La historia de Guillermo Antonio Rojas Avilés, militar del Ejército Nacional de Colombia que ostenta el grado de sargento segundo, y profesional con múltiples títulos universitarios, podría leerse como una crónica de superación escrita a pulso, de esas que demuestran que cuando se quiere, se puede.
Nació en Honda, Tolima, a orillas del río Magdalena. Es hijo de pescadores humildes que, en tiempos de subienda, lograban asegurar el sustento diario; pero cuando los peces en el río escaseaban, no tenían como garantizar los tres platos que suelen marcar la rutina de cualquier hogar.
Desde niño entendió que el camino no sería fácil. Caminaba varios kilómetros cada mañana para llegar a la escuela del Carmen, donde cursó la primaria. Más adelante repitió la escena durante el bachillerato: primero en el Instituto Técnico Industrial Antonio Herrán Zaldúa y luego en el colegio General Santander. En cada trayecto llevaba la misma certeza: solo el estudio le permitiría salir adelante.
“Muchas veces llegaba a la hora del almuerzo y mi mamá me decía: ‘Mijo, no hay almuerzo’. No había qué comer. Imagínese llegar a una casa donde no hay comida, en una época en la que no existían los beneficios alimenticios que hoy se otorgan en los colegios”, recuerda Guillermo.
En las madrugadas ayudaba a su padre a pescar en el río Magdalena. Después, el hombre iba a la plaza de mercado a vender el pescado y conseguir el dinero para el día. Aquellas jornadas marcaron su carácter. Desde pequeño comprendió que debía romper el círculo de la pobreza y ofrecer a sus padres una vida distinta.
No fue un niño muy amiguero. Mientras otros jugaban, él prefería los libros y los cuadernos. Su tiempo libre transcurría entre tareas y apuntes. Aun así, las dificultades económicas lo golpearon con fuerza: no asistió a su graduación de bachillerato porque no tenía los 24.000 pesos que costaban los derechos de grado. Su diploma lo reclamó dos años después.
Al terminar el colegio encontró en la invitación del Ejército Nacional para prestar el servicio militar una luz al final del túnel. En 2007 ingresó como soldado profesional, decidido a construir una carrera militar sin renunciar a su sueño de formarse como profesional.

En 2014 conoció la oferta académica de la Corporación Universitaria de Asturias. Con la asesoría de Maritza Parra Camargo, a quien recuerda con gratitud, tomó la decisión de estudiar a distancia. Se matriculó en Economía y Administración de Empresas gracias a una beca del 84 % que le otorgó la institución.
“Pagaba cuotas mensuales. En ese tiempo era cabo tercero y me tocaba estudiar desde el Área de Operaciones, sentado en una silla táctica; hacía trabajos a mano, a veces en la selva, en el Cañón de Las Hermosas o desde cualquier lugar inhóspito del país al que debíamos acudir para combatir la ilegalidad”, cuenta con una sonrisa.
Durante seis semestres estudió en medio de la precariedad de la señal de celular, descargando videos cuando era posible y enviando trabajos como podía. La distancia y la dureza del terreno no fueron excusa. Cumplía con el Ejército y, al mismo tiempo, con la universidad.
En plena pandemia de COVID-19 llegó el día de su graduación. Pensó que no podría asistir, pero un vuelo en helicóptero hacia Bogotá le permitió presentarse en el auditorio y convertirse en el único estudiante en recibir doble titulación en esa ceremonia.
Su paso por la Corporación Universitaria de Asturias reafirmó su convicción de que no existen barreras definitivas para quien persiste. Más tarde obtuvo una maestría en Seguridad Industrial y Protección Ambiental en la Universidad Europea de Monterrey y una especialización en Dirección de Empresas en la misma Corporación Universitaria de Asturias.
Pero no se detuvo ahí. Inició una tercera carrera en Negocios Internacionales y actualmente cursa Derecho, también en modalidad virtual, con una beca por excelencia académica que le fue otorgada gracias a su promedio superior a 4,5. A su hoja de vida ha sumado especializaciones, diplomados y cursos que han fortalecido tanto su perfil profesional como su trayectoria dentro del Ejército.
Hoy su realidad es distinta. Logró ayudar a sus padres a tener una casa propia, muy diferente a la que habitaban en la ladera del río Magdalena, en Honda, y que fue arrasada por la inundación provocada por el fenómeno de La Niña en 2011.

No tiene hijos. Su vida gira en torno a su esposa, sus padres, el Ejército y sus estudios. Su meta actual es culminar un doctorado. También sueña con ser miembro de la Asamblea de la Corporación Universitaria de Asturias y, por qué no, aspirar algún día a la rectoría, si así lo decide el cuerpo de asambleístas.
“Jamás mis papás pensaron en tener un hijo profesional. Soy fruto de la educación que me brindó la Corporación Universitaria de Asturias. El estudio es lo único que rompe las cadenas de la esclavitud. No cualquiera se queda en un poste bajo la luz de la noche picándole mosquitos, estudiando una carrera universitaria hasta las 3 de la mañana, durmiendo una hora, para luego formar y recibir instrucciones fuertes como las de la vida militar, solo el que tiene metas recorre ese camino”, afirma con convicción.
Su historia, más que una suma de títulos es el testimonio de un hombre que convirtió la escasez en impulso y la disciplina en destino.
Guillermo Antonio Rojas Avilés, es una prueba más de que si es posible cumplir metas, contando con el apoyo decidido de instituciones de educación en el país que apoyan los sueños y deseos de crecimiento profesional que se anhela con fervor, y de cómo estas pueden animar y motivar asuntos de superación personal.
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