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Etiqueta: Alejandro Ospina

Un régimen laboral del Siglo XX

“Colombia es un país rico donde insistimos en vivir como pobres”. Esta frase, que escuché recientemente, resume con claridad la paradoja de nuestras políticas laborales. Hoy, cuando más de 39 millones de colombianos están en edad de trabajar, 14 millones no participan en el mercado laboral, mientras otros 2,8 millones buscan empleo sin éxito. A esta cifra, se suman los más de 12 millones de trabajadores informales, obligados a sobrevivir con malabares, en lugar de contribuir plenamente al desarrollo de sus familias y del país.

En medio de esta realidad, el gobierno presenta una reforma laboral que, aunque promete avances, encarece y complica la creación de empleo formal. En lugar de solucionar el problema de la informalidad, lo agrava, promoviendo la lucha de clases y una hegemonía sindical politizada que amenaza con perpetuar la división social.

 

Por si fuera poco, desde la oposición se impulsa el Proyecto de Ley 459 de la Cámara, que busca modificar el código procesal del trabajo. Este proyecto, aprobado casi en silencio, limita las garantías de defensa para los trabajadores y reduce el alcance de las organizaciones sindicales.

El resultado de estas iniciativas es desolador: los trabajadores pierden al ser empujados a la informalidad y despojados de sus derechos de asociación y negociación; los empleadores pierden al enfrentar relaciones laborales conflictivas que limitan la generación de valor económico, social y ambiental. Y, sobre todo, pierde Colombia, atrapada en un paradigma obsoleto de confrontación social, en lugar de avanzar hacia la cooperación y el desarrollo sostenible.

Es urgente que el Congreso de la República actúe con responsabilidad, hundiendo estas propuestas y abriendo el camino para un régimen laboral digno del siglo XXI. Un régimen que responda a los retos de la cuarta revolución industrial, y que, mediante un compromiso sincero, ponga fin a la horrible noche de inequidad, para dar paso a una aurora de bienestar que podamos legar a las generaciones futuras.

Alejandro Ospina

ECOPETROL en la mira

Cerramos otra semana con sombrías noticias para el patrimonio de todos los colombianos, representado por la industria minero-energética y por su emblema, ECOPETROL, la compañía más grande del país y de propiedad mayoritaria de los ciudadanos.

La preocupante caída de su valor en bolsa refleja el deterioro que sufre bajo la administración actual, cooptada por activistas anti-extractivismo y oportunistas. A través de decisiones estratégicas erradas, corrupción interna y un clima laboral en deterioro, están minando nuestra empresa nacional.

 

Esta semana, en un acto de cinismo, el presidente de ECOPETROL admitió en un debate político que la compañía está abandonando cada vez más el petróleo para enfocarse en el gas, evidenciando la incapacidad de su administración para aumentar las reservas y optimizar sus procesos productivos. En lugar de generar avances, se refugian en el éxito exploratorio de socios como Petrobras.

Otro hecho alarmante provino de la intervención en la empresa Air-e, ahora bajo la capitalización de ECOPETROL. Este movimiento deja en duda si los recursos destinados a garantizar la autosuficiencia energética y a incrementar el valor para los accionistas no terminarán siendo desviados hacia fines burocráticos y asistenciales, recordando la situación crítica que vive PDVSA en Venezuela.

Internamente, ECOPETROL enfrenta un clima laboral cada vez más tenso, con prácticas que erosionan la meritocracia, siembran incertidumbre y benefician a recomendados políticos. Las recientes denuncias de colectivos profesionales sobre procesos de contratación manipulados solo refuerzan el ambiente de favoritismo y la pérdida de confianza en la administración.

A pesar de la caída de la acción, que cerró en 7.60 USD frente a los más de 17 USD alcanzados al inicio del actual gobierno, cada vez más trabajadores de la industria y ciudadanos se unen en defensa de este patrimonio. A pesar de los oídos sordos del gobierno, continuaremos trabajando para recuperar nuestra empresa y retomar el camino hacia un futuro sostenible y próspero para el país.

