapunteando a la Corte, argumentó que la contratación directa con las comunidades “libera al país de odiosos carteles” y promueve la “democracia participativa” (Uribe, 2024). Si bien nadie niega la importancia del empoderamiento comunitario, las declaraciones del mandatario implican una falacia preocupante: pretender que todos los ingenieros y todas las pequeñas empresas de ingeniería —que son las verdaderas ejecutoras de estos proyectos en muchas regiones del país — sean parte de esos supuestos carteles corruptos que menciona. Nada más lejano de la realidad. Esto ya se ha explicado, pero no ha sido escuchado (Portafolio, 2023).

Y más: ¿de dónde saca el presidente Petro que una contratación directa es más transparente y democrática que un proceso licitatorio abierto? Todo lo contrario. ¿Y acaso los ingenieros pequeños contratistas particulares y las PYMES de ingeniería no son también parte de la comunidad? La ingeniería es parte esencial del tejido social del país, y excluir a sus profesionales bajo el pretexto de democratizar la contratación pública solo pone en riesgo la eficiencia, la calidad y la durabilidad de las obras, y discriminar a una parte esencial de la misma comunidad que se pretende democratizar.

Las carreteras y caminos no se construyen solo con buena voluntad; requieren de conocimiento técnico, planificación adecuada y ejecución por parte de profesionales capacitados para que queden bien construidas y duren en las condiciones de servicio adecuadas. La durabilidad es, normalmente, la gran debilidad de los caminos y las carreteras; se pueden inaugurar bonitas, pero si no están bien diseñadas y construidas, rápidamente se deterioran y destruyen, acabando con el beneficio que deberían aportar a las comunidades que las usan. Esto explica la frustración de las mismas comunidades, pero increíblemente sirve para que los políticos una y otra vez tengan cómo prometer que “ahora sí, se harán y quedarán bien construidas” y las ingenuas comunidades voten por ellos otra vez. Se suponía que este tipo de arreglos estructurales era parte del cambio prometido por el gobierno Petro.

La Ley 842 de 2003, que regula el ejercicio profesional de la ingeniería en Colombia, es clara: hay actividades que requieren de la intervención de ingenieros certificados. Esta ley no es una barrera burocrática; por el contrario, es una garantía para las mismas comunidades. Garantiza que los proyectos de infraestructura, que involucran el uso de recursos públicos y que son esenciales para el desarrollo sostenible, sean ejecutados por quienes poseen las competencias técnicas para hacerlo. Por pura lógica, los ingenieros son los principales aliados de las comunidades para que sus obras queden bien diseñadas y construidas y duren, duren mucho para beneficio de ellas mismas. No son ni sus enemigos ni sus competidores, son sus aliados estratégicos. El trabajo de las comunidades en los proyectos es siempre deseable y conciliable, por lo cual no se puede aceptar un argumento falaz alrededor de esto para polarizar a las comunidades en contra de los ingenieros

Y los procesos licitatorios llevados con observancia a la Ley 80 de 1993 no son obstáculos para la transparencia; al revés, son su salvaguardia. Contratar directamente a las comunidades puede sonar atractivo en el papel, pero hacerlo sin la participación técnica adecuada es condenar esas obras a una alta posibilidad de fracaso, y por ende, a las mismas comunidades a la frustración cuando las obras empiecen a fallar y no puedan aplicarse instrumentos de garantía. No es solo la cuestión de gestionar bien los recursos, sino de garantizar que esas infraestructuras, tan necesarias para el desarrollo rural, para que tengan la calidad, seguridad y durabilidad que las comunidades merecen. La falta de una correcta ejecución técnica no solo puede llevar a errores de ejecución, sino a la pérdida de miles de millones en recursos que el país no tiene suficientes y menos puede darse el lujo de desperdiciar.

Además, está en juego la reputación de la ingeniería colombiana. No se puede negar que una fracción de los ingenieros han sido partícipes en prácticas corruptas, como sucede en todas las otras profesiones en nuestro país. Nada se escapa a este asfixiador flagelo en Colombia. Sin embargo, generalizar y pretender que todos los ingenieros son corruptos es un despropósito inaceptable que, paradójicamente, el mismo presidente Petro sabe bien que no es verdad al igual que su ministra de Transporte, que es ingeniera.

Y pretender que los procesos licitatorios sean reemplazados por contratación directa, sin los controles necesarios para mejorar la trasparencia no puede ser más ingenuo. Si realmente se quiere combatir la corrupción en el sector, que era una promesa de campaña del presidente Petro, lo que se necesita es más control, más supervisión, y obviamente más transparencia en los procesos, no menos.

Estoy seguro de que la ingeniería colombiana estará dispuesta a coliderar el diálogo necesario y a colaborar con el Gobierno en la búsqueda de soluciones que permitan un desarrollo inclusivo y sostenible. La clave está en encontrar equilibrios: las comunidades deben ser empoderadas y tener un rol activo en la supervisión, control de los proyectos, y en su ejecución, siempre de la mano de los profesionales de la ingeniería, quienes pueden garantizar que esos proyectos sean viables, seguros y duraderos.

No es justo que, bajo el pretexto de luchar contra la corrupción, se descalifique a toda una profesión que ha dado tanto por este país. Lo que sí se necesita es un sistema que incentive la participación de ingenieros comprometidos con la ética, con la calidad y con el desarrollo del país. Los ingenieros, como parte de la comunidad, tienen la capacidad y pueden comprometerse para garantizar que las obras se hagan bien, respetando los principios de transparencia y eficiencia que se promueven.

Necesitamos un sistema de contratación que fomente la competencia justa, que permita la participación de los pequeños y medianos contratistas, y que garantice la calidad técnica de las obras. El gobierno no debería ver esto como un obstáculo, sino como una oportunidad para mejorar sus políticas, trabajando de la mano con la ingeniería colombiana para lograr el desarrollo que tanto necesitamos, todos.

En este camino, los ingenieros no son los enemigos, sino los aliados fundamentales, son los socios del desarrollo nacional. Defender la ingeniería es defender el futuro de Colombia, y estoy seguro de que, trabajando juntos, podemos construir un país donde la infraestructura pública sea sinónimo de progreso, calidad, durabilidad y transparencia.

Rafael Fonseca Zarate