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Confidencial Noticias 2025

Etiqueta: Marcela Clavijo

Masacres que dialogan en la historia: Nanjing y Colombia, la violencia como herida y resistencia

La historia de los pueblos está marcada por gestas heroicas y conquistas culturales, pero también por episodios de horror que interpelan a la humanidad entera. La masacre de Nanjing, ocurrida en 1937 tras la invasión japonesa a China, y las masacres perpetradas por grupos paramilitares en Colombia durante las últimas décadas del siglo XX, parecen distantes en geografía y tiempo. Sin embargo, al ponerlas en relación, emergen resonancias profundas: la violencia como estrategia de dominación, la deshumanización de las víctimas, el uso del terror para controlar territorios y poblaciones, y la disputa permanente por la memoria y la justicia.

Más allá de los datos y las cifras, ambas realidades recuerdan que la violencia extrema no es una anomalía aislada, sino un mecanismo histórico de sometimiento. Y, al mismo tiempo, que las víctimas y sus memorias representan la resistencia ética frente a la barbarie.

 

La masacre como política de dominación

En diciembre de 1937, el ejército imperial japonés tomó la ciudad de Nanjing y desató un despliegue de violencia que aún hoy estremece la memoria mundial: alrededor de 300.000 personas fueron asesinadas, y entre 20.000 y 80.000 mujeres sufrieron violencia sexual sistemática. El terror buscaba aniquilar la resistencia china y enviar un mensaje de supremacía.

En Colombia, entre los años ochenta y dos mil, el paramilitarismo convirtió la masacre en un instrumento cotidiano: Mapiripán, El Salado, Chengue y tantas otras comunidades fueron escenario de asesinatos colectivos, desplazamientos forzados, tortura, desapariciones y violencia sexual. La lógica también fue estratégica: silenciar opositores, vaciar territorios, asegurar corredores del narcotráfico y sembrar miedo en las comunidades campesinas.

Aunque las escalas difieren, ambos escenarios revelan una verdad incómoda: la masacre no es un exceso irracional de violencia, sino un método calculado para quebrar pueblos enteros y reorganizar el poder.

Las víctimas como centro de la memoria

Tanto en Nanjing como en Colombia, las víctimas fueron civiles indefensos: hombres, mujeres, ancianos y niños que pagaron con sus vidas decisiones tomadas desde estructuras de poder militar, político y económico. El horror se ensañó especialmente contra los cuerpos de las mujeres, convertidos en botín de guerra y campo de humillación.

Pero las víctimas no son solo cifras ni cuerpos silenciados: son memorias vivas que siguen interpelando. En Nanjing, los sobrevivientes y sus descendientes mantienen viva la denuncia frente a quienes pretenden negar o relativizar la masacre. En Colombia, los testimonios recogidos por la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) se han convertido en faros éticos que muestran cómo el dolor puede transformarse en exigencia de justicia y dignidad.

Recordar a las víctimas no es un gesto del pasado: es un acto político del presente que impide normalizar la violencia.

Negacionismo y disputa por la verdad

Un punto común entre ambos casos es la lucha contra el negacionismo. En Japón, sectores conservadores han intentado minimizar la magnitud de Nanjing, generando tensiones diplomáticas y heridas abiertas en la memoria china. En Colombia, aún persisten discursos que buscan justificar las masacres paramilitares como “daños colaterales” del conflicto, invisibilizando la connivencia de sectores estatales y económicos con el terror.

La disputa por la verdad es, en sí misma, una segunda batalla. Allí donde los victimarios y sus cómplices buscan imponer el olvido, las víctimas y sus organizaciones reclaman memoria, verdad y reparación. De esta tensión depende la posibilidad de construir sociedades más justas o de repetir los ciclos de barbarie.

Conclusión: la memoria como resistencia

El diálogo entre Nanjing y Colombia enseña que la violencia extrema, aunque situada en tiempos y geografías diferentes, responde a una misma lógica de dominación. La masacre es la expresión más cruda del poder que no busca convencer ni negociar, sino someter y destruir.

Pero también deja una enseñanza luminosa: la memoria de las víctimas, su dignidad y su lucha por justicia constituyen un acto de resistencia frente al olvido. La historia de Nanjing y de Colombia recuerda que la humanidad tiene una deuda permanente con quienes padecieron la violencia, y que el compromiso con los derechos humanos no puede ser selectivo ni efímero.

Hablar de Nanjing desde Colombia, y de Colombia desde Nanjing, es un ejercicio de memoria transnacional que invita a reconocer que el dolor de las víctimas, en cualquier lugar del mundo, nos concierne a todos. Solo desde esa conciencia es posible transformar la memoria en acción, la indignación en justicia y el sufrimiento en construcción de paz.

Marcela Clavijo

Un puente humano entre China y América Latina

En tiempos en que la geopolítica suele reducirse a cifras de comercio y balanzas de poder, vale la pena detenernos a pensar en algo más hondo: ¿_qué significa realmente el encuentro entre dos civilizaciones como China y América Latina_? La respuesta, creo, no está en los indicadores económicos, sino en *los lazos humanos que podemos construir*.

Un puente entre pueblos no se edifica con cemento, sino con cultura, educación, arte, gastronomía, ciencia y solidaridad. China, con su milenaria sabiduría, nos muestra la disciplina de la armonía y la resiliencia frente a la adversidad. América Latina, con su diversidad y creatividad, aporta sueños de *justicia, igualdad y dignidad*. Cuando estas fuerzas dialogan, no se trata de dependencia ni sometimiento, sino de reconocimiento mutuo: de asumir que el futuro puede ser compartido si se construye desde el respeto.

 

El mundo de hoy necesita más que tratados comerciales; relaciones internacionales que pongan a las personas en el centro, que den prioridad a la vida sobre la rentabilidad inmediata. *América Latina y China* tienen la oportunidad —y la responsabilidad— de mostrarle al planeta que otra diplomacia es posible: _una que se funda en la confianza, en el humanismo, en la convicción de que la cooperación no destruye, sino que cuida; que no arrasa, sino que siembra_.

Este encuentro nos recuerda también nuestra propia historia. La de nuestros pueblos indígenas, casi extinguidos y tantas veces silenciados, cuya memoria merece ser contada con la misma dignidad que hoy se otorga a la epopeya de los vencedores. Porque ser revolucionario no debería ser un estigma, sino un símbolo de lucha por lo público, por lo colectivo, por lo que pertenece a todos.

