Llegaron los therians, con máscaras, colas postizas y millones de reproducciones en redes sociales. Se presentan como una identidad, se defienden como expresión legítima y se viralizan como tendencia global. Pero, en el fondo, ¿estamos frente a una condición o frente a una moda que se contagia más rápido que cualquier algoritmo?.
Los therians —jóvenes que se identifican con animales, se disfrazan de ellos y, en algunos casos, actúan como tales— irrumpen en Colombia después de haber generado ruido en Europa. En España el fenómeno ocupó titulares, convocó concentraciones y desató polémicas. En Barcelona, una reunión en el Arco del Triunfo congregó a cerca de 3.000 personas.
Cinco detenidos, disturbios posteriores y una escena que deja más celulares grabando que máscaras puestas. Mucha curiosidad. Mucho espectáculo.
¿Convicción profunda? Difícil saberlo.
Aquí el libreto se repite. La reacción social oscila entre la burla y la alarma. Unos hablan de extravagancia digital. Otros, de crisis mental colectiva. Sin embargo, expertos llaman a leer el fenómeno con menos prisa y más contexto. Desde la psicología del desarrollo, la adolescencia representa un laboratorio de identidad.
Diana Camila Garzón Velandia, investigadora del Observatorio de Redes Sociales de la Universidad Católica de Colombia, explica que en esta etapa el individuo busca pertenecer, pero también sobresalir.
Ser parte del grupo sin diluirse en él. La tensión no es nueva. Cambia el disfraz, permanece la necesidad.
La moda puede compararse cuando llegaron los hippies. Después los punks. Luego los emos. La pregunta clave no es si alguien se siente lobo, gato o zorro. La pregunta es por qué el fenómeno emerge justo cuando otros países ya lo viralizan. ¿Por qué no antes? ¿Por qué no de manera silenciosa y orgánica? La respuesta parece sencilla: porque las redes sociales funcionan como vitrinas de comportamiento. Si algo genera clics, se replica. Si algo genera controversia, se multiplica.
¿Pero cómo ser uno de ellos? Convertirse en therian no exige un proceso clínico ni una transformación espiritual. Exige exposición constante a contenido digital, validación inmediata y una comunidad que legitima la narrativa. En ese ecosistema, la identidad puede convertirse en tendencia y la tendencia en bandera.
Eso no significa que todo sea caricatura. Tampoco que cada joven que participa esté actuando. Pero sí obliga a reconocer que el entorno digital amplifica, acelera y magnifica cualquier expresión minoritaria hasta convertirla en conversación nacional. Y en ese tránsito, la línea entre identidad y moda se vuelve difusa.
Colombia no vive una “epidemia” de jóvenes que abandonan la realidad para transformarse en animales. Vive, más bien, la importación acelerada de una tendencia global que encuentra terreno fértil en una generación hiperconectada. El fenómeno se alimenta de cámaras, debates y escándalo.
Sin atención, probablemente pierde fuerza. Con sobreexposición, se consolida.
Quizás dentro de unos meses la etiqueta desaparece del radar y surge otra más disruptiva. Entonces veremos cuántos permanecen y cuántos migran hacia la siguiente narrativa digital. Porque si algo enseña la historia reciente es que las modas pasan, pero la necesidad de pertenecer se queda.
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