¡Dime de qué presumes y te diré de qué careces!

Por Luis Carlos Martínez

Para ser buen periodista hay que ser buena persona: dijo el maestro del periodismo Ryszard Kapuscinski y para promocionarse un defensor de los derechos humanos, con mayor razón hay que cuidar la imagen y la reputación. Estas dos ideas tienen que ver con el periodista y actual subgerente de televisión de RTVC Hollman Morris, quien ha estado envuelto en polémicas durante su paso por cargos públicos (gerente de Canal Capital, concejal de Bogotá y ahora en el Sistema de Medios Públicos de Colombia).

No soy militante de ningún partido político y tampoco tengo interés en pertenecer a alguno. Tampoco orquesto ningún plan para desprestigiar a quien me dio la oportunidad de ejercer mi profesión de periodista en el año 2012 en Canal Capital. Sin embargo, quiero contar mi percepción luego de año y medio de trabajo en dicho medio, que parece ser igual a la que narra Silvana Orlandelli, directora de Señal Colombia, en su carta dirigida a la gerencia de la Entidad.

El ambiente que se vivía en torno al liderazgo de Morris era de tensión, hostilidad y sigilo. Su llegada a los espacios de trabajo interno era con escoltas y rapidez, dando un aire a la cultura traqueta del patrón intocable que está en riesgo todo el tiempo.

Se mostraba desconfiado y con algo de desprecio hacia lo que no era parte de su séquito. Daba la sensación de que su gestión era el ‘alfa y omega’ de la Entidad al desconocer logros de otras administraciones. Había una tensión latente con los contratos laborales cada tres meses y la renovación de estos, pues todo dependía del nivel de cercanía que se tuviese con el gerente, sin importar las capacidades técnicas de las personas. También, hubo contratación de personal femenino cuyas funciones eran bastante limitadas y su salario abultado, en comparación a los que teníamos otros periodistas de la redacción del noticiero.

Además, existía un afán desmedido por romper la programación y extender las trasmisiones, sin importar las parrillas y los otros espacios. También era complaciente con comportamientos y actitudes agresivas de personas cercanas a él (en una ocasión tuve un cruce de palabras desobligantes con uno de estos jefes). Incluso, recibí un trato irrespetuoso y despectivo antes de salir del canal.

En agosto del 2013, fui llamado a las 10 de la noche para firmar mi contrato de prestación de servicios por los siguientes tres meses, era lunes y yo estaba de descanso, pues había trabajado el fin de semana. Cuando me reintegro el siguiente miércoles, me dicen que tengo prohibida la entrada al canal, la televisión más humana de la época, debido a que el gerente no quería saber de mi presencia.

Sin explicación alguna debí salir antes de que el señor Morris me viera por los pasillos. No obstante, el contrato firmado alcanzó a surtir el trámite en control interno y a los 8 días me llamó la jefe de emisión de ese momento porque tenía que regresar a cumplir con las obligaciones firmadas y no tener problemas legales. Debí volver y estar tres meses más cumpliendo mis funciones. Antes de irme le manifesté en su oficina, mi malestar por el trato recibido.

Doce años después reconozco que fue una conducta desobligante de acoso e irrespeto hacia una persona que empezaba su carrera profesional y que sobre todo tenía necesidad de trabajar. Como yo, muchos otros colegas y compañeros recibimos tratos que iban en contravía (como el nombre de su productora) de la filosofía que promovía el canal para ese momento. Había conversaciones recurrentes y rumores de hostigamientos de manera permanente durante el tiempo que estuve trabajando allí.

Por estas razones, creo que se debe prestar atención a las peticiones e incomodidades de la señora directora de Señal Colombia, porque son válidas y merecen ser revisadas, más cuando el espectro de poder de este grupo político administra las riendas del país. Siempre se requiere del control y la veeduría a las prácticas de todos los funcionarios; Hollman Morris y su liderazgo de la televisión pública del país no están exentos de la crítica y más cuando esta viene del grupo interno de trabajo.

Tengo agradecimiento con Hollman, porque me dio la oportunidad de trabajar y aprender sobre mi profesión, pero eso no me hace perder el sentido crítico y sensato para cuestionar el poder y las actuaciones, no del periodista hábil para hacer televisión y documentales, sino del funcionario que debe mostrar respeto por las instituciones, sus equipos de trabajo y el presupuesto que maneja. Ya son múltiples las denuncias sobre diferentes abusos y comportamientos que sobre él posan. Incluso, varios de los colegas de su generación tomaron distancia de Hollman por su personalidad y sectarismo.

Y aunque su círculo cercano insista en replicar y promover el mensaje de Morris acerca de su perpetua persecución, muy adentro de su personal de confianza habrán de reconocer la conducta de alguien que genera tensiones, dudas y polémicas de manera repetida. Además, el patrón es sistemático: una vez culmina su ciclo como jefe, aparecen los señalamientos que antes no lo hacían por miedo a perder su trabajo.

Tengo plena certeza de que esto no es un plan de desprestigio, sino de personas que les harta el discurso incluyente, pluralista y progresista de alguien que no es coherente y que aprovecha los recursos públicos para disfrazar sus ínfulas de ‘Salvador y vocero de los más pobres’.

Coherencia colega Morris.

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