Trágica semana la que hemos superado, casi al filo del fin del primer mes del año. 45 almas llaman de sopetón a las puertas del cielo y rezo para que se hayan abierto de golpe y pleno.
Los de Sánchez prometen un acto de Estado, como ya hicieron con el COVID o con la DANA, para homenajear o despedir a las víctimas. Un aquelarre de discursos vacíos, como sus silencios, un depósito de flores marchitas, de abrigos negros, de tristeza absoluta porque en la nada de ese absurdo el hombre se encuentra vacío. Así nos quieren; sin sentido, sin esperanza, sin ánimo, grises del todo.
Ningún homenaje de estado dará a las familias más consuelo que rezar a Dios, ofrecer ese duelo y apoyarse en la Virgen, tan andaluza, y a la vez tan universal, tan de todos.
Se oyen voces en contra de los funerales católicos, se ciñen a la aconfesionalidad de un Estado. Yerran. El Estado es la estructura, la lírica de las leyes, las políticas… eso es aconfesional, a veces según qué leyes y proyectos me atrevería a decir que más que laico, laicista. Pero, y aquí un pero, en la contradicción nada España y su Nación, esa España que vive, llora y despide a los suyos reclama un funeral como Dios manda, porque solo Dios consuela a sus hijos y en Él encuentran esperanza y ¡oh, sorpresa de nadie! No es incompatible un funeral de Estado con una aconfesionalidad estatal. Mil veces habrá que explicarlo.
El error es confundir, imponer y vaciar de sentido la vida y ahora también la muerte de los españoles. ¿Es tarea del Estado imponer una espiritualidad vacía de sentido trascendente? ¡hmmm! No, no es tarea del Estado. Su tarea es ponerse de acuerdo con la Iglesia que profesa la mayoría, pero como estamos en el juego de la inclusión los horteras de Estado creen que es mejor un acto vacío, insípido y en este juego inclusivo y peligroso también parece que descarrila España. Señores, no crean si no quieren o pueden, pero no impongan el vacío como religión de Estado, el buen servidor público sabe consolar y atender a los suyos, no como él desea, sino como los suyos quieren ser consolados.
¿Pero dónde están los buenos servidores públicos? Trabajando, en sus puestos de trabajo. Los otros, aquellos a los que elegimos para que guíen, administren, mantengan, repartan y conserven lo público no sirven, no dan la talla, nos demuestran una vez más que no son aptos ni para consolar, ni para dirigir, ni gestionar, se sirven de lo público para medrar.
La prueba está en que el ministro de transporte Oscar Puente – tal vez me lea pues me tiene bloqueada en X- si sirviera, si fuera un buen Ministro, asumiría la responsabilidad como máximo servidor de ese ramo y mostraría honor y cierta dignidad al dejar libre el cargo, pues sin ser culpable de un accidente así, sí le corresponde a él asumir la responsabilidad del mismo y buscar la causa y dar cuenta de ello. Que lo ha hecho muy bien dando la cara, pero las buenas jugadas se rematan a lo grande, señor Puente.
La corrupción, señor Puente, no es solo desviar dinero público, administrarlo mal, gestionarlo fatal, colocar amigos, putas, familiares y allegados en puestos de gran responsabilidad. La corrupción comienza cuando uno deja de hacer lo que en conciencia le toca cuando asume una responsabilidad, y si es pública le toca además, ejemplaridad.
Basta haber estado pendiente de las catástrofes de los últimos años para concluir que tanto infraestructuras como la gestión de los políticos en tiempos dramáticos no son lo que eran. Hemos pasado de la red ferroviaria más envidiada de Europa, a una red que vibra y se balancea como una dentadura postiza sin el fijador de Corega, nadie piensa que se le van a caer los dientes, hasta que su sonrisa se queda hueca.
España esta semana se ha quedado con una sonrisa chueca: 45 familias destrozadas, el gremio de maquinistas que se levanta en huelga y familias que reniegan del acto de estado, toca encarrilar España y tal vez Puente pueda dar el primer paso.
Almudena González Barreda
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