No más populismo ambientalista

En Davos, en su conocido populismo ambientalista, Petro insistió en la línea que echó en Dubái: he “decidido no contratar más exploraciones de petróleo, gas y carbón”, lo que lo confirma como el único presidente de país productor de combustibles fósiles del mundo que se atreve a tamaño desatino, haciendo además un ridículo internacional.

Si en esos eventos nadie contradice a Petro, es por cortesía diplomática, pero qué dirán en privado y cómo suena de duro en su contra el silencio de los países latinoamericanos petroleros dejándolo solo en su disparate, entre otros, Brasil, México, Venezuela, Guyana, Ecuador y Argentina.

Algún petrista caritativo debería decirle a Petro cómo es de incoherente que en sus viajes busque inversionistas extranjeros y que, al mismo tiempo, aparezca gobernando al país con tanta estulticia y arbitrariedad, ¡en el sector que aporta más de la mitad de las exportaciones nacionales! Y qué tal que conocieran lo que pasa en Ecopetrol, la primera empresa de Colombia, convertida en club de su clientela y abusando de ella porque pueden manejarla con normas del derecho privado, como si fuera un negocio de bolsillo.

Y ni Petro ni ninguno de sus jefes se han atrevido a presentar esta posición absurda de falso ambientalismo con más un par de frases, porque saben que si intentan sustentarla en detalle, serán destrozados en el debate.

Constituye además otra falacia plantear que pueden reemplazarse las exportaciones de petróleo y carbón por más turistas extranjeros. Porque nos les dan las cuentas y porque es una bobería innecesaria ese remplazo. Que Petro aprenda de México, que produce y exporta más petróleo que Colombia y recibe más turistas.

Repasemos otras verdades.

Es cierto que hay un problema de cambio climático y que debe hacerse una transición energética, transición, no un salto brusco, porque se revienta la economía del mundo, aún muy dependiente de la energía de los combustibles fósiles –petróleo, gas y carbón–, energía que en su totalidad no puede reemplazarse con las bienvenidas del viento y el sol. Es por esto que todos los países llevan 30 años prometiendo reducir sus emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), y estas han aumentado. E incumplen nada menos que Estados Unidos –primer productor mundial de petróleo– y los demás países industrializados, a pesar de sus inmensas capacidades para asumir esa tarea.

Quien le crea a Petro pensará que los colombianos le aportamos tanto al problema del cambio climático, que debemos sacrificarnos por la humanidad. Y nada más lejano a la verdad: si Colombia destruye su economía y su sociedad para reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) –las de la quema de los combustibles fósiles–, en absolutamente nada se solucionará el lío global.

Porque solo aportamos el 0,2% del total del CO2 del mundo por ese consumo, prácticamente nada, dado que Colombia es un país tan subdesarrollado que ni CO2 produce. Y esto lo saben Petro y los jefes petristas pero lo ocultan, una manera de mentirle al país, que algunos les alcahuetean por temor al látigo presidencial.

Coletilla: otras graves decisiones contra Colombia confirman el populismo de Petro. Su gobierno le acaba de hacer otro homenaje al robo de la espada de Bolívar con el que el M-19 anunció que se alzaba en armas contra el Estado. El primero había sido el 7 de agosto, en su posesión como Presidente.

Y como todos los alzamientos guerrilleros fueron errores garrafales, muy dañinos para el país, que ahora Petro los embellezca es muy equivocado para el proceso de paz y da pie a que el día de mañana otros los repitan.

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