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Confidencial Noticias 2025


Las elecciones recientes en Chile no fueron solo una contienda entre proyectos políticos. Fueron, sobre todo, un ejercicio de disciplina democrática: una puesta en escena en la que el electorado —ampliado artificialmente por el voto obligatorio— sancionó con dureza a quien encarnaba una doble transgresión del orden establecido. Jeanette Jara no perdió únicamente por su programa; perdió por ser mujer y por ser de izquierda en un país que aún no tolera que ambas condiciones converjan en el ejercicio del poder.

El voto obligatorio incorporó a más de cinco millones de personas históricamente abstencionistas. Lejos de ampliar la deliberación democrática, esta incorporación forzada activó una política del miedo: votantes poco informados, atravesados por el cansancio social y la frustración del ciclo reformista inconcluso del gobierno de Gabriel Boric, acudieron a las urnas no para elegir, sino para castigar. El resultado fue la consolidación de un liderazgo masculino, autoritario y conservador que ofrecía orden frente al caos: más de siete millones de votos para José Antonio Kast, el presidente más votado de la historia de Chile.

Pero la magnitud del triunfo —60 % frente a 40 %— no puede explicarse sin nombrar la violencia política de género que atravesó toda la campaña. A Jara no se le discutió en igualdad de condiciones: se le caricaturizó, se le sobredimensionó ideológicamente y se le responsabilizó anticipadamente de escenarios de colapso económico y social. El anticomunismo operó como una coartada respetable para canalizar un rechazo más profundo: el rechazo a una mujer que no se ajustaba al molde de lo “aceptable”.

Desde un feminismo crítico, es evidente que la democracia chilena funciona bajo una lógica patriarcal que tolera la participación de las mujeres siempre que no amenacen la arquitectura del poder. Las mujeres pueden ser técnicas, ministras, gestoras del conflicto; pero cuando disputan el mando, cuando encarnan proyectos de transformación, el sistema responde con sanción. La derrota electoral se convierte así en una pedagogía del castigo: una advertencia dirigida a todas las demás.

Conviene desmontar la ficción que legitimó ese castigo. La propuesta de Jeanette Jara no era una doctrina comunista cerrada ni un salto al vacío. Fue una plataforma construida desde una coalición plural, con elementos de socialdemocracia, sindicalismo y progresismo, orientada a fortalecer derechos sociales en un país profundamente desigual. Pero en una democracia patriarcal, las mujeres de izquierda no tienen derecho a la complejidad: son reducidas a caricaturas ideológicas para facilitar su expulsión del poder.

El contexto tampoco fue neutro. Jara heredó el desgaste de un gobierno que no logró materializar sus promesas transformadoras, en un escenario de expectativas frustradas y retroceso político. Sin embargo, lo que a los hombres se les permite como fracaso colectivo, a las mujeres se les imputa como incompetencia personal. La derrota de Jara fue leída no como un momento del ciclo político, sino como la “prueba” de que una mujer y más comunista no puede —ni debe— gobernar Chile.

Por eso, esta elección representa un retroceso simbólico profundo para la representación política de las mujeres. No solo se pierde una candidatura; se refuerza un mensaje estructural: la democracia chilena sigue siendo un espacio hostil para los cuerpos, las voces y los proyectos políticos femeninos que desafían el statu quo. El poder continúa siendo masculino, y cuando no lo es, se vuelve intolerable, violento patriarcal.

Chile votó. Pero también disciplinó. Y mientras la democracia siga castigando a las mujeres que se atreven a disputar el poder real, la promesa de igualdad seguirá siendo una ficción electoral. La pregunta ya no es si las mujeres están listas para gobernar, sino si la democracia chilena está dispuesta a dejar de ser patriarcal, ¿por qué creen que perdimos las mujeres?, creen que perdimos las feministas?, aunque algo bueno se hizo por que el comunismo unió un 40% y a este lo lideró una mujer.

En Colombia no se ven avanzar las mujeres en las encuestas presidenciales, y tampoco se ven avanzar las propuestas de la oposición, pero la democracia en Colombia va reconociendo el cambio y la necesidad de avanzar en seguridad alimentaria como sostenibilidad de la reforma agraria y con esta la reinvindicación de la restitución de tierras, y esto se llama equidad. Sigamos alentando la participación, sigamos madurando la idea de que el pueblo manda.

Y para Janeth gracias, me siento orgullosa de su campaña, de su sencillez, de su nobleza de su empatía con el pueblo chileno, y solo decirle que, aunque no ganó si nos inspira cuando avanza una avanzamos todas.

Marcela Clavijo

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