A doce días de las elecciones legislativas, el panorama electoral de Bogotá dista de estar cerrado, pues la decisión del voto en la capital sigue “abierta” en una proporción inusualmente alta. Hoy, cerca de 8 de cada 10 bogotanos que votarán no han definido su candidato, lo que equivale a más de 2,2 millones de personas que aún evalúan opciones. Esto no es apatía, sino un rasgo tradicional y estructural del electorado urbano bogotano que decide tarde, compara más y se siente menos atado a rígidas identidades partidistas.
Esta característica ha sido consistente y explica por qué Bogotá presenta mayor volatilidad electoral que muchas regiones, aunque en la práctica, la elección en la ciudad se define en la fase final de la campaña, y no la determinan solo los posicionamientos tempranos ni las maquinarias tradicionales, sino la capacidad de conexión efectiva con un electorado que evalúa hasta el último tramo.
Así las cosas, las campañas entran ahora en su etapa decisiva real, lo que coincide con las proyecciones del 30% en la renovación del Congreso, demostrando que el sistema político, aunque mantiene estructuras tradicionales, no es estático, y Bogotá ha sido uno de los motores de esa renovación por el peso de su voto de opinión. Pese a ello, persiste una narrativa por parte del análisis periodístico local sin rigor investigativo, que repiten como loros que las maquinarias terminarán imponiéndose también en Bogotá y que la ciudad habría dejado de ser bastión de voto independiente.
La pregunta consecuente sería si esa lectura: ¿corresponde al comportamiento real del electorado bogotano?, aunque los datos actuales indican lo contrario en una ciudad donde el 80 % del electorado sigue indeciso a menos de dos semanas de la votación, lo que indica que no es una ciudad capturada y por el contrario es una “ciudad abierta”, pues la indecisión masiva es evidencia de ausencia de amarre generalizado. Las maquinarias políticas funcionan cuando los votos ya están “amarrados”, en cambio, cuando la gente está indecisa (como pasa en Bogotá) esos votos están libres y por definirse. Por eso, desde otras regiones del país se suele ver a Bogotá como ejemplo de voto independiente, donde las personas deciden más por opinión que por clientelismo.
Entonces surge otra pregunta: ¿cómo se está comportando realmente el voto de opinión en Bogotá? Todo indica que sigue siendo amplio y libre, de hecho, desde muchas regiones del país se pone a la capital como ejemplo de voto independiente, mientras en la propia Bogotá algunos relatos mediáticos insisten en que aquí todo lo decide la maquinaria. Nuevamente esa contradicción revela más un sesgo de observación que una realidad electoral. Cuando no se investigan las campañas de opinión, las redes ciudadanas y las formas de movilización no clientelar, se invisibiliza a una parte enorme del electorado. Y cuando se amplifican sin mayor contraste los eventos prepagados de la política tradicional, se termina sobredimensionando su peso real. Así los opinadores periodísticos sesgados construyen una narrativa autorreforzada que anticipa que ganará la maquinaria tradicional.
En síntesis, decir que la política de maquinaria es inevitable hace que la gente deje de cuestionarla y la vea como normal, aunque la realidad es que la elección en Bogotá sigue abierta, con alta renovación y con la mayoría de votantes que aún no decide, aunque al enfocarse solo en buses, vallas, lechona, tamal y tarimas, algunos comentaristas distorsionan la elección y ocultan que el voto de opinión sigue siendo fuerte en la ciudad.
Luis Fernando Ulloa
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