Dice Albert Camus que “carecer de esperanza no es desesperar”, quizá porque en el final de la esperanza siempre queda la ilusión, la búsqueda de la redención. Dickens publicó Great Expectations en 1861. Pip, el protagonista de la novela, es el símbolo del hombre que descubre que todas sus esperanzas eran falsas o imposibles, que su ascenso social lo aleja de su propia identidad. Por eso, en medio de la vertiginosa Inglaterra victoriana, esta novela sobre la búsqueda de la esencia moral fue un éxito absoluto.
Millones de personas que veían cómo se transformaba su vida cotidiana con el crecimiento urbano, el auge industrial, la voluntad imperial y la innovación tecnológica se identificaron con Pip, en medio de una dinámica sin precedentes en la que se alejaban de su identidad aldeana, donde nada cambiaba, hacia un mundo desconocido donde todo era cambio. Dickens intuyó que el auge de ese momento ya incubaba la desilusión y que el radicalismo moral terminaría por hacer fracasar el imperio, como Pip, que regresa a Inglaterra años después y solo encuentra las ruinas de Satis House.
El poder o se piensa o se sueña. Cuando una sociedad es dirigida por personas que sueñan el poder, necesariamente se encontrará con el final de los sueños y la desesperanza; es decir, tendrá que escoger, como Pip, entre la redención o el castigo, porque la culpa es una categoría política. La culpa es el fundamento del totalitarismo y la dictadura, la forma del castigo. El mito de la Gran Culpa —es común escuchar que los crímenes son “culpa de todos” o que “es culpa del sistema”— no está hecho para comprender el pasado, sino para capturar el futuro.
Pero el castigo requiere un verdugo y la redención, un redentor, que disputarán el alma de un pueblo en el tiempo del final de la esperanza. Esta disputa tratará de destruir la última ilusión o de darle una oportunidad a esa ilusión. En la novela de Dickens, la última frase es:
«Sufrí mucho en aquel lugar, pero no vi sombra de otra separación de ella».
Es un cierre ambiguo, esperanzador, pero sin ilusiones excesivas: sugiere una posible reconciliación, pero no un “vivieron felices para siempre”. En política no existe la fatalidad y la culpa; sus verdugos no necesariamente tienen que triunfar.
Siguiendo con Dickens, el planteamiento central de Great Expectations es que la redención es identidad, y a veces sucede que una sociedad se encuentra a sí misma a través de figuras que representan la ilusión: eso que las personas quisieran ser, un ideal de superación personal, pero sin perder la autenticidad. Ese excepcional fenómeno está pasando en Colombia. Un país culpabilizado, al que le han dicho que solo es posible expiar esa culpa si paga con su libertad, encontró en Abelardo de la Espriella una figura que representa un relato de redención: un hombre como el que es posible ser sin dejar de ser. Un símbolo de que, en el final de la esperanza, aún es posible mantener la ilusión.
No sería la primera vez que el partido de los verdugos se enfrenta con el partido de los ilusionados, pero sí será la primera vez en Colombia en que los verdugos pierdan. La redención necesitaba representación y necesitaba un relato. Ya los tiene. No es Pip, no es una novela, pero se parece.
Jaime Arango
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