Nos fuimos

Por Amylkar Acosta | Opinión

Francisco El Hombre, oriundo de La Guajira, fue el primer juglar de la música de acordeón que con el paso de los años adquirió la denominación de Vallenato, reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial y Cultural de la Humanidad en el 2015, al tiempo que fue incorporado como un neologismo en el diccionario de la Real Academia Española (RAE) en 2017. Pese a mi natalicio y a mis ancestros, tan cercanos a los suyos, mi primer encuentro en forma y mi mayor compenetración con sus composiciones, intérpretes y vocalistas fue en Medellín, reconocida para entonces como la Capital de la Montaña.

Corrían por aquellas calendas el segundo lustro de los años 60´s y el primero de los 70´s, en la flor de mi primera juventud. Como anécdota, para la época, yo sostenía, para asombro de mis condiscípulos en la Universidad de Antioquia, que el Vallenato era intravenoso y para demostrárselo les pedía que sintonizaran algunas de las tantas emisoras paisas que lo difundían, para mostrarles y demostrarles que con sólo escucharlo me causaba lo que se conoce científicamente como horripilación cutánea, que en argot popular no es nada distinto a tener la piel de gallina. No tenía forma de disimularlo ni yo estaba interesado en mimetizarlo, por el contrario me ufanaba de ver con mis propios ojos cómo mi piel se ponía arrozuda al ritmo de la música de Francisco El Hombre.

Para entonces, Medellín se había convertido en la Meca del Vallenato, en razón de que la mayoría, por no decir que todos, de los conjuntos vallenatos llegaban en romería a grabar en los estudios de Discos Fuentes, empresa discográfica colombiana, una de las más antiguas y afamadas del continente y de las primeras en Colombia, como que fue fundada en 1934 por Antonio Fuentes, su gran impulsor y mecenas de los cultores del Vallenato. Sus primeras grabaciones datan del año 1962. Esta es la primera explicación de mi familiarización con el Vallenato  y  sus  intérpretes  en  la  tierra  que  me  acogió  y  me  formó profesionalmente, alternando dosificadamente la farra con la aplicación a mis estudios.

Y hablando de farra, la Feria de las flores de Medellín, que empezó a celebrarse desde mayo de 1957, pero desde 1968 cobró mayor notoriedad, era la ocasión propicia para el desenfreno y la diversión. Yo me la pasaba el año entero esperándola, porque el icónico conjunto Los corraleros del Majagual eran infaltables y su presentación en la Caseta de Mata´ecaña se constituía para mí en la razón de ser de este evento emblemático para los paisas, que con los años ha devenido en la vitrina más vendida, en la que se muestra la biodiversidad y hermosura de las flores, al tiempo que se exalta la laboriosidad e ingenio de los silleteros.

Pues bien, gracias a las presentaciones e interpretación del Vallenato por parte de los Corraleros del Majagual pude conocer a sus integrantes, descollando entre ellos: Alfredo Gutiérrez, Eliseo Herrera, Calixto Ochoa, Cesar Castro, José Francisco, El Chico, Cervantes, quienes alternaban en la ejecución del acordeón con el inefable Lisandro Meza, que acaba de fallecer a sus 86 años, quedando el Rey de reyes del festival de la Leyenda Vallenata, más conocido como El Rebelde del Acordeón, Alfredo Gutiérrez, como el último mohicano después de la partida de los demás. El sello inconfundible de las grabaciones de Los corraleros del Majagual y de sus presentaciones en los distintos escenarios era el grito de guerra del Chico Cervantes, Nos fuimos!

No hay duda que Lisandro Meza hizo méritos y tuvo los merecimientos para ser considerado como un verdadero juglar, como los tuvo para coronarse como Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, lo que le valió el mote de Rey sin Corona: compositor, arreglista, interprete y al mejor estilo de los de su género vocalizaba las canciones mientras digitaba su acordeón, su compañero de todas las horas durante sus 50 años de su ejercicio profesional. Las diferencias empiezan al momento de catalogarlo como exponente del folklor Vallenato o del Sabanero, la dificultad estriba en que a él es muy difícil encasillarlo en algún género, por su originalidad y autenticidad, con los que se abrió su propio camino de éxito. Fue en vida muy multifacético, pasaba con la mayor naturalidad, sin inmutarse, de los cuatro aires del Vallenato (paseo, puya, son y merengue) a la cumbia o al porro y hasta la salsa!. Su talento lo catapultó mucho más allá de los límites patrios, pues su proyección y posicionamiento artístico no conoció fronteras.

Cultivó su propio e inconfundible estilo, picaresco, divertido, jocoso, juguetón y pegagoso, con los cuales le imprimió su propia impronta en las canciones que más éxitos le depararon, tales como El polvorete, El hijo de Tuta, Vampiro, Estás pilla´o, Parapolítico No, Las tapas o su interpretación de Baracunatana,

letra de Leonidas Plaza. En ello se puede equiparar con otros dos ejemplares de su música, Dulcey Gutiérrez y Aníbal Velásquez. Fue tan prolífico en sus composiciones y grabaciones, que superan los 100 como en el número de hijos que trajo al mundo, 16, sólo superado por el Cacique de la Junta Diomedes Díaz, que hasta la fecha le han sido reconocidos 21! Entre sus múltiples reconocimientos se cuenta El Congo de Oro del Festival de orquestas del Carnaval de Barranquilla.

Se nos fue Lisandro Meza, pero dejó un legado tan rico, tan importante, que lo trasciende a él y lo inmortaliza. Por designio de la Divina providencia se fue en vísperas de la Navidad, presagiando su partida en su canción que lleva por título premonitorio Domingo 24, que a la letra dice “ya llegó diciembre, la fiesta del mundo, a unos da alegría a otros llanto sin cesar…Si yo lloro déjenme llorarSabrá Dios si se acordará de mí” y se acordó de él, lo llamó a su presencia justo cuando lo necesitó. Paz en su tumba!

San Jerónimo (Antioquia), diciembre 24 de 2023

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