“Lo que nos acecha no es el pasado sino el futuro que no tuvimos”. Con esta sentencia Mark Fisher nos dice estamos embrujados por lo que pudo ser y no fue, y que esa ausencia condiciona lo pensable y crea lo político. Ve el siglo XXI como “una versión larga y decadente del siglo XX”. Fisher era un militante de izquierda, pero su visión sobre como la “presencia de lo ausente” determina en nuestro tiempo las tendencias políticas y el relato del poder es válida más allá de cualquier apreciación ideológica. Los Aceleracionistas y Neorreaccionarios como Nick Land y Curtis Yarvin, también consideran que estamos frente a una “lenta cancelación del futuro”.
Colombia es un caso Fisheriano paradigmático. Ausencia de lo que debería estar, falta de autoridad, de futuro colectivo, de sentido. La sensación de perdida de lo que pudo haber sido y no fue configura el contenido narrativo de la dinámica política. Las promesas quedaron clausuradas. El siglo XX sigue en campaña con lo que casi fue. La Seguridad Democrática que casi fue. La paz que casi fue. El chavismo que casi fue. Una política espectral volcada al pasado. El siglo XXI políticamente no ha empezado; es solo una proyección de sombras, los fantasmas de futuros que no ocurrieron.
Para revertir una situación social es necesario que se perciba el cambio como posible, pero en el relato de “somos los voceros de lo que casi fue”, el cambio no es posible, la promesa de terminar la tarea inacabada no es cambio. Estamos en medio de una campaña política que reivindica un pasado ilusorio frente a un publico que ya no le importa ese pasado. Los actores políticos están recitando el libreto de ayer para un público que quiere saber cual es el libreto de mañana. Por eso no significan nada. Son los protagonistas del mundo que no fue, diciendo que debemos volver sobre sus sueños fracasados mientras el público, en silencio, indiferente, está diciendo que quieren otros y otro libreto. Pero ni la gente, ni los políticos, pueden escapar de la cancelación del futuro. Lo mejor que puede pasar es que habrá actores nuevos, con un lenguaje nuevo, pero leyendo el mismo guion de cómo hacer de nuevo lo que pudo haber sido.
El reemplazo de la elites no supone necesariamente el reemplazo de su relato político, ni una transformación del sistema. Cuando la melancolía es por lo que puedo haber sido, y no por lo que fue, el futuro se vuelve una mera sensación temporal sin expectativas. Cuando se le dice a la gente que vote por la nostalgia, el futuro deja de ser un espacio de posibilidad radical, para ser una extensión infinita del presente. Hemos convertido la nostalgia en categoría política. Decir que ahora si vamos a poder hacer lo que no se hizo es falso, en política no se puede desandar el camino. Es seguir diciéndole a la gente que continuamos atrapados en el drama del siglo XX, en “la presencia de lo ausente”.
El pasado regresa como eco, no como historia viva. El futuro se vive como ausencia que duele. La cultura se vuelve un pastiche nostálgico sin innovación real. No sabemos si nos negamos a dejar ir al fantasma, o el fantasma se niega a dejarnos ir. Si el realismo popular dice “no hay alternativa”, la política dice “sí la hubo… y nos la quitaron”. Vivimos una campaña de reivindicación de lo que la clase dirigente dice que le quitaron y que va a recuperar, mientras la sociedad deja de escucharlos porque experimenta la frustración por la ausencia del futuro que nos prometieron. Pero en ese sentimiento de falta algo que debería estar se encuentra la clave para salir del “futuro que no tuvimos”, al simple futuro que tendremos. A la opción no volver a votar jamás por la nostalgia.
Jaime Arango
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