China, con sus lecciones de dolor y de resistencia, nos muestra que la reconstrucción es posible. Supo levantarse de la guerra, firmar la paz, inmortalizar a sus líderes y poner la mirada en el bien común. Ese ejemplo nos inspira a pensar en nuestras propias tareas pendientes: cómo hacer de la mejora continua un hábito, cómo transformar el poder en una herramienta para servir y no para dominar, cómo convertir la cooperación en raíces que den frutos compartidos.

Más allá de los discursos oficiales, hay algo que ya hemos ganado: *la experiencia de compartir, de reconocernos en el otro*. Ese gesto simple y poderoso —estrechar la mano de un colega, intercambiar palabras con alguien de una cultura distinta, sentir que habitamos el mismo “cuartito azul” que es la Tierra— es, en sí mismo, un aprendizaje vital.

*Por eso, el reto es mantener vivos esos lazos*. No solo entre gobiernos, sino entre personas; no solo con acuerdos, sino con afectos. *Si somos capaces de cuidar esa hermandad*, de verla como un honor y no como un trámite, estaremos contribuyendo a lo más valioso: que nuestros países sean potencias, sí, pero no de dominación, sino de transformación y de vida.

Marcela Clavijo

Arropemos la paz: 38 años de lucha, memoria y esperanza

La trigésima octava edición de la Semana por la Paz no fue un evento más en el calendario de la sociedad civil. Fue, sobre todo, un acto de amor colectivo, un grito de resistencia y un abrazo solidario a la esperanza.

Hoy las Organizaciones sociales, El SENA, las universidades Javeriana, El Bosque, Área Andina, RedPaz, Fe y Alegria, FiconPaz, el Consejo Nacional de Paz, la Agencia de Reincorporación y Normalización, algunas entidades del Distrito y un sinfín de colectivos se sumaron para decir, con fuerza y con arte, que la paz es un derecho, una urgencia y una tarea de todas, todos y todes.

 

Más de 350 personas llegaron al Centro de Memoria, Paz y Reconciliación: jóvenes, mujeres, personas con discapacidad, comunidades afrodescendientes, indígenas, víctimas del conflicto armado, medios alternativos y comunitarios y las mujeres firmantes de paz. Allí, donde la memoria se hace palabra y la palabra se hace acción, se abrió la jornada con un ritual de armonización de la mano de la maestra Virgelina Chara que evocó la paz en el mundo entero, en especial la paz para Palestina, la paz para Colombia, el cese al fuego y la reanudación de la mesa de negociación. La paz es contigo, conmigo, con todas, todos y todes, la paz por nuestro entorno, por nuestro camino desde la casa, el colegio, el trabajo, el barrio y el país, pero hoy más que nunca por Palestina, por los que zarparon, buen viento y buena mar. ¡Palestina libre!

El escenario se llenó de arte y dignidad: obras de teatro sobre los falsos positivos, desarrolladas por jóvenes de la ciudad de Bogotá, disfrutar de las expresiones creativas de las Reinas de la Paz —el colectivo Lgbtiq+, las mujeres trans que con orgullo proclaman su amor por la vida— y, para cerrar, el polifónico de mujeres firmantes de paz, quienes, con sus rostros reales, mostraron la fuerza de las hermanas, las amigas, las madres, las hijas y las abuelas que un día soñaron con cambiar el mundo… y que todavía lo sueñan, lo luchan por que la revolución es la vida entera.

Hubo reclamos, hubo indignación, por que la digna rabia también se hizo presente, por que también el cambio es una espera en transición, claro que hemos avanzado, y claro que la paz es el camino, demos en paso y abramos la senda de la igualdad, zanjemos la brecha de desigualdad.

Este evento no fue solo conmemoración; fue un llamado al relevo generacional. Porque la paz necesita niñas, niños y jóvenes que tomen la antorcha, que continúen la marcha, que conviertan estos 38 años de historia en muchos más. La paz no se decreta: se construye con memoria, arte, justicia y compromiso.

Hoy más que nunca, arropar la paz es una tarea urgente y colectiva. Porque la paz no es de unos pocos: es de todas, todos y todes.

Marcela Clavijo

Gaza y el silencio cómplice de los medios colombianos

Una madre en Gaza, con el rostro cubierto de polvo y desesperación, grita entre escombros que ya no puede proteger a sus hijos. A miles de kilómetros, en Bogotá, Medellín o Cali, los televisores siguen encendidos… pero nada de ese dolor logra atravesar la pantalla.

¿La razón? En Colombia, los grandes medios —RCN, Caracol, El Tiempo, El Espectador, Blu Radio— han decidido mirar hacia otro lado. Y ese silencio duele. Duele porque no es casualidad: es una decisión editorial.

 

En las salas de redacción reina la agenda del poder: lo que vende, lo que gusta, lo que no incomoda. Gaza no cabe en ese libreto porque cuestiona, porque exige humanidad y porque desnuda la brutalidad del mundo que preferimos ignorar. Y mientras tanto, seguimos atrapados en el silencio cómplice de una prensa que prefiere repetir comunicados oficiales antes que mostrar la crudeza del sufrimiento.

El periodismo colombiano —con contadas excepciones— se ha convertido en eco de gobiernos y empresas. Gaza no existe porque no genera rating, porque no hay cámaras propias en el terreno, porque la sangre de otros pueblos parece siempre más barata. Pero hay un dato que casi nadie menciona: al menos 246 periodistas han sido asesinados en Gaza intentando mostrar lo que aquí nunca vemos. Con ellos murieron historias, verdades, testimonios que podían sacudir conciencias.

Las redes sociales han tenido que llenar ese vacío. TikTok, X, Instagram… allí vemos videos que las grandes cadenas ignoran. Allí conocemos nombres, rostros, voces. Allí entendemos que el hambre y la sed están siendo usadas como armas de guerra. Y esa es una verdad que ni RCN ni Caracol ni Semana ni el Tiempo se atreven a contar con contundencia.

Colombia no es un país ajeno a la violencia ni al despojo, pero actuamos como si lo de Gaza fuera una película lejana, un drama sin protagonistas reales. Esa indiferencia también nos define: un país que normaliza la barbarie en casa no puede empatizar con la que ocurre lejos.

Por eso este silencio duele. Porque cuando los medios callan frente a una masacre, no son neutrales: se vuelven cómplices. Y porque el periodismo, cuando renuncia a incomodar, deja de ser periodismo para convertirse en espectáculo vacío.

