La tristemente viralizada frase expresada en redes sociales contra el alcalde mayor de Bogotá: No ha podido con las basuras, mucho menos con las ratas”, surge del grito desesperado de una ciudadana que, tras ser asaltada junto a su esposo en el puente de la calle 134, decidió convertir su indignación en denuncia pública. Ese mensaje, replicado miles de veces, condensa un sentimiento cada vez más extendido en la capital donde se refleja la impotencia que viven los habitantes frente a una inseguridad rampante que se volvió cotidiana y frente a una autoridad distrital percibida como distante, indiferente y más preocupada por la estética del cemento que por la vida real de quienes caminan la ciudad.
La experiencia de esta ciudadana no es un hecho aislado, pues es el síntoma de una percepción de inseguridad elevada y persistente que atraviesa barrios, edades y estratos, y que no se disipa con balances oficiales ni con anuncios de inversiones dispersas. Mientras la ciudad convive con basuras acumuladas, espacios públicos degradados y un desorden urbano evidente, la delincuencia organizada (alimentada por el microtráfico, el hurto sistemático, el fleteo, el sicariato y redes criminales transnacionales) avanza con lógica empresarial y control territorial. En ese escenario, la ciudadanía siente que el alcalde gobierna una maqueta y no una metrópoli viva y compleja, una ciudad que claramente desborda las competencias del actual mandatario capitalino, pero que también puede desbordar a cualquier otro líder que aspire a ostentar la Alcaldía Mayor en los próximos años.
El reproche ciudadano apunta a un problema más profundo: la ausencia de un plan de seguridad serio, articulado y verdaderamente metropolitano, capaz de coordinar de manera efectiva al Distrito con la Nación. No es necesario recordar que Bogotá dejó de ser una ciudad “local” hace décadas; su tamaño, su dinámica económica y sus flujos criminales desbordan la capacidad (y la experiencia) de gobiernos distritales de corte amateur o primíparo, concebidos más como plataformas de proyección personal o familiar que como encargos técnicos para gobernar una urbe de más de diez millones de habitantes.
El problema no se agota en el alcalde actual y por el contrario, amenaza con golpear con mayor fuerza a quienes ven en la Alcaldía Mayor un trampolín presidencial y no una responsabilidad de alta complejidad administrativa y política, de ahí que el clamor ciudadano exija mirar lo real y no lo simbólico. La seguridad de Bogotá no puede seguir dependiendo de decisiones coyunturales que permiten, por ejemplo, que la Policía Metropolitana sea debilitada cuando el Gobierno Nacional traslada efectivos a otras regiones por requerimientos de orden público. Resolver esta falla estructural exige un marco jurídico robusto, construido desde el Congreso de la República, que garantice estabilidad operativa, especialización tecnológica y logística, y una presencia policial enfocada en desarticular las estructuras del crimen organizado que hoy operan con ventaja en la capital.
Por eso resulta tan potente, tan dolorosa y, sobre todo, tan cierta la comparación hecha por la ciudadana víctima del robo. Frente a la magnitud del desborde criminal que sufre Bogotá, lo más preocupante no es solo la violencia misma, sino la percepción de una administración indolente y desinteresada que no ha logrado resolver algo tan elemental como la recolección de basuras. La pregunta es inevitable: si no se ha podido con lo básico, ¿cómo se pretende enfrentar a las “ratas” que no hurgan en bolsas, sino que operan armadas, organizadas y con redes internacionales?.
Esa frase viralizada no debe entenderse como un insulto, sino como un diagnóstico político que condensa el agotamiento de una ciudadanía que ya no espera anuncios, sino resultados concretos en materia de seguridad (y ojalá también, de paso, en la recolección de basuras), pues Bogotá tiene hoy un alcalde muy galán en el discurso y concentrado en las obras del Metro, pero incapaz de resolver lo elemental: recoger los residuos de la ciudad. Mucho menos parece preparado para enfrentar las ratas de un crimen organizado que desbordó hace tiempo su capacidad de gobierno y que hoy hace de Bogotá una ciudad que no camina segura.
Luis Fernando Ulloa
PORTADA
David Racero se salvó de la muerte política
Capturan en Ecuador a un líder de las disidencias
Mauricio Toro busca su regreso al Congreso con sello emprendedor
Ordenan restituir a José Ismael Peña como rector de la Universidad Nacional