Algo huele mal dentro de El Campín. Y no es solo el pasto de una cancha destruida por la sobreexplotación. Lo que realmente inquieta es el silencio, la opacidad y la sensación creciente de que Bogotá estaría entrando en un negocio donde el único que juega con ventaja sería Sencia.
La ciudad despierta con un estadio inutilizable. Eventos suspendidos. Partidos en duda. Conciertos aplazados. Y una pregunta inevitable: si Sencia no logra entregar una cancha decente en febrero, ¿cómo pretende entregar un nuevo estadio para diciembre de 2027?
Porque aquí el debate no es deportivo. Es estructural. El Campín no es solo un escenario: es patrimonio público, símbolo urbano y corazón de una promesa que hoy se tambalea.
Sencia firma un contrato de concesión APP por 29 años, bajo el argumento de que no hay desembolso público. Perfecto. Pero “sin plata pública” no significa “sin vigilancia pública”. El contrato le entrega al concesionario la operación, explotación económica y construcción de un distrito de entretenimiento de 167.000 m², con un valor superior a los 2,4 billones de pesos.
El negocio es gigantesco. Y rentable. Solo en conciertos: 19 eventos, más de 35 millones de dólares en ventas y 329.000 boletas. La caja suena. La vaca da leche. ¿Pero la obra?… no aparece.
Bogotá necesita un estadio nuevo, sí. Pero lo necesita construido, no prometido. Y aquí empieza el olor raro: no hay cronograma claro, no se ve una evidencia pública sólida del cierre financiero, no se ni quiénes son realmente los socios detrás de Sencia.
La alcaldía de Bogotá modifica el contrato en julio de 2025 para permitir que el estadio viejo siga operando mientras se construye uno paralelo.
Cambio estratégico, dicen. Pero también una alarma: si lo único que avanza es la explotación comercial del Campín actual, ¿estamos viendo un grupo que ordeña el presente mientras aplaza el futuro?.
Y ojo: construir un estadio de 50.000 espectadores en menos de dos años, con estudios, licencias, gestión social, demolición parcial y ejecución completa, no es ambición.
Es una carrera contra el reloj con riesgo de desastre.
Hoy la cancha se revienta. Y con ella, la credibilidad del proyecto.
El Campín no puede terminar como un negocio opaco, porque el fútbol vuelve, los conciertos regresan, pero si el estadio no se construye, lo único que quedará será un estadio reventado… y una ciudad engañada.
Viva el fútbol. Pero viva también la transparencia.
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