Alejandro Ospina

FETRAPPEM: La nueva voz de los trabajadores por un futuro energético sostenible

En un momento marcado por la COP16 en Colombia, que despierta tanto entusiasmo como inquietud en la población, surge FETRAPPEM, una federación sindical que responde al impacto de las políticas ambientales en sectores clave como la minería y la energía. La reciente manifestación en contra del Decreto 044 de 2024, en el marco del paro minero y campesino, es un reflejo de la tensión entre la sostenibilidad y las actividades económicas legítimas. FETRAPPEM nace con el compromiso de construir un modelo de relaciones laborales enfocado en el desarrollo sostenible.

La semana pasada, luego de meses de organización, sindicatos de los sectores minero, petrolero, petroquímico y energético se reunieron en Bogotá para formalizar esta nueva federación. Su misión es defender estos sectores vitales para la economía nacional, que enfrentan constantes ataques ideológicos que distorsionan causas legítimas y dificultan el avance hacia la autosuficiencia energética y el cierre de brechas sociales.

 

La creación de FETRAPPEM es una respuesta directa a la promoción de conflicto social y a la cooptación de la representación sindical por parte de grupos que han usado causas laborales para promover agendas políticas. Ante esta situación, FETRAPPEM toma una postura activa y responsable frente al futuro de estos sectores, reconociendo la necesidad de una transformación productiva, pero sin renunciar a la importancia de los sectores tradicionales para un desarrollo sostenible.

Además de defender la industria, FETRAPPEM impulsa una evolución en el ámbito laboral, dejando atrás el paradigma de lucha de clases que obstaculiza la sostenibilidad empresarial y, en consecuencia, la garantía de empleo digno. Este nuevo sindicalismo aboga por la colaboración y el reconocimiento de diferencias, apuntando a la construcción de una paz verdadera y al equilibrio entre libertad y orden.

FETRAPPEM representa una respuesta a las demandas de la cuarta revolución industrial y la transición energética. Es un llamado a la responsabilidad colectiva y al compromiso con el desarrollo nacional, invitando a trabajar juntos por un futuro en el que la sostenibilidad y el progreso económico vayan de la mano.

Alejandro Ospina

Más gas, más oportunidades

El país celebra la confirmación de un descubrimiento monumental anunciado hace dos años con el pozo Uchuva 1, que ahora, gracias al pozo de delineación Sirius, podemos dimensionar con mayor claridad. Este hallazgo promete multiplicar entre dos y tres veces las reservas de gas conocidas hasta la semana pasada, ofreciendo una oportunidad clave para fortalecer nuestra soberanía energética.

Este hito no solo aporta gas, sino que también deja lecciones valiosas para la industria y el país. En primer lugar, demuestra la complejidad de la exploración petrolera, una actividad a menudo subestimada. El contrato que originó este descubrimiento fue firmado hace 20 años, en abril de 2004, con el objetivo de contrarrestar el riesgo de perder nuestra autosuficiencia petrolera. Desde entonces, las inversiones proyectadas han pasado de 16 millones de dólares a miles de millones, enfrentando múltiples retos e incertidumbres.

 

El proceso ha sido largo. Se han invertido años en estudios, adquisición de información, licencias y permisos hasta que en 2022 se inició la perforación que hoy permite confirmar este descubrimiento, gracias a los resultados de Sirius.

Sin embargo, las dificultades persisten. A los retos naturales se suman obstáculos artificiales, como la acción de tutela que casi detiene la perforación del pozo, ahora impugnada con varias coadyuvancias, entre ellas la de UTIPEC, para evitar más trabas a un proyecto crucial para el país y el empleo de miles de familias colombianas.

Aún queda mucho por hacer. Se planea perforar un pozo adicional en 2025, construir un gasoducto submarino y diseñar un sistema de tratamiento en alta mar. Todo esto podría tomar cerca de seis años, o más, según los antecedentes del proyecto.

Además, debemos seguir adelante. El desbalance del mercado energético obligará a aumentar las importaciones de gas hasta que nuestro descubrimiento entre en operación. Este gas, con un precio más competitivo y con beneficios claros para la economía nacional, será fundamental para el desarrollo del país. No obstante, decisiones erradas de varios gobiernos han retrasado los avances en esta área.

