Este 2026 era común, se cumplirán doscientos cinco años del natalicio y ciento cuarenta y cinco del deceso del literato ruso Feódor Mijáilovich Dostoievsky, uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Nacido en Moscú el 11 de noviembre de 1821, según calendas gregorianas, fallecido en San Petesburgo el 09 de febrero de 1981; entre su prolija obra destacan títulos de gran calado como, Pobre gente (1846), El doble (1846), La patrona (1847), Stepánchikovo y sus habitantes (1859), Memorias del subsuelo (1864), Crimen y castigo (1866), El jugador (1866), El idiota (1868-1869), El adolescente (1875) y Los hermanos Karamarazov (1879-1880), está última obra fue considerada por Sigmund Freud (1856-1939) como la más magnífica novela jamás escrita, favorita también de personalidades como Albert Einstein (1879-1955) y Virginia Woolf (1882-1941).
Dostoievsky caracterizó su pluma por la capacidad para trazar el alma humana mediante personajes cargados de consideraciones psicológicas de humana imperfección; sus personajes son, en la mayoría de los casos, individuos que se aparta de los demás, como bien lo anota el autor en su prólogo a Los hermanos Karamazov. Vale la pena rendir un homenaje, a una de las mejores plumas de la historia. Que las generaciones del presente vuelvan los ojos sobre otros autores rusos como Puhskin, Gógol, Tolstoi, Pasternak, Chéjov, Gorki, Bely y Bulgákov, lustre y brillo de las letras.
En la monumental novela Los hermanos Karamazov, Dostoievsky, más allá del parricidio, devela la insatisfacción de una familia poco funcional, liderada por un padre déspota, truhan y vividor junto a tres hijos legítimos y un cuarto no reconocido, cada uno con sus propios dilemas, preocupaciones y rencillas personales. En el Libro Sexto se aprecia la biografía del maestro Zosimo, un starets en ortodoxo al cual acude Alexey Feodorovitch Karamazov; en ese texto se lee la pregunta ¿Podemos ser jueces de nuestros propios semejantes? pregunta que toma mucho valor viniendo de la tinta de Dostoievsky, como quiera, que por subversivo fue condenado a la pena de fusilamiento por el Zar Nicolas I, y una vez frente al pelotón, le fue conmutado el suplicio capital por trabajos forzados en Siberia, posteriormente, redimido a la muerte del Zar, por Alejandro II. Dostoievsky fue un hombre acechado a lo largo de su existencia por esa rueda de fortuna e infortunio, epiléptico y ludópata, con un rasgo de profunda humanidad y compasión, probablemente un incomprendido de su época.
En tiempos actuales, juzgar al semejante desde los ojos de la superioridad moral es práctica frecuente, donde se es juez implacable del otro, pero no se puede ser juez de sí mismo y menos aceptar a otro como juez, la respuesta dada en la novela por el autor constituye bálsamo para el alma y confianza en la humanidad: “Recuerda que no puedes ser juez de nadie. Antes de juzgar a un criminal, el Juez debe saber que él mismo es tan criminal como el acusado, y quizá más culpable que nadie de su crimen. Cuando lo haya comprendido podrá ser Juez. Por absurdo que esto parezca, es la verdad. Si yo mismo fuese un justo, no habría criminales que se mantuviesen ante mí. Si puedes cargarte del crimen del acusado que juzgas en tu corazón, hazlo inmediatamente y sufre por él; en cuanto al criminal, déjale ir sin reproches. Y aunque la ley te haya instituido juez suyo, en todo lo que te sea posible, haz justicia con este espíritu; pues una vez que se haya marchado se condenará aún más severamente que tu tribunal. Si se aleja insensible a tus buenos tratos, no te impresiones; es que aún no ha llegado su hora, pero llegará, y en caso contrario, otro en su lugar comprenderá, sufrirá y se acusará a sí mismo, y la verdad se verá cumplida. Cree firmemente en eso, sobre ello reposan la esperanza y la fe de los santos”. La semilla debe morir para que dé fruto ¡Viva la buena literatura!
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