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Confidencial Noticias 2025


La politización de la alta dirección pública es bastante similar en todas las democracias occidentales. En teoría, el gobierno se preocupará por escoger la capacidad necesaria en ministerios y agencias para implementar la orientación política que ganó las elecciones. Después de la alta dirección, la política es ejecutada por una burocracia que guarda la memoria institucional y hace realidad las promesas de campaña. Cosa que ocurre muy poco en la realidad del Estado Colombiano, y en general en América Latina.

Si bien es entendible que la alta dirección deba tener la confianza suficiente para trabajar de la mano con quiénes diseñaron y orientaron la propuesta electoral ganadora, en Colombia todos los contratos y órdenes de prestación de servicios, que representan el 82% de la fuerza laboral del Estado Colombiano, dependen de una relación política. Usted puede ser una buena trabajadora, cumplir a cabalidad sus funciones, dar incluso ese extra que se necesita para lograr implementar una política pública. Nada de eso importa. Al momento en que usted pierda su padrino o madrina política, perderá su trabajo. El caso contrario – visto en muchísimas entidades públicas – es que estamos llenos de personas que no aportan ningún valor a la política pública, ni al estado, ni al gobierno, ni a sus comunidades, pero que mensualmente deben recibir una asignación. Para estas personas no hay necesidad de presentar informes de actividades, ni hacer todo el papeleo. Son una especie de prestadores de servicios VIP a quiénes las personas que sí trabajan les deben hacer los informes, órdenes y papeleos respectivos, mes a mes, para cobrar su sueldo.

Con estas condiciones es ridículo pensar que el estado produce incentivos positivos orientados a producir buenos resultados o siquiera a producir resultados en la implementación de política pública. Todo lo contrario, si quiero conservar mi puesto más me vale garantizar que mis candidatos ganen las elecciones a toda costa. La libertad para decidir, incluyendo la capacidad para decir que no, resulta bastante relativa. Este es el caldo perfecto para la corrupción.

Ahora, puede que en ocasiones tengamos suerte y los ministros o ministras lleguen con un equipo técnico, preparado y capaz. En el mejor de los casos, 4 años después estas personas lograrán reencaucharse otra vez en contratos de diez meses al año, con muchas menos garantías, salarios y prestaciones, y bajo la constante amenaza de perder su empleo. Calculen ustedes el excelente clima laboral que reina en el estado. Mientras tanto, el 18% de trabajadores de planta gastan tiempo, energía y recursos en entrenar y reentrenar año tras año contratista tras contratista.

Todo esto lo digo para afirmar algo que nos negamos a aceptar. No es buena idea gobernar sólo con las amistades. Por supuesto hay distribución política de la burocracia en los gobiernos y eso es normal. Lo que no es normal es que todas y cada una de las posiciones laborales en el Estado dependan de las conexiones políticas, al igual que todos y cada uno de los contratos, sean estos con personas o empresas. Nada bueno se obtiene de ahí, por mucho en que nos empeñemos en pensar que nuestros amigos son los mejores y los más preparados.

Se ha querido vender la diatriba entre meritocracia y política como si fuera imposible la convivencia entre las dos. Nada más alejado de la evidencia, que señala que la politización del servicio civil es altamente tóxica en la base y los cargos medios, pero es normal en los cargos directivos. Colombia está actuando contra la evidencia cuando intenta vender por méritos las altas direcciones y por el contrario continúa con contrataciones a dedo en el resto de las agencias e instituciones públicas. Esta semana escuché el anuncio de la ministra de trabajo acerca de finalizar con la práctica nefasta de las órdenes de prestación de servicios en el Estado. Sin duda es el camino correcto si se logra arrebatarle a la clase política el control del empleo público, que hoy es su principal moneda de cambio. Si esto no sucede, seguiremos rogando para que las amistades que vienen al menos sepan lo que hacen.

 

 

Laura Bonilla

Gerente para América Latina, Fundación Paz y Reconciliación

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