Los obreros, los campesinos, los maestros y toda la clase trabajadora del país están siendo nuevamente pisoteados y ultrajados por los magistrados de las Altas Cortes que ganan más de sesenta millones de pesos al mes, los congresistas que ponen el grito al cielo porque sólo van a ganar unos miserables treinta millones al mes y los mega ricos que, en años que han sido de crecimiento económico, de bonanza para quienes más tienen, son incapaces de aceptar una distribución justa de la riqueza.
La decisión que toma el Consejo de Estado de suspender el salario mínimo vital es un ataque frontal contra el pueblo, por más que se quiera disfrazar de ficción jurídica. Hay que mostrar las cosas como son, le están diciendo de frente a los trabajadores del país: no vamos a aceptar que tengan un ingreso digno, no vamos a permitir que por primera vez en la historia de uno de los países más desiguales del mundo se intente nivelar un poco la cancha, no vamos a dejar que quienes son los encargados de crear riqueza puedan disfrutar un poco más de las ganancias.
Es difícil mantener cualquier discurso que intente negar que en Colombia existe un conflicto de clases cuando por un lado la Corte Constitucional le permitió a las empresas petroleras seguir extrayendo el petróleo que es de la Nación, o sea, de nosotros los colombianos, sin pagar una retribución justa a los billones que se están embolsillando con lo que es nuestro, y por otro el Consejo de Estado les dice a los pobres que sigan soñando con tener un salario que se acerque un poco más a lo necesario para cubrir las necesidades básicas de un hogar porque primero se debe dejar que la gente se muera de hambre, se muera sin un techo sobre la cabeza, antes que permitir que los mega ricos tengan que dejar de comprar un yate o un apartamento en Miami por pagar de más a un trabajador.
Hay que decirlo sin rodeos y reiterarlo cuantas veces sea necesario: lo que estamos viendo es una guerra frontal contra el pueblo. Cuando se da un ataque tan visceral, tan cargado de odio, lo único que se puede hacer es una respuesta equivalente. El momento histórico requiere la movilización más grande que se haya visto en la historia del país. Porque ha sido esa misma clase oligarca de la que salen los magistrados que buscan cualquier recoveco jurídico para detener el progreso social, de la que salen los congresistas que se oponen a cualquier intento real de transformar la raíz de todos los males del país que no es otra que la desigualdad, la que en momento de crisis le pide al pueblo que se sacrifique, que vaya a las filas del Ejército para defender sus intereses, la que se alía con paramilitares para desplazar al campesinado si con eso se asegura una hectárea más de tierra, la que no le importó asesinar a jóvenes inocentes para mostrarlos como un triunfo de la política de seguridad.
Y es esa clase, esa que se ha acostumbrado a pisotear al pueblo, la que desde las altas esferas del poder que siempre ha cooptado comete uno de sus más grandes actos de desprecio contra el pueblo, negándole la posibilidad de recibir lo que es apenas justo siendo el motor principal de la riqueza que no es otra cosa que el trabajo.
No hay que ser ingenuos, los magistrados de las Altas Cortes no viven en una burbuja, en un plano superior apartados de toda la sociedad. No, se educaron en los mismos colegios que los mega ricos a los que defienden, fueron a las mismas universidades; es más, probablemente luego de tumbar el salario mínimo salieron de sus despachos a El Nogal o cualquier otro club privado de Bogotá a brindar con un whiskey junto a los empresarios a los que les acaban de cuidar el bolsillo.
Hay que dejar muy claro también que de esa misma clase vienen los políticos que se alegran con que el pueblo gane menos, que han hecho siempre todo lo posible para que la desigualdad persista. Cualquier candidato al Congreso o a la Presidencia que se alegre con la suspensión del mínimo vital es un enemigo del pueblo, así de sencillo. No se puede decir que se trabaja por la gente, que se quiere llegar a gobernar por y para la gente, cuando se celebra que quienes son la base real de la economía tengan todavía menos dinero para soportar su vida y la de sus familias. No se puede votar por un candidato que abiertamente te está diciendo: no quiero que como trabajador tengas un mejor ingreso, voy a hacer todo lo posible para disminuir aún más los recursos que te llegan.
La rabia que siente hoy el pueblo al que se le escupe en la cara debe ser utilizada para garantizar una transformación real. El momento va más allá de unas elecciones. La tarea no es sólo cambiar la totalidad del Congreso para que nunca vuelvan los congresistas que le sirven a la élite, que sólo saben recibir cincuenta millones al mes sin trabajar, no es solo avanzar con una Constituyente que permita reescribir el contrato social entre quienes trabajan de verdad y quienes se parasitan del trabajo del pueblo, es demostrar en los parques, las plazas y las calles que el pueblo ya no se va a volver a dejar pisotear.
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