En el colegio, cuando era niño, se sentaba en la última fila. No porque quisiera pasar desapercibido, sino porque prefería observar desde atrás. Su apellido, Salazar, lo enviaba al fondo de las listas, pero su carácter lo llevaba al frente de las discusiones. Preguntaba, cuestionaba, pedía explicaciones. No le bastaba con lo que estaba en el libro. Así empezó la inquietud académica y política de Esteban Salazar, hoy candidato a la Cámara de Representantes.
En esa época estudió en un colegio de curas, un entorno que él describe como rígido, cercano a la disciplina militar. Allí, dice, su rebeldía encontró límites. Hubo tensiones con uno de los rectores, un sacerdote con quien sostuvo varios enfrentamientos. Sin embargo, su rendimiento académico lo respaldaba: era becado y estaba entre los mejores puestos del curso.
Al graduarse, ese mismo rector escribió en su anuario una frase que resume la relación: “A quien mucho me enseñó”. Para Esteban fue la confirmación de que el conflicto no fue gratuito, sino parte de un proceso de formación mutua en donde la juventud terminó por dar cátedra al establecimiento.
La rebeldía, asegura, no era indisciplina. Era inconformidad con lo que consideraba imposiciones sin argumento, tanto en educación como en religión. Una actitud que, según él, se mantiene intacta y que ahora en la política lo ha puesto enfrentar diversos debates desde distintos frentes.
Ya en la universidad, en su primer día, cuando le preguntaron qué quería ser cuando fuera más grande. Él respondió sin titubeos: Presidente de Colombia. La reacción fue la risa de varios compañeros. Años después, cuando se graduó, esos mismos compañeros lo eligieron para dar el discurso de grado.
No obstante su tránsito a la universidad también significó otra cosa. Venía de un entorno donde convivían realidades económicas muy distintas. Su padre pudo costearle los estudios, pero en su casa las condiciones no eran holgadas. Su madre era quien asumía los gastos cotidianos y, según cuenta, los recursos eran limitados.
Desde el colegio empezó a vender libros y apuntes de trabajos. Luego sumó paquetes de dulces, papas fritas, donas y cualquier producto que dejara margen de ganancia. En la universidad continuó. “Vendía de todo”, dice sin incomodidad.
Esa práctica le valió comentarios clasistas de algunos compañeros. También episodios de racismo durante su etapa escolar. Sin embargo, asegura que de ello aprendió a no avergonzarse del rebusque y a no dejarse afectar por las miradas de superioridad. “Pena debería dar robar”, asegura.
Durante diez años se movilizó en motocicleta. La primera fue casi de mensajero: la usaba para transportar los productos que vendía y sostener sus gastos. Más adelante adquirió motos de mayor cilindraje, siempre sin dejar de trabajar y estudiar al mismo tiempo. Por eso para él la moto no es solo un medio de transporte. Es una herramienta de movilidad social. Una herramienta de dignificación para quienes no se sienten seguros en el transporte público y aún no pueden acceder a un automóvil. Eso lo ha llevado a defender su uso con responsabilidad y formación adecuada.
Según ha expresado su vida ha sido intensa. Desde que tiene memoria, no ha dejado de estudiar y trabajar. No sabe si eso es vivir rápido, pero sí siente que ha vivido con intensidad. Al hablar de referentes en su vida menciona a sus dos abuelas, mujeres que sostuvieron a sus familias en momentos difíciles, que como muchas otras colombianas de clase media trabajaron y sacaron adelante a hijos y nietos.
Hoy, en campaña, Esteban ha optado por una estrategia poco convencional: invita a la gente a “cuadrarse electoralmente”. La idea, explica, surgió en una conversación sobre cómo pedir el voto sin recurrir al lenguaje político tradicional.
La expresión, tomada del lenguaje coloquial para formalizar una relación, se convirtió en el eje de su campaña. Busca proponer una relación más sana y responsable entre el votante y la política. Reconoce que el término no conecta de inmediato con personas mayores de 50 años, para quienes “pedir el cuadre” no forma parte de su vocabulario. Pero la curiosidad inicial abre la puerta a explicar su propuesta.
Según explica, la idea es alejar el término de su connotación romántica y cautivar al votante con ideas, propuestas y una línea visual que acerque la política a la mayoría de los ciudadanos. El color rosado y la estética descomplicada hacen parte de esa estrategia. Algunos asesores le advirtieron que podría generar rechazo en sectores masculinos conservadores. Sin embargo, para él la discusión sobre colores pertenece a una visión superada y que lo central debe ser el contenido.
Su historia de vida y la calidad de sus propuestas no está construida sobre una línea recta de privilegio económico, sino sobre una mezcla de oportunidades y limitaciones. Entre la rebeldía juvenil, la disciplina del colegio religioso, la necesidad de vender para sostenerse y su anhelo de llegar a la Presidencia, Esteban Salazar compone una identidad atravesada por la inconformidad, la resiliencia y el trabajo constante.
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