Conceptualmente hablando, tal vez una medida del avance civilizatorio de la humanidad sería comparar las decisiones tomadas dentro de la ética versus las demás; y de esas, las tomadas en la legalidad y las que no, lo cual mediría además la eficacia de esa legalidad. La razón es porque la ética reduce consecuencias adversas, fortalece la convivencia y amplía la responsabilidad.
La palabra ética generalmente es confusa en su significado, y muchas veces evoca asuntos filosóficos que en el mundo actual parecieran tomarse como una pérdida de tiempo. Lo mismo pasa con la palabra moral, y más confusión aún se observa en la relación entre estos dos significados que normalmente se toman como intercambiables. Y no lo son.
Puede no haber definiciones exactas para estos términos, pese a las disquisiciones que ha hecho la humanidad desde siglos atrás, pero sí hemos llegado a través del conocimiento popular a descripciones que pueden ayudar a su comprensión.
La moral se trata del ambiente normativo, en donde el sujeto (que puede ser una persona, una colectividad, un país, la humanidad) dispone de normas y reglas que le indican qué está bien y qué está mal dentro de su propio contexto, que obedecen a una o varias fuentes: a la herencia, a la religión (cualquiera que ella sea), a la ley (que le aplique) y a las costumbres de su entorno, todas ellas que le han llegado del exterior de su ser y a través de la vida. También pueden obedecer a las convicciones que han provenido de su propio intelecto en procesos de maduración de su pensamiento.
La ética corresponde al ambiente del pensamiento reflexivo, donde no se trata del “qué” como la moral, sino del “por qué”, y desde donde se toman las decisiones sobre el comportamiento y las acciones consecuentes. Tales decisiones pueden suceder en fracciones de segundo, pero también pueden ocupar nuestra mente durante días. La ética proviene de lo que también llamamos la “conciencia” reflexiva. En el ámbito ético se evalúan las consecuencias que podrían sobrevenir con estas decisiones de comportamiento, lo que representa un avance fuerte hacia la comprensión del ser y su interacción en el mundo, porque en un mundo interdependiente, las decisiones tienen efectos que superan el entorno inmediato. Es en esencia la ética.
Cuando no media la ética en las decisiones de comportamiento se da paso a comportamientos no racionados, de fe y dogmas, y de impulsividad, provenientes solo de la moral. También caben las racionalizaciones previas, con la experiencia de la vida, que se han llevado al rango de convicciones, las que había advertido arriba.
La comprensión se dificulta más en tanto que existen comportamientos morales, pero no éticos, y también éticos, pero no morales. Algunos ejemplos cotidianos aclaran esto aparentemente confuso: obedecer órdenes que hacen daño a otros, cumplir leyes que discriminan a otros, encubrir delitos para proteger el apellido, decir una verdad que pone en peligro a alguien, defender tradiciones que excluyen a otros, aprovechar vacíos legales para lograr ganancias perjudicando a otros, cumplir el mínimo de una norma técnica a ras sin mediar el criterio del profesional pudiendo poner en riesgo a otras personas, y apoyar decisiones de grupo aunque dañen a la sociedad podrían ser moralmente aceptables en un entorno inmediato pero éticamente cuestionables; por otro lado, desobedecer una ley injusta, mentir para proteger a alguien en peligro, revelar información confidencial para destapar corrupción, romper una regla institucional para evitar un daño mayor, negarse a cumplir una orden que afecta gravemente a otros y denunciar públicamente a un superior por prácticas indebidas son conductas que pueden ser consideradas moralmente inaceptables en su entorno inmediato, pero éticamente defendibles por el bien que buscan proteger.
Desde el principio de la civilización el derecho (lo legal, la ley) ha ido avanzando como proveedor principal de normas, y la cultura del legalismo ha intentado copar todo el sistema: lo que vale es lo que esté en la ley, pero la ley puede interpretarse y orientarse por habilidad y conveniencia, y no necesariamente por la verdad y la justicia; cuando la ley fue escrita para otra época el resultado es peor. La contención legal no alcanza para mantener a los grupos humanos en paz y prosperidad.
En otras épocas, las deficiencias que tiene la ley como parte de lo moral, probablemente no tenían tanto impacto negativo porque entre herencia, la religión y las costumbres contenían los comportamientos no morales, y si lograban pasar estas defensas aún se podría confiar en la ética.
En términos generales, la religión ha cedido espacio en el ámbito moral (o normativo). Pero la herencia es la que más ha cedido; la honorabilidad y el valor del prestigio han dejado de operar como mecanismo de autorregulación. Y las costumbres, extraídas de la familia y del entorno próximo, se han perdido también sin poder contener entre todas la inversión de valores que resulta en comportamientos inmorales.
Nada de lo anterior sería grave si no fuera porque la ética ha perdido su valor en un mundo que cada vez actúa más en el aprovechamiento vertiginoso de los recursos al alcance para lograr dinero, en la mayoría de los casos amparado por la ley, sin importar las consecuencias en el otro, en los otros, en la naturaleza, en el mundo. Vamos adentrándonos en una crisis ética profunda.
El legalismo no ha garantizado justicia ni prosperidad, como lo refleja la situación actual de nuestro país y del mundo. La ley no ha resultado suficiente. Es necesario entender que sin el instante en donde emerge y opera la ética en nuestra conciencia, no tendremos una vida realmente próspera ni una sociedad justa y perdurable.
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