Que esta columna no sea otro grito perdido en el ruido. Exijamos a los medios rigor, humanidad y valentía. Que dejen de mirar hacia otro lado cuando el horror no ocurre en nuestras fronteras. Que Gaza, y cualquier rincón del mundo donde se violen los derechos humanos, tenga espacio en nuestra conversación pública. Porque el silencio no es neutralidad: es complicidad con la injusticia.

Marcela Clavijo

Nota: Esta columna de opinión es responsabilidad del autor(a) y no compromete en ningún momento la línea editorial de Confidencial Noticias

David contra Goliat

Cada vez que pienso en Iván Cepeda, recuerdo aquella imagen de 1997: un joven sentado en una sala del Cinep, con el dolor aún fresco por el asesinato de su padre, Manuel Cepeda Vargas. Hablaba de paz, pero no de cualquier paz: paz con verdad, con justicia y con garantías de no repetición. Esa voz, marcada por la tragedia, se convirtió en un faro moral.

Desde entonces, Cepeda ha sido el David que se atrevió a desafiar al Goliat del uribismo. Mientras el país era seducido por la retórica de la “seguridad democrática”, él puso sobre la mesa las verdades incómodas: los vínculos con paramilitares, los despojos de tierras, las notarías regaladas a cambio de votos, las “chuzadas” del DAS, la Yidispolítica, los ministros condenados, embajadores presos, generales investigados. La lista es tan larga que parece un inventario de la descomposición institucional de toda una época.

 

Lo fácil ha sido caricaturizar a Cepeda como un “obsesionado” con Uribe. Lo difícil es aceptar que esa “obsesión” no era personal, sino ética. Era la obsesión de no dejar que la memoria de miles de víctimas se diluyera en el olvido. Era la obsesión de un hijo que convirtió su duelo en política, y que se atrevió a señalar a los poderosos cuando casi todos callaban.

Desde entonces, Cepeda ha sido el David que se atrevió a desafiar al Goliat del uribismo. Mientras el país era seducido por la retórica de la “seguridad democrática”, él puso sobre la mesa las verdades incómodas: los vínculos con paramilitares, los despojos de tierras, las notarías regaladas a cambio de votos, las “chuzadas” del DAS, la Yidispolítica, los ministros condenados, embajadores presos, generales investigados. La lista es tan larga que parece un inventario de la descomposición institucional de toda una época.

¿No resulta revelador que, mientras Iván Cepeda ha hecho de la verdad su causa, el entorno de Álvaro Uribe Vélez esté plagado de condenas, expedientes y fugas? ¿Cómo puede un país mirar hacia otro lado frente a esa evidencia apabullante? ¿Quién dio la orden?

David no venció a Goliat con fuerza, sino con verdad. Y esa es la verdadera batalla que hoy libra Colombia: ¿seguiremos encubriendo al gigante de la impunidad o escucharemos la piedra certera de la memoria y la justicia?

David contra Goliat no es solo una metáfora para describir la confrontación entre Cepeda y Uribe. Es una realidad política y moral: un hombre que nunca usó escoltas armadas, que nunca se escudó en la mentira, enfrentando a un aparato que ha utilizado el Estado, las armas y los medios para perpetuarse.

Hoy, la historia empieza a darle la razón. Los expedientes, las condenas, los testimonios y las investigaciones revelan que Iván Cepeda no estaba obsesionado con destruir a Uribe, como lo acusan sus detractores. Su “obsesión” era otra: la verdad. Y esa verdad, aunque tarde, siempre termina encontrando la luz.

Este David sin Papá, con una hermana maravillosa y el legado de una madre amoroso, venciendo un cancer con dos matrimonios encima, sin hijos, con varios libros escritos, dice ser Ateo, pero es más aferrado a la verdad que los que visitan el vaticano.

Este David no venció a Goliat con fuerza, sino con verdad. Esa misma verdad es la que, poco a poco, va cayendo sobre el uribismo como un juicio inevitable. Y aunque parezca tardía, esa verdad abre una esperanza: la de un país capaz de aprender de su dolor, de hacer justicia sin odio y de reconocer que incluso los gigantes pueden caer cuando la dignidad no se rinde, seguiremos luchando hasta que la dignidad se haga constumbre.

Iván amigo el pueblo está contigo, nos veremos más adelante, la unidad será la victoria.

Marcela Clavijo

Reflexiones tras la partida de Miguel Uribe Turbay

Polvo eres y en polvo te convertirás.”

Esa frase, tan antigua como la humanidad, encierra una verdad implacable: un día podemos ser luces que iluminan escenarios, voces que retumban en plazas y recintos de poder; y al siguiente, solo queda el silencio, el vacío… la nada.

 

La noticia de la muerte de Miguel Uribe Turbay me deja una sensación densa y difícil de describir. Es la misma que me golpea cada vez que un viejo amigo, un rostro conocido o un adversario político se va para siempre. Mis padres me enseñaron que, cuando alguien muere, su alma va al cielo si en vida fue buena persona. Prefiero imaginar que todos los que he conocido y han partido se transforman en estrellas fugaces: su cuerpo vuelve a la tierra, su luz viaja hacia el cielo.

En un país donde la política se ha vuelto sinónimo de confrontación, donde el odio y el señalamiento parecen tener más audiencia que la bondad, la muerte debería recordarnos que todo es efímero. Ojalá que de nuestros discursos públicos desterremos la rabia, el deseo de fracaso ajeno y el anhelo de guerra. Ojalá podamos comprometernos, no solo a prometer un mejor país, sino a construirlo, empezando por nuestra manera de ser. Hoy, tristemente, hasta “ser buena persona” parece haberse convertido en un atributo político.

Miguel deja a su hijo Alejandro Uribe Tarazona, de apenas cuatro años, huérfano de padre, tal como él quedó huérfano de madre a la misma edad. La historia parece repetirse con una crueldad innecesaria. Ojalá Alejandro crezca rodeado de amor, protegido del odio y del rencor. Que sus sueños se parezcan a la solidaridad de su bisabuela y a la disciplina de su padre.

Quizá, dentro de veinte años, Alejandro siga el camino político de su familia: concejal de Bogotá, senador, alcalde… dicen que eso se lleva en la sangre. Pero más allá del linaje, deseo que crezca con un amor genuino por Colombia, con la convicción de combatir la corrupción, reducir la inequidad y defender los derechos que deberían ser universales. Que entienda que los privilegios en los que nació no son concesiones, sino derechos que deben alcanzar todos y todas.

