Una crónica del reino de Nueva Granada
I. El edicto del gran Gustavo: la ira del salario mínimo
El Rey Gustavo, ungido por la gracia divina y atormentado por las necesidades de su pueblo, ha promulgado un edicto audaz y controversial. El «Salario Mínimo,» un decreto que estipula la paga mínima para todo siervo y artesano, ha desatado una tormenta de incertidumbre. Los gremios, desde los más opulentos hasta los humildes talleres, se ven obligados a recalcular sus aranceles y ajustar sus cuentas. La pluma del escriba no puede capturar la magnitud de la perturbación.
Imaginen, amados lectores, el herrero de la aldea, cuyo yunque ya resuena con fatiga, debiendo pagar más al aprendiz que lo asiste. El tejedor, cuyas manos crean finas telas para la nobleza, viendo cómo sus costos se elevan como un halcón en el cielo. Este edicto, nacido de la compasión, amenaza con ahogar a aquellos a quienes pretende salvar.¿Será esta la chispa que incendie la pradera de la prosperidad, o la lluvia que fertilice el campo de la equidad? Solo el tiempo, ese juez implacable, lo dirá.
II. El vaivén del favor real: danza de la lealtad
La corte de Nueva Granada, como un estanque en la noche, refleja los sutiles cambios en la lealtad del pueblo. Los bardos y juglares, otrora cantores de glorias pasadas, ahora entonan melodías de incertidumbre y descontento. Las encuestas, cual mensajeros reales enviados a cada rincón del reino, revelan el menguante favor de algunas facciones y el ascenso meteórico de otras. Los clanes rivalizan por la gracia del Rey Gustavo, urdiendo complots y estrategias dignas de los más sagaces estrategas. Unos prometen prosperidad a través del comercio, otros a través de la justicia implacable, y otros aún, a través de la conquista y el dominio. La balanza del poder se inclina constantemente, y los vasallos, observando desde sus humildes moradas, intentan discernir quién será el vencedor en esta contienda épica.
¿Permanecerá la casa gobernante, o la corona pasará a otro linaje? La respuesta reside en el corazón del pueblo, un volcán a punto de entrar en erupción.
III. Sombras de guerra en las fronteras: el ruido de sables con Venezuela
Los vientos del este traen consigo el hedor a pólvora y el murmullo de tambores de guerra. El reino vecino de Venezuela, gobernado por un caudillo enigmático y volátil, se agita como un mar embravecido. Las disputas fronterizas, las viejas rencillas y la sed de poder amenazan con desatar una conflagración que consumirá ambos reinos. El Rey Gustavo, consciente del peligro inminente, ha enviado emisarios con ramas de olivo a la corte vecina. Busca la diplomacia, el diálogo sereno y la comprensión mutua.
Sabe que la guerra, aunque gloriosa para algunos, es una plaga que asola los campos, vacía los graneros y llena los corazones de luto. Una reunión secreta, tejida con hilos de esperanza, se ha concertado entre el Rey Gustavo y un poderoso líder de tierras lejanas, Lord Trump de la lejana tierra del Norte. Los detalles son escasos, envueltos en el misterio, pero se rumorea que la paz de Nueva Granada podría depender de este encuentro trascendental
IV. El hechizo del oro prestado: la deuda del reino
El tesoro real, otrora repleto de oro y joyas, languidece bajo el peso de las obligaciones financieras. La «deuda,» ese espectro implacable que atormenta a reyes y plebeyos por igual, amenaza con consumir la prosperidad del reino. Para conjurar este mal, los consejeros del Rey Gustavo han ideado estrategias audaces, algunas consideradas heréticas por los puristas. La emisión de «bonos,» esos pergaminos que prometen recompensas futuras a cambio de sacrificios presentes, ha dividido a la corte. Algunos claman que es una medida necesaria para financiar el crecimiento y la defensa del reino. Otros, con el ceño fruncido y la mirada sombría, advierten sobre la peligrosa dependencia de los acreedores.
Se susurra también sobre una «operación heterodoxa,» un pacto secreto con un prestamista extranjero, un mago de las finanzas de tierras ignotas. Este trato, envuelto en sombras y misterio, ha inundado las arcas reales con una lluvia de oro. Pero, ¿cuál será el precio a pagar por esta dádiva inesperada? ¿Y qué favores oscuros se han prometido a cambio?
V. El oráculo del mercado: los augurios del salario mínimo
El «mercado,» ese bazar bullicioso donde convergen comerciantes, artesanos y compradores de todas partes, se halla sumido en la confusión. La profecía del impacto del «salario mínimo» es vaga y contradictoria. Algunos auguran prosperidad, un aumento en el poder adquisitivo y un florecimiento del comercio. Otros, con voz grave y rostro adusto, predicen ruina, despidos masivos y un colapso de la economía. La verdad, como un fantasma escurridizo, se oculta entre las sombras. La mitad de los agoreros se equivocarán, sin duda, pero ¿quiénes acertarán? La incertidumbre se ha apoderado del mercado, y los comerciantes, temerosos de tomar decisiones equivocadas, han frenado sus inversiones y reducido sus operaciones.
VI. La moneda devaluada: las acuñaciones excesivas
La moneda del reino, antaño símbolo de estabilidad y confianza, se ha devaluado a un ritmo alarmante. Las «monetizaciones,» la acuñación excesiva de monedas por orden del Rey Gustavo, han inundado el mercado con metal vil, erosionando su valor y alimentando la plaga de los precios. Esta práctica, aunque destinada a aliviar las arcas reales a corto plazo, amenaza con destruir la confianza en la moneda, con hundir al reino en el caos económico. Los comerciantes exigen pagos en oro puro, rechazando el metal adulterado. Los campesinos se niegan a vender sus cosechas por una moneda sin valor. La estabilidad del reino pende de un hilo.
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