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Confidencial Noticias 2025

| Paola Nieto Guarín |

En el fascinante ecosistema de la política colombiana, donde la realidad siempre ha tenido la cortesía de superar a la ficción, emerge con la sutileza de un trombón en un funeral la figura de Abelardo de la Espriella. No estamos simplemente ante un candidato; estamos ante una experiencia estética degradada. Es el «Gladiador» que, tras años de sacrificarse en las arenas de los restaurantes de lujo en Florida y las fincas vinícolas de Italia, ha decidido descender al barro del «servicio militar» presidencial. Pero cuidado: no se dejen engañar por el brillo de sus mancornas de oro; lo que presenciamos no es el nacimiento de un estadista, sino la reestructuración de una quiebra personal disfrazada de salvación nacional.

La narrativa oficial del personaje es cautivadora: el empresario exitoso, el «Rey Midas» que, tras haberlo ganado todo, desciende a enseñarnos el camino a la riqueza. Es el engatusamiento perfecto para una sociedad atajista que confunde el gasto con el ingreso. Sin embargo, cuando se rasga la seda de la propaganda, lo que aparece es un holding de vanidad en cuidados intensivos.

Resulta irónico que el hombre que promete enderezar la economía del país no logre que su propia marca de ropa o sus líneas de licores arrojen cifras que no sean un

poema al color rojo. Con pérdidas acumuladas que harían palidecer a cualquier gerente serio, el «imperio» de De la Espriella parece ser más un cascarón estético financiado por el capitalismo de influencia que una estructura productiva real. Es la «Anatomía del Atajo» en su máxima expresión: la lógica imperante de nuestros días dicta que, si tus negocios no rentan en el mercado, la solución es capturar el Estado. Al final de la jornada, la Presidencia es el único activo capaz de rescatar un patrimonio devorado por una vida de placeres y gastos que la realidad contable ya no puede sostener.

El Votante Atajista: Espejito, Espejito…

¿Por qué el ciudadano de a pie, aquel que sufre el rigor de la canasta familiar, aplaude a un señor que le restriega aviones privados en la cara? Por la ironía de la aspiración. De la Espriella no le habla al ciudadano; le habla al «avispado» que todos llevamos dentro. Ha logrado que el votante medio vea en su opulencia no un insulto, sino una promesa. El engaño es magistral: convencer al pueblo de que su capacidad para «saltarse la fila» y defender lo indefendible —desde pirámides financieras hasta las sombras del pasado paramilitar— es, en realidad, una virtud gerencial.

El votante ha sido obnubilado con la idea de que se necesita un «lobo» para cuidar las ovejas, ignorando que el lobo tiene deudas pendientes y que el rebaño es su única garantía de pago. Es la estética del narcotráfico blanqueada con un título de la Sergio Arboleda: la creencia de que el éxito justifica el medio, y que ser un «fantoche» elegante es preferible a ser un líder íntegro.

El Egosistema y el «Plan B» del Establecimiento

No estamos ante un ecosistema político, sino ante un egosistema. Este personaje no es un outsider; es la coartada ideológica y el «Plan de Contingencia» de las élites tradicionales del Caribe. Mientras los clanes aportan la maquinaria —esos votos comprados y la logística de siempre—, él aporta el rostro moderno de la «derecha salvadora».

Su historial revela un patrón recurrente: «El Cliente como Mercancía». Usa al defendido para su proyección mediática y lo abandona en cuanto la utilidad política se agota. Hoy, el votante medio es el nuevo «cliente» de esta firma de abogados disfrazada de partido político. Cada propuesta punitiva está diseñada para beneficiar a la red de socios que sostiene su estructura, permitiéndole sanear sus cuentas personales bajo el disfraz del patriotismo.

La ironía alcanza su punto de ebullición con su discurso de seguridad. Se presenta como el «soldado de la democracia» que viene a «descoñetar» bandidos, mientras en su historial se acumulan testimonios que lo sitúan como el puente de plata de las Autodefensas en Santa Fe de Ralito. Promete una mano dura que, sospechosamente, parece tener dedos muy largos cuando se trata de activos ajenos, como denuncian sus antiguos clientes de las pirámides. Su oferta es, en realidad, una protección selectiva: es el orden de los Char y de los herederos del clientelismo, que ven en Abelardo al actor perfecto para que nada cambie. No es un gladiador luchando contra la casta; es la casta poniéndose un casco brillante para que no le reconozcan las arrugas.

Incluso en la aritmética básica del apoyo popular, la ironía es cruel. Presentar cinco millones de firmas para recibir un rechazo del 62% por datos falsos y fotocopias es la metáfora perfecta de su carrera. Es el volumen vacío, la maqueta del poder. El candidato que desprecia la trampa en su discurso la utiliza en su logística, demostrando que para el trepador, la legalidad es solo una sugerencia molesta que se soluciona con un buen equipo de relaciones públicas.

Abelardo de la Espriella no es un peligro por ser un «derechista radical»; es un peligro porque es un operador en crisis, y bajo la desesperación, las cucarachas se alborotan. Su presidencia no sería un servicio militar, sino una liquidación de activos nacionales para sostener un estilo de vida que ya no encuentra financiación entre influencias con narcos ni lavando activos de políticos del vecino país.

Colombia está ante el espejo de su propia desidia social. Si permitimos que el engatusamiento estético triunfe, habremos aceptado que la patria es simplemente el último negocio «chimbo» de un abogado que sabe que, en el país de los ciegos, el que tiene un avión privado es el rey. El Gladiador no viene a morir por nosotros en la arena; viene a cobrarnos la boleta para pagar sus cuentas en Italia.

Paola Nieto Guarín

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