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Confidencial Noticias 2025

Etiqueta: Juan Camilo Clavijo

¿Es usted un idiota? … ¿útil?

Quienes han ganado las últimas elecciones, excepto Países Bajos, demuestran que el común denominador no solo son sus ideas políticas, sino que estos resultados reflejan lo que los electorados a nivel global realmente están buscando. Pero nosotros, los electores, seguimos viviendo una realidad pasada de moda; algunos incluso dirán que, al ritmo que vamos, la democracia misma parece estar desfasada.

Los ciudadanos seguimos creyendo que las ideas guían nuestro voto, y de ahí surgen interminables discusiones entre amigos y familiares, envueltas en argumentos sofisticados y razonamientos profundos. Sin embargo, en el fondo, todo se reduce a una simple justificación de nuestras pasiones y de la afinidad que sentimos hacia ciertos candidatos. Las campañas políticas lo saben, y por eso mueven nuestras emociones más que nuestras ideas. Las campañas modernas utilizan estratégicamente la pasión y las emociones para influir en la opinión pública y la conducta electoral, un fenómeno respaldado por evidencia científica.

 

Estudios como los de Ted Brader muestran que anuncios que generan entusiasmo aumentan la participación y refuerzan lealtades partidarias, mientras que los que despiertan miedo o ansiedad intensifican la atención y facilitan la persuasión mediante emociones más que argumentos racionales (Brader, 2005, American Journal of Political Science). Investigaciones más recientes también indican que emociones específicas como la ira o la conmoción moral (kama muta) incrementan la intención de apoyar a un candidato, recomendarlo o incluso financiarlo, especialmente cuando el mensaje coincide con la afiliación política del receptor (Báez-Mendoza et al., 2021, Frontiers in Psychology). Estos hallazgos respaldan la affective intelligence theory de George E. Marcus, que propone que emociones como ansiedad, ira y entusiasmo funcionan como sistemas cognitivos que modelan la atención, la deliberación y la acción del electorado, explicando por qué las campañas buscan encender pasiones más que presentar datos técnicos (Marcus et al., 2000, American Political Science Review).

Por ende, quienes se pelean por política con amigos y familiares son absolutos idiotas útiles, instrumentalizados por expertos cuya función se ve potenciadas por las redes sociales. Estas se han convertido en un canal estratégico para los políticos, ya que permiten difundir mensajes de manera rápida, segmentada y masiva, alcanzando distintos grupos del electorado con contenido diseñado para generar impacto emocional.

Publicaciones que evocan indignación, esperanza o orgullo captan más atención y generan mayor interacción, aumentando la visibilidad del mensaje y reforzando el compromiso de los seguidores. Este efecto se potencia gracias a la retroalimentación inmediata de likes, comentarios y compartidos, que estimula la repetición de conductas y la viralidad del contenido, convirtiendo la emoción en un motor de movilización política.

Actualmente, esta dinámica es especialmente relevante por la polarización social y política existente. Los candidatos y partidos usan las redes para construir narrativas que refuercen identidades partidarias, movilicen simpatizantes y amplifiquen mensajes clave, ajustando el contenido según intereses y comportamientos de los usuarios. Si bien esta estrategia aumenta la participación y el alcance de las campañas, también intensifica divisiones y vulnerabilidades frente a desinformación, generando impactos significativos en la estabilidad política y social del país.

Lo que estamos viendo no es un fallo de la democracia ni un accidente pasajero, sino el resultado lógico de un sistema que ha aprendido a explotar nuestras emociones y sesgos más básicos. Las campañas políticas modernas no solo nos venden candidatos; nos venden identidades, miedos y deseos, y lo hacen de manera calculada, científica y medible. Cada indignación compartida, cada like y cada retweet se convierte en un dato que alimenta la maquinaria de persuasión, transformando a los ciudadanos en peones de un juego emocional que ellos no eligieron jugar conscientemente.

Lo más alarmante no es solo que estemos siendo manipulados, sino que nosotros mismos nos hemos convertido en cómplices voluntarios de nuestra propia estupidez. Cada discusión acalorada con un amigo o familiar sobre política, cada “debate” en redes lleno de insultos y slogans reciclados, no es un acto de civismo ni de compromiso: es la evidencia de que hemos cedido nuestra razón al impulso de emociones diseñadas para controlarnos.  Nos creemos analíticos y justos, mientras en realidad actuamos como marionetas en manos de estrategas que miden nuestra ira y nuestro entusiasmo como si fueran métricas de productividad.

Si esto no es la derrota más flagrante de la democracia contemporánea, entonces ¿qué lo es? Las campañas no solo venden candidatos: venden identidades, miedos y deseos empaquetados en bytes y algoritmos, y el electorado más inteligente es aquel que todavía no se da cuenta de que su pasión es moneda de cambio.

Discutir sobre ideas en este contexto es un acto de autoengaño; pelear por política es un certificado de idiotez funcional. Cada like, comentario furioso o retweet contribuye a un ecosistema donde la emoción sustituye a la deliberación y donde la cohesión social y la estabilidad política se sacrifican en el altar del engagement digital. La conclusión es incómoda pero clara: si seguimos pensando que debatimos ideas mientras nos manipulan sistemáticamente, no somos ciudadanos, somos herramientas emotivas de un mercado político que nos utiliza y nos mide como ganado.

Juan Camilo Clavijo

El fin del orden sostenible: cuando la geopolítica sepulta al siglo

Para mí, hoy es imposible seguir escribiendo artículos centrados exclusivamente en sostenibilidad, ESG, economía verde o energías limpias, como si el planeta no estuviera atravesando el mayor cambio de paradigma político y geoestratégico desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. No desconozco la relevancia de estos temas —todo lo contrario—, pero insistir en ellos sin reconocer el contexto actual es, cuando menos, una forma elegante de negación.

El mundo que conocimos terminó.

 

Y no fue demolido por sus enemigos históricos, sino por su propio arquitecto: Estados Unidos.

El orden internacional basado en reglas, instituciones multilaterales y derecho internacional —imperfecto, sí, pero funcional— está siendo reemplazado por una lógica mucho más cruda: la ley del más fuerte. La soberanía y los intereses nacionales han pasado del discurso diplomático a la práctica sin maquillaje. La cooperación es ahora transaccional. La ética, opcional. El multilateralismo, un estorbo cuando no sirve.

Paradójicamente, este nuevo discurso solo funciona para quienes tienen músculo financiero, capacidad militar y peso político real. Estados Unidos, China y, en menor medida, Rusia pueden permitirse esta narrativa. Pueden romper reglas porque las escribieron. Pueden ignorar instituciones porque las financiaron. Pueden redefinir fronteras económicas y políticas porque tienen con qué imponerlas.

Pero ¿qué pasa con el resto del mundo?

La gran mayoría de los países no están entrando a una nueva era de soberanía, sino a una versión sofisticada del vasallaje. Estados medianos y pequeños, especialmente en América Latina, África y partes de Asia, no están jugando ajedrez geopolítico: están siendo piezas. Defender el paradigma del siglo XX —derechos, reglas, equilibrios— en el siglo XXI no es idealismo: es irrelevancia estratégica.

Estamos presenciando el regreso de una geopolítica que creíamos enterrada en los siglos XVIII y XIX. Un sistema donde la autonomía no se mide en votos en Naciones Unidas, sino en la capacidad de decir “no” sin consecuencias. Y hoy, muy pocos pueden hacerlo.

La supuesta soberanía de muchos países se reduce a gestos simbólicos: visitas oficiales, cumbres cuidadosamente coreografiadas y comunicados conjuntos que esconden relaciones profundamente asimétricas. La diplomacia se parece cada vez más a un ritual de cortesía hacia el emperador de turno. Cambian los nombres, pero no la lógica.

El nuevo “equilibrio internacional” no busca estabilidad global, sino control. Control sobre quién puede desarrollar tecnología sensible, quién puede comerciar con quién, quién puede aliarse y quién no. Casos como Argentina o México, presionados para enfriar o cortar vínculos estratégicos con China, no son anomalías: son adelantos de un patrón que se repetirá.

Y aquí está el punto incómodo que pocos quieren decir en voz alta:

en este contexto, hablar de sostenibilidad sin hablar de poder es una ilusión peligrosa.

El sistema económico global necesitaba cambios, sin duda. La globalización no llegó a todos, y sus beneficios se concentraron en pocos. Pero lo que está emergiendo no es un modelo más justo, ni más verde, ni más humano. La brecha entre ricos y pobres sigue ampliándose, el costo de la vida se dispara y los salarios pierden poder adquisitivo de forma sistemática. La transición no está siendo socialmente sostenible, y mucho menos políticamente estable.

La verdadera discusión que deberíamos estar teniendo no es cómo hacer reportes ESG más sofisticados, sino cómo los países sin poder duro pueden sobrevivir —y tener agencia— en un mundo donde las reglas ya no los protegen.

La innovación hoy no está en un nuevo indicador de impacto. Está en repensar la soberanía, las alianzas regionales reales (no declarativas), la autonomía estratégica y la capacidad de negociación colectiva. Está en entender que sin poder político y económico, no hay transición verde posible. Y que sin justicia geopolítica, no habrá sostenibilidad que aguante.

