En Bogotá generalmente se habla de grandes obras, de metro, de troncales y de eventos, pero en la mayoría de las ocasiones se ignora un problema cotidiano que paraliza la ciudad todos los días: el mal parqueo. Este no es un detalle menor ni una travesura urbana; es un cáncer que invade la movilidad, secuestra el espacio público y normaliza la ley del más vivo. Y en 2026, combatirlo no es opcional: es una obligación que debemos cumplir ya.
Conducir un vehículo es una actividad peligrosa. Por eso exige licencia, responsabilidad y respeto por las normas. Sin embargo, en Bogotá pareciera que la licencia se interpreta como un pase VIP para hacer lo que se quiera. ¿Para qué están las normas de tránsito si no se cumplen? Los mal parqueados son la prueba reina de que en Bogotá existe el desorden, la falta de respeto por las normas y la autoridad, y la ausencia de empatía y de cultura ciudadana.
Hoy vivimos en una ciudad donde algunos tienen para un Ferrari o Corvette, pero no para pagar un parqueadero. Donde ciertos conductores confunden capacidad económica con privilegio urbano. Da igual si es un Twingo o un Mercedes: la ley no distingue marcas. El espacio público no es un garaje privado y las vías no son extensiones del ego.
Las cifras y los hechos son contundentes. Los vehículos mal parqueados reducen el flujo vehicular hasta en un 54% en Bogotá. Generan congestión, aumentan los tiempos de viaje y provocan accidentes. El caso de Erika Vargas, una joven que murió tras ser golpeada por la puerta de una camioneta mal parqueada, demuestra que este problema no es estético: es mortal. Cuando un carro invade un andén, obliga a peatones, personas con discapacidad o madres con coches a bajar a la vía. Eso no es incomodidad: es poner vidas en riesgo.
El problema se agrava cuando entran en escena los esquemas de seguridad. Algunos creen que protección es sinónimo de impunidad. No lo es. La Constitución es clara: todos somos iguales ante la ley. El Código Nacional de Tránsito también. Ningún esquema, ni público ni privado, tiene permiso para violar normas, bloquear andenes o apropiarse del espacio público. El poder no estaciona por encima de la ley.
Entonces, ¿cómo curamos este cáncer? Con decisiones firmes y sin miedo. Primero, Zonas de Parqueo Pago (ZPP) bien implementadas. Hoy la ciudad tiene un mal negocio que le resulta costoso y funciona mal. Se necesita eficiencia, control real y articulación con las autoridades de tránsito para evitar que, en algunos casos, los alrededores de las ZPP sigan siendo tierra de nadie, y los ciudadanos continúen parqueando mal y sin hacer uso de este servicio.
Segundo, más operativos de control. La norma debe cumplir su finalidad y disuadir a los conductores de parquear mal. Entre enero y octubre de 2025 se impusieron más de 50 mil comparendos y se inmovilizaron casi 15 mil vehículos por mal parqueo en la ciudad. Necesitamos que las autoridades de tránsito continúen trabajando por cambiar el comportamiento ciudadano y proteger la vida, la dignidad y el espacio público.
Tercero, en muchos casos el mal parqueo persiste porque para algunos “privilegiados” la multa es solo un gasto menor. Por eso propongo multas proporcionales al valor del vehículo. Si alguien compra un carro de 500 millones, una sanción de 633 mil pesos no genera ningún efecto. Una multa del 1% del valor del vehículo contribuiría a cambiar el comportamiento. #SiTienePalWhiskyTienePalHielo.
Cuarto, más pedagogía y cultura ciudadana. ¿Qué tal si se vuelven a implementar campañas como “El Poder del Cono”? Esta estrategia de cultura ciudadana fue un éxito durante la segunda administración del exalcalde Enrique Peñalosa. En 2017, gracias a su implementación, el 87,8 % de los conductores mal parqueados retiraron su vehículo y solo el 11,2 % requirió comparendo y el 1,10 % levantamiento con grúa. ¿O qué tal la propuesta de cultura ciudadana que lancé en octubre del año pasado con mi equipo? Bolardín: el terror de los que invaden el espacio público.
Mientras tanto, yo seguiré saliendo a cazar mal parqueados, a incomodar a los súper poderosos y a recordar algo básico: la ciudad no es de unos pocos, es de todos. Yo quiero una ciudad feliz. Y una ciudad feliz empieza por lo más elemental: el respeto por la vida, la igualdad, las normas y el espacio público.
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