El 2026 entró sin pedir disculpas, como esos invitados que no tocan la puerta porque saben que la fiesta es suya. Cuando medio país todavía brindaba por 2025, pasaron apenas 24 horas y enero ya sacudió el tablero: terremotos en varios países, la captura del dictador más famoso del planeta, la muerte de un artista colombiano que rompe géneros y generaciones, alianzas políticas que empiezan a escribir la boleta presidencial y, para completar el combo, Estados Unidos disparando titulares como si fueran fuegos artificiales…
Qué divertido se ve el vértigo, qué miedo se siente vivirlo. Y aun así, qué privilegio narrarlo. Porque no es solo contar lo que pasa, es asumir que estamos parados en una esquina de la historia donde todo ocurre al mismo tiempo y a máxima velocidad. Este es el tipo de años que nuestros nietos escucharán con ojos abiertos, dudando si exageramos o si nos quedamos cortos.
Vayamos por partes, como diría el editor cuando la columna se desborda.
Primero: Colombia. La pregunta del año se repite en cafés, taxis y timelines: ¿quién será el próximo presidente? Yo apoyo al que ofrezca garantías, no trincheras; al que suma, no al que convierte la política en ring de boxeo. No quiero lo mismo del gobierno anterior, pero tampoco la caricatura furiosa de la oposición. ¿Centro? ¿Tibio? No: coherente. En un país que grita, pensar en voz baja ya es un acto revolucionario.
Segundo: el mundo. Estados Unidos se autoproclama protagonista de este inicio de año, pero aún no define su discurso. Mientras tanto, el planeta observa con la mezcla perfecta entre fascinación y cansancio.
Tercero: las ciudades. O corrigen errores o pagan la factura con intereses. No hay milagros urbanos sin decisiones incómodas. Progresar no es inaugurar obras, es dejar de pelear por ideología y empezar a competir por resultados. El cemento no vota, pero sí juzga.
Cuarto: mi Bogotá bella. Qué tanto le falta para crecer y qué poquito se necesita para hacerlo. Ironía capitalina: grandes discursos, pequeñas soluciones. Este año exige rumbo y, ojalá, líder. No mesías, no superhéroes, solo alguien que entienda que gobernar es menos épico y más gerencia.
Me imagino un buen año. Con retos, sí. Con dificultades, también. Pero con actos que superan miedos. Se vienen proyectos, aventuras, tropiezos y aprendizajes. Que nos cojan confesados, pero trabajando. Porque el miedo paraliza pero la acción construye.
Este 2026 no pide permiso. Exige carácter. Y a quienes contamos la historia nos reta a narrar sin maquillaje, sin miedo y sin servilismos. Porque si este año algo enseña es que la realidad no espera a que estemos listos: simplemente pasa.
Ah, y para cerrar con el mensaje que todos queremos leer, aunque parezca herejía periodística: que Colombia gane el Mundial. Porque soñar, incluso en medio del caos, sigue siendo el mejor acto de rebeldía. Buen día.
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