El siglo XXI no será sostenible si primero no es gobernable. Y hoy, el mundo va exactamente en la dirección contraria.

Juan Camilo Clavijo Martín

Inversiones globales con lentes locales

Alemania se compromete con 1.000 millones de euros al fondo de bosques tropicales de Brasil (Reuters, noviembre 19/2025)

La Unión Europea simplifica los fondos de inversión sostenibles para evitar el greenwashing (Cinco Días, noviembre 20/2025)

 

La ISSB integra los riesgos relacionados con la naturaleza en los estándares globales de reporte (Financial News, noviembre 19/2025)

En las últimas semanas, el mundo de la sostenibilidad nos ha reconocido algo que muchos pedimos: la naturaleza no espera y nosotros tampoco podemos hacerlo. Alemania anunció que invertirá 1000 millones de euros en el fondo de bosques tropicales de Brasil, la Unión Europea está reformando sus reglas para que los fondos sostenibles sean más claros y la ISSB (Consejo de Normas Internacionales de Sostenibilidad, por sus siglas en inglés) se prepara para que los riesgos relacionados con la naturaleza dejen de ser un tema secundario en los reportes financieros. Noticias que, al principio, pueden parecer distantes, pero que juntas nos cuentan algo más profundo: la biodiversidad empieza a ser reconocida como un verdadero activo estratégico.

La inversión alemana en la Amazonía es un gesto histórico, sin duda, pero también nos recuerda lo difícil que es proteger lo que es de todos y, al mismo tiempo, de nadie. En Brasil, muchas comunidades dependen de la selva para vivir, mientras que las presiones de la agricultura industrial y la tala ilegal siguen ahí. Para que este dinero realmente funcione, no basta con transferirlo; hace falta fortalecer las instituciones locales, involucrar a las comunidades y apoyar los proyectos de base que ya están haciendo un trabajo increíble. Por ejemplo, en Mato Grosso, iniciativas indígenas están usando tecnología satelital y conocimiento ancestral para monitorear la selva y denunciar la deforestación, demostrando que la combinación de ciencia y cultura local puede ser más potente que cualquier política nacional.

En Europa, la reforma del SFDR (Reglamento de Divulgación de Finanzas Sostenibles, por sus siglas en inglés) busca ponerle fin a la confusión sobre qué fondos son realmente sostenibles. Pero no es magia: los gestores de fondos tienen que adaptarse rápido, y los inversionistas, especialmente los menos experimentados, pueden perderse entre cifras y clasificaciones. Aquí la solución está en educar, en dar herramientas claras y confiables. Fundaciones como WWF y grupos como la UNEP-FI están trabajando en guías de inversión que combinan impacto real con rentabilidad, algo que demuestra que la sostenibilidad no está peleada con el sentido común financiero.

Y luego está la ISSB, que con su decisión de integrar los riesgos de naturaleza en los reportes financieros nos está diciendo algo que deberíamos haber sabido hace tiempo: lo que dependemos de la naturaleza es tan real como nuestra deuda o nuestro flujo de caja. Empresas como Natura en Brasil o Patagonia en Estados Unidos ya reportan cómo sus operaciones dependen de la biodiversidad y qué impacto tienen, mostrando que es posible hacerlo sin que la contabilidad se vuelva un laberinto. Aun así, muchas pymes y empresas medianas luchan por recopilar estos datos. Por eso es importante que los estándares sean escalables y que existan herramientas accesibles que permitan a todos participar sin sentirse abrumados.

Lo cierto es que ninguna inversión o regulación por sí sola garantiza la conservación. Sin políticas locales fuertes, sin educación ambiental y sin la participación de la comunidad, los resultados pueden ser regulares, en el mejor de los casos.

Por eso proyectos que conectan la inversión financiera con la gobernanza territorial, los conocimientos indígenas y la educación ambiental son los que realmente marcan la diferencia. Por ejemplo, programas en Perú que vinculan pagos por conservación con educación comunitaria han logrado reducir la tala ilegal mientras generan ingresos directos para las familias locales. Ese es el tipo de enfoque que necesitamos ver replicado en todas partes.

Lo que estas noticias muestran es un cambio profundo: la biodiversidad empieza a ocupar el lugar que siempre debió tener. Ya no es un tema de ética ambiental; es económico, social y humano. Proteger la naturaleza significa asegurar el agua, los alimentos, la energía y la estabilidad de nuestras comunidades. Pero también implica reconocer los retos: la gobernanza local, la recopilación de datos confiables, la transparencia de los fondos y la educación de los inversionistas son obstáculos reales que requieren soluciones creativas y colaborativas.

Si algo queda claro, es que estamos ante una oportunidad histórica. Invertir en la naturaleza no es solo un acto responsable; es un acto inteligente. La combinación de inversión, regulación y estándares globales puede ser la llave para que la conservación deje de ser un ideal lejano y se convierta en un proyecto tangible, con impacto medible, que beneficie tanto a los ecosistemas como a quienes vivimos de ellos.

Es más, si logramos que estas acciones se sientan cercanas, conectadas con historias humanas, con comunidades y empresas que ya están dando pasos concretos, entonces la sostenibilidad deja de ser un concepto abstracto y se transforma en algo que todos podemos entender, apoyar y replicar.

Juan Camilo Clavijo

El mundo ya perdió el 1.5 °c: lo que viene no es financiero, es social

Dadas la magnitud de los recortes necesarios, el poco tiempo disponible para implementarlos y un contexto político desafiante, un sobrepaso del umbral de 1,5 °C ocurrirá, muy probablemente dentro de la próxima década. UNEP. Emissions Gap Report 2025: Off Target.

Los últimos análisis del Emissions Gap Report del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) muestran una realidad contundente y preocupante: aun si los países cumplen sus compromisos climáticos actuales, el mundo sigue encaminado hacia 2.8 °C de calentamiento global.

 

Este dato no es técnico; es político, social y existencial. Significa que los modelos de sostenibilidad y de ESG —pensados para gestionar riesgos en un mundo de 1.5 °C— son ahora insuficientes frente a un escenario de impactos más agresivos, menos previsibles y, sobre todo, con efectos desproporcionados sobre las comunidades que históricamente han protegido los ecosistemas: las comunidades indígenas.

Estas comunidades son guardianas del 80% de la biodiversidad que queda en el planeta. Esto quiere decir que, si realmente queremos proteger los sistemas naturales que sostienen la vida —la selva amazónica, la cuenca del Congo, los bosques de Papúa Nueva Guinea, las selvas del Sudeste Asiático, y las reservas marinas del Pacífico Sur y Norte frente a Canadá y Estados Unidos, entre otros ecosistemas— es imprescindible empoderar a quienes han sabido conservarlos durante siglos. No es una narrativa romántica: es un hecho estratégico. Si queremos conservar los pulmones del mundo, necesitamos fortalecer a sus guardianes.

Sin embargo, la realidad actual es otra. Las comunidades indígenas reciben menos del 1% de la financiación climática internacional. Además, sus modelos de gobernanza rara vez se tienen en cuenta en las decisiones. Con demasiada frecuencia, la llamada “consulta previa” se reduce a una casilla por marcar dentro de un formulario corporativo, para avanzar con un proyecto que ya está diseñado antes de que la comunidad tenga voz.

Los ESG, en su forma actual, ¿han contribuido a mejorar la gestión de riesgos de las empresas? La respuesta es sí. Pero cuando se trata de trabajar con comunidades, se queda corto. No puede negar su naturaleza extractiva: recoge información cultural, geográfica, social y política para alimentar reportes corporativos, sin retorno para esas comunidades o, peor aún, sin transparencia sobre el uso de esos datos.

Ha llegado el momento de que los criterios ESG evolucionen. Deben pasar de ser transaccionales a ser transformacionales. Es decir, dejar atrás la lógica de “evito riesgos, reporto métricas, reduzco mi huella” y avanzar hacia una postura afirmativa: “redistribuyo poder, comparto decisiones, regenero sistemas.” Lo uno no excluye lo otro. Al contrario: redistribuir poder, compartir decisiones y regenerar sistemas incluye —y amplía— la mitigación de riesgos, la medición de resultados y la reducción de impactos. La diferencia es que esta expansión genera beneficios reales en el territorio y para las personas, no solo en los informes.

Esto implica un cambio profundo, que también debe venir desde las políticas públicas. Las leyes y marcos regulatorios deben abrir espacio a la participación real y a la gobernanza compartida, no solo exigir a las empresas que “consulten”: deben empoderar a las comunidades, fortalecer sus capacidades y asegurarles acceso directo a recursos y decisiones. Porque lo que está en juego es mayor que una matriz de indicadores ESG.

Si no hacemos este cambio, en un planeta que se calienta 2.8 °C, los riesgos dejarán de ser financieros para convertirse en riesgos sociales: acceso al agua, salud, migración forzada, seguridad alimentaria. En ese escenario, los modelos de gestión del agua ya no pueden depender únicamente de infraestructura o soluciones tecnológicas. Deben integrar los saberes indígenas sobre cómo regenerar ecosistemas en lugar de limitarse a mitigar impactos. La resiliencia ya no puede medirse por la cantidad de proyectos ejecutados, sino por la capacidad de una comunidad de mantener su forma de vida con autonomía y dignidad.

