Que yo siendo mujer me avergüence de las mujeres que nos representan no es nada que les deba asombrar, ni nada que me abochorne reconocer. Las de la izquierda histérica y gritona – las de la política, el mitin y las medidas estrella- llevan dos semanas sembradas con sus estupideces. Dejen que les cuente:
Primero fue la ministra de Sanidad, que al no tener competencias se inventa el trabajo y acaba prohibiendo beber bebidas alcohólicas en lugares donde la presencia infantil sea mayoritaria; adiós a las terrazas de los parques que dan vida a las horas aburridísimas de tobogán y balancín, o “subibaja”; adiós a la cervecita fresquita en las fiestas del pueblo junto a los hinchables y a la del parque de bolas. A ver quién es el guapo que aguanta ahora las eternas tardes de sábado sin ese aliciente social, tan aceptado por los padres jóvenes, el resto- los que peinamos canas- ya no vamos al parque, ni empalmamos aperitivos y comidas y cenas a la ligera, el cuerpo no nos lo aguanta.
Después vino esa pelea callejera protagonizada por Trabajo y Hacienda, por la tributación del sueldo mínimo interprofesional. ¿Cómo es posible que dos ministras del mismo gobierno rompan negociaciones y no caiga el gobierno entero? Señoras, sororidad, apóyense, que esto es bueno para todos los españoles. Pero Montero estará pensando en que Hacienda somos todos y como todos deben pagar, y Yolanda estará pensando en la clase trabajadora esa que aspira a algo mejor, pero aspira eternamente, porque ella nunca habla de trabajar más y mejor, sino de menos horas y cobrar más. Claro, así no hay quien se ponga de acuerdo.
Si queríamos más vida, más chisme y más aplausos, la ministra de Hacienda es al gobierno de España como Montoya a la Isla de los famosos y nos deja perlas impagables que nos muestran claramente las intenciones de este desgobierno de perdedores. Su última actuación estelar y se lo escribo literalmente no tiene desperdicio: “Qué vergüenza que todavía se cuestione el testimonio de una víctima y se diga que la presunción de inocencia está por encima del testimonio de mujeres jóvenes”, léanlo de nuevo.
Pues eso, la calamidad que tenemos por ministra se carga así inconscientemente y con toda intención el Estado de Derecho. Si es que lleva ahí dentro, en su profundidad, una pequeña dictadora que cuanto más grita en un mitin, más pulsa por salir a la luz. Y es que cada decisión judicial- en este caso por Dani Alves, el jugador de fútbol- que guarda algo de polémica sentimental, esa que el feminismo de izquierda ha elevado a norma y ley, sirve de munición al gobierno para denigrar al poder judicial, único de los tres poderes que aún puede salvar al Estado de Derecho.
Que el gobierno de España vive en perpetua campaña contra el poder judicial no es ninguna sorpresa, pero que grite que la voz de una mujer joven que dice haber sido víctima de agresión sexual y no se ha podido probar suficientemente pesa más que la presunción de inocencia de un señor… pues es cargarse de un plumazo el Estado de Derecho. ¡Ay! Pobre España que ya a uno no le queda ni la inocencia, ni la presunta inocencia. Señoras, por favor, recuperen la cordura y pongan cabeza y menos sentimentalismo y corazón: las denuncias y los cargos contra alguien hay que demostrarlos, no traguen esa basura izquierdosa de solo con decirlo basta. No, no basta. Hay que denunciar, hay que tener pruebas y han de ser contundentes y si no hay pruebas suficientes… pues siempre ganará la presunción de inocencia. Pónganse en el lugar del reo, cualquiera podría acusarlas sin pruebas y su suerte sería la que ahora le desean.
Y a nuestro desgobierno esto les da alas porque así, abriendo brechas sentimentalistas en la justicia acaban desgastando la imagen del Poder Judicial, único contrapeso a este desgobierno que tal vez, solo tal vez, sean los héroes de la democracia española.



Almudena González Barreda
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