Para mí, hoy es imposible seguir escribiendo artículos centrados exclusivamente en sostenibilidad, ESG, economía verde o energías limpias, como si el planeta no estuviera atravesando el mayor cambio de paradigma político y geoestratégico desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. No desconozco la relevancia de estos temas —todo lo contrario—, pero insistir en ellos sin reconocer el contexto actual es, cuando menos, una forma elegante de negación.
El mundo que conocimos terminó.
Y no fue demolido por sus enemigos históricos, sino por su propio arquitecto: Estados Unidos.
El orden internacional basado en reglas, instituciones multilaterales y derecho internacional —imperfecto, sí, pero funcional— está siendo reemplazado por una lógica mucho más cruda: la ley del más fuerte. La soberanía y los intereses nacionales han pasado del discurso diplomático a la práctica sin maquillaje. La cooperación es ahora transaccional. La ética, opcional. El multilateralismo, un estorbo cuando no sirve.
Paradójicamente, este nuevo discurso solo funciona para quienes tienen músculo financiero, capacidad militar y peso político real. Estados Unidos, China y, en menor medida, Rusia pueden permitirse esta narrativa. Pueden romper reglas porque las escribieron. Pueden ignorar instituciones porque las financiaron. Pueden redefinir fronteras económicas y políticas porque tienen con qué imponerlas.
Pero ¿qué pasa con el resto del mundo?
La gran mayoría de los países no están entrando a una nueva era de soberanía, sino a una versión sofisticada del vasallaje. Estados medianos y pequeños, especialmente en América Latina, África y partes de Asia, no están jugando ajedrez geopolítico: están siendo piezas. Defender el paradigma del siglo XX —derechos, reglas, equilibrios— en el siglo XXI no es idealismo: es irrelevancia estratégica.
Estamos presenciando el regreso de una geopolítica que creíamos enterrada en los siglos XVIII y XIX. Un sistema donde la autonomía no se mide en votos en Naciones Unidas, sino en la capacidad de decir “no” sin consecuencias. Y hoy, muy pocos pueden hacerlo.
La supuesta soberanía de muchos países se reduce a gestos simbólicos: visitas oficiales, cumbres cuidadosamente coreografiadas y comunicados conjuntos que esconden relaciones profundamente asimétricas. La diplomacia se parece cada vez más a un ritual de cortesía hacia el emperador de turno. Cambian los nombres, pero no la lógica.
El nuevo “equilibrio internacional” no busca estabilidad global, sino control. Control sobre quién puede desarrollar tecnología sensible, quién puede comerciar con quién, quién puede aliarse y quién no. Casos como Argentina o México, presionados para enfriar o cortar vínculos estratégicos con China, no son anomalías: son adelantos de un patrón que se repetirá.
Y aquí está el punto incómodo que pocos quieren decir en voz alta:
en este contexto, hablar de sostenibilidad sin hablar de poder es una ilusión peligrosa.
El sistema económico global necesitaba cambios, sin duda. La globalización no llegó a todos, y sus beneficios se concentraron en pocos. Pero lo que está emergiendo no es un modelo más justo, ni más verde, ni más humano. La brecha entre ricos y pobres sigue ampliándose, el costo de la vida se dispara y los salarios pierden poder adquisitivo de forma sistemática. La transición no está siendo socialmente sostenible, y mucho menos políticamente estable.
La verdadera discusión que deberíamos estar teniendo no es cómo hacer reportes ESG más sofisticados, sino cómo los países sin poder duro pueden sobrevivir —y tener agencia— en un mundo donde las reglas ya no los protegen.
La innovación hoy no está en un nuevo indicador de impacto. Está en repensar la soberanía, las alianzas regionales reales (no declarativas), la autonomía estratégica y la capacidad de negociación colectiva. Está en entender que sin poder político y económico, no hay transición verde posible. Y que sin justicia geopolítica, no habrá sostenibilidad que aguante.
El siglo XXI no será sostenible si primero no es gobernable. Y hoy, el mundo va exactamente en la dirección contraria.
Juan Camilo Clavijo
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