Este no es un llamado a añadir un indicador nuevo a una hoja de cálculo. Es un llamado a cambiar el centro de gravedad del ESG: de la gestión de proyectos a la regeneración de sistemas. De la participación simbólica a la gobernanza compartida. De la consulta al co-liderazgo.

Porque si no lo hacemos, no solo estaremos fallando en nuestras métricas de sostenibilidad. Estaremos fallando como humanidad.

Juan Camilo Clavijo

Lo ambiental en un gobierno a pesar de si mismo

Cuando Gustavo Petro asumió la presidencia, prometió que Colombia se convertiría en una “potencia mundial de la vida”. Fue un discurso poderoso, lleno de simbolismo y esperanza, que planteaba un cambio profundo en la relación del país con su territorio, sus recursos naturales y su gente. Dos años después, la promesa sigue agitando los discursos desde la Casa de Nariño, pero se ha quedado ahí, solo discurso.

En los primeros meses de su gobierno, se sintió un impulso renovador. El país empezó a hablar de transición energética, de justicia ambiental, de poner el agua en el centro de las decisiones. Y, en efecto, algunos avances concretos se han materializado. De acuerdo con el Departamento Nacional de Planeación, Colombia alcanzó un avance del 60 % en la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y en el frente social, más de un millón y medio de personas salieron de la pobreza monetaria entre 2022 y 2023. Son cifras que dan cuenta de un esfuerzo real por combinar la sostenibilidad ambiental con la inclusión social, algo que muy pocos gobiernos en la región han intentado con seriedad.

 

También hubo señales alentadoras en el sector energético. En 2024, se aprobaron 25 nuevas licencias para proyectos de energías renovables —una cifra sin precedentes en la historia del país—, entre parques eólicos y solares que, juntos, podrían aportar más de cinco gigavatios de capacidad limpia a la matriz nacional. Hubo además avances en la reglamentación de la ley de plásticos de un solo uso, en la protección de humedales y en la formalización de tierras campesinas. Son pasos que, en cualquier otra coyuntura, podrían verse como logros contundentes. Pero en Colombia, donde las heridas ambientales son profundas y las economías ilegales se mezclan con la vida cotidiana, el cambio nunca ha sido lineal.

La deforestación es un buen ejemplo de esa contradicción. En 2023, el país logró una reducción histórica del 36 % en la pérdida de bosques respecto al año anterior, llegando a la cifra más baja en casi una década. En la Amazonía, la caída fue incluso más pronunciada, y por un momento pareció que la tendencia al desastre podía revertirse. Pero la alegría duró poco. En 2024, los datos del IDEAM y de organismos internacionales mostraron que la deforestación volvió a aumentar, esta vez en un 35 %, con más de 107 mil hectáreas arrasadas. Las causas son las mismas de siempre: expansión ganadera, acaparamiento de tierras, cultivos ilícitos y minería ilegal. Los acuerdos de conservación con campesinos y comunidades ayudaron a contener la destrucción en algunos territorios, pero los grupos armados y la falta de control estatal en otros terminaron por diluir los esfuerzos.

La minería ilegal, por su parte, sigue siendo una llaga abierta. Está presente en casi todo el país y ha contaminado ríos, suelos y vidas enteras. La Defensoría del Pueblo estima que cada año se vierten más de 13 millones de metros cúbicos de agua contaminada con mercurio en los ríos colombianos. Es una cifra difícil de imaginar, pero detrás de ella hay historias muy concretas: niños con problemas neurológicos, peces que ya no se pueden comer, comunidades enteras que dependen del agua envenenada. A pesar de los operativos, las incautaciones y la retórica de control, el negocio ilegal del oro continúa siendo una de las principales fuentes de destrucción ambiental del país.

En paralelo, la contaminación de las fuentes hídricas ha crecido silenciosamente. Diez departamentos están hoy en riesgo por la presencia de mercurio y otros metales pesados, y en algunos ríos, como el Nechí, los niveles de contaminación superan ampliamente los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud. El gobierno creó una “Policía del Agua”, con más de ocho mil agentes encargados de proteger los cuerpos hídricos. Es una idea valiosa, pero simbólicamente insuficiente frente a la magnitud del problema. Sumando una capa mas a la insuficiencia de hombres en la Policía Nacional.

El Plan Nacional de Desarrollo, titulado Colombia Potencia Mundial de la Vida, recoge una visión ambiciosa: ordenar el territorio alrededor del agua, transformar la economía hacia modelos limpios y asegurar una transición energética justa. La intención está ahí, pero la realidad la desafía todos los días. Las cifras mejoran en unos frentes y retroceden en otros; las leyes avanzan en el papel, pero chocan con la informalidad, la violencia, la corrupción y la falta de capacidad institucional.

En muchos sentidos, Petro está intentando cambiar la lógica de desarrollo de un país construido sobre la extracción, la desigualdad y la dependencia de los combustibles fósiles. Pero hacerlo en cuatro años, en medio de una crisis social y política constante, es casi una misión imposible. La sostenibilidad no se decreta: se construye con tiempo, con confianza, con instituciones sólidas y con una ciudadanía que crea en el proceso.

Hoy, Colombia tiene razones para sentirse esperanzada, pero también para ser cauta. Ha habido logros: más energía limpia o mayor conciencia ambiental. Pero los desafíos siguen siendo enormes. Frenar la deforestación, erradicar la minería ilegal, descontaminar los ríos y garantizar agua segura para todos no son metas de un gobierno, sino tareas de una generación entera.

Petro quiso que su legado fuera el de un país reconciliado con la naturaleza. El discurso de la “vida” sigue siendo poderoso, pero necesita de hechos duraderos, concentración en acciones concretas, tanto ambientales como de seguridad, burócratas eficaces, y calma política (todo lo opuesto a lo que es Petro como político).

La gran pregunta es: ¿es posible que este gobierno cumpla su promesa ambiental (y todas las demás) a pesar de si mismo?

Juan Camilo Clavijo

Los jóvenes, los ignorados

En los últimos meses, las calles de ciudades como Antananarivo, Lima, Rabat, Yakarta y Manila se han llenado de jóvenes exigiendo cambios urgentes. Jóvenes que sienten que el mundo que heredarán está en llamas, que las promesas de los líderes se quedan en papel y que cada desastre natural, cada inundación o sequía, es un recordatorio de la falta de acción real.

Estos jóvenes no piden pequeños ajustes; reclaman justicia climática, igualdad social y gobiernos transparentes. Su voz es intensa, urgente, casi desesperada, y no están dispuestos a esperar décadas mientras los líderes discuten metas a largo plazo y políticas tibias.

 

Por otro lado, los líderes mundiales parecen moverse en un ritmo diferente. En las cumbres internacionales, entre discursos y compromisos, las decisiones son medidas, estudiadas, muchas veces dilatadas por intereses económicos y políticos. Prometen reducción de emisiones para 2050, planes de adaptación para el futuro y metas de inversión en energías verdes. Pero mientras ellos negocian y calculan, los jóvenes ven cómo el clima se deteriora, cómo la desigualdad se profundiza y cómo la corrupción frena cualquier avance tangible.

Esto, en cuanto a los que hablan de estos temas. Pero presidentes y partidos políticos de las grandes economías del planeta, no solo ignoran el tema, sino lo niegan a toda costa, llevando al mundo en esta dirección. Conocemos de manera exhaustiva las medidas tomadas en Argentina, Estados Unidos, Hungría, y otras naciones con gobiernos que declararon la guerra a la sostenibilidad.

Este contraste genera una sensación inquietante: los jóvenes exigen acción inmediata, soluciones visibles y rendición de cuentas; los líderes ofrecen marcos de acción a largo plazo, promesas vacías y compromisos que muchas veces se quedan en la teoría, o incluso ofrecen un incremento en la contaminación en nombre del crecimiento económico. ¿Es posible reconciliar estas dos velocidades? ¿o tres velocidades? ¿Cómo confiar en una dirección que parece moverse más lentamente que los propios desastres que amenaza nuestra vida cotidiana?

Los ejemplos son claros. En Madagascar, la sequía ha dejado a comunidades enteras sin agua suficiente, mientras los gobiernos hablan de estrategias climáticas nacionales que tardarán años en implementarse. En Perú, las protestas contra la corrupción y la mala gestión de los recursos naturales coinciden con planes mineros que prometen crecimiento económico, pero ignoran la destrucción ambiental local. En Filipinas, los jóvenes enfrentan tifones devastadores año tras año, mientras la política energética sigue priorizando combustibles fósiles.

Estos movimientos juveniles no solo son una reacción emocional; son un llamado urgente a repensar la manera en que medimos el progreso. Demandan que la sostenibilidad, la equidad y la justicia no sean conceptos abstractos en informes o discursos, sino acciones concretas que mejoren la vida de todos aquí y ahora.

Nos queda preguntarnos: ¿podrán los líderes del mundo escuchar realmente este clamor, o seguiremos atrapados en un ciclo donde la urgencia de los jóvenes se estrella contra la lentitud de la política internacional? El futuro parece estar en juego, y la brecha entre quienes sienten y quienes deciden nunca había sido tan evidente.