Miguel Uribe Turbay deja una huella legislativa que va más allá de las trincheras políticas. Entre sus iniciativas, impulsó:

  • La formación de programadores y la ampliación de la oferta laboral en tecnología.
  • La reducción de la tarifa general del IVA para aliviar la carga de los hogares.
  • La disminución del IVA en tiquetes aéreos hasta 2025.
  • Medidas para la sostenibilidad del sistema de salud.
  • Garantizar la vacunación gratuita del personal médico.
  • Prevención, protección y sanción del acoso sexual digital.
  • Protección a líderes sociales y defensores de derechos humanos.
  • Declarar la educación como servicio público esencial.
  • Honores al expresidente Rafael Núñez.

Y sí, también fue un opositor férreo e intransigente al presidente Gustavo Petro. Ojalá, en algún momento, hubiese cedido espacio al diálogo.

Hoy, más allá de las diferencias ideológicas, queda la lección de que la política debe servir para construir, no para destruir. Que las disputas electorales no se lleven por delante nuestra humanidad. Que la muerte nos recuerde que, al final, todos somos polvo… y lo único que queda es el impacto de nuestras acciones.

Miguel, adiós. Ahora nos ves desde el espacio sideral vuela alto.

Marcela Clavijo

Una metáfora clasista y sexista que revela cómo se gobierna Bogotá

En el Concejo de Bogotá, fuimos testigos de una declaración lamentable que no puede pasar desapercibida. Diego Molano, presidente de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB), comparó a esta entidad con una “madre soltera”, en una analogía cargada de juicios morales, estigmas de clase y una visión profundamente sexista sobre las mujeres cabeza de hogar.

“Cada cuatro años se consigue un nuevo padrastro”, dijo, aludiendo a los cambios administrativos en la empresa. Más allá del supuesto ingenio de la metáfora, sus palabras revelan un pensamiento estructural preocupante: para Molano, las madres solteras simbolizan inestabilidad y desorden. Las culpas implícitamente por no tener una pareja “estable” y presenta a los padrastros —hombres que muchas veces asumen con dignidad el cuidado de hijos ajenos— como figuras improvisadas e intrusas.

 

Estas expresiones no son simples deslices lingüísticos, sino evidencia del desprecio con el que ciertos sectores del poder miran a las mujeres populares.

 Se les responsabiliza históricamente, se las estigmatiza por salir adelante solas y se las usa como analogía de caos institucional. ¿Qué revela esto sobre las políticas públicas que se diseñan para ellas? ¿Cómo se distribuyen los recursos si quienes los gestionan las miran con desconfianza y prejuicio?

Las mujeres con jefatura de hogar, que conforman una parte esencial de la base social de Bogotá, no deben ser representadas como sinónimo de desorden. Sostienen vidas enteras en medio de adversidades que ningún presidente de empresa pública conoce en carne propia. Trabajan, cuidan, crían y construyen comunidad sin esperar aplausos, mucho menos humillaciones públicas.

Las reacciones no se hicieron esperar. Varias concejalas exigieron una disculpa pública y denunciaron el irrespeto institucional, en un contexto de crisis profunda en la ETB, crisis para la cual no hay metáforas ni soluciones claras.

Molano se disculpó minutos después, al igual que la Alcaldía Mayor. Pero una disculpa no borra el prejuicio: lo expone, lo confirma y nos obliga a cuestionar qué tipo de visión de ciudad tienen quienes hoy toman decisiones en Bogotá.

No es casual que se haya usado una figura femenina para hablar de deterioro, ni gratuito recurrir a la idea de “madre soltera” como sinónimo de caos. Es reflejo de un pensamiento arraigado que desvaloriza a las mujeres que no encajan en un modelo tradicional, que castiga la autonomía, criminaliza la pobreza y moraliza lo que debería ser atendido con políticas de apoyo y cuidado.

La ETB, empresa pública de capital mixto controlada por la administración distrital, no necesita metáforas denigrantes, sino una gerencia transparente, técnica y comprometida con el bienestar colectivo. Y Bogotá necesita funcionarios y funcionarias que respeten la dignidad de las mujeres, en lugar de usarlas como recurso retórico para ilustrar fracaso.

El lenguaje importa. Las ideas que lo sustentan, también. Y las políticas que de ellas se derivan, aún más. Por eso no basta con una disculpa: es hora de exigir respeto, rendición de cuentas y una transformación real en la forma de hablar y gobernar para las mujeres.

Marcela Clavijo

El juicio de la historia, Colombia exige justicia y dignidad

Este lunes 28 de julio de 2025, el país presencio un momento sin precedentes: la sentencia de primera instancia contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, por los delitos de fraude procesal, soborno a testigos y soborno en actuación penal. Más allá de un proceso penal, se trata de un juicio simbólico en el que la historia se sienta frente a un espejo, y en él, miles de víctimas de la violencia, el despojo y la impunidad buscan justicia.

¿Por qué podría ser condenado Uribe?

 

La historia del caso se remonta a 2012, cuando Uribe intentó judicializar al senador Iván Cepeda, quien lo había señalado por presuntos vínculos con el paramilitarismo. Pero en lugar de perseguir al acusador, la justicia volteó su mirada al expresidente: en 2018, la Corte Suprema abrió investigación formal en su contra. Lo que se reveló desde entonces son prácticas de manipulación de testigos, engaños procesales y sobornos, en un intento por silenciar las voces que buscaban esclarecer la verdad.

La Fiscalía ha documentado un extenso expediente: más de 27.000 grabaciones, interceptaciones, chats y testimonios que señalan al abogado Diego Cadena —y por su intermediación, al propio Uribe— como actores claves en una red de presión e impunidad.

Un juicio histórico

El juicio oral, iniciado el 6 de febrero de 2025, reunió más de 90 testigos y 67 audiencias que culminaron con los alegatos finales en junio y julio. La jueza Sandra Heredia emitirá la sentencia definitiva en un caso que trasciende lo jurídico: es un hito político, social y ético para Colombia.

Si es condenado, Uribe podría enfrentar entre 6 y 12 años de prisión, posiblemente en detención domiciliaria por su edad. Sin embargo, la verdadera condena será el juicio moral de un país que ha despertado. El riesgo de prescripción amenaza con cerrar el caso antes de octubre de 2025, dejando impunes delitos que nos duelen como pueblo.

¿Y las víctimas? ¿Y los desaparecidos? ¿Y los 6.402 falsos positivos?

