En el libro Revelarse vende, Joseph Heath y Andrew Potter plantean que lo “cool” se crea a partir de una necesidad de estatus y distinción, que se convierte en bienes posicionales que la gente usa para diferenciarse de los “conformistas” o la “masa”, generando así una discriminación social basada en el estatus cultural. Es el elitismo bajo la forma del rebelde: es la tribu superior. En un entorno donde las organizaciones políticas han fracasado como estructuras de ordenamiento social y la política se ha transformado en una lucha tribal, esta tribu superior se apropió del relato moral.
En un peculiar abuso de la geometría se han denominado a sí mismos como “centro”. El “centro” es el bien, pero no simplemente el bien como lo entendía Kant; esto va más allá y se ubica en el helenismo: todo lo bueno es bello y, por lo tanto, verdadero. El “centro” no es ya una visión política, sino lo que se denomina un bien posicional, que se define como aquel cuyo valor o utilidad depende principalmente de su escasez relativa o de la posición que ocupa en una jerarquía social, no de su cantidad absoluta ni de su utilidad intrínseca. Por lo tanto, ser de “centro” es estar en la cresta de la ola de la competencia por el estatus. De ahí que, para quienes hacen parte de esa élite, sea irrelevante su aceptación política cuantitativa, porque entre más bajo sea su porcentaje de favorabilidad, se es más puro, más de “centro” y se posee más estatus.
El mal son los “extremos”, y “extremo” es cualquiera que no sea acorde a la estética centrista. Una figura política popular que represente valores conservadores tradicionales y que, por lo tanto, amenace el estatus del “centro”, porque en realidad habla de la moralidad social mayoritaria que ha sido excluida del relato centrista, tiene que ser expulsada de la comunidad política porque pone en duda que ese “centro” tenga ya un lugar en el mundo. Esa figura cuestiona el liderazgo moral del “centro”, que es su bien posicional. Esta gente no lucha por poder; está luchando, por primera vez en décadas, por su existencia. De ahí la virulencia de sus posiciones y la irracionalidad de su narrativa.
El filósofo inglés Nick Land plantea que las élites actuales democráticas, burocráticas o “progresistas”, lo que él y los neorreaccionarios llaman “la Catedral”, son parasitarias, corruptas y están condenadas a ser barridas por la dinámica capitalista. Para Curtis Yarvin, el sistema de poder real en Occidente es una alianza informal, pero monolítica, entre universidades de élite, medios de comunicación mainstream, ONG, burocracia estatal y think tanks progresistas. No es una conspiración centralizada, sino una “monocultura” ideológica que fabrica consenso progresista, impone corrección política y mantiene el statu quo liberal-democrático. Según él, esto crea una ilusión de pluralismo mientras suprime cualquier disidencia real.
La Catedral es la verdadera oligarquía que gobierna, no los políticos electos, y lo hace por medio del estatus, implantando patrones de estética discriminatorios en los cuales lo popular es la fealdad, el mal y el extremismo. No les importan las elecciones, no les importa que nadie los vote, los lea o los reconozca, porque son el poder real. Pero en el nuevo mundo de la lucha tribal ya no tienen lugar: son el pasado y alguien borró el camino que quieren desandar.
Jaime Arango
PORTADA
Carta de los órganos de control y la Registraduría al CNE pidiendo claridad para las consultas
Uribismo aclama a Paloma Valencia como su candidata
Encuesta Guarumo y Ecoanalítica pronostica segunda vuelta entre Cepeda y de La Espriella
Miguel Uribe Londoño sigue adelante con su aspiración presidencial