Respecto de educar a los hijos existen muchas fórmulas para hacerlo. Algunas han sido probadas durante decenios por diferentes centros de investigación pedagógica y psicológica. Otras pasan por el tamiz de las escuelas de padres y algunas otras son el resultado de la experiencia socialmente aceptada a lo largo de generaciones, transmitida de padres a hijos que, forman el sustrato cultural que provoca tantos encuentros y desencuentros sobre la materia. En últimas, educar hijos significa formar futuros buenos esposos, padres y por supuesto, ciudadanos.
La educación de los hijos ha cambiado, es indiscutible. Los padres dejaron el rol de padres, apuestan por ser amigos de sus hijos, proceso a todas luces antinatural por que se comete un craso error: El padre formador, educador y disciplinador se trasformó en el “bacán”, el cómplice, concertador y flexibilizador con tal de no perder “la amistad” y “el cariño” del hijo. El señorío que debería prevalecer entre padres e hijos mutó en camaradería y “compinchería” que deja como lastre trazas de indisciplina e irrespeto.
Sin disciplina no se puede formar hijos. La disciplina es la base de todo proceso formativo. En la gran mayoría de hogares contemporáneos, los hijos, en especial los varones, se forman sin disciplina; la ausencia de disciplina conducirá a la ausencia de asunción de futuras responsabilidades. Los padres de hoy son “hipersatisfactores” y algunos rayan en la alcahuetería. La ausencia de disciplina ha provocado que, muchos de los jóvenes de hoy sean blandengues emocionales, desobedientes, cuestionadores de la autoridad y carentes del absoluto sentir antiguo de “hacer caso” y seguir instrucciones.
Todo lo anterior, en gran medida, es consecuencia del excesivo discurso proinfancia que, terminó por arrebatar el rol de educadores a los padres y olvidó que el primer deber de todo niño es la obediencia y el respeto por sus mayores. Enseñar a un niño la obediencia y el respeto hacia sus mayores se considera casi que, disruptivo en la sociedad de hoy. Muchos padres negocian todo y conciertan con sus hijos para evitar pataletas. Al punto que, para emprender un viaje vacacional o ir a un restaurante depende de la voluntad de un preadolescente, antes que, del bolsillo. Se hace lo que los niños quieran hacer y se come lo que ellos quieran comer. Algunos niños de hoy son tiernos “infantes terribles” camuflados detrás de dispositivos electrónicos y seguramente, llegarán a ser poco funcionales “adultos terribles”. Estas líneas resultarán políticamente incorrectas, la antigua educación en la que la disciplina era la regla, caducó.
Para algunos profesionales de la psicopedagogía el hecho de que un niño se levante temprano para ayudar en las labores del hogar es considerado maltrato infantil. Los niños de hoy sólo tienen derechos, entre otros, a dormir todo el día, a comer lo que les plazca y a jorobarse detrás de una pantalla de un dispositivo electrónico todo el tiempo que deseen. Muchos niños y adolescentes son incapaces de leer un libro físico; lo hacen a regañadientes cuando en la clase de español les asignan uno, que mal leen a las carreras unas horas antes de la evaluación del “Profe”, hasta en eso se claudicó, los maestros se volvieron “Profes”.
Los sabihondos de la educación arrebataron la educación a los padres para proponer un modelo educativo basado en colegio, hiperderechos y ecosistema digital. Como consecuencia de ello, los hijos, no todos, se sienten prevalidos para cuestionar a sus padres y postergar la obediencia; entre tanto, muchos padres contemporizan con ello, porque quieren ser amigos empáticos y “evolucionados” de sus hijos por miedo a la desaprobación social. Los padres alcahuetes terminarán por esparcir a la sociedad hordas de futuros indisciplinados e irresponsables ciudadanos. Amar también es disciplinar.
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