Este proceso no ocurre en el vacío. Nos interpela a todos y todas. Porque Álvaro Uribe Vélez no solo carga hoy un expediente judicial: también representa el rostro de una época marcada por la guerra sucia, los «falsos positivos», el paramilitarismo institucionalizado, las chuzadas del DAS, los escándalos de corrupción como Agro Ingreso Seguro o la compra de votos para la reelección.

Durante su mandato (2002–2010), miles de vidas fueron truncadas: jóvenes ejecutados y disfrazados de guerrilleros, campesinas despojadas, líderes asesinados. Aún hoy, muchas familias siguen preguntando: ¿Dónde están nuestros hijos e hijas desaparecidas? ¿Cuándo llegará la verdad completa?

Este juicio no es revancha, es memoria. No es persecución, es justicia.

Frente a los discursos que intentan victimizar al expresidente o convertirlo en mártir de la derecha, el pueblo colombiano sabe que este proceso judicial es una oportunidad histórica para romper el ciclo de impunidad. No se trata de «uribismo vs antiuribismo», sino de elegir entre el silencio cómplice o la dignidad colectiva.

¿Cómo impacta esto en el futuro político?

Una condena sacudiría las estructuras del uribismo, debilitado electoralmente desde 2022. Podría fracturar aún más el Centro Democrático, abrir paso a liderazgos que intenten desmarcarse de su figura o, por el contrario, usarlo como símbolo electoral desde la victimización. Mientras tanto, las fuerzas progresistas y de izquierda deben mantener viva la bandera de la justicia, sin caer en el odio ni la polarización vacía, sino con firmeza ética y política.

Este juicio también puede reordenar alianzas: sectores del centro y la derecha podrían alejarse del uribismo, mientras que la izquierda podría consolidarse como garante de la justicia transicional, la memoria y los derechos humanos.

Colombia está cambiando. Que la verdad y la justicia no lleguen tarde.

El juicio contra Álvaro Uribe Vélez no borra el dolor, pero puede ser un paso firme hacia una Colombia distinta. Una Colombia donde ningún poder esté por encima de la ley, donde las víctimas sean escuchadas, donde la política se limpie del odio y la corrupción.

Que este 28 de julio sea recordado como el día en que la dignidad venció al miedo.

Marcela Clavijo

Hablemos del Metro de Bogotá

Hablar del Metro de Bogotá no es solo hablar de trenes, estaciones y rieles; es hablar de una ciudad que se prepara para encontrarse consigo misma, para alcanzar el nivel cosmopolita que exige su futuro. Un futuro que se construye no solo con concreto y acero, sino con valores, comportamientos y sueños compartidos. 

Este proyecto, que cobró años de desplazamientos, no puede convertirse en una deuda social. Debe ser el orgullo de sus habitantes y su aporte al desarrollo. Por eso, hoy los invito no solo a imaginar, sino a construir una verdadera *cultura metro*: una que nazca del respeto, del cuidado mutuo, de la conciencia cívica y del orgullo por lo que nos pertenece. 

 

En Medellín, el Metro cumple 30 años, y no es simplemente un sistema de transporte. Es símbolo de civismo, transformación y confianza. Allá, desde mucho antes de su inauguración, se sembró la semilla del respeto en colegios, barrios y parques. Con el tiempo, esa semilla floreció en una ciudadanía que valora, protege y se siente parte de su sistema. 

La buena noticia para Bogotá es que no partimos de cero. Ya hay talleres en colegios, activaciones culturales en el transporte público y una pedagogía interinstitucional que une esfuerzos para demostrar el poder de la educación en la transformación de hábitos. 

Necesitamos que nuestras niñas y niños crezcan entendiendo que el Metro es suyo, de todos, y que representa su progreso. 

Requieren campañas masivas que despierten el sentido de pertenencia y el orgullo por Bogotá, pues con nuestros impuestos se ha financiado cada peso de esta inversión. También normas claras y justas, aplicadas con firmeza y sin titubeos, porque respetar las reglas es una forma de cuidarnos y proteger nuestra ciudad. 

Necesitamos un dúo inseparable: 

1. Una *comunidad comprometida*.

2. Una *institucionalidad firme*.

Ambas deben trabajar juntas por una ciudad donde el respeto sea el punto de partida. 

La cultura metro no se impone; se construye entre todos. En la fila, al ceder el asiento, al no colarse, al mirar con empatía al otro. Es un acto diario de amor por la ciudad, porque cuidar el Metro es cuidarnos como sociedad. 

Este es nuestro momento. El Metro está por llegar, y con él, la oportunidad de demostrar que Bogotá puede ser más amable, organizada y digna. No permitamos que sea solo una obra de ingeniería. Hagámoslo una obra colectiva de cultura ciudadana, solidaridad y convivencia. 

Una ciudad no se transforma cuando cambia su transporte, sino cuando cambia la manera en que nos relacionamos, nos miramos y nos cuidamos. 

El Metro traerá desarrollo, progreso, y más cables aéreos, ojalá, un tranvía por la carrera séptima. Nos merecemos una calle principal a la altura de nuestras aspiraciones. 

El Metro no es el destino. Es el camino hacia una mejor Bogotá. 

Y ese camino comienza hoy. Contigo, conmigo, con todos, todas y todes.

Marcela Clavijo

La Ruta de la Seda: conectividad global y cooperación entre culturas

Tanto la Ruta de la Seda histórica como su versión moderna, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, simbolizan la interconexión entre naciones a través del comercio, la infraestructura y el intercambio cultural. En este contexto, la decisión de Colombia de sumarse a esta iniciativa global representa un paso estratégico hacia una integración más amplia con el mundo, más allá de sus vínculos tradicionales.

Esta participación abre la puerta a una nueva era de conectividad internacional, con oportunidades para fortalecer las capacidades logísticas, tecnológicas y de transporte del país, especialmente en regiones históricamente marginadas. Colombia podrá acceder a inversión internacional en proyectos clave como carreteras, trenes de carga, puertos inteligentes e infraestructura verde, con impacto en la generación de empleo, la reducción de desigualdades y la integración territorial.

 

Más allá de lo material, la Ruta de la Seda representa un espacio de diálogo entre civilizaciones, saberes y tecnologías. Este valor resuena en un país diverso como Colombia, al abrir canales para visibilizar expresiones culturales, fortalecer industrias creativas y conectar talentos con redes internacionales de innovación.

