Hace poco, varios candidatos al Senado del partido Oxígeno renunciaron y publicaron una carta en la que hablaban de la “insoportable arrogancia” en la forma como se estaba manejando ese proyecto político por la omnipotente Íngrid Betancourt, pero más allá de la pelea interna, la frase llamó la atención porque describe algo que la gente reconoce fácilmente cuando quien dirige no escucha, no dialoga y cree que solo él tiene la razón. Esa idea ayuda a entender un problema que también existe en Bogotá, pero en la forma como se gobierna la ciudad. Podríamos llamarlo el bogo-centralismo. Es decir, el poder concentrado en el nivel central del Distrito, que decide casi todo, mientras las localidades tienen poco margen real para actuar.
En teoría, Bogotá está descentralizada y tiene alcaldías locales, pero en la práctica, muchas decisiones importantes siguen tomándose desde el centro, aunque los problemas se viven en los barrios y las soluciones se definen lejos de ellos. Esto tiene que ver con algo que se puede explicar de manera sencilla, y es el exacerbado “centralismo dentro del centralismo” que Colombia ha venido padeciendo durante años, lo qu el país reprocha insistentemente por la concentración de poder y recursos en Bogotá, pero que en las regiones se encuentre desconexión y poca autonomía. Sin embargo, dentro de la propia Bogotá pasa algo parecido: el nivel central concentra poder frente a las localidades. Es decir, la ciudad se queja del centralismo nacional, pero lo repite hacia adentro.
Ese esquema termina creando una forma de gobierno muy vertical debido a que desde el centro se piensa y se ordena, para que en los territorios solo se ejecute, pero cuando eso pasa, la administración se desconecta de la vida cotidiana de la gente. Y esa distancia hoy se nota en varios temas de la ciudad, como en el manejo de las basuras, donde decisiones generales no siempre responden a lo que vive cada barrio; en el espacio público, donde se aplican las mismas reglas a realidades muy distintas; en la seguridad, donde estrategias uniformes no reflejan problemas locales concretos; y en programas sociales que se diseñan desde oficinas centrales sin suficiente adaptación a cada territorio.
Así, quienes viven el problema en el barrio no son quienes pueden decidir cómo solucionarlo, mientras que los alcaldes locales, pese a ser la autoridad más cercana a la gente, muchas veces no cuentan con el poder ni los recursos suficientes para actuar; en consecuencia, los vecinos les reclaman a ellos, pero la decisión real depende de una instancia ubicada mucho más arriba en el nivel central, lo que termina generando frustración y una sensación de lejanía, como si el gobierno distrital no respondiera de verdad. En ese contexto, Bogotá por su tamaño y diversidad no puede manejarse como si fuera una realidad homogénea, pues no es lo mismo gobernar Usaquén que Ciudad Bolívar, ni Chapinero que Bosa, pues cada localidad tiene dinámicas sociales, económicas y urbanas distintas. Por eso, cuando todo se decide desde el centro, la ciudad pierde capacidad de respuesta; de ahí que descentralizar no signifique dividirla ni desordenarla, sino algo más sencillo y eficaz en sentido que el nivel central marque la dirección general mientras las localidades tengan poder real para gestionar lo que ocurre en su territorio, es decir, acercar la decisión pública al lugar donde realmente está el problema.
En consecuencia, para avanzar en una dirección correcta de modernización administrativa se necesitan cambios concretos con mayor autonomía real para las alcaldías locales, incremento en los presupuestos con flexibilidad y adecuados espacios de participación donde la comunidad tenga incidencia efectiva. Sin eso, la descentralización seguirá siendo más discurso que realidad.
Volviendo a la idea inicial, la “insoportable arrogancia” no es solo un rasgo de personas, pues también es una forma de ejercer el poder. Ocurre cuando una autoridad cree que puede entenderlo todo desde arriba y no necesita escuchar hacia abajo. Eso es lo que pasa con el bogo-centralismo, pero los habitantes de la capital que pagan los mayores impuestos de la nación necesitan respuestas desde arriba para cada uno de sus territorios, lo que empieza por reconocer que las localidades conocen mejor sus problemas y pueden ser parte de la solución. Una ciudad tan grande funciona mejor cuando el poder no se concentra en un solo punto, sino que se distribuye de manera responsable.
Cuando Bogotá supere ese centralismo dentro del centralismo, en forma de concentración del poder distrital sobre sus propias localidades, la ciudad será más cercana, más eficaz y más democrática, aunque solo se logrará cuando disminuyamos la arrogancia del poder centralista mediante reformas legales y constitucionales que tanto le hacen falta a la capital.
Luis Fernando Ulloa
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