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Confidencial Noticias 2025

| Columnista |

Nadie nos dijo que pisar una escuela como profesora en California sería como volver a emigrar. No a un país, sino a un universo educativo completamente diferente.

En un Estado tan diverso como California, las escuelas se dividen en privadas, públicas y chárter. En California, uno de cada cinco trabajadores del sistema K-12 es inmigrante. Además, en el estado residen aproximadamente 87,669 colombianos en edad laboral. Si aplicamos la misma proporción de inmigrantes en la fuerza laboral educativa, se podría estimar que el 20% de estos colombianos, es decir, 17,534 personas, trabajan en el sector educativo.

Trabajar en una escuela chárter me ha permitido entender cómo estas instituciones equilibran la flexibilidad de su modelo con altas expectativas académicas, adaptándose a las necesidades de su comunidad. ¿Cómo es posible que algo tan universal como la enseñanza pueda sentirse tan diferente dependiendo del lugar donde estés? Trataré de hacer una recopilación de lo que nadie nos dijo sobre enseñar en California.

La adaptación no ocurre solo en el aula; es aprender mientras enseñas. Me di cuenta de que no solo estaba enseñando inglés, sino también aprendiendo el lenguaje no escrito de este sistema: las reuniones bilingües, estudiantes hispanos con crianzas completamente diversas y la tecnología eran desafíos que me superaban. Al principio, me costaba entender cada término educativo que mi jefe mencionaba, y solo quería ser invisible a sus ojos para que no me preguntara nada.

Nadie nos dijo que nuestra vida se vería reflejada en la de nuestros estudiantes, que lidiaríamos al mismo tiempo con el proceso de migrar, que tendríamos las mismas carencias y extrañaríamos de la misma manera, ellos como niños y nosotros como adultos. Cuando escuché a un estudiante decir: «Extraño a mi abuela, pero no sé cómo decirlo en inglés«, entendí que no solo estaba enseñando un idioma, sino también ayudándolo a encontrar su voz en este nuevo mundo. Basta con observarlos día a día para reflexionar sobre nuestra propia vida.

Las aulas californianas son multiculturales: se habla del Día de los Muertos en español y, en la misma clase, del Año Nuevo Lunar en inglés. Desde afuera, una sola aula parece un crisol de culturas. Sin embargo, en algunos casos, lograr que un estudiante hable es un verdadero reto. El miedo a equivocarse o a ser juzgado puede llevarlos al aislamiento, a obtener calificaciones bajas o a un rendimiento académico deficiente.

No solo los niños enfrentan este desafío. Tengo estudiantes adultos que viven lo mismo: el temor a ser burlados los paraliza y les impide avanzar en sus clases. A algunos les toma meses enteros progresar al siguiente nivel, ya que la dificultad para hablar en inglés les genera inseguridad. Estas experiencias son abrumadoras. No se trata solo de aprender un idioma, sino de entender las reglas no escritas de la interacción social, las cuales pueden ser tan desafiantes como dominar una nueva lengua.

Y qué decir de cargar con el peso de las expectativas de los padres, quienes, haciendo su propio esfuerzo laboral, esperan que sus hijos aprovechen las oportunidades que ellos no tuvieron. Esto puede ser una motivación, pero también una fuente de ansiedad.

Recuerdo a una estudiante que llegó sin hablar una palabra de inglés. Durante meses, evitaba levantar la mano o participar en clase. Un día, en un ejercicio de lectura, logró decir una frase completa en inglés. Aunque su pronunciación no era perfecta, la clase entera aplaudió. Ese momento fue un cambio total para ella: empezó a hablar más y a involucrarse con sus compañeros. Era como si, con esa frase, hubiera encontrado su voz.

Nadie nos dijo que cargaríamos nuestras propias maletas mientras ayudamos a otros con las suyas. Ser docente inmigrante significa navegar un doble camino: adaptarse a un nuevo país mientras guías a otros en el mismo proceso. Es un desafío maravilloso, pero también puede ser abrumador. Como docentes, también debemos aprender: el sistema educativo, los métodos, las políticas y hasta los recursos son distintos.

Comprender los IEP (Planes Individualizados de Educación) o dominar los estándares educativos puede ser agotador al principio. Mientras enseñaba a mis estudiantes a conjugar verbos en inglés, yo misma aprendí a conjugar los verbos de mi nueva vida: trabajar, adaptarse y crecer.

Como inmigrante, llevas tu cultura y tus raíces contigo, pero a menudo debes ajustarlas a las expectativas locales. ¿Cómo encontrar un equilibrio entre ser fiel a tus métodos y adaptarte a las demandas del sistema? Llegar como docente a un país diferente significa empezar de cero. Es necesario demostrar tus habilidades, a veces más de lo que se espera de un profesor local.

Nadie nos dijo que sería fácil, pero tampoco que valdría tanto la pena. Enseñar como inmigrante en California no es solo un trabajo; es un acto de amor, resistencia y esperanza.

Adriana Cruz González

Docente en California, Estados Unidos.

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