En Colombia necesitamos reconocer que el problema de la desigualdad no se resuelve únicamente con programas, indicadores o reformas administrativas. La desigualdad es también una herida cultural. Se expresa en la manera como se desprecia la diferencia, en cómo se niega la palabra, la memoria y el derecho a existir con dignidad a millones de personas y comunidades. Por eso, la posibilidad de que un indígena como mi amigo Luis Alfredo Acosta, ex coordinador nacional de la Guardia Indígena, sea nombrado ministro de la Igualdad, tiene un significado profundo y puede convertirse en una oportunidad histórica para ampliar el horizonte del Estado colombiano y reconocer que el país necesita escuchar otras formas de saber, de orientar, de gobernar y de reparar.
El Estado colombiano fue construido desde una sola manera de ver el mundo, la que se considera moderna, racional, técnica y occidental. Esa mirada ha permitido avances importantes, ha impulsado la ciencia, la institucionalidad y el desarrollo de herramientas de planeación. Sin embargo, también ha sido limitada por una soberbia cultural peligrosa. Se asumió que lo diferente era atraso. Se trató como superstición el conocimiento que no respondía a los métodos oficiales. Se transformó en folclor lo que era sabiduría. Esa actitud ha sido una raíz persistente del racismo estructural, del despojo territorial y de la exclusión política que han sufrido los pueblos indígenas.
Que una persona como Lucho Acosta llegue a dirigir el Ministerio de la Igualdad, es un gran reto para él, para el gobierno del cambio y para el Estado, y significa que el país puede empezar a corregir una deuda profunda. Pero más allá de eso, representa abrir una puerta a la diversidad cultural como fundamento de democracia. La igualdad necesita presupuesto, políticas públicas y mecanismos institucionales. Pero también necesita un cambio cultural, y la cultura se transforma cuando cambian los referentes que orientan el poder, cuando el gobierno deja de hablar desde una sola perspectiva y se atreve a integrar otras miradas.
La sabiduría indígena no es únicamente conocimiento sobre plantas o rituales, como todavía se repite desde el desconocimiento. Es una forma integral de comprender la vida. Es un pensamiento que entiende la comunidad, el territorio, el conflicto y la convivencia como partes inseparables de un mismo tejido. No fragmenta la realidad, ni separa lo humano de lo ambiental. No concibe el progreso como explotación ilimitada. Propone equilibrio, reciprocidad y cuidado, y por eso resulta esencial para un ministerio que busca igualdad real.
La experiencia de Luis Alfredo Acosta en la Guardia Indígena otorga a este debate un valor aún mayor. La Guardia es una de las mayores lecciones éticas de Colombia contemporánea. Representa autoridad moral sin armas. Representa protección colectiva sin odio. Representa resistencia sin degradación. En un país donde durante décadas la fuerza fue considerada el lenguaje natural del poder, la Guardia ha demostrado que la palabra puede sostener la vida, que la disciplina comunitaria puede proteger el territorio, y que es posible resistir sin reproducir la lógica del exterminio. Esa forma de liderazgo, basada en el cuidado, es imprescindible para imaginar un país más justo.
En el camino de la paz integral es indispensable reivindicar el papel de los mamas, sagas, the’walas, taitas, jaibanás, mayores y mayoras, payés y sabedores tradicionales. Son autoridades espirituales y materiales de los pueblos originarios, y durante siglos han sostenido una autoridad basada en la escucha profunda, la disciplina interior y el conocimiento del territorio y del tiempo. Interpretan señales, orientan a sus comunidades, armonizan relaciones quebradas, restauran equilibrios y protegen lo sagrado como núcleo del respeto por la vida.
En un país herido por la violencia armada, por el despojo y por la crueldad, el aporte de estas autoridades puede ser decisivo en la reparación de la paz. Porque la paz necesita, además de decretos y reformas, sanar el corazón colectivo, reconstruir la confianza y reconciliar a la sociedad con su propia humanidad. Allí la energía especial que portan estas personas, entendida como fuerza espiritual y orientación ética, se convierte en una dimensión que el Estado no debería despreciar. No se trata de exotismo ni de adorno cultural. Se trata de una comprensión profunda de la vida, del daño y de los caminos para reparar.
También es urgente reconocer que el conflicto armado colombiano no solo ha matado personas. Ha afectado ríos, ha contaminado selvas, ha destruido bosques, ha desplazado animales y ha roto equilibrios sagrados. La guerra también ha sido violencia contra la naturaleza. Por eso, reparar la paz significa restablecer respeto por los territorios, el agua, la montaña y los lugares sagrados. En esa tarea, las autoridades espirituales indígenas poseen una voz que el país ha ignorado demasiado tiempo. Su palabra no es decorativa. Su palabra es conciencia y guía.
Nombrar a Luis Alfredo Acosta como ministro de la Igualdad significa reivindicar el conocimiento ancestral como complemento igualitario de la sabiduría analítica y científica de Occidente. No se trata de reemplazar una por otra. Se trata de superar jerarquías injustas del conocimiento, entendiendo que la ciencia sin ética puede volverse dominación, y que la técnica sin cultura puede volverse destrucción. Integrar ambas miradas puede fortalecer políticas públicas más humanas y más completas. Un país que reconozca su diversidad como fortaleza será un país más democrático y más digno.
Luis Emil Sanabria Durán
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