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Confidencial Noticias 2025


Vengo de dar un paseo por el bosque con mis dos perros. Son grandes, de raza, pastores y se comportan más como alfombras que como guardianes, aunque cuando vienen visitas, su entusiasmo abruma.

Lo que hoy les cuento podría formar parte de una novelita costumbrista. Tal vez lo acabe incluyendo, pero se lo cuento porque hoy hemos recibido correo y lo bueno hay que reproducirlo, copiarlo, fomentarlo, disfrutarlo, en definitiva, ponerlo al servicio de otros.

Una vida lenta

Salgo cada día al bosque del pueblo alemán donde vivo, y aunque no me suelo cruzar con mucha gente, nadie la mayoría de las veces, siento que debo de tener cuidado por donde piso. Mi camino, esa rutina diaria que saboreo lentamente y que hace que sea mío, está lleno de barro, es normal y si uno agudiza la mirada en estos días de otoño puede ver que lombrices, babosas y caracoles del tamaño de un león campan a sus anchas. Limpian el bosque y sus caminos de los excrementos de mis canes y de los canes de otros, de los corzos, los conejos y de los caballos que pasean cada medio día y me trasportan a alguna novela de Dorothy Emily Stevenson. No me gusta pisarlos, así que hay tramos en los que voy casi de puntillas, en zigzag, y parezco más una bailarina que la paseante de unos perros.

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Me gusta detenerme en ciertos puntos del camino. En uno hay un árbol maravilloso que ahora tiene unos frutos rosas que dan mucho color, pero ni idea de botánica. En otro, se ve a lo lejos el campanario de Santa Úrsula y la verdad, me reconforta dirigir allí mi pensamiento. También hay un túnel de árboles que pareciera se inclinan a tu paso. Cada día cambia. Y creo que lo tengo fotografiado en todas las estaciones del año. Es maravilloso.

Recibir cartas

Hoy, después de mi paseo, me he creído la señorita Buncle. Estaba haciéndome un café y han timbrado cuidadosamente. Sin querer abrir mucho, para que los entusiastas de mis perros no se abalanzaran sobre la visita, he atendido a la puerta. Era una vecina que venía a pedir dinero para la acción de San Martin, tradición católica alemana por excelencia, no tenía suelto en casa y aquí no hay Bizum, ni Nequi, ni ella tenía PayPal. He mirado en la cajita de la entrada, esa en la que siempre guardo monedas que se le caen del pantalón a mi marido o que rescato en la lavadora, la de las propinas. Nada. Céntimos sueltos que no llegaban a una cantidad decente, no mucho, con tres o cuatro euros vale. Nadie gestiona el dinero de los otros como estos alemanes. Con un poco de muchos hacen maravillas. Así funciona este país de bien, aunque la izquierda esté metiendo la pata…

He vuelto a mi café. Estaba a punto de sentarme a escribirles y ha timbrado el cartero. Mis perros le conocen, así que no se han alarmado tanto. Un folleto, unos cupones de descuento y dos cartas. Del asesor fiscal, estas dan siempre algo de miedo, y otra carta en un sobre pequeño, reciclado, cuadradito y algo perfumado. No lleva remitente y es para mi hijo. Entrañable.

La letra es temblorosa y tiene un tachón en la dirección. El remitente había escrito nuestra dirección poco clara y ante el temor de que no llegue a su destino, ha debido de pensar que es mejor corregirlo.

Un acto de libertad

Hace falta valor para escribirle a alguien a mano. En cada trazo que hacemos, dejamos impreso parte de nuestro ser. Si es más largo o más corto, si está apresurada o constreñida, si es grande y redondeada… Cada letra, cada rasgo, cada trazo que dibuja nuestra mano pasa antes por nosotros, por esa parte que conecta el cerebro y el corazón y nos delata. Dicen que la grafología es una ciencia que ha ayudado a desvelar grandes secretos. Me lo creo.

Ya nadie escribe cartas, he pensado. Pero no es cierto. Yo escribo y aunque tarde en enviar, envío. Visito el servicio de correo con frecuencia y la que más me gusta es cuando llevo las felicitaciones de Navidad.

En este país que tiene cosas buenas hay dos que me impresionan: la gente sigue enviando cartas y se leen muchos libros. La mayoría leen más de cinco libros al año y el 27% más de 10.

Escribir a mano es tan propiamente humano… Nos hace dueños del tiempo, nos ayuda a establecer una narrativa de nuestros propios hechos, o a poner en orden los sentimientos o a organizar la compra… Requiere tiempo, sosiego, silencio y pausa. Escribir a mano nos ayuda a comprender mejor el mundo. Justo lo que hoy nos falta.

La carta que hemos recibido hoy no sé si será una carta de amor, pero me parece un acto precioso. El remitente podría haber escrito un Whatsapp , o haber comenzado a escribir mensajes y ser invasivo y agobiante. Sin embargo, ha preferido la pausa de la escritura, que se recibe seguramente con el sosiego de la lectura y la intimidad de su voz resonando en mi hijo mediano. Espero que él la lea con cariño y valore este acto de rebeldía y amor, de libertad y consciencia que alguien ha hecho para él.

Almudena González Barreda

Periodista española especialista en tendencias, residente en Alemania desde hace una década, anteriormente vivió en Colombia unos años.

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