PD: ¿Acaso es solo un sector de los jóvenes? ¿o solo en algunos países? La participación juvenil fue un factor clave en la victoria de Donald Trump: en 2024 logró aumentar su porcentaje entre votantes de 18 a 29 años, pasando de ganar alrededor del 36 % de ese grupo en 2020 a cerca del 46 % en esa franja etaria en esta elección. Este cambio no fue casualidad; muchos jóvenes estaban hartos del estancamiento económico, los precios que no paran de subir, la deuda estudiantil, y la incertidumbre sobre su futuro.

A eso se suman factores culturales y de comunicación: redes sociales, medios alternativos y discursos que apelan a la identidad, al resentimiento o al deseo de alguien que “haga algo distinto”. Este empujón de jóvenes desencantados le dio a Trump una base de apoyo más amplia, especialmente entre hombres jóvenes, personas sin título universitario o con preocupaciones económicas inmediatas.

¿los jóvenes no siempre son rebeldes o liberales? ¿o viceversa?

Juan Camilo Clavijo

PFZW, BlackRock y la geopolítica del ESG: ¿hacia un nuevo mapa financiero?

El fondo de pensiones holandés PFZW dejó de invertir en fondos de acciones gestionados por BlackRock (BLK.N), en parte por preocupaciones sobre el historial de votación de la firma estadounidense en temas de sostenibilidad, según informó su gestora principal, PGGM, el pasado miércoles.

Esta decisión se enmarca en una campaña más amplia en los Países Bajos que busca presionar a los grandes planes de pensiones para que se alejen de los gestores que han reducido su apoyo a las resoluciones climáticas en las juntas de accionistas (Reuters, 3 de septiembre).

 

El fondo justificó su salida señalando la falta de alineación en los compromisos climáticos y en las prácticas de gobernanza. PFZW, que administra los ahorros de jubilación de los trabajadores de la salud, ha venido afinando su estrategia de sostenibilidad, exigiendo a los gestores de activos no solo comprometerse con trayectorias hacia las cero emisiones, sino también utilizar activamente su poder de voto para acelerar la descarbonización corporativa. En contraste, BlackRock y LGIM fueron percibidos como demasiado pasivos o demasiado condicionados por las presiones políticas en Estados Unidos, particularmente ante la reacción contra la inversión ESG en varios estados norteamericanos.

Este giro va más allá de un asunto de principios: es una señal clara de divergencia en los mercados de capitales globales. En Europa, los reguladores, los fondos de pensiones y los inversionistas institucionales han integrado la sostenibilidad como un deber fiduciario esencial.

Normativas como el SFDR y la Directiva sobre Informes de Sostenibilidad Corporativa (CSRD) imponen obligaciones de divulgación estrictas que dejan poco margen a la ambigüedad. En este contexto, los propietarios de activos europeos se están alejando de las estrategias pasivas basadas en índices de referencia y avanzan hacia enfoques más activos, donde la integración ESG sea demostrable, medible y exigible.

Para los gestores estadounidenses, el caso de PFZW expone una vulnerabilidad creciente: el difícil equilibrio entre apaciguar las presiones políticas internas y responder a las expectativas de clientes institucionales globales. Si más inversionistas europeos siguen el ejemplo de PFZW, las firmas estadounidenses podrían enfrentar una presión cada vez mayor para aclarar su postura sobre ESG, fortalecer sus prácticas de gobernanza y alinearse de forma más explícita con los marcos climáticos internacionales.

Al mismo tiempo, este movimiento subraya una tendencia más amplia: la reasignación de capital basada en la credibilidad en sostenibilidad. La salida de miles de millones de euros de los mayores gestores de activos del mundo demuestra que el ESG ya no es solo una cuestión reputacional; se está convirtiendo en un factor decisivo de competitividad y cuota de mercado.

En muchos sentidos, la decisión de PFZW es un aviso: los gestores globales que quieran competir en Europa deberán cumplir con las reglas europeas en materia de ESG. La capacidad de las firmas estadounidenses para conciliar la oposición política interna con las crecientes exigencias de sostenibilidad en el exterior definirá no solo su base de clientes, sino también la futura geografía de las finanzas sostenibles.

Estas decisiones en los mercados de capitales son también otro síntoma del aislamiento que está experimentando Estados Unidos en distintos frentes: en sus relaciones internacionales, en lo multilateral, en lo comercial e incluso en la fortaleza democrática de sus instituciones. Y todo ello empieza a tener un efecto visible en las transacciones bursátiles internacionales.

La pregunta que queda abierta es: si este es el ejemplo de un fondo europeo, ¿qué ocurrirá con el otro gran jugador mundial? ¿Seguirá China el camino marcado por los Países Bajos o, por el contrario, continuará con su estrategia de adquirir bonos de la Reserva Federal e invertir en Estados Unidos?

Como en el resto de la geopolítica internacional, conviene seguir de cerca este tipo de movimientos para identificar si estamos ante una tendencia general de los mercados —con un impacto potencialmente fuerte en la economía estadounidense y, por ende, en una de las banderas políticas de Donald Trump— o si se trata simplemente de una acción aislada por parte de un fondo neerlandés.

Por: Juan Camilo Clavijo Martín

Una capa plástica más

Las negociaciones del tratado sobre plásticos de la ONU fracasan después de que Estados Unidos se uniera a los petroestados para bloquear la acción.

Los delegados criticaron el papel de la administración Trump al alinearse con Arabia Saudita y otros productores petroquímicos. (Financial Times, Agosto 15, 2025)

 

Para tener claridad del impacto que esto tiene, cada año se producen más de 400 millones de toneladas de plástico, de las cuales aproximadamente 12 millones de toneladas llegan a los océanos, afectando a peces, aves y mamíferos marinos. Solo alrededor del 9 % del plástico producido históricamente ha sido reciclado, mientras que el 79 % restante termina en vertederos o en el medio natural, donde puede tardar cientos de años en descomponerse. La fragmentación de plásticos en microplásticos contamina el agua, suelo y aire, con impactos potencialmente graves sobre la biodiversidad y la salud humana.

Además del daño ecológico, los plásticos contribuyen significativamente al cambio climático. Su producción depende de combustibles fósiles, representando entre un 4 y 8 % del petróleo mundial, y la fabricación e incineración de plásticos genera cerca de 1,8 gigatoneladas de CO₂ al año. Si no se implementan medidas globales efectivas, estas emisiones podrían triplicarse para 2050.

El tratado global sobre la contaminación plástica se lanzó en 2022 por la ONU con el objetivo de crear un acuerdo vinculante que abordara la problemática de los plásticos desde su producción hasta la gestión de residuos. Desde sus inicios, el tratado buscaba no solo mejorar el reciclaje, sino también regular la producción de plásticos de un solo uso y controlar los químicos tóxicos presentes en ellos.

El ente que lidera esas negociaciones fue el Comité Intergubernamental de Negociación (INC). En 2023, en la tercera sesión, se presentó el primer borrador del tratado que incluía producción, químicos y reciclaje. Sin embargo, en la quinta sesión, realizada en Busan en diciembre de 2024, comenzaron a surgir divisiones profundas: más de cien países defendían la necesidad de limitar la producción de plásticos y regular los químicos, mientras que países petroleros como Arabia Saudita, Kuwait y Estados Unidos se mostraban reacios a comprometerse en esos frentes, prefiriendo concentrarse únicamente en la gestión de residuos y en promover una economía circular.

Las divisiones tuvieron su punto álgido en agosto de 2025, durante la sexta sesión del INC en Ginebra, donde las negociaciones fracasaron sin lograr un acuerdo vinculante. La oposición firme de los petroestados y de Estados Unidos fue determinante, evidenciando la imposibilidad de conciliar los intereses económicos con la urgencia ambiental.

Obviamente, la posición de estos países no fue solamente una decisión de sus gobiernos. Según analistas de AP News y Financial Times, esta presión corporativa fue uno de los factores que llevaron al fracaso de las negociaciones de Ginebra en agosto de 2025.Los fabricantes de resinas, polímeros y derivados del petróleo cuentan con recursos financieros y estratégicos significativos para presionar a los gobiernos y moldear políticas a su favor.

Su objetivo principal ha sido evitar regulaciones que limiten la producción de plásticos o restrinjan ciertos químicos utilizados en su fabricación, y en cambio promover enfoques centrados en la economía circular y el reciclaje, que no afectan directamente sus volúmenes de producción ni sus ganancias.

Para complementar su labor de lobby, realizan campañas de relaciones públicas, presentando el reciclaje y la reutilización como soluciones suficientes para la crisis plástica, minimizando la necesidad de reducir la producción. Una narrativa que los consumidores creemos de principio a fin.

El fracaso de las negociaciones del tratado global de plásticos en Ginebra tiene consecuencias directas y graves para América Latina. Países como Brasil, México y Colombia dependen en gran medida de la exportación e importación de plásticos y productos derivados del petróleo, y gran parte de sus residuos terminan en ríos y océanos, afectando ecosistemas clave como la Amazonía, el Caribe y el Pacífico.

