Daniel Felipe Briceño Montes, conocido más popularmente como Daniel Briceño o incluso como ‘el policía del SECOP (Sistema Público de Contratación)’’ ha sabido cultivar muy bien un nicho electoral inconforme con el derroche, el abuso de poder y una política que, desde su burocracia, ha desangrado por décadas las arcas del Estado enriqueciéndose a costa de la población en general.
Aunque su popularidad ha crecido durante los últimos años, principalmente por su labor de vigilancia y control, esta cualidad ha sido una constante en su vida.
Daniel Briceño nació y creció en el centro histórico de Bogotá, en La Candelaria, un lugar donde desde pequeño aprendió que la vida no siempre llega con certezas: su padre no lo reconoció y fue su madre, una mujer joven y decidida, quien asumió sola la tarea de sacarlo adelante.
De hecho, una de las anécdotas que más recuerda el exconcejal es que durante sus primeros años no existió legalmente. No estaba registrado. Su madre conservaba la esperanza de que el padre apareciera, pero fue su abuelo, Samuel Briceño, quien con amor y determinación, lo mandó registrar y asumió a su vez el rol de padre que marcaría su vida. Daniel fue registrado con los dos apellidos de su madre, un acto que marcaría no solo su identidad legal, sino su manera de entender la responsabilidad y la vida.
Fue precisamente su abuelo, pastor cristiano, comerciante y trabajador incansable, quien le enseñó el valor del esfuerzo. No era un pastor de grandes templos ni multitudes, sino uno de esos que conocen la escasez y la vocación. Junto a él y a su abuela, Daniel creció entre la iglesia, el trabajo diario y una ética clara: nada se regala, todo se construye.
Desde niño trabajó, algo que hoy por hoy algunos llamarían trabajo infantil y que para él fue escuela de carácter. En los tradicionales San Andresitos, ayudando a descargar mercancía, cuidando cajas y vigilando que nada que perdiera, arrancó ese hábito por el control que más recientemente lo llevó al Concejo de Bogotá y ahora lo inspira para ocupar una de las curules por Bogotá en la Cámara de Representantes.
En su infancia estudió en colegios públicos, no por elección sino por necesidad. Pasó por varios, algunos difíciles, otros marcados por la indisciplina y la pelea. En noveno grado fue expulsado, un episodio que pudo haber sido una ruptura, pero terminó siendo un giro. Gracias a la insistencia de su abuela, ingresó al Colegio La Giralda, en el barrio Las Cruces, una institución en concesión que le mostró otro mundo: jornadas completas, exigencia académica y profesores evaluados por resultados.
Luego la vida volvió a cruzarse de forma inesperada cuando su abuelo fue declarado muerto por error. Tras años de trámites, el Estado reconoció el error y entregó una indemnización que permitió algo impensable hasta entonces: Daniel pudo elegir qué estudiar. Decidió Derecho en la Universidad Externado de Colombia. Más tarde se especializó en Derecho Público y, con un crédito del ICETEX, realizó una maestría en Análisis Político y Electoral en España.
Daniel empezó denunciando en redes sociales. Con cifras, trinos y persistencia. La política de opinión se convirtió en su bandera. Lejos de la política tradicional, no es amigo de las reuniones, de las maquinarias y de los favores. Se convirtió en uno de los concejales más votados del Centro Democrático con más de 600 denuncias documentadas, debates sobre seguridad, basuras, obras inconclusas y despilfarro.
Aunque criado con valores cristianos, Daniel ha tenido clara una línea que no está dispuesto a cruzar: la de convertir la fe en plataforma electoral. Ha rechazado usar púlpitos, tarimas de iglesias o pastores como intermediarios políticos. Para él, el cristianismo debe reflejarse en la decencia, no en los discursos.
Hoy, casado desde hace siete años, Daniel tiene una vida austera y sin filtros. La política le ha exigido renunciar a la privacidad, el tiempo y, en algunas ocasiones, la tranquilidad, pero le ha dado un propósito claro: vigilar el poder.
Su siguiente paso es la Cámara de Representantes por Bogotá. No promete favores ni puestos. Promete control, apoyo a la empresa privada, austeridad en su ejercicio y sobre todo velar por la libertad de elegir.
Daniel Briceño no hace política desde el ego o el mesianismo, tampoco como heredero de un apellido. Se presenta como bogotano trabajador, un denunciante persistente y un ciudadano convencido de que la política, cuando se hace con coherencia, sirve para el bienestar de todos.
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