En una próxima entrega, profundizaremos en la importancia de este éxito para Colombia y la necesidad de continuar explorando oportunidades que impulsen la transformación productiva y fiscal del país, siempre en línea con las demandas de sostenibilidad del planeta.

Alejandro Ospina

Colombia al borde de una crisis energética: ¿Adiós a la Soberanía?

En medio de la grave crisis que enfrenta Colombia, es crucial comprender la complejidad de la situación y distinguir entre los problemas estructurales y las coyunturas que reflejan el deterioro del panorama. Un ejemplo reciente es el alarmante anuncio de Juan Ricardo Ortega, presidente del Grupo de Energía de Bogotá, quien advirtió: “A hoy no existe gas para diciembre en Colombia”. Esta declaración se refiere a la incapacidad actual de asegurar el contrato por 5 millones de pies cúbicos diarios (MPCD), necesarios para el funcionamiento de las compresoras que garantizan el flujo de gas entre la costa y el interior del país.

Este incidente, sin duda preocupante, podría comprometer el abastecimiento nacional si no se resuelve antes del 30 de noviembre, fecha en la que culmina el ciclo contractual del mercado de gas en Colombia. Sin embargo, es fundamental subrayar que este es solo un síntoma de un problema mucho más profundo: la crisis estructural que afecta al sector energético.

 

Si no se garantiza el suministro de gas para las compresoras, las consecuencias serán inmediatas y graves. El suministro al servicio público domiciliario, el gas vehicular, el sector industrial y, en última instancia, todos los colombianos estarían en riesgo. A pesar de ello, se prevé que la situación se resolverá mediante la importación, un recurso cada vez más utilizado para cubrir la demanda nacional, aunque con un impacto económico creciente.

Colombia consume en promedio 1.000 MPCD, con variaciones significativas en momentos de alta demanda, como durante las sequías que limitan la generación hidroeléctrica. En los últimos meses, cerca del 15% de esa demanda se ha cubierto mediante gas importado, lo que ha encarecido el costo de la energía eléctrica. Este aumento de costos pronto se reflejará en otros sectores, como el transporte de gas, que verá afectados sus precios para mantener operativas las compresoras.

Actualmente, el país cuenta con aproximadamente 11 millones de usuarios domiciliarios de gas natural, además de pequeños comercios y una gran cantidad de industrias. A esto se suman cerca de 650.000 vehículos convertidos a gas natural.

El verdadero problema estructural en el servicio público domiciliario de gas natural en Colombia es la decisión del actual gobierno de no firmar nuevos contratos de exploración, junto con una serie de medidas que han desincentivado al sector. Bajo el pretexto de una política pública en favor del medio ambiente, se ha impedido la incorporación de nuevas reservas, lo que agrava el riesgo de perder la autosuficiencia energética.

Hoy, la industria petrolera, clave para solucionar de fondo esta crisis, se enfrenta a un panorama sombrío. Las medidas tributarias, las restricciones para obtener licencias y permisos, el aumento de la conflictividad social en las zonas de influencia de los proyectos, y la retórica destructiva del presidente han puesto en jaque al sector.

Desde la UTIPEC, compartimos la preocupación expresada por varios sectores ante la inminente pérdida de la soberanía energética del país. Hacemos un llamado a los trabajadores y a toda la sociedad colombiana a reconocer la importancia crucial de la industria minero-energética. Es hora de unirnos en defensa de este sector, patrimonio de todos los colombianos. Si permitimos que el gobierno actual continúe debilitándolo, las consecuencias serán desastrosas para todos.

Alejandro Ospina

Los subsidios a los combustibles en Colombia son un mito

Aunque parezca controvertido, me atrevo a desafiar lo que se ha convertido en un dogma que muchos atribuyen al neoliberalismo y al Fondo Monetario Internacional (FMI). Si bien sus políticas no son inherentemente malas, tampoco representan la verdad absoluta, y como cualquier idea, deben ser cuestionadas. En el caso de los combustibles en Colombia, la narrativa de que están subsidiados merece una revisión crítica con una perspectiva sostenible que favorezca a todos los colombianos.

