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Confidencial Noticias 2025


En su más reciente alocución, el presidente Gustavo Petro se refirió a su primera visita a la Casa Blanca con una frase ligera —“le voy a decir a Trump: ¿vino o whisky?”— que, más allá del chiste, contrasta con la gravedad del escenario que enfrentará este martes 3 de febrero en Washington. No se trata de una visita social ni de un intercambio de cortesías diplomáticas, sino de una reunión cargada de riesgos, preparada durante una semana con un equipo reducido de altos funcionarios de la Cancillería y el acompañamiento de una firma de lobby en Estados Unidos, precisamente para minimizar sorpresas en lo que, desde la segunda presidencia de Donald Trump, se conoce como la “oficina de la emboscada”: el Despacho Oval, escenario de confrontación pública y escenificación del poder tras episodios como el vivido con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski.

La estrategia principal se basa en que  Petro no caiga en provocaciones, de  ahí que los temas inicialmente sugeridos (por la costosa firma de lobby) basados en seguridad, comercio y lucha contra las drogas,  hayan sido recortados por el Departamento de Estado (o  Marco Rubio), a dos ejes no negociables: seguridad y drogas. Esa delimitación no es un trámite técnico, sino un mensaje político en sí mismo, mediante el cual se indica que Washington no está interesado en debates amplios ni en agendas ideológicas, sino en resultados concretos y verificables en asuntos que considera vitales para su seguridad nacional, y desde esa perspectiva, quizá lo mejor que podría ocurrir para Colombia, es que el presidente no se salga de esos márgenes y evite convertir la reunión en una tribuna para una agenda internacional que, hasta ahora, no ha logrado posicionar con éxito. Conceptos abstractos sobre soberanía de los pueblos, referencias a bombardeos en Caracas, exigencias sobre la liberación de Nicolás Maduro, alusiones a Gaza, o proclamas sobre una transición energética inmediata y el abandono del petróleo para “salvar al mundo”, pueden funcionar como retórica interna, pero en el Despacho Oval no suman sino que restan, pues allí no hay espacio para evaluar “intenciones morales”, sino costos, riesgos y alineamientos económicos y geopolíticos.

La llegada de Petro a Washington no se da en el mejor momento, en la medida que viene precedida de tensiones, declaraciones innecesarias y un tono que no encaja con la dureza del poder que Petro enfrentará en la Casa Blanca. Recordemos que no es una visita amable ni protocolaria, sino una reunión muy difícil, en medio de una relación con Estados Unidos que hoy está especialmente frágil, pues antes del viaje, el presidente dio un discurso de casi tres horas, desordenado y lleno de referencias personales y religiosas, que terminó desviando la atención de lo importante, pues  en vez de hablar de políticas, se habló de las formas. En diplomacia, eso cuesta caro. A esto se sumaron mensajes públicos pidiéndole a Estados Unidos que libere a Nicolás Maduro y comentarios irónicos del propio Petro sobre su situación migratoria y su aparición en listas de sanciones como la OFAC. Lejos de ayudar, todo eso debilitó la posición de Colombia. Lo que aquí puede sonar a postura ideológica, en Washington se lee como no entender cómo funciona el poder.

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Ese es el escenario en el que Petro se sentará frente a Trump, un presidente que no habla en símbolos ni discursos, sino en términos de fuerza, intereses económicos y resultados concretos. No es casualidad que Trump haya decidido recibir a Petro precisamente un martes, toda vez que en la política estadounidense, el llamado “Súper Martes” no es una fecha cualquiera, sino que se entiende como el día en que, durante las elecciones primarias, se define quién es viable y quién queda relegado en la carrera presidencial, siendo el momento en que la retórica pierde valor y mandan los guarismos electorales, los hechos y el poder real. Con el tiempo, el término gringo Super martes se convirtió en una metáfora política de alto voltaje: una jornada de definición, sin margen para la improvisación. Trump, político de símbolos y escenografía, entiende bien ese lenguaje, y convocar a Petro en un Súper Martes es, en sí mismo, un mensaje y no una visita para discursos, es una prueba de realidad.

Además, Trump no actúa solo como jefe de Estado, sino que es un jugador político activo en la región, con una influencia exorbitante en los procesos electorales recientes de Centroamérica y Suramérica, donde ha demostrado que concibe el continente como un espacio estratégico donde el presiona, respalda o aísla según le convenga. La “reunión” con Petro deja una lección clara: con Washington se habla en Washington y las decisiones se toman cara a cara. Mientras Petro ha llevado su política exterior al terreno del discurso y el símbolo, Trump la reduce a intereses concretos, jerarquías claras y compromisos verificables. Pero en ese choque, la retórica no alcanza, y el llamado “Súper Martes de Petro en Washington” no definirá solo una relación bilateral, sino el tipo de presidente que Petro quiere ser (y cómo quiere ser recordado) en el escenario internacional: uno que gobierna con estrategia y resultados, o uno que privilegia la provocación, el símbolo y el espectáculo. La Casa Blanca no es una tarima ni una plaza pública; es un tablero de poder real, donde las palabras no se improvisan, sino que se pagan.

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Desde luego que Trump no recibe a Petro por afinidad política, ni simpatía, ni cortesía diplomática. Lo recibe porque Colombia es estratégica en contener militarmente la frontera con Venezuela para “estabilizarla” y poder sacar su energía fósil, minerales y cortar relaciones con sus enemigos del hemisferio oriental que  son su prioridad absoluta; porque la guerra contra las drogas y el control territorial son la careta que quieren que todos veamos; y además porque Petro representa un riesgo político de izquierda latinoamericana que, desde la lógica de Washington, debe ser contenido, alineado o neutralizado para mandarle mensajes contundentes a Rusia, Irán y China.

En términos crudos, Trump no invita: convoca. Y quien cruza la puerta de la Casa Blanca, lo hace sabiendo que no va a dar un discurso, sino a rendir cuentas.

Luis Fernando Ulloa

Luis Fernando Ulloa

Abogado y analista en política criminal

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