Sin un marco internacional vinculante, la presión sobre estos países para reducir la producción de plásticos y regular los químicos tóxicos se debilita, lo que retrasa políticas nacionales de reducción de plásticos de un solo uso y aumenta la acumulación de desechos en ecosistemas sensibles.

Además, la ausencia de un acuerdo global limita la capacidad de los gobiernos latinoamericanos para recibir financiamiento y asistencia técnica para mejorar sus sistemas de reciclaje y gestión de residuos. Por ejemplo, en Perú y Chile, iniciativas locales para promover la economía circular y el reciclaje de plásticos dependen en gran medida de incentivos internacionales y cooperación técnica; sin un tratado global, estos programas enfrentan desafíos de sostenibilidad y escalabilidad.

En Centroamérica, países como Guatemala y Honduras luchan contra la contaminación de ríos y costas, donde la falta de un marco regulatorio internacional reduce la presión sobre las empresas multinacionales para asumir responsabilidad en sus cadenas de producción y distribución.

El fracaso de este tratado es una capa mas en esta ola de negacionismo del cambio climático, que viene de una falsa creencia en el fomento de los negocios, pero que a futuro el costo va a ser tan alto, que las empresas necesitaran de ayudas para afrontar temperaturas extremas, desertificación, o falta de agua

Juan Camilo Clavijo

IA, ESG y justicia climática: ¿una nueva era de responsabilidad?

El 25 de julio de 2025, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) emitió una opinión consultiva histórica: los países tienen una obligación jurídica internacional urgente de reducir sus emisiones y podrían ser responsables legalmente ante tribunales internacionales. La CIJ reconoció que el derecho a un ambiente limpio y saludable es parte integral de los derechos humanos (Reuters, 25 de julio de 2025).

Esta declaración podría redefinir el campo de la responsabilidad estatal y corporativa en materia ambiental, al abrir la puerta a demandas internacionales contra países históricamente emisores. Por ejemplo, Honduras podría demandar a Guatemala por la contaminación del río Motagua, cuyo cauce compartido ha sido gravemente afectado por residuos plásticos y aguas residuales.

 

En el caso colombiano, instituciones como la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado tendrían que desarrollar nuevas líneas de trabajo para hacer frente a potenciales demandas ambientales. Esto implicaría impactos fiscales y operativos directos sobre las finanzas públicas, y exigiría una modernización institucional sin precedentes.

En este nuevo contexto legal, la inteligencia artificial emerge como una herramienta clave para auditar, medir e incluso predecir comportamientos ESG (ambientales, sociales y de gobernanza). Al igual que lo hace en otros sectores, la IA puede reforzar la transparencia y la rendición de cuentas, al identificar desviaciones en los informes de sostenibilidad o prácticas de greenwashing.

Según S&P Global (Flash Survey: The sustainability opportunities — and risks — companies see in AI, enero 2025), el uso de IA permite reducir hasta un 40 % el tiempo de procesamiento de datos ESG y aumentar la precisión en un 30 %. Asi mismo, herramientas como RepRisk, Truvalue Labs o Climavision ya utilizan procesamiento de lenguaje natural (NLP) y aprendizaje automático para extraer información relevante desde medios, reportes o redes sociales. Esto permite detectar inconsistencias, riesgos reputacionales y prácticas engañosas antes de que se traduzcan en pérdidas financieras.

Estas tecnologías podrían transformar radicalmente la sostenibilidad corporativa, eliminando excusas tradicionales como el costo de auditorías ESG, la falta de datos confiables o la ambigüedad legal. Entramos así en una posible «era de responsabilidad aumentada», donde ya no hay margen para la inacción.

Imaginemos el siguiente escenario:

Países y empresas no logran los objetivos del Acuerdo de París (como pasa en la actualidad), o lo que es peor, aseguran haberlos alcanzado mediante informes maquillados. En ese caso, con el respaldo jurídico de la CIJ y la capacidad de la IA para detectar inconsistencias, se podrían presentar demandas internacionales bien fundamentadas. Ya existen aplicaciones de IA que analizan patrones de consumo energético, evalúan el impacto ambiental de cadenas de suministro, y detectan anomalías en reportes de sostenibilidad. Algunos bancos y fondos de inversión están integrando IA en sus análisis de riesgo ESG, lo que también puede afectar la calificación crediticia de una empresa.

Sin embargo, no todo es optimismo. Así como la IA puede detectar fraudes o malas prácticas, también puede reproducir sesgos relacionados con etnicidad, género, cultura o clase, ya que sus algoritmos son programados por humanos y entrenados con datos sesgados. Esto plantea un riesgo serio en el contexto de la justicia climática, ya que las comunidades históricamente vulnerables —como pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes o países del Sur global— podrían seguir siendo subrepresentadas o ignoradas en los modelos predictivos.

Por ello, es urgente garantizar que la IA aplicada a la sostenibilidad incorpore principios de justicia interseccional, intercultural e intergeneracional, para no reproducir las mismas desigualdades que el sistema ESG tradicional ha sido incapaz de resolver.

Tanto el fallo de la CIJ como el avance de la IA marcan un punto de inflexión. La justicia climática ya no es solo una exigencia ética o política: se convierte en un mandato legal y algorítmico. Pero para que esta nueva era de responsabilidad sea verdaderamente transformadora, la inteligencia artificial debe ser transparente, inclusiva y justa. De lo contrario, corremos el riesgo de que se convierta en una herramienta más al servicio del statu quo.

Juan Camilo Clavijo

La sostenibilidad en tiempos de incertidumbre: ¿evolución o resistencia?

Obstáculos a las energías renovables: nuevas exigencias para proyectos de energía eólica y solar en tierras federales están ralentizando su despliegue, afectando incentivos fiscales y obstaculizando la transición energética (The Washington Post, 17 de julio de 2025).

Al igual que la democracia, la justicia, ciertos aspectos de la economía o la diplomacia, la sostenibilidad también se ve amenazada por esta nueva ola de conservadurismo. Esto provoca un nivel de incertidumbre, en todos los ámbitos, que no habíamos experimentado en nuestra época.

 

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Hoy en día, atacar la sostenibilidad se ha convertido en una herramienta política, desplazándola de su análisis técnico y su objetividad científica. Lo vemos reflejado en acciones como la mencionada al inicio de este artículo. Al presidente de Estados Unidos no le basta con eliminar controles y permisos ambientales ni con reducir impuestos a empresas extractivistas; ahora también impone barreras a proyectos de energías renovables. Se trata de un ataque político deliberado a las iniciativas sostenibles.

Pero no podemos quedarnos en la queja constante ni en la perplejidad inmovilizadora. La pregunta es clara: ¿la sostenibilidad debe evolucionar o resistir? Esta interrogante podría aplicarse también a otros ámbitos que están atravesando transformaciones abruptas. Pero en este artículo, me enfocaré exclusivamente en la sostenibilidad.

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Es evidente que la incertidumbre generada por líderes como Donald Trump y otros actores conservadores obliga a repensar la sostenibilidad. Ya no puede verse como un lujo o un complemento corporativo. Hoy, más que nunca, es una herramienta estratégica para garantizar resiliencia, legitimidad social y estabilidad a largo plazo, especialmente en un contexto de cambio climático cada vez más acelerado.

Para que esto sea posible, es necesario adaptarse con inteligencia y rapidez, interpretando el entorno con claridad. Los actores clave deben continuar trabajando en sostenibilidad sin ser estigmatizados como “izquierdistas” o “creyentes woke”, etiquetas que han causado un gran daño a este campo.

Un buen ejemplo de adaptación lo dan empresas como IKEA y Unilever, que han ajustado su narrativa: han dejado de utilizar términos como “cero emisiones” y, en su lugar, hablan de “eficiencia”, “reducción de costos”, “innovación local” y “bienestar del consumidor”. Asimismo, ante el aumento de las tasas de interés y un escrutinio regulatorio más severo, muchos fondos ESG están migrando hacia enfoques de “impacto tangible”, priorizando resultados concretos —como empleo, acceso al agua o adaptación climática— en lugar de indicadores abstractos. El objetivo es demostrar valor social real, medible y visible, más allá del marketing de sostenibilidad.

¿Es suficiente con esta adaptación empresarial? Tal vez no. Podríamos ir un paso más allá y pasar de la simple “gestión de riesgos climáticos” al liderazgo en la transición justa, sin perder ambición, y enfrentando tanto los retrocesos políticos como las nuevas demandas sociales: justicia climática, soberanía económica y digitalización.

Es clave desvincular la sostenibilidad de banderas políticas específicas, incluso si sus temas cruzan con salud, empleo, equidad o democracia. De lo contrario, corremos el riesgo de que siga siendo estigmatizada como una causa “de izquierda” o “comunista”, lo cual ha alimentado las reacciones más violentas contra estos temas.

Por otro lado, está más que comprobado que la estrategia basada únicamente en argumentos científicos, datos objetivos y estudios rigurosos ha fracasado en influir a grandes sectores de la sociedad. Hoy, es necesario repensar cómo se comunica la sostenibilidad en redes sociales y medios, utilizando herramientas emocionales similares a las que emplean personajes como Joe Rogan o Javier Milei: miedo, amenaza, orgullo, revancha.