Desde lo social, también hay inspiración. Las políticas sociales chinas, con sus particularidades, ofrecen aprendizajes para Colombia en la búsqueda de soluciones propias y transformadoras:

Reducción de la pobreza y desarrollo de clase media: China ha logrado avances significativos en la erradicación de la pobreza extrema. Esta experiencia puede inspirar políticas de inclusión en Colombia, especialmente en zonas rurales, indígenas y afectadas por el conflicto armado.

Seguridad social y sostenibilidad: China ha consolidado sistemas de pensiones, salud y protección social. Colombia podría fortalecer sus propios sistemas con enfoque en el acceso universal a derechos fundamentales, priorizando mujeres, jóvenes y poblaciones rurales.

Innovación en políticas públicas: China ha impulsado modelos de desarrollo territorial, innovación verde y urbanismo inteligente. Estas experiencias pueden orientar a Colombia en la construcción de ciudades sostenibles y con mejor calidad de vida, especialmente en regiones intermedias con alto potencial de transformación.

Históricamente, la Ruta de la Seda fue un corredor global de comercio e intercambio cultural desde el siglo II a.C., durante la dinastía Han. Su nombre fue popularizado en el siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen. Las rutas terrestres partían de Chang’an (hoy Xi’an) y se extendían hasta el Imperio Romano, mientras que las rutas marítimas conectaban China con India, el sudeste asiático, el Medio Oriente y el Mediterráneo. Más que una red de comercio, fue un puente de diálogo entre civilizaciones.

La relación entre Colombia y China debe entenderse no como una competencia de influencias, sino como una oportunidad para construir una nueva forma de cooperación internacional, basada en el respeto mutuo, el beneficio compartido y la visión de futuro.

Esta alianza ofrece a Colombia una plataforma para diversificar su economía, modernizar su infraestructura, fortalecer su institucionalidad y proyectarse como un actor estratégico en América Latina. Con una visión soberana, el país puede impulsar un modelo de desarrollo más inclusivo, sostenible y conectado, donde cada región florezca, la innovación impulse la economía, y las personas vivan con mayor bienestar, dignidad y justicia social.

El salto a la política internacional no es solo un reto: es una oportunidad para crecer con el mundo, sin dejar de ser nosotros mismos.

Marcela Clavijo

Los de arriba, los de abajo… y los distintos

Vivimos en una sociedad que enfrenta serias dificultades para asumir, de forma auténtica, los principios democráticos. Aunque nuestro sistema político se fundamenta en la igualdad, la dignidad humana y el respeto por la diferencia, los comportamientos cotidianos —y también los estructurales— reflejan otra realidad: segregación, discriminación y relaciones de dominio.

Surgen entonces preguntas urgentes: ¿por qué, siendo todos seres humanos, reproducimos prácticas tan arraigadas que nos llevan a clasificar, jerarquizar y excluir? ¿Por qué ejercemos micro-poderes cotidianos para imponer nuestras verdades, ridiculizar lo distinto o negar la existencia del otro? ¿Por qué optamos por dominar en vez de convivir?

 

Nuestra Constitución, en su artículo 13, es categórica: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley” y, por tanto, deben recibir el mismo trato y gozar de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin distinción alguna por razones de sexo, raza, origen, lengua, religión u opinión. Más aún, el Estado está llamado a garantizar no solo la igualdad formal, sino también la real y efectiva, adoptando medidas que favorezcan a quienes han sido históricamente marginados y sancionando cualquier forma de abuso.

Sin embargo, este mandato legal es uno de los más ignorados. Como si la igualdad no fuera ni legal ni legítima, cada día presenciamos cómo se desacredita al que piensa distinto, se ridiculiza al disidente y se ejerce violencia —física, verbal o simbólica— como si aplastar al otro fuera una vía válida de ascenso social.

En este punto vale citar a Herbert Marcuse, quien en su crítica a la sociedad industrial contemporánea plantea una idea inquietante: vivimos en una “sociedad unidimensional”, un sistema totalitario disfrazado de democracia liberal. Aunque parece haber pluralismo, en realidad opera un control casi absoluto sobre los individuos, ejercido a través de la tecnología, el consumo y la cultura de masas. Se impone una visión única del mundo que aplana la diversidad y reduce las expresiones culturales y étnicas a una plantilla homogénea.

Lo más alarmante, decía Marcuse, es que este modelo limita la capacidad de pensar críticamente. Al aceptar sin cuestionamientos lo establecido, se anula la posibilidad de transformación. ¿Cómo puede cambiar una sociedad cuyos individuos han perdido la capacidad de imaginar algo diferente?

La tecnología, que podría ser herramienta de emancipación, se convierte en instrumento de control; el consumo masivo satisface necesidades artificiales, impidiendo la realización auténtica. Lo evidenciamos en la producción constante de contenido para redes sociales, en la lógica de acumulación de seguidores y la necesidad de validación externa que estas plataformas refuerzan.

En este escenario, los seres humanos se alejan cada vez más de una conciencia crítica. Se vuelven pasivos, conformistas e intolerantes ante la diferencia. La diversidad no se valora: se teme. La alteridad se percibe como amenaza. Y todo esto consolida un orden social excluyente, donde la discriminación se normaliza y la segregación se presenta como necesaria.

Por eso es urgente recuperar la capacidad de pensar críticamente, cuestionar el statu quo y reconocer al otro como legítimo, igual y distinto.

Porque si no construimos una sociedad que abrace la diferencia y garantice la igualdad, seguiremos atrapados en una idea falsa de éxito que solo oprime, uniforma y silencia.

Marcela Clavijo

El odio sigue cobrando vidas, pero la diversidad es resistencia

Vivimos en una sociedad marcada por el dolor. Entre 2020 y 2021, la pandemia del COVID-19 se llevó la vida de 14,9 millones de personas en el mundo, según la OMS. El encierro nos obligó a reflexionar sobre la vida, la muerte y la convivencia. Nos transformó: nos acercó, nos rompió, nos reconfiguró. La salud mental, por fin, dejó de ser un tema invisible.

En pleno 2025 y justo en el mes del Orgullo, se promulgó la Ley 2460 de Salud Mental. Esta normativa nos recuerda la urgencia de ejercer la psicología sin prejuicios, con humanidad, con respeto. Porque la salud mental también es un derecho de quienes aman distinto.

 

Este año, 45 personas LGBTIQ+ han sido asesinadas en Colombia. Crímenes de odio, alimentados por la ignorancia y el miedo. ¿Hasta cuándo?

Pero este pasado domingo marchamos miles. Miles que, como el Quijote, quizás estamos locos… locos de amor, de dignidad, de sueños.

