En la política colombiana existe un personaje que ha hecho del «no ser» su mayor bandera y del extremismo la palabra más contradictoria. Sergio Fajardo, el matemático que prometió puentes, construyó distancias y se ha convertido en el síntoma más grave de una democracia enferma de oportunismo. Hoy vemos a un personaje alienado en su propia lógica; un hombre que, mientras se ajusta su camisa sin correa para proyectar sencillez, permite que a su espalda se tejan las alianzas más cínicas de la historia reciente.
En su más reciente tramo de campaña, Fajardo se ha dedicado a descalificar a figuras como Iván Cepeda bajo la falacia de que «él no habla porque el que habla es Petro». No solo ignora una realidad que lo sobrepasa —pues la política ya no se trata de egos inflados, sino de la resistencia de proyectos colectivos—, sino que además le miente abiertamente al electorado que aún confía en él.
Existe una diferencia abismal en el carácter de estos dos candidatos. Iván Cepeda es tranquilo y ha aprendido a caminar bajo el fuego; aquel que repasa diariamente su encuentro con los ciudadanos y se toma tan en serio su palabra que prefiere leer sus discursos para no caer en el populismo barato. Su templanza no es una pose, ni su forma de vestir una farsa, sino el resultado de haber resistido al escarnio público, la persecución y el estigma con una dignidad inquebrantable. Su historia es la de quien vivió la crudeza de la violencia y enterró a su padre en medio del mayor genocidio político de Colombia. Cepeda no necesita lecciones de Petro, aunque sabrá escucharle y tampoco tiene nada que conversar con el manoteo barbárico de Fajardo; su autoridad emana de una trayectoria que ha resistido todo intento de borradura y de un estoicismo que no se veía en la política desde Carlos Gaviria, aquel abogado que pudo haber representado con tanta altura a Colombia en la presidencia.
En la otra orilla está Fajardo: un desdichado del espíritu que, atrapado en un ego absurdo, ha llevado su carrera a la mayor contradicción posible. Es el «profesor» que pierde los estribos
ante una pregunta sobre la financiación de su tercera campaña presidencial, dejando al descubierto a un hombre colérico que no tolera la duda. Su calma es insoportable porque es falsa y alborotada; sus expresiones son de hartazgo y su tono de cansancio es el barniz de alguien que se cree superior, pero que termina abrazado al MIRA con tal de no perder relevancia. Fajardo es una isla que se hunde en su narcisismo.
El centro en Colombia, por cuenta de este tipo de liderazgos, ha dejado de ser un espacio de equilibrio para convertirse en el camuflaje de los neutros. Fajardo no es moderación: es falta de convicción. Es el refugio de una élite que no sabe pisar el barro, mientras las bases ciudadanas son relegadas a simples espectadoras de una coreografía patética. Hoy, la credibilidad de Fajardo es un eco lejano. Su figura ejemplariza el declive de una forma de hacer política que cree que la estética de la decencia puede reemplazar a la ética de la acción. Al final, el hombre que no quería polarizar terminó dividiendo, descalificando y, lo más triste, vaciándose de todo contenido.
El mito del «santurrón» se cae a pedazos en el territorio. Es la reencarnación de la «Donbernabilidad»: esa macabra herencia de Medellín donde se simula orden mientras se deja operar a la mafia. Fajardo es hoy un ethos sin logos, un discurso vacío que ignora que la gobernabilidad exige hoy entender el pulso de una era tecnológica, de la IA y el valor de lo social que avanza a una velocidad que él ya no alcanza a comprender.
Es asombroso cómo el discurso de la «decencia» puede estirarse hasta abrazar a figuras tan disímiles. Fajardo es el Frankenstein electoral. Su supuesta coherencia ideológica se desvanece cuando el hambre de poder lo sienta en la misma mesa con lo que él mismo solía llamar «extremos». ¿Cómo puede alguien que tacha de corrupto a Iván Cepeda —quien, a diferencia de él, sí expone propuestas en la plaza pública— caminar de la mano con quienes representan los escándalos más oscuros de la política confesional?
Fajardo ataca a Cepeda porque no entiende que el obrero asalariado en Colombia ha despertado. Lejos de estar enajenado por un sistema sobreexplotado, ha empezado a participar de sus derechos con voz digna. Ya no creemos en la ficción de la «teoría del derrame», esa humillación que exige la espera de las sobras. El trabajador se esfuerza, constituye una lucha inquebrantable y sabe que la paz no se halla en el «centro», sino que se construye con títulos de tierra, sanidad pública, soberanía alimentaria y equidad de verdad.
Cepeda carece del performance carismático de Petro, pero posee algo más poderoso: la confianza de un pueblo que dejó de esperar el mesías; un pueblo que ha despertado de su letargo histórico y que hoy reclama justicia social. Fajardo, en cambio, se ha quedado solo, viendo ballenas en el océano de su propia inconsistencia. Frente al oportunismo de quien se alía con cualquiera para llegar, mientras vocifera que no se aliará a los extremos, se refleja que es él aquel extremo al que nadie quiere arrimarse. Al final, la historia recordará a uno por su resistencia bajo el sol del escarnio, y al otro por el ruido espantoso de su propio vacío.
Politóloga de la Universidad Javeriana de Bogotá y Magíster en Desarrollo económico e Innovación (USC España)
Correo: [email protected]
PORTADA
Consulta del Frente por la Vida se queda sin Juan Fernando Cristo
Escoltas del senador Jairo Castellanos mueren un medio de un atentado
¿Podrá Roy Barreras ganar la consulta de la centro izquierda?
CNE permite a Daniel Quintero integrar consulta del Frente por la Vida