Personalmente, no es mi estilo de confrontación ni mi forma preferida de argumentar. Pero ante la pérdida generalizada de objetividad en el debate público, creo que debemos aprender de las estrategias narrativas de quienes han logrado posicionar discursos radicales con gran eficacia.

Es momento de evolucionar. No podemos seguir insistiendo en las mismas formas de comunicar y defender la sostenibilidad. Necesitamos nuevas herramientas para contrarrestar la fuerza arrolladora de los Bolsonaros, Mileis o Trumps, incluso si eso significa aprender de sus propias tácticas.

Juan Camilo Clavijo

Tres posibilidades y un hecho

La noticia del atentado al precandidato presidencial colombiano Miguel Uribe Turbay este sábado, cuando salía de una reunión política en Bogotá, estremeció al país sudamericano y le hizo recordar sus peores épocas de la violencia en las décadas de 1980 y 1990. (BBC, 8 de junio de 2025)

Aunque me hubiera encantado seguir escribiendo sobre sostenibilidad —centrándome en los retos de la economía verde, ESG, finanzas de impacto, entre otros—, me resulta imposible concentrarme en esos temas tras conocer las terribles noticias del atentado contra Miguel Uribe, precandidato presidencial de Colombia, ocurrido el sábado pasado. Al momento de escribir este artículo, el hospital que lo atiende ha confirmado que su estado es de máxima gravedad.

 

Hoy predominan la confusión y las especulaciones, alimentadas por mensajes, videos y fotografías que circulan en redes sociales. Sin embargo, lo primero y más urgente es rodear al señor Uribe y a su familia con solidaridad y esperanza, y desear profundamente su recuperación. La reacción inicial debe ser, sin duda, profundamente empática.

No obstante, esa empatía no debe impedir un análisis sereno de lo ocurrido. El humanismo que muchos expresan —producto del impacto de la noticia y del estupor que naturalmente genera— no puede reemplazar el examen riguroso de los hechos y de sus posibles repercusiones, no solo en el proceso electoral, sino también en lo que queda de la administración Petro. Empatía y análisis no se excluyen.

Lo primero que debemos entender —nos guste o no— es que, aunque no sea lo ideal ni una reacción deseable frente a una tragedia como esta, el atentado será instrumentalizado políticamente por algunos (o incluso todos) los partidos y actores políticos del país. Los fines de esa instrumentalización serán múltiples: influir en las elecciones, posicionar a un candidato, desprestigiar a un adversario, ralentizar aún más los trámites en el Congreso o ganar simpatías dentro de sus propias colectividades. Por eso, debemos —y ya deberíamos haberlo aprendido— estar preparados para este tipo de reacciones.

Lo segundo: este atentado no beneficia al actual gobierno. El contexto de esta administración en materia de seguridad es, en el mejor de los casos, muy desfavorable. La política de “paz total” ha fracasado estrepitosamente: falta de coordinación entre el Ejecutivo y las Fuerzas Armadas, incremento de la violencia en regiones estratégicas, y expansión de grupos armados durante los ceses al fuego. A esto se suma la ausencia de una estrategia clara y realista para negociar con múltiples actores criminales, lo cual ha erosionado gravemente la credibilidad del Gobierno y sus resultados.

Por lo tanto, sería insensato pensar que el Gobierno podría haber buscado —o siquiera contemplado— una acción tan demencial como esta. No hay razón para sumarle más desprestigio a su ya cuestionada política de seguridad con un atentado contra un precandidato presidencial. Sería, criminal y absurdo. Al contrario, el Gobierno debe hacer todo lo posible para evitar quedar en la historia como aquel que permitió el regreso de los atentados políticos al más puro estilo de las décadas de los 80 y 90.

En tercer lugar, es previsible que la oposición salga fortalecida —e incluso, con algo de fortuna política, unificada— tras este atentado. Siguiendo la lógica de la instrumentalización, es probable que este hecho sirva como catalizador para reagrupar a las fuerzas opositoras. Los miembros de esas colectividades, y quienes comparten sus ideas, serán probablemente más contundentes, críticos y vocales en sus señalamientos contra el Gobierno.

Las tres ideas anteriores son escenarios posibles. Pero en cuarto lugar hay una realidad innegable que vivimos a diario: el discurso incendiario del presidente Gustavo Petro contribuye a crear un ambiente donde atentados como el ocurrido pueden volverse más probables. Aunque es evidente que ese discurso —cargado de división, antagonismo y confrontación— favorece políticamente al propio Petro, él y su equipo deben ser plenamente conscientes de que, en un país plagado de intereses oscuros e ilegales —narcotráfico, bandas criminales, disidencias armadas, corrupción— no es admisible lanzar ciertos mensajes.

Con tantas armas en circulación, como ocurre en Colombia, el jefe de Estado no puede permitirse agitar aún más los ánimos con afirmaciones como estas:

Contra las élites y el poder económico:

“La oligarquía colombiana es asesina, es mafiosa y se alimenta de la sangre del pueblo.”

  • (Discurso en campaña, 2022)

“Ellos, los ricos, han vivido del robo del Estado toda la vida. Ahora chillan porque llegó el pueblo al poder.”

  • (X, 2023)

“¿Quiénes han sido los verdaderos criminales de este país? ¡Los banqueros, los paramilitares de corbata!”

  • (Universidad del Valle, 2019)

Contra los medios de comunicación:

“Semana, Caracol, RCN… son el cartel mediático del odio. No informan, manipulan.”

  • (X, diciembre 2023)

“Los grandes medios quieren volver al uribismo porque es un régimen donde pueden vivir de la corrupción.”

  • (X, septiembre 2023)

Contra la fuerza pública y sus líderes:

“Hay generales que no quieren la paz porque perderían los negocios de la guerra.”

  • (Discurso en Cauca, 2023)

“Los altos mandos no sirven al pueblo, sirven a los terratenientes y a la mafia.”

  • (Entrevista en campaña, 2022)

Contra instituciones del Estado:

“La Fiscalía es un nido de ratas al servicio de los corruptos.”

  • (X, enero 2024)

“El Congreso se ha convertido en un burdel de intereses privados disfrazado de democracia.”

  • (Discurso en Plaza Bolívar, 2023)

Contra opositores y ciudadanos que no lo apoyan:

“Los que marchan contra el Gobierno son los idiotas útiles del poder mafioso.”

  • (X, noviembre 2023)

“No hay peor enemigo del pueblo que el propio pueblo cuando se arrodilla ante sus verdugos.”

  • (X, abril 2024)

La actual administración, hasta donde se sabe, no tiene relación alguna con el atentado —y es fundamental que así sea. Sin embargo, sí es urgente que revise su estrategia política y, en particular, el nivel de confrontación que ha adoptado en su discurso. No se puede deslegitimar a quienes disienten llamándolos “paramilitares” o “idiotas útiles”. No se puede gobernar desde la estigmatización constante del oponente.

Lamentablemente, Gustavo Petro, su partido y muchos de sus seguidores han caído en la misma lógica de polarización que criticaron durante años: la que durante más de dos décadas ha caracterizado al uribismo. En ese sentido, ambas facciones políticas —aunque en orillas ideológicas distintas— se parecen cada día más. Y Colombia sigue atrapada en ese círculo vicioso.

Juan Camilo Clavijo

El Caos es una escalera

Crisis en el Gobierno Petro: ya son cinco ministros y dos altos funcionarios que salen por la puerta de atrás tras denunciar presiones. Un reciente informe periodístico reveló cómo se ha vuelto costumbre que los miembros del gabinete, una vez removidos de sus cargos, expongan ante la opinión pública una serie de situaciones que evidenciarían injerencias indebidas dentro del gobierno (Infobae, 20 de mayo de 2025).

El caos institucional y político que atraviesa el gobierno del presidente Gustavo Petro no se limita al ámbito político o económico. La sostenibilidad y los objetivos ambientales también se ven seriamente comprometidos por una administración deficiente, marcada por la improvisación y la falta de cohesión. Esta inestabilidad permea todos los niveles de la gestión pública.

 

Desde el inicio de su mandato, Petro ha realizado constantes cambios en su equipo ministerial. En apenas 30 meses, se han nombrado 45 ministros en las 19 carteras existentes, algunas con hasta cuatro titulares diferentes. Esta alta rotación ha sido interpretada como síntoma de improvisación y debilidad institucional.

Uno de los temas más sensibles ha sido el proceso de paz. En 2023, el gobierno anunció un cese al fuego con varios grupos armados ilegales, incluidas disidencias de las FARC y bandas criminales. Sin embargo, el ELN negó haber acordado tregua alguna, lo que obligó al Ejecutivo a retractarse y revocar el decreto respectivo, debilitando gravemente la credibilidad del proceso.

En septiembre de 2024, un paro nacional de transportadores paralizó buena parte de la economía nacional. La protesta fue desencadenada por el alza en el precio del ACPM y los elevados costos operativos. La falta de una respuesta oportuna por parte del gobierno prolongó el conflicto y dejó en evidencia graves deficiencias en la gestión de crisis.