Nota recomendada: Condenan a dos sujetos por crímenes a miembros de la comunidad LGBTIQ+ en Medellín

Y aunque no sepamos aún cómo se definirá el nuevo sistema de salud, algo sí es claro:

¡No hay nada que curar!

La enfermedad no está en la identidad, el deseo o el amor.

La enfermedad está en el odio, en la estigmatización, en el rechazo a lo diverso.

Ahí es donde la salud mental cobra verdadero sentido.

Marchar, dar abrazos, escuchar, fue profundamente sanador. Vimos a tantas personas llenas de amor, pero también de vacíos, porque en sus hogares no hay un lugar seguro.

Si odias a tus vecinos por ser una pareja diversa, pide ayuda.

La homofobia, sí, tiene cura.

Ir a terapia, cuestionar creencias, abrirse al mundo, sanar. Porque ser diverso no se pega ni se impone. Se es. Y si un día te enamoras de alguien del mismo sexo, o de alguien no binario o bisexual, no pasa nada extraño.

No hay pecado ni castigo. No hay delito. No hay nada que curar. Solo hay amor.

Hace más de 35 años que la homosexualidad fue eliminada del manual de enfermedades mentales. Ya es hora de que entren en él la homofobia, la lesbofobia, la transfobia, la bifobia. Porque odiar lo diferente no es normal. Porque dañar, discriminar, rechazar lo diverso está mal.

Pero hay esperanza.

Estamos aquí para acompañarte, para ayudarte a ver que sí se puede ser feliz en un mundo diverso, y que respetar la diferencia te hace más grande, más humano.

El cambio ya comenzó. Cada vez más personas LGBTIQ+ acceden al empleo formal. Y porque también envejecen, también merecen una pensión.

La ley ya está cambiando. Ahora nos toca a nosotros.

Yo ya cambié.

¿Y tú, cuándo cambias?

Marcela Clavijo

Es el tiempo del sol

El pasado 21 de junio fue el solsticio de verano: el primer día de esta estación y el día más largo del año. Es también el Día Internacional del Sol, una fecha en la que se resalta su importancia para la vida en la Tierra. Para las culturas indígenas, especialmente las de la región andina, este día marca el Willka Kuti o Año Nuevo Andino, una celebración con rituales ancestrales que conmemoran el retorno del sol.

El Inti Raymi, en quechua “Fiesta del Sol”, es una ceremonia milenaria de origen incaico que honra al Taita Inti (Padre Sol) y a la Pachamama (Madre Tierra). Esta festividad renueva la energía de la tierra y de nuestras comunidades. Su fecha central, el 21 de junio, marca el momento en que el sol alcanza su punto más cercano a la Tierra en el hemisferio sur, dando lugar al día más corto y la noche más larga del año. Coincide también con el cambio de ciclo agrícola y el inicio de la época seca en la Sierra ecuatoriana.

 

Esta fecha, tan nativa y tan significativa, reúne al pueblo andino y representa el comienzo de una nueva era. Es el llamado de nuevos vientos que invitan a sentipensar distinto: a abrir el corazón y la mente a lo que viene.

¿Y qué viene?

Viene una era de compasión, de mirar con ternura a la humanidad —en la que también están incluidos los animales—. Un despertar de la conciencia que no solo clame por el fin de la guerra, sino que comprenda que los territorios en conflicto son también entornos biodiversos donde la vida, en toda su plenitud, está en peligro.

En cada combate, en cada confrontación armada, encontramos dos tipos de actores: los que participan directamente en la guerra, y los que no. ¿Quiénes son estos últimos? Las niñas y niños, sus cuidadoras, los animales domésticos y silvestres, los árboles, el follaje, el agua. Los ríos, que son seres vivos y sujetos de derechos.

Los seres de la naturaleza migran, se aparean, se reproducen y sobreviven guiados por su sabiduría ancestral. Pero el ser humano, absorbido por un modelo extractivista, suele ser indiferente a estas vidas. Desde el egocentrismo, ignora que proteger la especie humana implica también proteger a todos los seres vivos que la sostienen.

Mientras las abejas polinizan y trabajan por la continuidad de la vida, el ser humano traza las coordenadas de la guerra, arrasando ecosistemas, desplazando comunidades y exterminando lo que apenas comenzaba a recuperarse.

Ojalá este saludo al sol nos recuerde lo sagrada que es la vida. Que elevar los brazos al cielo sea también un gesto de desarme. Que no haya guerra aquí, ni en Irán, ni en ninguna parte. Porque si no, no solo la guerra arrasará: también vendrán por todo. Vendrán por nosotros.

Soñar un mundo como el que imaginó Lennon puede parecer utópico y romántico. Pero hoy, no querer las armas, pensarnos entre iguales, respetar las diferencias, proteger a los seres sintientes, a la naturaleza y al agua, se convierte en un sueño profundamente revolucionario.

El acto de mayor revolución es el que nace desde la conciencia.

Y el Inti Raymi es eso: un canto sagrado a la vida. Elevemos los brazos al sol y pidamos un cambio. Uno que recoja el llamado de la conciencia, y nos permita vivir de manera digna, libre y en paz.

Si deseas, puedo ayudarte a darle un título más impactante, adaptarlo para un medio específico (prensa escrita, digital, cultural, ambiental), o convertirlo en un post para redes sociales. ¿Quieres que te lo formatee para publicación?

Marcela Clavijo

¡No al asesinato de líderes sociales y políticos!

Colombia no puede volver a caer en el círculo del terror que marcó los años noventa, ni rendirse otra vez ante las fauces del narcoterrorismo.

Hoy, las redes sociales —ese llamado quinto poder— han descentralizado la comunicación. Ya no está exclusivamente en manos de los grandes medios. Voces independientes, tiktokers, influencers y líderes de opinión están narrando una realidad que muchos intentan silenciar: la profunda injusticia social que atraviesa nuestro país.

 

Por eso, alzamos la voz para exigir condiciones reales de seguridad y protección efectiva para quienes defienden los derechos humanos y construyen, día a día, un país más justo.

Lo sucedido en Bogotá y Cali no es un hecho aislado: es la punta del iceberg. Cientos de líderes y lideresas han sido perseguidos, amenazados y asesinados. Aunque se refuercen sus esquemas de seguridad, sus vidas quedan marcadas. Vivir bajo escolta no es vivir: es sobrevivir.