Primero, reconozcamos la complejidad de definir el precio de los combustibles. En Colombia, no podemos hablar de un mercado líquido que determine precios de manera autónoma, ya que la principal variable, el ingreso al productor, está en manos de Ecopetrol S.A., una empresa mayoritariamente estatal. Como tal, debe equilibrar su gestión empresarial con su papel como motor de la política económica del país.

 

El Estado se enfrenta al desafío de ejercer un doble rol: por un lado, es el mayor propietario de Ecopetrol, y por otro, responsable de la política económica nacional, lo que implica equilibrar el desarrollo armónico del país. Un ejemplo cercano es Ecuador, que a pesar de ser un modesto productor de petróleo, mantiene precios de combustibles mucho más bajos que los nuestros, gracias a una menor carga impositiva y un modelo de fijación basado en costos de producción e importación.

¿Existen realmente subsidios en Colombia? Es importante aclarar que si usamos como referencia el precio internacional, lo que en realidad hay es un menor recaudo fiscal por vía de dividendos de Ecopetrol, pero no una asignación directa de recursos para cubrir los costos de producción. La percepción de subsidios, entonces, es relativa.

La discusión sobre si ajustar el modelo actual debe centrarse en el destino de los recursos adicionales que se obtendrían de aumentar el precio del diésel, por ejemplo. Algunos argumentan que estos recursos deberían destinarse a áreas fundamentales como justicia, seguridad, educación y salud. Sin embargo, de no aplicarse esos incrementos, se podría ofrecer una mayor competitividad al sector productivo, lo que beneficiaría a toda la sociedad.

Aquí es donde se enfrenta la visión del gobierno actual, cuyo enfoque sistemático ha sido aumentar el costo de producir bienes y servicios en Colombia. Aunque el gasto público ha evitado un mayor deterioro del empleo, esto no es sostenible a largo plazo. Lo que Colombia realmente necesita es más emprendimiento y empleo productivo, no más burocracia y subsidios que promueven la improductividad.

En este contexto, no parece conveniente aumentar los recaudos en un gobierno que ha demostrado ser mal administrador y está sumido en escándalos de corrupción. Sería más sensato permitir que el sector productivo, el principal consumidor de diésel, se beneficie de la ventaja competitiva de la autosuficiencia petrolera de Colombia, impulsando así el crecimiento económico.

Finalmente, debemos mirar a largo plazo. Si no se corrige el rumbo en materia de hidrocarburos, sin nuevos contratos de exploración y desarrollo de yacimientos no convencionales, la autosuficiencia petrolera que hoy nos da ventaja competitiva estará seriamente comprometida. Ya lo estamos viendo con el gas natural, y pronto lo viviremos con la gasolina y el diésel.

Alejandro Ospina

Un Gobierno intransigente: La sombra sobre el sector transportador colombiano

Desde la UTIPEC, mantenemos nuestro compromiso de no obstrucción y de respeto a los derechos de todos. Hoy, más que nunca, sentimos la profunda preocupación que embarga al sector transportador colombiano ante la inflexible decisión gubernamental de incrementar el precio del ACPM.

Contrario a las afirmaciones del Ministerio de Hacienda, este aumento, que afecta un costo esencial en todas las actividades productivas del país, tendrá repercusiones inflacionarias, socavará la competitividad de la producción nacional y reducirá la demanda de transporte de carga. Este escenario pone en peligro la supervivencia de numerosos pequeños y medianos transportadores en Colombia.

 

Aunque es posible debatir sobre la pertinencia de los subsidios en este combustible, lo cierto es que el principal objetivo del gobierno no parece ser la estabilidad económica. En cambio, su interés radica en aumentar la capacidad de recaudo, financiando iniciativas mal gestionadas, muchas de ellas marcadas por escándalos de corrupción que el país ya conoce bien.

Está claro que esta medida no tiene un propósito social, sino que busca asfixiar al sector privado, un sector que genera riqueza, empleo, y sostenibilidad en el tiempo. Es una maniobra recurrente en los regímenes socialistas del siglo XXI, que han llevado a la pobreza a varias naciones vecinas.

