Más allá de su carrera como economista, su destacada trayectoria en el sector público y privado y su interés por convertirse en Senador por el partido Nuevo Liberalismo, Daniel Gómez Gaviria se reconoce así mismo como un melómano, amante de la educación y un ciudadano que quiere trabajar por Colombia.
Nació en Bogotá y vivió sus primeros años en un apartamento sobre la calle 82 con carrera 15. Sus padres tenían poco más de 20 años cuando lo tuvieron y aún eran estudiantes. Creció, según cuenta, en un entorno donde el estudio no era una obligación impuesta, sino parte natural del ambiente familiar.
Sus abuelos fueron profesores durante décadas en la Universidad Nacional de Colombia. Su abuelo, químico farmacéutico, enseñó allí durante 55 años; su abuela, bacterióloga, hizo parte de las primeras promociones femeninas de la institución. De su otro lado familiar, uno de sus abuelos participó en la creación de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes y llegó a ser rector.
Esa historia y entorno familiar marcó su formación. Estudió en el Colegio Anglo Colombiano y más adelante economía. Disciplina que se ha convertido en su identidad. “Yo soy muy economista”, asegura con orgullo.
A la par, la música ocupa un lugar igual de constante en su vida. Empezó a estudiar música a los siete años, es clarinetista y participó en coros desde el colegio hasta la universidad. De hecho, segn cuenta, su primer trámite como estudiante universitario de economía en Los Andes fue inscribirse al coro antes que organizar su horario académico.
Su infancia estuvo menos ligada al juego de barrio y más a las clases de solfeo, armonía e historia de la música. Mientras otros niños pasaban las tardes en la calle, él asistía a la academia musical. Allí aprendería una disciplina que se mantendría hasta su adultez.
En su casa se escuchaba música popular y música clásica. Por un lado a Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y Mercedes Sosa. Como herencia de su abuelo, a compositores como Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven, y muy especialmente, una grabación de la Novena Sinfonía dirigida por Leonard Bernstein tras la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, la música colombiana también marcó sus primeros años con los éxitos de Silva y Villalba, interpretados por su madre que tocaba flauta traversa.
Aunque durante un tiempo pensó en ser abogado, inspirado en la serie norteamericana ‘The Paper Chase’. Sin embargo, al terminar el colegio, terminó por dudar entre estudiar música o economía. Optó por la segunda bajo un criterio práctico: consideró más viable ejercer profesionalmente como economista y mantener la música como actividad paralela que intentar lo contrario.
Hoy por hoy esa pasión se mantiene. Según confiesa sigue asistiendo a conciertos, óperas y ensayos de coro. Es visitante frecuente del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo y de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Se considera buen bailarín de merengue mientras que con la salsa, como dirían los caleños, “baila muy como rolo”.
En lo personal se describe como disciplinado. Se levanta temprano, a las 5:30 a.m. y empieza el día bañándose y tendiendo la cama. Un hábito que mantiene incluso los fines de semana.
Trabajó por primera vez a los 14 o 15 años en una tienda del Parque del Chicó, más por iniciativa propia que por necesidad económica. Si siente hambre en la calle, elige empanadas de pipián. Le recuerdan a su abuela y a las onces familiares con ají de maní. Por su parte el ajiaco le evoca domingos en la finca. Incluso cuando vivió en Bruselas, en su primer trabajo profesional, invitó a colegas europeos a probar un ajiaco preparado por él mismo, con guascas deshidratadas enviadas desde Bogotá y vajilla de Ráquira.
Es soltero y no tiene hijos. En Bogotá disfruta reunirse con amigos, salir a cenar, al teatro y a conciertos. Mientras que fuera de la ciudad le gusta hacer viajes de naturaleza a destinos como Caño Cristales, la Serranía de La Lindosa o el Cocuy.
Aunque su formación musical es clásica, no descalifica expresiones contemporáneas. Frente a fenómenos como Bad Bunny, señala que, aunque no hace parte de su consumo habitual, reconoce su impacto cultural. Entre la economía, su disciplina y la música, Daniel construyó una identidad que combina formación técnica, cultura y un anhelo por contribuir al país, desde la política y la rama legislativa.
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