El periodismo atraviesa hoy su momento más incómodo, más expuesto y, paradójicamente, más decisivo. La era digital, acelerada por la inteligencia artificial, pone en jaque no solo la manera de informar, sino la razón misma de existir de los medios de comunicación.
Todo cambia al mismo tiempo: las audiencias, los formatos, los tiempos, el negocio y el poder. Y mientras el algoritmo avanza sin pedir permiso, muchos medios siguen reaccionando muy tarde.
Estamos, sin rodeos, en la etapa más difícil para el periodismo. La inteligencia artificial altera la lógica del acceso a la información y diluye el valor tradicional de la noticia. Buscar ya no es leer, es recibir respuestas procesadas, a veces, sin rigor.
Publicar ya no garantiza impacto por culpa del algoritmo, tener la “chiva” deja de ser ventaja competitiva cuando la información circula, se replica y se reescribe en segundos. El foco se desplaza: hoy el mercado premia el volumen, la frecuencia y la visibilidad, incluso cuando el contenido aporta poco valor.
El gran reto de los medios no es sólo adaptarse a un nuevo modelo de negocio, sino superarlo antes de que los sepulte.
Google ya no es un aliado neutral; es un intermediario dominante que decide qué se ve y qué desaparece. Competir en ese ecosistema exige abandonar la comodidad de las fórmulas agotadas, por eso insistir en hacer “más de lo mismo” con menos recursos es una estrategia de extinción lenta.
Hace poco, en una conversación honesta con un colega periodista, apareció una conclusión incómoda: crear un medio ya no es el negocio, monetizar noticias, en el sentido clásico, deja de ser sostenible.
El verdadero desafío está en transformar la forma de contar, interpretar y conectar la información con las personas. La necesidad de informarse no desaparece; lo que cambia es el canal, el tono y la experiencia. Tal vez el error es seguir creyendo que solo se puede informar desde la estructura tradicional de un medio.
La inteligencia artificial ilustra mejor hoy en día, tiene la batuta del ecosistema digital. Puede ordenar el caos o profundizarlo. Puede potenciar al periodista o convertirlo en prescindible. Todo depende de cómo se use y si no se asume como una herramienta estratégica, el periodista termina siendo el insumo.
La IA organiza contenidos, optimiza procesos, reduce la carga operativa y se encarga del trabajo repetitivo y administrativo, ese es su rol, liberar tiempo y energía para lo que realmente importa: pensar, investigar y narrar mejor.
Ni la IA ni Google son enemigos en sí mismos, son herramientas poderosas que exigen criterio, liderazgo y control, deslumbrarse es el primer error; resistirse, el segundo. El camino está en apropiarse de ellas para renovar el relato, redefinir la autoridad y recuperar la conexión con las audiencias.
La forma que tenemos hoy de superar la crisis de los medios pasa por entender las tendencias y adaptarlas al contenido, no por seguirlas de manera mecánica. El formato se vuelve determinante, pero la narrativa debe transformarse. El reto es volver a llegar a los públicos como antes: con innovación en la forma de contar, no copiando modelos existentes ni persiguiendo modas pasajeras.
Medirse frente a esa exigencia puede marcar el nuevo rumbo del periodismo. Esa es, hoy, la verdadera batuta. La pregunta es directa: ¿estamos dispuestos a asumirla? Los periodistas más jóvenes, nativos digitales, parecen tenerlo claro. Se mueven con naturalidad en estos lenguajes y entienden la lógica de las plataformas. Pero ¿qué pasa con los periodistas formados en el modelo tradicional?
Tal vez este sea el momento en que el periodismo cambie de verdad. Que los nuevos periodistas den un paso al frente y que los tradicionales, lejos de resistirse, aprendan. Ese relevo no debería verse como una amenaza, sino como una oportunidad. A mí, personalmente, me parece un escenario positivo. Incluso, puede ser lo mejor que le ocurra al periodismo.
Y por eso va el título de esta columna: ¿la IA es buena, mala o la salvación?
Tal vez la salida sea asumir un rol más híbrido, más personal, más directo. Tal vez tocará convertirse en influencer para volver a ser relevante. Solo hay una forma de saberlo: intentándolo, antes de que el algoritmo decida por nosotros.
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