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Confidencial Noticias 2025


Me encontré la conferencia de Dani Sánchez-Crespo sobre geopolítica (¿Se ha vuelto loco el mundo?, DECODE, 2026) y la revisé con interés porque aborda sin ambages el análisis de la enorme incertidumbre actual, sin pretender adivinar el futuro pero atreviéndose a pronosticar con base en la revisión de los factores en cada caso, permitiendo entender la complejidad de la situación mundial y por qué, aunque cueste admitirlo, el tablero mundial ya no es el de hace apenas una década.

Sánchez-Crespo usa el nombre de Dani Novarama y es divulgador, diseñador, autor de libros (Pensar más, pensar mejor), profesor universitario y empresario, famoso en la red X (Twitter: @DaniNovarama) con cientos de millones de lecturas (Penguin); todo un influencer en la jerga cotidiana actual. Él insiste, con una humildad epistémica poco frecuente en este tipo de comentarios geopolíticos digitales, en que no tiene bola de cristal, sino que propone más bien observar tendencias, tensiones, incentivos y conveniencias. Y eso hace en su conferencia.

Su tesis, que articula todo el análisis, es que la globalización, cuyo orden fue construido tras la Segunda Guerra Mundial y profundizado desde los años setenta como parte de la receta neoliberal, no era solo comercio, tratados y cadenas de suministro; era, sobre todo, confianza, dice. Confianza para delegar producción en otro país, para aceptar flujos migratorios y para creer que gobiernos y élites gestionaban el interés general.

Cuando esa confianza se erosiona, la interdependencia deja de verse como eficiencia y empieza a percibirse como riesgo, argumenta. Por supuesto, la palabra confianza encierra una cantidad de relaciones complejas que hoy se entretejen en el panorama mundial, principalmente político y comercial. De resto, parecería un reduccionismo que no aportaría al análisis.

Sánchez-Crespo ubica esa erosión en una secuencia de eventos globales reconocible: (1) la crisis financiera de 2008, que quebró la confianza en tecnócratas y reguladores; (2) la pandemia, que reveló la fragilidad logística mundial y el “sálvese quien pueda” que emergió tras la urgencia; y (3) la guerra en Ucrania, que devolvió la guerra convencional al centro del sistema internacional. A partir de ahí, sostiene que los Estados reordenan prioridades en torno a seguridad, control, resiliencia productiva y reducción de dependencias, no porque la globalización haya sido un error, sino porque su condición implícita, la confianza, dejó de sostenerla.

Con ese marco, Sánchez-Crespo describe el retorno de una lógica que denomina neoimperialismo y la compara con el mundo justo antes de la primera guerra mundial: grandes potencias que actúan menos como garantes de reglas comunes y más como jugadores que aseguran su entorno, controlan recursos estratégicos y disputan territorios claves. No es un regreso literal a 1910, desde luego, pero sí una involución desde el multilateralismo cooperativo hacia una competencia fundamental por tecnologías, energía, materias primas y rutas comerciales. Pese a la peligrosidad que esto representa, su análisis no resulta fatalista.

En ese tablero, Europa aparece como un actor singular, consciente de que la lógica imperial clásica condujo a catástrofes, pero forzada a reaccionar ante la fragilidad de la protección estadounidense, si es que aún existe, ya que no podrá contar con la OTAN. De ahí su giro acelerado hacia la autonomía estratégica, la industrialización del rearme y el uso de su mercado como principal instrumento de poder. No por vocación belicista, sino por necesidad urgente.

Sánchez-Crespo analiza el enclave estratégico de Groenlandia, donde confluyen tres dimensiones: (1) militar (posición clave en el Atlántico Norte y defensa temprana frente a Rusia), (2) comercial (rutas árticas emergentes por el cambio climático) y (3) de recursos (minerales críticos que, también por el cambio climático se espera que empiecen a quedar al descubierto). Pronostica que Estados Unidos acabará controlando Groenlandia, pero no por la fuerza, debido a que una invasión sería inviable dentro de la OTAN, y además políticamente y comercialmente suicida, mientras que, con acuerdos, presencia militar reforzada, inversiones y exclusión de terceros actores, especialmente China, le permitirán a Washington asegurar el enclave sin disparar un tiro; la razón no es moral ni jurídica, sino estratégica, ya que no se trata de soberanía formal sino de control efectivo.

Algo similar analiza que ocurrirá con Taiwán, aunque con una complejidad mayor. Sánchez-Crespo plantea que China tenderá a controlar Taiwán sin una invasión militar, siguiendo una lógica de presión prolongada, desgaste político y cálculo estratégico, más parecida a Hong Kong que a una guerra abierta. La clave no es solo territorial, sino industrial, ya que Taiwán concentra la producción más avanzada de semiconductores, columna vertebral del mundo digital y militar. En paralelo, Estados Unidos no se ha quedado quieta, anticipando ese escenario, y está relocalizando una parte crítica de la producción de chips a su propio territorio. Seguramente esto es menos eficiente, pero en un mundo sin confianza sería inaceptable depender de un enclave potencialmente adverso. El resultado probable no sería una guerra inmediata, sino una transición en la que Taiwán irá perdiendo interés estratégico para Washington a medida que esta reduce su vulnerabilidad. Y podrá “sacrificar” a la isla frente a las pretensiones de China.

África aparece como el gran espacio de alineamientos silenciosos para Sánchez-Crespo: joven, rica en recursos, necesitada de infraestructura. Allí, sostiene que China juega con ventaja ofreciendo obras y comercio sin condiciones políticas explícitas, mientras Occidente llega con exigencias normativas que muchos gobiernos perciben como interferencia inoficiosa. Irán, por su parte, es leído como un punto de presión indirecta sobre Rusia y el equilibrio regional. E India emerge como el corredor de fondo que evita ataques frontales mientras amplía su mercado interno, su manufactura y su capacidad, sin desgastarse.

Su conclusión incómoda es que este tránsito implica una revocatoria práctica de los ideales que dábamos por sentados. La justicia y la democracia mundial, como límites reales al poder, quedan subordinadas a la lógica de fuerza y control. El pilar neoliberal de la globalización, que representaba la valiosísima promesa de que el mercado y el comercio pacificarían el mundo, ha quedado atrás.

En ese contexto, los países débiles son más vulnerables que antes, no solo por dependencia material, sino porque se convierten en piezas intercambiables en la rivalidad de los países fuertes. Frente a este nuevo orden mundial, que debemos aceptar, ahora nos corresponde diseñar bien, estratégicamente, sin miramientos partidistas ni sesgos ideológicos (¿de cuáles ideologías sobrevivientes?), cuál es el papel que debiéramos y pudiéramos jugar globalmente, como país débil, vulnerable y además con sus propios problemas internos graves, para que a pesar de todo logremos desarrollo y bienestar.

Rafael Fonseca Zárate

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