Si realmente aspiramos a la paz, debemos empezar por desarmar los corazones, fomentar la reconciliación y el respeto mutuo. Pero, ¿están dispuestos quienes han detentado el poder durante décadas a permitir ese cambio? ¿Cuánto les incomoda un gobierno que busca redistribuir privilegios y garantizar derechos?

Este gobierno ha puesto en el centro del poder a los históricamente excluidos: afrodescendientes, indígenas, campesinos, sectores populares, diversidades sexuales y juventudes marginadas. Ha llevado recursos a territorios olvidados, pero muchas de estas acciones siguen siendo invisibilizadas por medios que privilegian el escándalo sobre el reconocimiento.

La violencia política en Colombia tiene un patrón cíclico, que se agudiza en cada periodo electoral. Desde los años noventa —con los asesinatos de Pizarro, el atentado contra Antonio Navarro, y el genocidio impune contra la Unión Patriótica— se han acallado sistemáticamente las voces que proponen un país distinto.

La reciente marcha del silencio, paradójicamente, me deja muda. Claro que hay que marchar por la vida. ¡La vida es sagrada! Y es una lástima que el profe Mockus se haya alejado del verde: su presencia, como la de Navarro, sigue siendo un faro. Cada gesto suyo conmueve. Pero incluso sus llamados a la unión y reconciliación hoy me resultan difíciles de procesar. ¿Reconciliación con quién? ¿Con quienes nunca han querido reconciliarse? ¿Con quienes siguen estigmatizando y excluyendo?

Yo me reconcilio con quienes también quieren hacerlo conmigo. No con quienes me niegan, me despojan o me juzgan. ¿Qué futuro le espera entonces a la dejación de armas? ¿Qué sentido tiene hablar de paz si seguimos social y emocionalmente sindicados?

Ahora todos parecen expertos en derecho constitucional, lo defienden con fervor… pero en 1991 eran pocos los que realmente lo apoyaban. Muchos de quienes hoy lo invocan, entonces lo habrían rechazado.

Mientras tanto, nadie habla de lo que pasa en los barrios: robos, asesinatos, desapariciones. Tal vez por ellos sí marcharía. Porque no tienen voz ni medios. Son el pueblo: los “nadies”, los “de a pie”, los que sostienen este país sin que se les reconozca nada.

Cientos de jóvenes siguen atrapados en la pobreza estructural, marginados por el hambre, mientras un Congreso protege sin pudor los intereses de sus patronos como si fueran los del pueblo.

El debate entre la vida y la muerte no se reduce a una figura pública. Se juega cada día en la suerte de miles que no dependen de redes sociales ni de pantallas, sino de la voluntad de sobrevivir con lo justo.

Quitémonos las gafas del privilegio. Miremos de frente lo que está ocurriendo. Y no solo en Colombia: el planeta entero está al borde. El clima es cada vez más errático. El nivel del mar ha subido entre 20 y 23 centímetros desde 1880, producto del derretimiento de glaciares, la expansión térmica de los océanos y un modelo económico basado en la depredación: petróleo, minerales, agua, vida.

El pastoreo masivo para la producción de carne ha destruido suelos fértiles. Estamos presos del dinero, atrapados en un consumo compulsivo que promete placeres inmediatos y nos aleja de los procesos profundos y necesarios.

El mundo también se debate entre la vida y la muerte. Cada vez más caliente. Cada vez más desigual. Y en esa lucha por la equidad, los pueblos han puesto los muertos. Porque la verdadera diferencia está entre un modelo que distribuye con justicia y otro que concentra con violencia.

Es tiempo de mirar con otros ojos. Es tiempo de actuar.

Marcela Clavijo

Democracia sin talanqueras: el pueblo elige la justicia

El reciente proceso electoral en México, que permitió al pueblo elegir directamente a integrantes del poder judicial, marca un hito en la historia democrática de nuestra región. Este hecho no solo es importante por su carácter inédito, sino porque abre una discusión de fondo sobre el papel que juegan los poderes del Estado en la construcción de sociedades justas, equitativas y verdaderamente soberanas.

La democracia se fortalece cuando se eliminan las barreras que impiden la participación directa del pueblo en decisiones fundamentales. Durante demasiado tiempo, el poder judicial —en muchos países latinoamericanos— ha estado controlado por redes de recomendados, apellidos influyentes, y lobbistas que ejercen su poder al margen del interés general. Como bien lo expresó la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, este poder ha sido manejado por “los hijos de los primos de las hijas de los hermanos de…”, es decir, por círculos cerrados ajenos a la realidad del pueblo que dicen representar.

 

La democracia no es peligrosa. Lo peligroso es la corrupción, la discriminación y la ausencia de justicia social. Los sistemas judiciales capturados por élites han sido uno de los mayores obstáculos para la implementación de políticas públicas que respondan a las necesidades reales de la ciudadanía. Y eso es algo que los votantes comienzan a rechazar en las urnas.

Un ejemplo concreto, cotidiano, lo vemos en las Juntas Administradoras Locales (JAL):
La comunidad denuncia.
La JAL aprueba estrategias y presupuesto para la convivencia y la seguridad.
La alcaldía ejecuta actividades sociales para jóvenes.
La policía actúa y captura a quienes cometen delitos.
Pero cuando el proceso llega al poder judicial… simplemente no pasa nada.

Los capturados, luego de más de 150 días de trámite, muchas veces recuperan la libertad sin consecuencias claras. Y si llegan a prisión, lo hacen a un sistema que no garantiza ningún tipo de resocialización. La prevención brilla por su ausencia y la justicia termina siendo una cadena de eslabones sueltos, donde lo que se pierde es la esperanza de transformación.

Este ciclo vicioso no puede combatirse solo desde una ideología. La corrupción no tiene color político, aunque es cierto que ciertas fuerzas han tenido mayor oportunidad de ejercerla por haber gobernado durante más tiempo. Sin embargo, el antídoto está en manos del electorado: una ciudadanía crítica, informada y activa, capaz de definir agendas políticas que se comprometan con un verdadero Estado de derecho —no un Estado de derecha o de izquierda, sino uno que responda a las necesidades sociales con justicia, equidad y transparencia.

El pueblo debe seguir teniendo la palabra. Debe decidir no solo quién gobierna, sino cómo se administra la justicia. Ese es el camino hacia una democracia real: una donde no existan talanqueras, una donde la soberanía no sea un discurso, sino una práctica cotidiana.

Que viva el pueblo y su poder de decisión.
Y que Colombia —y toda América Latina— puedan pronto recorrer este mismo sendero hacia una democracia más justa, participativa y soberana.

Marcela Clavijo P.