Por todas estas razones, los trabajadores de la industria petrolera colombiana expresamos nuestra solidaridad con el legítimo reclamo de los empresarios y trabajadores del sector transportador. Nos unimos a su voz, haciendo un llamado a la sociedad a no caer en la trampa del divisionismo ni en la lucha de clases que el gobierno pretende imponer, simplificando el debate al señalar esta causa como exclusiva de un sector privilegiado.

Al mismo tiempo, instamos a los líderes transportadores a que sus protestas legítimas se desarrollen con un respeto absoluto por los derechos de todos los colombianos, evitando convertirse en herramientas que sirvan a los propósitos del gobierno de profundizar las divisiones internas y desencadenar efectos irreversibles en nuestra economía.

En cualquier caso, es claro que el único responsable de las consecuencias adversas que podamos enfrentar como sociedad es el propio gobierno, que parece decidido a agravar la situación hora tras hora.

Alejandro Ospina

Nueva reforma tributaria preocupa a los colombianos

Con la proximidad de una nueva reforma tributaria anunciada por el gobierno, la inquietud entre los trabajadores colombianos ha aumentado considerablemente. La primera reforma de este gobierno ya incrementó los impuestos para las personas naturales y expandió la base de declarantes, lo que ha generado un impacto negativo en la economía individual de muchas familias. A continuación, se destacan los puntos más importantes:

Impacto Económico Directo: La reforma tributaria ha aumentado significativamente los gravámenes sobre los trabajadores, afectando su capacidad económica y reduciendo el margen de maniobra financiera de las empresas, lo que puede poner en riesgo la generación de empleo.

 

Aumento de la Carga Fiscal en Sectores Estratégicos: Sectores como el petrolero, minero, comercio, industria alimenticia, hotelería, y energía han sido fuertemente golpeados por los nuevos impuestos, lo que podría desencadenar una desaceleración económica generalizada.

Preocupación por la Corrupción y Mala Gestión: Los trabajadores expresan su descontento ante la percepción de un gobierno que busca mayores ingresos fiscales, pero cuya gestión de recursos ha sido cuestionada debido a los altos niveles de corrupción. La demanda de los ciudadanos se centra en una mayor austeridad y honestidad en la administración pública, en lugar de políticas que aumenten la carga fiscal sobre los contribuyentes.

Alejandro Ospina

El Colapso de ECOPETROL: Cómo el Gobierno Petro Desmantela el Futuro Energético de Colombia

En Colombia, todos los ciudadanos—hombres, mujeres, adultos mayores y niños—somos dueños de ECOPETROL. No solo quienes han adquirido acciones en el mercado, sino todos, porque cerca del 90% de la compañía pertenece al Estado Colombiano, cuya administración debería garantizar la protección de nuestros intereses. Sin embargo, los pésimos resultados recientes de ECOPETROL no son simples desaciertos administrativos, sino el producto de una política sistemática impulsada por el actual gobierno desde antes de asumir el poder.

Esta crisis no puede atribuirse a mala gestión, como muchos ingenuamente creen, sino a un plan metódico para desorientar estratégicamente la empresa. La «Desorientación Estratégica» se manifiesta en la elección de personas menos competentes y más ideologizadas para dirigir a ECOPETROL hacia el fracaso. La conformación de una Junta Directiva, en su mayoría afín al gobierno y contraria a la extracción, ha socavado la autonomía y eficacia del gobierno corporativo.

 

Ejemplos recientes incluyen la inexplicable decisión de rechazar la participación en el proyecto CrownRock, una oportunidad clave para aumentar las reservas del país. Esta decisión, aunque parece incomprensible desde una perspectiva empresarial, encaja perfectamente con la tendencia destructiva impuesta por la presidencia de ECOPETROL y su Junta Directiva, alineados con las instrucciones del gobierno actual.