En el frente legislativo, Petro logró conformar una amplia coalición inicial con partidos tradicionales como el Liberal, Conservador y La U, lo que facilitó la aprobación de una ambiciosa reforma tributaria. Sin embargo, la insistencia en la controvertida reforma a la salud provocó la ruptura de la coalición en 2023, generando una pérdida significativa de apoyo en el Congreso.

A esta ruptura se suman los escándalos de corrupción, como el caso de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), donde se denunció el presunto pago de sobornos a congresistas a cambio de apoyo legislativo. Este caso ha deteriorado aún más la confianza en las instituciones y ha profundizado las tensiones políticas.

Ante el bloqueo legislativo, el presidente ha optado por una estrategia de movilización ciudadana, convocando cabildos abiertos y manifestaciones para presionar al Congreso. Asimismo, ha planteado la posibilidad de convocar una asamblea nacional constituyente, generando alarma en distintos sectores sobre el rumbo democrático del país.

Por supuesto, la agenda ambiental también se ha visto impactada. El Ministerio de Ambiente, ejecuto apenas el 9,17 % del presupuesto asignado para 2024, equivalente a

$1,2 billones de pesos. Esta baja ejecución limita seriamente la capacidad del ministerio para implementar proyectos relacionados con la conservación de ecosistemas, la mitigación del cambio climático y la transición energética.

De igual manera, no se ha comprometido un solo peso de los $14.388 millones destinados al Fondo de Compensación Ambiental para apoyar a las corporaciones autónomas regionales, afectando directamente la gestión ambiental a nivel local.

Los recortes presupuestales también han impactado proyectos de infraestructura claves, como la vía Medellín–Quibdó, fundamental para el desarrollo del Chocó. Aunque el presidente se comprometió públicamente a destinar $500.000 millones para su construcción, a la fecha no se han girado los recursos y el avance del proyecto es mínimo. La falta de resultados concretos en las negociaciones con grupos armados ha puesto en riesgo compromisos ambientales en regiones estratégicas. La expiración del decreto presidencial que suspendía las operaciones ofensivas contra el Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF) ha generado un limbo jurídico que permite operaciones militares en zonas de alta biodiversidad, amenazando acuerdos comunitarios ya establecidos.

Un ejemplo emblemático es el del proyecto de reforestación comunitaria en Caquetá, liderado por el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (SINCHI), que fue suspendido tras amenazas por parte de disidencias de las FARC, encabezadas por alias Calarcá Córdoba. El proyecto, que buscaba restaurar 12.000 hectáreas con la participación de 4.000 familias, fue luego presentado por dicho grupo armado como parte de su agenda de negociación con el gobierno.

A esto se suma un dato alarmante: en 2024, la deforestación en Colombia aumentó un 35 % en comparación con el año anterior, alcanzando 1.070 kilómetros cuadrados. Las causas principales: ganadería extensiva, palma aceitera e inestabilidad social, factores que impactan de manera crítica a la Amazonía colombiana.

Todo esto evidencia que no basta con que un candidato conquiste a parte del electorado con propuestas ambiciosas en temas sostenibles —o en cualquier otra área de interés ciudadano—. Es indispensable que tales propuestas estén respaldadas por liderazgo, capacidad de gestión y estabilidad institucional. Reacciones en redes sociales, discursos grandilocuentes y enfrentamientos con distintos sectores sociales no son, por sí solos, una estrategia de gobierno.

Esto nos lleva a preguntarnos no cuál es el objetivo de este caos, sino cuáles serán sus consecuencias.

“El caos no es un pozo. El caos es una escalera.”

— Petyr Baelish (Meñique), Game of Thrones (2013)

Juan Camilo Clavijo

La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza

Harvard es una institución antisemita de extrema izquierda, como muchas otras, con estudiantes de todo el mundo que quieren destrozar nuestro país. El lugar es un desastre liberal, que permite que un grupo de lunáticos desquiciados entren y salgan del aula y profieran falsa ira y odio. ¡Es realmente horrible! Ahora, desde que comenzaron nuestras denuncias, se comportan como si fueran todos unos simples pasteles de manzana americanos (‘American pies’)”, escribió Trump en una publicación en Truth Social el jueves. (Político, 24 de abril de 2025).

Así como ha atacado todo lo relacionado con la sostenibilidad —mezclándolo con temas como la izquierda radical, el movimiento woke y el ahorro del erario público, el presidente Trump continúa su cruzada contra todo lo que no esté alineado con lo que él piensa, siguiendo la misma estrategia que ha utilizado contra las causas verdes.

 

Tomemos como ejemplo su mensaje en la red social Truth Social. En ese mensaje mezcla:

  • Ataque frontal contra el antisemitismo.
  • Acusación a la Universidad de Harvard de ser parte de la izquierda radical.
  • Ataque al liberalismo (¿reflejo de la muerte de la democracia liberal?).
  • Descalificación de los estudiantes que protestan.
  • Reiteración de que la inmigración es una amenaza para Estados Unidos.
  • Reafirmación de la idea que el resto del mundo abusa del país.

Si analizamos ese corto mensaje, contiene una cantidad de afirmaciones aparentemente inconexas, pero presentadas de forma astuta para justificar su ataque a la universidad. Todo se articula desde su plataforma ideológica, una mezcla de posturas, conceptos y lecturas sin un norte claro, pero con una lógica comunicativa poderosa.

Y es que, si observamos las herramientas históricamente utilizadas por caudillos y dictadores, este tipo de mensajes siguen una lógica argumentativa muy efectiva. Es la combinación perfecta para generar titulares, justificar acciones, derrotar adversarios e invisibilizar debilidades. Lo vemos a diario en las noticias.

¿Cuál es la estrategia y con qué objetivo?

  • Superposición de narrativas

Usa múltiples hilos temáticos al mismo tiempo (seguridad, soberanía, moralidad, economía), logrando que el discurso parezca coherente y justificado desde diferentes frentes.

Objetivo: Control del pensamiento y las emociones. Al generar miedo, odio o confusión, es más fácil manipular la percepción de la realidad. El miedo, en particular, lleva a aceptar medidas represivas “por seguridad” o “por el bien común”.

  • Creación de un enemigo común (real o imaginario)

Se identifica o fabrica una amenaza clara —ya sea un grupo interno (inmigrantes, minorías, oposición política, medios) o externo (ONGs, gobiernos extranjeros, élites globales)— y se asocia con problemas tangibles como el desempleo, la criminalidad o, en este caso, las universidades.

 Objetivo: Deslegitimar y deshumanizar a los oponentes. Las críticas legítimas se convierten en amenazas existenciales. Los opositores no solo se critican, se convierten en traidores o enemigos de la nación.

  • Lenguaje emocional y sensacionalista

Se recurre a expresiones cargadas emocionalmente como “abuso de nuestro país”, “decadencia”, “pureza”, “resistencia”, que apelan tanto al orgullo como al temor.

Objetivo: Crear una narrativa única y dominante. Se construye una historia simple y polarizada: todo lo bueno viene del líder, todo lo malo de “los otros”.

  • Confusión estratégica

Se mezclan verdades parciales con mentiras flagrantes, lo cual dificulta la verificación y alimenta la incertidumbre. Así se promueven fake news y se niegan hechos reales.

Objetivo: Desgastar la verdad. Esta desorientación —lo que algunos llaman “gaslighting colectivo”— mina la capacidad de resistencia cívica.

  • Apelación al caos controlado

Se presenta una narrativa donde, sin el liderazgo del emisor, el país caería en el caos. Se exageran o fabrican crisis para justificar su protagonismo.

Objetivo: Justificar el autoritarismo. Se normaliza el uso de medidas excepcionales (censura, represión, militarización) como “patriotismo” o “protección”.

  • Apropiación del lenguaje del adversario

Se utilizan términos como derechos humanos, justicia o democracia, pero redefinidos desde su lógica ideológica, vaciándolos de contenido real.

Objetivo: Fidelizar una base fanática. Los discursos polarizantes generan identidades rígidas. La base no solo lo sigue: se siente parte de una cruzada.

Por ende, estos mensajes aparentemente erráticos o salidos de tono tienen todo el sentido dentro de una administración que busca anular libertades (como en el caso de Harvard), eliminar frenos y contrapesos propios de una democracia, debilitar a sus oponentes y conducir a Estados Unidos hacia un régimen basado en la ilusión de la eficiencia tecnológica y la austeridad extrema, como lo evidencia la agencia DOGE liderada por Elon Musk.

Por eso, es crucial diseccionar el discurso de Trump y de otros líderes contemporáneos para no caer en la reactividad, la hipersensibilidad, ni en el miedo. Está más que demostrado que nos corresponde a los ciudadanos informarnos, formarnos y filtrar críticamente las noticias que recibimos a diario, si realmente aspiramos a una sociedad más justa y una vida más tranquila.

“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.”

— George Orwell, 1984

Juan Camilo Clavijo Martín

Los aranceles van mas lejos

Donald Trump impuso el miércoles aranceles globales a las importaciones de bienes hacia Estados Unidos, desatando una histórica guerra comercial.

Aunque todos los países del mundo se verán afectados por un gravamen base del 10 % a los productos, más de 60 Estados o bloques comerciales enfrentarán aranceles aún más altos.

