En el escenario político colombiano, existe una idea que, aunque envuelta en humor y en lenguaje coloquial, refleja una realidad más profunda: no se puede “hacer política en chanclas”. Esta expresión, que hace unos meses me compartió un amigo costeño, no se refiere literalmente a un tema de vestimenta, sino a la costumbre arraigada de hacer política con dinero fácil, con la compra-venta de votos y con ostentaciones que poco tienen que ver con la verdadera representación ciudadana.
Recuerdo que me lo dijo al momento de despedirnos de una reunión política, cuando se sorprendió al verme tomar un taxi, pues en su lógica, forjada en la política “de provincia”, era impensable que un candidato no saliera escoltado en una camioneta blindada, con recursos visibles y señales de poder. En Bogotá, en cambio, esa ostentación no genera respeto, sino profunda desconfianza. Esa escena, aparentemente anecdótica, expone dos culturas políticas distintas. Mientras en algunos territorios la política se asocia al dinero, a la intermediación y a la compraventa de votos, en la capital el elector tiende a valorar la sobriedad, la coherencia y la transparencia. Por eso nuestra propuesta es otra, aunque muchos políticos “tradicionales” no la entiendan, o no les interese hacerlo, pero acá no se trata de grandes gastos ni de viejas prácticas, sino de usar las herramientas digitales para conectar de manera directa, limpia y responsable con la ciudadanía.
Esa discusión no es abstracta ni retórica en Bogotá, pues en las elecciones legislativas de 2022, estaban habilitados para votar más de 5,9 millones de ciudadanos, pero solo 2,8 millones acudieron efectivamente a las urnas, es decir que más de 3,1 millones de bogotanos no participaron en la elección del Congreso. Lo que es doloroso para la capital del país, en la medida que cuenta con mayor nivel educativo promedio, mayor acceso a información, mayor presupuesto y mayor conectividad digital, pero que paradójicamente registró una participación inferior al 50 %, y esa brecha no es un dato neutro sino que es el espacio vital donde se reproduce la “política en chanclas”.
Cuando vota menos de la mitad del censo electoral, la democracia se encarece y se degrada. Se encarece porque, en un escenario de baja participación, comprar unos cuantos miles de votos resulta suficiente para asegurar una curul; y se degrada porque el poder deja de emanar de la decisión ciudadana y pasa a depender de transacciones opacas. Ese es el verdadero negocio de la politiquería: pocos votos, alto costo económico y un precio democrático inmenso que paga toda la sociedad.
La pregunta incómoda que nos surge es: ¿de dónde salen los miles de millones que financian esas maquinarias electorales? Pues difícilmente provienen de aportes transparentes. Con demasiada frecuencia, esos recursos nacen de los mismos circuitos que luego capturan al Estado: contratos públicos, burocracias infladas, desgreño administrativo y una relación perversa entre política y presupuesto. Así, la compra de votos no es una anomalía del sistema, sino su consecuencia lógica. Frente a ese escenario, el voto digital –entendido no solo como tecnología confiable, sino como estrategia de movilización, pedagogía, seguridad y activación ciudadana– adquiere un sentido profundamente político en la medida que cuando votan muchos, la corrupción deja de ser rentable. Ampliar la participación en una ciudad con casi seis millones de electores potenciales significa romper el equilibrio que hoy favorece a las maquinarias, y también significa reducir la intermediación clientelar, debilitar la compraventa de conciencias y devolverle valor al voto libre, porque igualmente ningún esquema corrupto podría comprar más de 44 millones de conciencias en el país.
En Bogotá, como en todo Colombia, debemos hacer respetar el voto consciente, el voto libre, el voto de ideas y de propuestas, ese famoso voto de opinión que se expresa naturalmente en esta ciudad, donde la política no se legitima con camionetas blindadas ni escoltas, sino con credibilidad. Y acá nuestra apuesta es muy clara y sin lugar a equívocos: más ciudadanos votando libremente y menos dinero comprando elecciones, pues esa es la diferencia entre hacer política con ideas o seguir haciéndola en chanclas.
Luis Fernando Ulloa
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