El deterioro de ECOPETROL no solo amenaza con acortar la vida de la empresa, sino que también pone en riesgo la soberanía energética de Colombia. La caída de las utilidades, el aumento en los costos de producción y la pérdida de oportunidades estratégicas reflejan una falta de interés en el negocio natural de la compañía. Además, la pérdida de talento humano bajo el proyecto Átomo y el ambiente de desazón que se ha creado, contribuyen a la dilapidación de nuestro patrimonio.

No podemos quedarnos callados. Como ciudadanos, debemos exigir que se tomen medidas urgentes para revertir este daño antes de que sea irreversible. Es momento de activar todos los mecanismos constitucionales y legales para proteger lo que es de todos los colombianos: el futuro energético de nuestra nación.

Alejandro Ospina

De los peores años en la historia de la industria minero energética colombiana

A lo largo de la historia, se pueden identificar varios períodos difíciles para el sector minero-energético colombiano, algunos asociados a dinámicas propias del mercado internacional y otros en los que asuntos internos lograron frenar la expansión de este importante sector de la economía. No obstante, nunca como hoy había sido la intención deliberada de un gobierno la que, con múltiples acciones, ha procurado su desincentivo de manera tan evidente y contundente.

En primer lugar, se desarrolló una matriz de opinión adversa y se promovió un clima de conflicto en las regiones productoras, incluso como parte de la campaña que resultó en la elección del actual gobierno. Mediante el engaño y la exacerbación del odio y el resentimiento, se empezó a hacer más complejo y oneroso el desarrollo de algunos proyectos, los cuales tuvieron que ser abandonados.

 

Sin embargo, fue la designación de la primera ministra del actual gobierno, interpretada por muchos como un simple error de cálculo o una ligereza, lo que marcó formalmente el inicio del período oscuro en el que nos encontramos. Con gran acierto, la funcionaria logró sembrar las semillas de desconfianza e incertidumbre que frenaron el crecimiento del sector.

Pronto, el mismo presidente no vaciló en denigrar al sector en escenarios nacionales e internacionales, equiparándolo con el narcotráfico y despreciando la robustez técnica y científica de nuestra actividad y de quienes laboramos en ella. Aseguró que no se necesitaba «mucho cerebro» para el éxito de nuestras operaciones, lo que no solo evidenció la perversidad con la que se oficializaba la intención de destrucción, sino que también respaldó la gestión de la tristemente célebre ministra, promotora del decrecimiento económico y del anuncio de la importación de gas de Venezuela.

Pasando del dicho al hecho, la negativa a la suscripción de nuevos contratos de exploración, en un contexto de reservas y producción ajustadas en el país, fue la primera acción material que produjo efectos claros sobre la evolución de la industria. Esto se evidenció en la caída de las reservas, lo que pone en riesgo la soberanía energética e introduce señales inflacionarias y de desaceleración de nuestra economía.

La Reforma Tributaria marcó otro hito. Aunque parte de sus medidas fue atenuada por inconstitucionalidad, logró en complicidad con la mayoría del Congreso cargar con una sobretasa de renta a la actividad petrolera. Como es obvio, esto redujo las expectativas de generación de valor para inversionistas, empresarios, trabajadores, comunidades y, en general, la sociedad, poniendo al sector en una posición defensiva de reducción de inversiones y aceleración de retornos. Este ambiente, que ya era enrarecido, hoy vuelve a encender sus alarmas ante nuevos anuncios de mayores impuestos en la anunciada reforma que se pretende tramitar en la actual legislatura.

Con todo lo anterior, se ha construido un escenario que, sin duda, puede ser calificado como los dos peores años en la historia de la industria minero-energética colombiana.

Sin embargo, aunque el panorama luzca desolador, no podemos sucumbir ante la maldad que pretende arrastrarnos hacia la miseria. Por el contrario, es tiempo de apelar a la resiliencia y al coraje que nos caracteriza, y promover todas las acciones legales y constitucionales que hagan cesar este ataque a la brevedad posible. Es momento de unir a todos los colombianos con argumentos reales que demuestran que es con, y no contra, nuestra industria como podremos rescatar a nuestra nación de la pobreza, la destrucción y la muerte que prometen regímenes como el que se nos pretende imponer y que ya han destruido a varias naciones de la región.

Alejandro Ospina