 

Estos afectan a todos, desde aliados históricos de EE. UU.—como la Unión Europea (20 %), Corea del Sur (26 %) y Japón (24 %)—hasta algunas de las naciones más pobres y vulnerables del mundo, como Camboya (49 %) y Laos (48 %). (CNN en Español, 3 de abril)

La conmoción mundial provocada por los aranceles masivos impuestos por el presidente Trump no ha terminado, pero el mundo respiró con alivio cuando, este miércoles, anunció que serían finalmente menores de lo anunciado, y que otorgaba una pausa de 90 días a los países más afectados para que pudieran negociar nuevos acuerdos con su gobierno. (BBC, 10 de abril)

Los aranceles anunciados por la administración estadounidense, y su posterior pausa, no solo afectan los mercados o elevan los precios para el consumidor estadounidense, o provocan únicamente represalias similares en otros países. También debilitan de forma clara a las industrias verdes y a la innovación tecnológica, impactando directamente la sostenibilidad.

Desde una perspectiva ideológica, estas medidas están alineadas con la intención del expresidente de eliminar todas aquellas políticas y regulaciones que, según su visión, bloquean la explotación minero-energética. Esto va en consonancia con una base política que niega el cambio climático y con sectores radicales del Partido Republicano que perciben la sostenibilidad como una causa «woke». Así, los aranceles anunciados (y ahora en pausa) afectan una parte significativa de la economía verde.

Por ejemplo, la Asociación de la Industria del Plástico de EE. UU. (PLASTICS) ha expresado su profunda preocupación por los aranceles aplicados a países clave como Canadá, México y China. Estas medidas han interrumpido el flujo de maquinaria, productos y materiales esenciales, impactando sectores estratégicos como la atención médica, los bienes de consumo y la industria automotriz.

En 2023, las exportaciones de plásticos de EE. UU. alcanzaron los 74,200 millones de dólares, superando las importaciones y generando un superávit comercial de 958 millones de dólares. Sin embargo, los nuevos aranceles amenazan con erosionar esta ventaja al incrementar los costos y poner en riesgo las cadenas de suministro.

En el sector de energías alternativas, en 2018 se impusieron aranceles del 30 % a los paneles solares importados, lo que encareció los proyectos solares y provocó la pérdida estimada de 23,000 empleos en EE. UU., especialmente en instalación y mantenimiento. Según la Solar Energy Industries Association (SEIA), estos aranceles llevaron a la cancelación de proyectos equivalentes a 10.5 gigavatios de capacidad solar, lo que representó una pérdida aproximada de 62,000 empleos entre 2018 y 2021.

Actualmente, la mayor parte de la cadena de suministro mundial de paneles solares se origina en China, país que enfrenta aranceles del 50 % sobre la importación de células y módulos solares. A esto se suma una tasa arancelaria recíproca adicional del 125 %. Como respuesta, los proveedores chinos han trasladado sus cadenas de suministro a Vietnam, Tailandia, Malasia y Camboya, que ahora abastecen más del 80 % de los módulos solares utilizados en EE. UU. Esto significa que, aunque estos países enfrentan aranceles “moderados” del 10 %, el costo de la energía solar en EE. UU. igualmente aumentará.

En el caso de la energía eólica, los aranceles del 25 % sobre componentes importados desde México y Canadá incrementaron en un 7 % los costos de las turbinas terrestres y en un 5 % los costos generales de los proyectos, lo cual podría frenar el crecimiento de esta industria.

Por otro lado, para las fábricas y propietarios de vehículos eléctricos, los aranceles son una pésima noticia. Aproximadamente el 75 % de las baterías de iones de litio del mundo se fabrican en China. Estas medidas han encarecido componentes esenciales, ralentizando el desarrollo de sectores estratégicos.

Estos impactos evidencian que, aunque el presidente Trump subestime la importancia de estas industrias y su aporte a la economía estadounidense, son fundamentales para los consumidores, para empresas como Tesla (del amigo Elon Musk, en el caso de las baterías eléctricas) y, sobre todo, para los trabajadores.

Más preocupante aún, los aranceles están golpeando a una industria considerada «woke», lo que refuerza su alineación ideológica. Todo lo que incluya términos como sostenibilidad, ESG o “verde” es cancelado de inmediato, ignorando su aporte en innovación, su capacidad para responder a la demanda de una parte importante de la población, su rol en la creación de empleos y su contribución al desarrollo de nuevas tecnologías y empresas.

«La defensa es más importante que la opulencia. Pero proteger industrias ineficientes solo porque existen, es un lujo costoso.»

— Adam Smith, «La riqueza de las naciones» (1776)

Juan Camilo Clavijo

¿Y ahora quién podrá salvarnos?

WASHINGTON (AP) — Marc Rosenberg, fundador y director general de The Edge Desk en Deerfield, Illinois, se prepara para presentar una elegante silla ergonómica diseñada para reducir el dolor de espalda de los clientes y aumentar su productividad. Calcula que la más cara se venderá por más de 1.000 dólares. Sin embargo, no ha logrado fijar un precio y está reduciendo a regañadientes el envío que trae a Estados Unidos desde China.

Hay una razón para su cautela: la guerra arancelaria del presidente Donald Trump, siempre cambiante, con idas y venidas, que afecta a los tres mayores socios comerciales de Estados Unidos: México, Canadá y China. (AP, marzo 6, 2025).

 

La confusa guerra comercial de Donald Trump está afectando el normal desarrollo de los negocios. No solo con Canadá y México, sino también con China. A pesar de la constante confrontación, este país es clave para los empresarios de Estados Unidos. Las empresas, sean grandes o pequeñas, no pueden planear o tener horizontes de compras, inversiones o expansiones con un panorama tan confuso e incierto como el que lidera el actual presidente de Estados Unidos.

Según The Hill, una revista política de Estados Unidos:

«La caída de los mercados tras los nuevos aranceles de Trump, los despidos masivos de trabajadores federales, el estancamiento de la inflación y la ralentización del crecimiento económico aumentan la incertidumbre y el interés antes de la publicación del informe por parte del Departamento de Trabajo.

El Promedio Industrial Dow Jones cerró el jueves con una pérdida de 400 puntos, cayendo un 1 por ciento en el día. El índice compuesto Nasdaq cayó un 2,6% en la jornada, hundiéndose un 10% desde su máximo más reciente y entrando en territorio de corrección. El índice S&P 500 bajó un 1,8%.

«Hoy ha sido el día en que el miedo al crecimiento se ha hecho realidad», dijo Callie Cox, estratega jefe de mercado de Ritholtz Wealth Management, en una entrevista el jueves.

Cox explicó que las ventas del jueves se debieron en gran medida a un desalentador repunte de los despidos corporativos, según informó la empresa de empleo Challenger, Gray and Christmas.”

Este estilo de negociar podría entenderse como una puesta en práctica de las lecciones del libro The Art of the Deal, escrito por el propio presidente de Estados Unidos. Para algunos, podría ser un acierto y casi una necesidad para un sistema político que requiere tantas reformas.

Sin embargo, la incertidumbre causada por su estilo de negociar, que afecta la estabilidad para hacer negocios (lo cual él defiende con fuerza), demuestra que este enfoque de «negociar con fuerza» o «responder más fuerte» no funciona en el entorno público. Esto se debe a que existen muchas variables a considerar, numerosos grupos de interés con los cuales negociar, y muchas más personas a las que se afecta con las decisiones.

En su libro, Trump también afirma que se debe «conocer el mercado» en el que un negocio está incursionando. Si esto es cierto, entonces muestra una clara falta de comprensión sobre cómo funciona la economía en el contexto de una guerra comercial. Más aún, revela un desconocimiento total de la historia y las consecuencias nefastas de una guerra comercial, al ignorar las trágicas repercusiones del Smoot-Hawley Tariff Act de 1930.

Por otro lado, ¿qué queda por hacer en esta cambiante guerra comercial? Se pueden crear incentivos y regulaciones que prioricen sectores estratégicos, como el sector ambiental o verde. Un ejemplo de esto es el Inflation Reduction Act en EE.UU., que otorga subsidios a las energías limpias o incentivos a la producción nacional de tecnologías verdes.

Además, se pueden diseñar vehículos innovadores de financiación para sectores sostenibles. Los bonos e infraestructura verde, así como la tecnología que aporte a la sostenibilidad, pueden ser herramientas para mitigar las terribles consecuencias de la guerra comercial. Igualmente, se puede relocalizar cadenas de suministro y proveedores para hacer frente a los aranceles, a través de la producción local y la economía circular.

Ante esta nueva realidad, se deben buscar formas de adaptación a las nuevas realidades económicas y empresariales. Los emprendedores tendrán que ser creativos, porque las perspectivas de que esta situación mejore, o siquiera cambie, en el mediano plazo son muy bajas.

Joseph Schumpeter (economista) dice: «El capitalismo es, por naturaleza, un proceso de cambio continuo y disruptivo.»

Paul Romer (Premio Nobel de Economía) responde: «Una crisis es una cosa terrible para desperdiciar.»

Juan Camilo Clavijo